Tus hábitos necesitan más de 30 días para quedarse

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Estamos cerrando un año más y la cultura occidental se prepara para el letargo y diversión que traen las fiestas de diciembre. Se planean las reuniones, los regalos y los propósitos para el año que viene.

Lo tenemos todo. Estamos listos. Este año será el que marque la diferencia en mi vida.

El 1 de enero es el día perfecto para iniciar. ¡Vamos con todo!

Si entreno duro, en un mes estaré corriendo mi primera carrera. Al fin y al cabo los blogs de productividad y TED dicen que con 21 o 30 días el hábito queda listo.

Los expertos en productividad al estilo estadounidense nos dicen que debemos vivir con la mentalidad de cambio y realizando afirmaciones que pongan la mente en el camino ideal. Aunado a acciones pequeñas, al final de 30 días el hábito quedará en la mente y será parte de nuestra vida.

Suena fácil y sencillo. Uno piensa que con un esfuerzo de tan sólo unos días podrá comer ensaladas cual vaca o salir a incendiar las calles con el running.

Sin embargo, hay una falla inmensa en este sistema. Esta teoría está pensada con la mentalidad de la recompensa inmediata.

Para la mentalidad occidental, los cambios deben llegar sin esfuerzo y de la manera menos incómoda posible. Si algo produce un poco de sudor en la frente, es descartado. Es más, si pueden pagar por que alguien más se esfuerce, lo hacen.

No en vano Estados Unidos es el país que más productos milagrosos lanza. Basta con echar un vistazo a los informerciales. Harán lo que sea para vendernos desde pelador de patatas mágico, hasta un aparato de tortura medieval para ejercitar el abdomen. Todo es fácil y con el menor esfuerzo posible.

¡Puedo tener six pack mientra miro Netflix!

Los hispano parlantes, no somos diferentes.

La recompensa inmediata es uno de los daños más grandes que la sociedad de consumo ha casado en el crecimiento personal y espiritual.

Todo lo queremos aquí y ahora, y los hábitos no se escapan.

Por eso, al intentar cumplir metas y adquirir mejores disciplinas, fallamos miserablemente. Cuando vemos la cruda realidad de que los hábitos requieren esfuerzo y hasta un poco de sacrificio, los abandonamos.

Después de algún tiempo de reflexión y experimentación personal, decidí retar la idea de los 21 a 30 días.

Ya sea curar mi insomnio, volverme corredor, aprender un idioma o a cocinar… todos mis procesos de hábitos nuevos han tomado mucho más de 3 meses. Algunos más complejos han tomado unos buenos 4 años. Todas y cada una de mis mejoras personales han llevado un largo proceso de introspección, investigación, experimentación, muchos errores y caídas, y práctica constante.

Quizá soy muy tonto. Es posible que mi cerebro de mandril no pueda con una meta corta de 21 días. Pero lo que sí puedo decir es que los cambios que se han quedado y que forman parte de mi cotidiano, han sido logrados al 100% y los practico hasta el día de hoy.

Pero todos han tomado mucho tiempo y, sobre todo, disciplina.

No me cansaré de decirlo. El secreto de la vida es la disciplina. La necesitamos para estudiar, trabajar, divertirnos y hasta para dormir.

Creo que es hora de comenzar a entenderlo antes de que llegue el año nuevo.

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Soledad: un camino a la paz y a la alegría

 

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La experiencia humana incluye muchos elementos como para hacer una lista. Van desde el cuidado y seguridad personal, intelectual; hasta hacer malabares sociales para el sustento y el reconocimiento.

Desde que despertamos hasta que nos acostamos a dormir, con pareja o no, estamos bajo la ilusión de que estamos acompañados y la idea de estar solos nos parece demasiado aterradora como para siquiera pensarla.

Pero, ¿y si esta resistencia a la soledad fuera solo un obstáculo para el crecimiento del ser?

La experiencia de esta vida, aunque nos resistamos, se trata de estar solos. Nacemos solos, pasamos en este planeta el mayor tiempo posible, para eventualmente morir solos. Sí, morimos solos sin importar nuestras relaciones o conexiones con los demás.

De hecho, a pesar de huir de la soledad, ¡hacemos lo posible para estar solos! Buscamos aislarnos para disfrutar nuestros libros, música o películas. Nos enfocamos mejor cuando no hay nadie al rededor. Apreciamos cuando alguien parlanchín se va de nuestro lado.

¡Queremos la independencia de los padres, que nos dejen de molestar! Dejamos la casa materna en busca de un poco de soledad.

Los practicantes de budismo, sabemos que la meditación más profunda se da en la soledad, en silencio. Es ahí cuando la flor de loto sobresale del lodo.

Sin duda sabemos que juntos estamos mejor y que logramos objetivos, pero la soledad es perfectamente natural para nosotros. La amamos, la buscamos, la apreciamos… y nos mentimos diciendo que queremos estar acompañados.

El Nipata Sutra nos dice:

Si tienes un acompañante inteligente, un asociado recto y sabio; libra todos los peligros y camina alegre y atento junto con esa persona. Si no tienes un acompañante inteligente, un asociado recto y sabio; entonces camina en soledad como los rinocerontes, como un rey que ha abandonado su reino conquistado.

La soledad coexiste con nosotros, es parte de la Totalidad, de Todo Lo Que Es. Al mismo tiempo, ¿cómo puedes sentirte solo si estás rodeado de amor y bondad?

Todo está interconectado. Cuando vemos una isla flotar en el mar, asumimos que es solo un trozo de tierra a la deriva. Pero no es así. Una isla es tan solo una punta de la Madre Tierra que se asoma sobre el agua, pero por debajo es sólida, inmensa y unida a todo lo demás.

Nos rodeamos de otros y queremos pareja porque nos hace sentir bien. Pero el truco también está en sentirnos bien con nosotros mismos, sabiendo permanecer en calma y alegres cuando el silencio es lo que hay.

De la soledad, a la que tanto miedo tenemos, emana la serenidad y la base de nuestra felicidad.

Debemos estar solos para valorarnos, recuperar fuerzas y continuar nuestro trabajo por el beneficio de los demás seres que nos rodean.

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El mono y la luna. Poema zen, por Hakuin Ekaku

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El mono intenta alcanzar
la luna en el agua.
Hasta que la muerte llegue a él, 
nunca se rendirá.
Si se soltara de la rama y
desapareciera en la profundidad del estanque,
el mundo brillaría
con luz purificadora.

Hakuin Ekaku, Zen Master japonés (1686 – 1768)

Traducido por Kyonin.


La voz popular nos dice que el cambio, la verdad de la vida, lo que buscamos, ya está dentro de nosotros. Muchos nos burlamos, hacemos bromas, aunque en la profundidad del ser sabemos que es real. Somos muy pretenciosos como para no soltarnos de la rama del ego y simplemente dejar de buscar.

Como monos que somos, nos encantan las cosas que brillan. Teléfonos nuevos, autos de lujo, relaciones pasionales, la estúpida ilusión de éxito. ¡Todo brilla y lo deseamos!

Pero al igual que la luna en el estanque, nada de lo que perseguimos es real. Son solo distracciones que nos alejan cada vez más de la única verdad: somos parte de una luz única, purificadora y que es tan simple de alcanzar, que escapa a nuestra inteligencia.

La manera de alcanzar la luna, es dejar de alcanzarla.

 

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