¡Se va, se va, se fue!

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¡Gate gate paragate parasamgate boji soaka!

¡Se va, se va, se va más allá, siempre se va más allá, siempre convirtiéndonos en Buda!

Luego de casi 20 años estudiando el Sutra del Corazón,  sigo recibiendo de él enseñanzas nuevas y poderosas. Es de esos textos arcanos que pueden acompañarte toda la vida y siempre dar herramientas para crecer.

Entre muchas cosas, nos habla de minimalismo, soltar apegos, el engaño de los sentidos y los peligros de la mente divisoria. No en vano es uno de los sutras más cantados en el budismo Mahayana.

El cierre de esta escritura (y de otras más) es cantando el Prajñaparamita Mantra, que nos dice que las cosas del universo llegan y se van… pero al mismo tiempo todo es el Buda. ¡Nada es permanente!

Tu aliento llega… para irse.
Tus pensamientos llegan… para irse.
Tus palabras llegan… para irse.
Tus acciones llegan… para irse.
Tus sentimientos llegan… para irse.
Tus enfermedades llegan… para irse.
Tus etapas llegan… para irse.
Las estaciones del año llegan… para irse.

Has llegado aquí… para irte.

¿Entonces porqué te aferras tanto a la culpa, a la ira, a la envidia, al odio?

Todo lo que está ha llegado… para irse.

 

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Feliz cumpleaños, iluminación y muerte, querido Buda

 

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El budismo tiene muchas fechas especiales, como cualquier movimiento cultural y filosófico. A pesar de que cada país y comunidad practicante puede tener sus días importantes, todos coincidimos en festejar el Vesak. En el Zen se observa el 8 de abril.

La manera simple de explicar esta fecha auspiciosa es diciendo que recordamos el nacimiento del Buda. Pero va más allá, pues en el budismo pensamos que nacimiento, iluminación y muerte son una sola cosa.

Para muchos maestros, la Existencia es un océano inconmensurable y vasto. Cada universo que contiene vida es solo una ola en este mar. Cada burbuja es una vida que surge, se une a otras para formar espuma y al final regresa al océano. Siempre en constante movimiento, siempre imperfecto, pero al mismo tiempo en equilibrio.

Shakyamuni Buda era un hombre que pudo ver las cosas como son. Se iluminó al soltar sus apegos y entender que la vida en el Multiverso gira en torno a la bondad y la unión. Penetró en la naturaleza del sufrimiento y descubrió cómo extinguirlo. Sintió que la Existencia no es una colección de fragmentos de tiempos, sino una sola cosa indivisible y balanceada. Con ello logró un nivel de comprensión tan grande que todos los seres vivos nos beneficiamos al iluminarnos con él.

El Buda nació al inicio de la primavera en el hemisferio norte, se iluminó a los 33 años y murió a los 80. Pero al mismo tiempo jamás murió. Sólo pasó que su burbuja regresó al océano para iluminarlo todo.

Festejamos nuestra propia humanidad, nuestra bondad y voluntad de trabajo en equipo. Es una celebración de respeto a la vida entera. Lo hacemos en silencio, en meditación profunda y en gratitud perpetua.

¿Cómo estar con el Buda en su cumpleaños-iluminación-muerte? No es necesario ir a templos. No hay que gastar en flores o inciensos. Tampoco hay que vestir ropas caras o especiales.

Solo siéntate en silencio por unos minutos. Agradece todo lo que tienes y eres. Abre tu corazón para escuchar a los demás y ayudar.

Gracias por la interminable enseñanza, querido Maestro.

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Cuento Zen: El Sutra de la Rata (Nezumi Kyo)

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Este es un cuento tradicional japonés que tiene muchas enseñanzas budistas. Me gusta porque coincide con la enseñanza del Buda de que tiene más méritos un impostor que se arrepiente, que un falso maestro.

Además de que es divertido cantar ¡On Chorochoro!

Nezumi Kyo, El Sutra de la Rata

Cuento tradicional japonés, anónimo. Traducido y adaptado por Kyonin.

Hace mucho tiempo, en las afueras de un pueblo, una anciana vivía sola porque su esposo había muerto varios años antes.

Todos los días desde la muerte de su marido, encendía una vara de incienso y dedicaba sus plegarias.

—Te veré pronto, mi amor—, decía mientras rezaba frente al altar dedicado a su esposo. —Si tan sólo supiera leer, aprendería un sutra para ti— se lamentaba con frecuencia.

Una noche de primavera, cuando la luna se asomaba entre nubes, un mendigo disfrazado de monje budista llamó a la puerta. No era un monje de verdad, era un malviviente que sólo buscaba comida y dinero fácil.

—¿Hay alguien en casa?— preguntó.

—¿Qué puedo hacer por usted, amable monje?— preguntó la anciana cuando abrió la puerta.

—Estoy en una peregrinación espiritual, pero me he peridido y ya es muy tarde. ¿Me podría quedar a pasar la noche aquí?— preguntó él.

—Qué pena escuchar eso. No tengo mucho, pero bienvenido. Por favor quédese esta noche aquí— respondió la viuda. Lo dejó entrar y le sirvió comida.

¡Pero qué suerte! El monje falso estaba feliz de haber encontrado esta casa y hospitalidad. Devoró su arroz y se sirvió sake también. Se sentía muy contento, pero estaba cansado. Así que se levantó para ir a acostarse a la cama de la anciana.

—Por cierto, Venerable Monje…

—¿Sí, que pasa?— contestó molesto.

—No sé leer. ¿Me podría enseñar un sutra?— rogó ella.

—¿Un sutra?

—Sí. Me encantaría cantar un sutra a mi esposo, para ayudarle en el otro mundo. ¿Me enseñaría uno?

Por supuesto, el “monje” no sabía un sólo sutra. Pensó por un momento antes de responder.

—Has sido buena conmigo, así que si insistes…

—Por favor— insistió la viuda.

—Muy bien— suspiró el monje, rascándose la cabeza. Se arrodilló frente al altar, juntó sus manos en gassho.

—Copiaré lo que diga y haga— anunció ella.

¿Y ahora qué? ¡El mendigo tenía que decir lo que fuera que sonara como un sutra!

Comenzaré por solo hacer ruidos, pensó. Así que hizo ruidos como de vaca pariendo.

—¡On Chorochoro! ¡Sal de ahí! ¡Sowaka!— entonó el monje, deseando que sonara como un sutra.

La mujer imitó al falso monje:

—¡On Chorochoro! ¡Sal de las sombras! ¡Sowaka!

Él no tenía idea que más hacer. Continuó haciendo ruidos de vaca, cuando una rata asomó la cabeza de un agujero en el piso.

—¡On Chorochoro! ¡Sal de las sombras!¡Sowaka!— y la mujer repitió.

Entonces la rata hizo iiik, iiik.

—¡On Chorochoro! ¡Murmura algo! ¡Soro!— improvisó el hombre.

—¡On Chorochoro! ¡Murmura algo! ¡Soro!— repitió ella.

Y la rata salió huyendo.

—¡On Chorochoro! ¡Fuera de aquí! ¡Soro!— cantó él y la mujer repitió. —¡On Chorochoro! ¡Fuera de aquí! ¡Soro!—

El falso monje pensó que ya era suficiente y se detuvo.

–¿Es suficiente?— preguntó.

—Sí que lo es. Venerable monje, ¿cómo se llama esta sutra?

—¿Este sutra?— titubeó. —Se llama Sutra de la Rata. Es un sutra muy poderoso sin duda. Cántalo todos los días y tu esposo se sentriá feliz.

—¡Muchas gracias!— agradeció la mujer, haciendo varias reverencias.

Esa noche el hombre durmió tranquilo porque su engaño no había sido descubierto. A la mañana siguiente se despidió y se fue de la casa.

A partir de ese día, todas las mañanas la anciana cantaba el sutra para su esposo.

—¡On Chorochoro!

Pasaron varios años y en una primavera como aquella cuando llegó el monje, un ladrón puso sus ojos en la casa a las afueras del pueblo. El ladrón se acercó en silencio y entonces escuchó la voz de una viejecilla:

—¡On Chorochoro! ¡Sal de las sombras! ¡Sowaka!

El ladrón estaba aterrado, pues pensó que lo habían descubierto.

—¿Me ha visto?— susurró él.

—¡On Chorochoro! ¡Murmura algo! ¡Soro!— cantaba la anciana.

¡Me ha escuchado!, pesó él alarmado.

—¡On Chorochoro! ¡Fuera de aquí! ¡Soro!— continúo ella.

¡Tengo que escapar aunque no me lleve nada!, pensó el ladrón mientras se alejaba.

—¡On Chorochoro! ¡Fuera de aquí! ¡Soro!

Al haber puesto buena distancia entre él y la casa, se detuvo en seco. ¡Es el sutra falso que le enseñé!

Los eventos de esa noche lo golpearon fuerte en el corazón.

—Ya veo. Ella ha estado repitiendo el sutra desde entonces. Eso que hice estuvo muy mal— se dijo. Juntó sus manos e hizo una profunda reverencia hacia la casa de la anciana. Luego se desvaneció en la noche.

Muchos años después, cuando los cerezos florecían, un monje en elegante atuendo, tocó a la puerta de la anciana.

—Disculpe— dijo él.

—¡Oh, pero qué espléndido monje!— dijo la anciana al verlo. —¿Qué lo trae a esta humilde casa?

—Alguna vez usted fue buena conmigo. El Buda me ha enseñado a arrepentirme por lo que hice. He venido a enseñarle un sutra— ofreció el Venerable.

—¡Pero qué amable!— agradeció la mujer.

El elegante monje le enseñó un sutra y se despirió, para desvanecerse con el viento.

Este monje era el impostor original, que luego se había convertido en ladrón. Estaba arrepentido y se había convertido en monje de verdad. La mujer no se había percatado de ello.

Sin embargo todas las mañanas y tardes cantaba el sutra de verdad, pero siempre terminaba con:

—¡On Chorochoro! ¡On Chorochoro!

—-

Esta es una versión animada de la historia, aunque un poco diferente 🙂

 

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