Poema de la Vacuidad, por el Maestro Pang Yun

 

El viejo P’ang no necesita nada en el mundo:
Todo es vacuidad en él. Ni siquiera es dueño de su asiento,
por que la Vacuidad absoluta es lo que reina en su hogar.
¡Qué tan vacía está y sin tesoro alguno!

Cuando el sol ha salido, él camina por la Vacuidad.
Cuando el sol se ha puesto, él duerme en la Vacuidad.

Sentado en la Vacuidad, él canta sus canciones vacías
y sus canciones vacías hacen eco en la Vacuidad.

No te soprendas lo vacía que es la Vacuidad,
porque la Vacuidad es el trono de todos los Budas.

Los hombres de este mundo no comprenden la Vacuidad,
que es el verdadero y único tesoro.

Si dices que no existe la Vacuidad,
cometes una grave ofensa contra todos los Budas.

— P’ang Yun (Láico Pang), China, 740–808

Traducido por Kyonin

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La monja Chan, el monje Zen y el árbol

 

Luego de varias horas de caminar con una pesada mochila en la espalda, mi peregrinaje me llevó a un monasterio de la tradición Chan. Había hecho arreglos desde tiempo antes, así que sabían que llegaría de visita.

Desde joven me he interesado por la tradición Chan. Es muy hermosa, llena de sabiduría. Combina las enseñanzas del Buda, taoísmo y confucianismo; y fue la semilla de la que brotó el budismo zen japonés. Sus prácticas supremas son el zazen, la vida por los Preceptos, la ceremonia ritual y el respeto al Maestro, por que él o ella es la encarnación de Shakyamuni Buda.

Después de haber estado varias semanas en sesshin con mi Maestro, para mi era un paso natural pasar tiempo con mis compañeros Chan.

Cuando llegué al templo encontré a dos monjas sentadas detrás de un escritorio. Me saludaron con radiantes sonrisas, manos juntas y un “Amituofo”. Estaban junto a un altar monumental a Maitreya Buda.

 

Una de ellas se puso de pié y se presentó. Su nombre era Li. Con una reverencia me presenté. Me dijo que en ese templo están acostumbrados a recibir visitas, pero era la primera vez que recibían a un monje zen. Le parecía divertido e interesante que además viniera de México. Agradecí los saludos y me pidió que la siguiera.

Dejamos mis cosas en el salón dormitorio donde duermen juntos todos los monjes y me guió por todo el monasterio para mostrarme el lugar.

Mientras caminábamos por los salones y pasillos exquisitamente decorados, me preguntó sobre mi linaje y comentó de que se sentía feliz de mi interés sobre el Chan y los Patriarcas. Le dije que sin ellos yo no estaría ahí presente. Guardó silencio y dijo Amituofo. Ambos hicimos reverencia a manos juntas.

Li me habló del Maestro de este templo. Él es considerado la tercera encarnación de Samanthabhadra Tathagatha, así que es un hombre santo y puro. Me habló de su dedicación y de su profunda comprensión del Dharma. También hizo un breve recuento del trabajo que el monasterio realiza para la comunidad. Pude ver la reverencia y devoción en su mirada.

Al dar la vuelta en un pasillo, entramos a la sala principal. Ahí reside el Amida Buda más grande que jamás había visto. El altar tenía decoraciones en dorado y rojo, estaba lleno de ofrendas y néctar y el delicado humo del incienso lo envolvía todo. A la derecha estaba una escultura de un guerrero, guardián del templo. A la izquierda había una muy bella escultura de Kyanyin Pusa (Avalokiteshvara).

Conmovido con la magnificencia de la sala, pedía a Li que me explicara cómo era la postración en el budismo Chan. Me explicó y procedí a postrarme 3 veces ante Amida Buda. No tengo palabras para explicar las emociones que llenaron mi corazón en ese momento. Sólo había lágrimas en mis ojos. Li lloró conmigo sin decir una palabra.

Me quedé en silencio por un largo momento y no me percaté de que Li no estaba cerca. Me senté en zazen por un largo periodo.

Ella regresó con otro monje. Se presentó con una sonrisa gigante. Su nombre era Chan y me pidió que lo siguiera a un altar más pequeño que tenía una mesa larga y varias sillas. En la mesa habían libros, manuscritos, cuadernos y lápices. Me invitó a estudiar con él el Hui-neng Sutra (Sutra de la Plataforma). Perdí la noción del tiempo. Por varias horas leímos en voz alta. Al final de cada página él tocaba su campana y hacíamos reverencia.

Li regresó un poco después y dijo que la comida estaba servida. Chan y yo hicimos reverencia en gratitud por el aviso y los tres caminamos hacia el comedor.

Me senté en una mesa larga donde había al menos otros 20 monjes esperando. Cuando todos estuvimos en nuestro lugar designado, esperamos en silencio. El Maestro entró a la sala en silencio. Se sentó, hizo reverencia a manos juntas y todos comenzaron a cantar el Gatha de la Comida, en mandarín. Mi mandarín es muy básico, así que recité el gatha en la mente.

Cuando el Maestro dio la señal, todos comimos en silencio y hasta la última migaja de comida. Todo era sencillo y los sabores delicados, casi imperceptibles. Al terminar, un par de monjes levantaron los platos sucios y los llevaron a la cocina.

Li me pidió que la siguiera a conocer las otras salas del monasterio. En una de ellas, custodiada por monjes Shaolin, resguardaban dos reliquias de Siddharta Gautama, Shakyamuni Buda. Estas son veneradas y nunca se las deja solas.

Luego de recitar el Sutra de Shakyamuni, Li me llevó al jardín donde estaba un hermoso árbol resguardado por una cerca. La monja me explicó que era una magnolia sagrada y que se le atribuían muchos milagros (sí, el budismo Chan está lleno de magia).

Esta magnolia tenía la cualidad de soltar savia únicamente cuando un ser iluminado estaba cerca. La última vez que había secretado savia había sido en el año 2007. Ambos hicimos reverencia al árbol y seguimos adelante.

Regresamos a la sala principal donde me regaló muchos libros. ¡Me esperaban días de estudio intensivo!

Era hora de retirarse a dormir, así que Li me dejó solo. Comencé a arreglar mis cosas y los libros, así que me quité el suéter.

Noté que estaba mojado, pero no de agua. Palpé el líquido, que tenía un aroma extraño.

Era sabia.

Amituofo.

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Bodhidharma, poema por Raj Arumugam

 

Bodhidharma
llegó de India
y está en la corte
el Emperador Wu,
quien le pregunta:

“He construido
lugares sagrados;
he servido a los monjes
y he alabado su práctica.
¿Cuál es mi mérito?
¿Cuál es mi recompensa?”

“Nada.
No hay hada para ti.
Los actos hechos buscando
placer o reconocimiento,
no significan nada ante la Verdad”


Cuando hacemos las cosas para servir al ego, sin duda se siente bien. Más autos, más dinero, más poder, más parejas, más reconocimiento. Sin embargo son logros vacíos que terminan destrozando la tranquilidad. La mente que vive de “logar”, es una mente que no conoce la paz.

Ante la Verdad, tus logros personales no significan nada. Se pierden en entre la multitud de egos.

Ante la Verdad, lo único que importa es tu Gratitud, Compasión y Generosidad.

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¡No me gusta mi trabajo! ¿Qué puedo hacer?

 

Todos hemos estado ahí. Siempre hay algún punto en nuestra vida donde no somos felices con nuestro trabajo, con nuestro jefe o con la vida laboral en su totalidad.

Esto es debido a que en la mente creamos una ilusión de cómo deberían ser las cosas y nos aferramos a ello. Siempre estamos buscando la manera en la que el universo cumpla nuestros caprichos y esto nos lleva a un viaje oscuro por los caminos del sufrimiento.

A veces vemos a los jefes como el enemigo a vencer, como personas molestas que deberían dejar de existir. Pero nuestra ira contra ellos nos hace obviar que ellos también son personas, que también tienen historias personales complejas y que (al igual que todos los seres) también sufren. Este odio y sentimiento de auto-importancia también hace que olvidemos que nosotros mismos somos difíciles, caprichosos y podemos hacer que otros sufran.

Ahora, no me malinterpretes. Una situación de abuso y de clara violencia tiene que ser resuelta. Pero hay una diferencia enorme entre aceptar y resolver, a buscar conflicto y venganza.

Pero en el budismo zen vemos las cosas desde otro punto de vista. El trabajo lo llamamos Samu y es una práctica espiritual completa.

Cuando trabajas estás ayudando a que la vida fluya, a que otros seres vivos puedan llevar alimento a su hogar. Si tus actividades son éticas y legales (Forma de Vida Correcta), colaboras con un sistema de benevolencia más grande que tú y que yo. Trabajar es una expresión activa de la compasión y la generosidad. Si pierdes esto de vista, entonces tu labor se cierra en tu gordo ego.

Al trabajar estás dando a la vida un poco de lo que ella te ha dado.

 

 

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Vivir aquí y ahora facilita la creación de hábitos

 

La mente humana evolucionó para fabricar pensamientos. Muchos. Y lo hace con un ciclo de entrada de datos-procesamiento-salida de datos.

En es sentido, es una maravilla. Es lo que nos vuelve lo que somos, lo que nos hace relacionar con el universo.

El problema es que produce tantos pensamientos, planes y fantasías sin parar. Y además le gusta mucho engancharse a pequeñas distracciones para evitar quedarse quieta.

Se divierte con entradas inútiles de información que, a la larga, nos afectan más que beneficiarnos. En tiempos de la conexión perpetua, la alimentamos con aun más distractores.

Con todo esto no es mentira afirmar que la mente casi nunca está donde debe estar: aquí y ahora.

Esta capacidad de no estar en el presente tiene costos muy altos para la vida cotidiana. Estamos distraídos y perdemos las llaves, nos perdemos, no escuchamos o tenemos accidentes.

Sacrificamos productividad por seguir enganchados en pequeños dulces para la mente. Vivimos nuestros días sin poner atención a nuestras reacciones y relaciones con el universo.

A la hora de querer crear hábitos, las distracciones se convierten en un obstáculo gigantesco.

Por ello quienes se proponen algo como dejar de fumar, de maldecir, comer mejor, caminar más o aprender algo; se pierden en el mar de la apatía y no logran lo que quieren.

Los que quieren aprender algo nuevo, se quedan en el intento porque las distracciones son mucho más atractivas.

Todo ello se puede evitar al poner atención al momento presente, a nuestras palabras y pensamientos, a las acciones y omisiones que estamos por ejecutar.

Vivir aquí y ahora nos devuelve la elusiva capacidad de autocontrol, misma que se pierde con mucha facilidad.

Antes de que pongas trabas o pretextos, en realidad es fácil lograrlo. Pero requiere práctica.

Aunque venga de manera tácita e invisible, cuando nos proponemos forjar un hábito nuevo estamos firmando un contrato de atención:

Quiero comer cosas que me nutran (por ende vigilaré con atención todos mis alimentos, de lo contrario impactaré mi salud y el bienestar de quienes me rodean).

Así nos es mucho más claro el compromiso de cambio y estaremos en el presente, resguardando el contrato.

Y claro, la meditación es la herramienta máxima para cultivar atención consciente. Pero eso ya lo sabías. Si no lo sabías, este taller te interesa.

 

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