
La pregunta existencial “¿quién soy yo?” es un asunto que a todos nos puede crear ansiedad. A veces no sabemos ni cómo empezar a responder. Una persona de la sangha recientemente me hizo esta pregunta y, aunque yo no lo puedo responder porque es algo que cada uno de nosotros debe investigar, sí puedo compartir cómo comenzar a vivir para encontrar la resolución.
Hace unos años, mi senpai, Yoshu, monje y jardinero en Kosho-ji, el primer templo fundado por D?gen Zenji a las afueras de Kioto, me compartió una experiencia que me hizo pensar por días. Una mañana estaba barriendo el camino de piedra que conduce al zendo, cuando una ráfaga de viento otoñal le arrojó un montón de hojas justo donde acababa de limpiar. Frustrado, murmuró: “¿Por qué me molesta tanto esto?” En ese instante, se dio cuenta de algo interesante. No era el viento, ni las hojas, ni siquiera su deseo de terminar el trabajo lo que lo alteraba. Era su identificación con una imagen de sí mismo, el que mantiene el camino limpio.
Dejó la escoba a un lado y se sentó a mirar el viento mover las ramas de los árboles. Esa mañana entendió algo que miles de sutras podrían tardar años en mostrar. El “yo” que lucha por controlar todo no es su verdadera naturaleza.
Y entonces surgió la gran pregunta: ¿quién soy yo?
El Despertar de la Fe en el Mahayana es un mapa para volver a casa
Por aquellos días estábamos estudiando uno de los textos fundamentales del budismo Mahayana, El Despertar de la Fe. Este es otro texto vital para el Zen porque nos ofrece un marco claro para abordar esta pregunta que tiene mucho que ver con la enseñanza de Anatta.
Compuesto en China y atribuido a Asvaghosa, este texto presenta la mente con dos aspectos inseparables: la mente tal como es (nuestra naturaleza verdadera, inmutable) y la mente tal como aparece (la mente condicionada por el karma, sus repercusiones y las pasiones). Es decir, la mente en el mundo de lo relativo y la mente en el mundo de lo absoluto.
El texto enseña que todos los fenómenos, incluidos los pensamientos de bien y de mal, son manifestaciones ilusorias de la mente. Y, lo más importante, afirma que la naturaleza esencial de todos los seres es pura, libre y perfecta desde el origen.
¿Quién soy yo? Encontrando la respuesta en el Zen y la práctica
“Lo que llamamos bueno o malo, no es nuestro verdadero rostro.” —Venerable Jingjie
La práctica Zen es difícil porque entrenamos para soltar las opiniones y no dejar que nos definan. Estamos atentos a las etiquetas que ponemos que, aunque son necesarias para navegar la vida, no nos definen. Por eso no se nos pide que rechacemos lo bueno ni lo malo. Más bien, tratamos de ir más allá de ellos. La mente que en un momento se llena de fe y compasión, al instante siguiente puede llenarse de deseo y rechazo. Si observamos con atención, notamos que estos estados vienen y van como nubes en el cielo. Pero el cielo mismo, que es nuestra verdadera naturaleza, permanece intacto.
Practicar Zen es poder contactar con esa estabilidad detrás de los pensamientos y el lenguaje. En el Despertar de la Fe encontramos que es comprender que todo lo que surge son “dharmas condicionados”, es decir, nacidos de causas y condiciones, y por tanto vacíos por naturaleza. Esta visión es el corazón de la enseñanza budista sobre el “yo”.
En el silencio de Shikantaza vemos nuestra personalidad flotando junto con todos los demás pensamientos. Lo que es YO es una construcción mental. Se compone de las vivencias, de la cultura, de la salud, de lo que comes y de todas las cosas que has decidido. Creamos una personalidad, la abrazamos y con ella navegamos el mundo.
Tu verdadero ser trasciende lo que crees que eres. Hay algo detrás de la personalidad que es puro, inmutable y que no depende de nombres o etiquetas.
Entonces, si no hay un YO, ¿quién es la persona que se enoja? Si no hay una pista de aterrizaje (YO), entonces las emociones solo sobrevuelan, pero se tienen que ir a otra pista que no sea la tuya.
Más allá del bien y del mal para comprender la raíz
Cuando decimos “yo soy bueno” o “yo soy malo”, tomamos una función temporal de la mente, o sea una reacción, un hábito, un pensamiento; y la convertimos en identidad. Pero la enseñanza fundamental del Buda es clara. Eso no eres tú.
Nuestro ser verdadero no nace ni muere, no aumenta ni disminuye. Es como el agua que, expuesta al frío, se convierte en hielo. El hielo parece sólido, duro, separado… pero sigue siendo agua. De la misma manera, nuestras emociones, preferencias, aversiones, deseos y errores no son nuestro ser esencial, sino estados temporales, transformables.
Si fuéramos por naturaleza malvados o puros, no habría posibilidad de cambio. Pero como nuestra naturaleza es clara como el agua, todo lo demás puede ser disuelto mediante la práctica.
Reconocer directamente la verdad
El maestro Zen Zhaozhou (Joshu en japonés), uno de los más grandes de la historia, pasó buena parte de su vida peregrinando y preguntando: “¿Mi naturaleza es buena, mala o pura?” No se conformó con ideas ni conceptos. Quería saber por experiencia directa.
A los ochenta años, durante Zazen frente a un bosque de bambú, escuchó el sonido de una piedra golpeando un tallo. En ese momento, todo pensamiento condicionado se detuvo. Comprendió profundamente que su naturaleza verdadera no dependía de categorías morales ni de ideas dualistas.
Dijo entonces: “Tantos años buscando, gastando sandalias… y todo estaba justo aquí, sin esfuerzo alguno.”
Ese despertar, llamado kensho en japonés, no es una iluminación grandiosa ni lejana. Es simplemente reconocer lo que siempre ha estado presente.
El poder de “dar la vuelta y mirar hacia dentro”
En nuestra vida cotidiana, la práctica comienza al notar cómo nos aferramos a un “yo” construido; el que tiene razón, el que se siente víctima, el que siempre necesita algo más. El Zen nos lleva tener una mirada fresca y observar esos estados como fenómenos pasajeros, no como nuestro verdadero ser.
Volver a ese “rostro antes de nacer de nuestros padres”, como dicen los antiguos koans, es simplemente regresar a este momento, sin juicios, sin narrativas, sin máscaras.
Ante la ira, la tristeza y muchos de nuestros estados incómodos, hay que preguntarse “¿quién está sintiendo esto?”. No es que los problemas se esfumen, pero sí podemos abordarlos desde la calma.
El Zen como camino para responder a la gran pregunta
En el Soto Zen practicamos Shikantaza (solo nos sentamos en Zazen y punto), nos lleva más allá de los discursos sobre el bien y el mal. Se trata de convertirnos en mejores personas y de despertar al hecho de que ya somos una expresión única e irrepetible de la mente universal.
En ese silencio, comenzamos a ver que no necesitamos convertirnos en nada. Solo basta con dejar de identificarnos con el hielo, y recordar el agua.
¿Quién soy yo? La respuesta está en el zafu
A lo largo del día, cuando sientas que algo te irrita, te eleva, te pone triste o te confunde, haz una pausa. Pregúntate con suavidad: “¿Quién está sintiendo esto? ¿Es esto mi verdadero yo?”
No necesitas resolverlo con la mente. Solo observa. Y siéntate. Vuelve al cuerpo. Respira.
Tu verdadera naturaleza no necesita ser defendida ni pulida. Solo reconocida.
Volver a casa
“¿Quién soy yo?” no es una pregunta filosófica abstracta. Es una cuestión importante para todos nosotros. La respuesta, como diría Zhaozhou, está justo donde estás ahora. Ningún maestro espiritual lo puede resolver por ti.
Todo lo que surge, ya sea bueno, malo, hermoso o difícil, es parte del camino de regreso. Solo necesitas el coraje de no huir. Sentarte. Mirar. Y confiar.
Hoy, dedica cinco minutos a sentarte en silencio. No busques nada. No huyas de nada. Simplemente siéntate y deja que todo sea como es. Cada vez que surja un pensamiento, una emoción o una duda, pregúntate suavemente: “¿Esto soy yo?”
Luego, suéltalo. Respira. Sonríe. ¿Esa sonrisa? Eso eres tú. Y eso nunca ha estado lejos.

