Sawaki Kodo Roshi era un maestro Zen peculiar. Nació en una familia en la que fue olvidado, peleó en la guerra de Japón contra Rusia y nunca se estableció en un hogar fijo. Era conocido como Sin Hogar Kodo, mote que él recibía de buena manera porque reflejaba valores budistas como el movimiento, la impermanencia, la vacuidad y el no aferramiento.
A lo largo de su vida dio muchas enseñanzas que fueron plasmadas para la posteridad. En Grupo Zen Ryokan le tenemos mucho respeto y aprecio porque él nos dejó prácticas que al día de hoy observamos. De entre sus charlas, he elegido esta para compartir esta semana.
Lo bueno y lo malo es una pequeña colección de pensamientos sobre distintos temas que nos pueden ayudar en nuestro camino.
¿Aprovechas tus talentos?
La raza humana se distingue por su inteligencia y su destreza manual. Con ellas, pueden construir todo tipo de máquinas. También les gusta pelear entre sí y usan el lenguaje con habilidad. Dicho de forma simple, a los humanos se les han otorgado muchos talentos. Desafortunadamente, parece que no muchos usan bien estas facultades.
El dicho dice: “No uses mal tus dones”. Incluso diría que es esencial hacer todo lo posible para usar nuestros talentos de la mejor manera. Un estafador hace un mal uso de sus talentos, al igual que un prestamista usurero, ¡y también el hombre con tres casas de vacaciones y amantes! Cada uno de nosotros, a su manera, es un ejemplo de talento mal aprovechado. Empezando por mí mismo, cuando miro de cerca veo que también soy mediocre. Aquellos cuyos caminos carecen de error son extremadamente raros.
Aprovechar al máximo tus habilidades: esto es identificarte con el Buda o con Dios.
Conocerte hasta la médula
Diría que, antes que nada, debes conocerte a ti mismo hasta la médula. Luego, manifestar lo mejor de ti y cortar las pasiones, ya que nos llevan a usarnos mal a nosotros mismos.
Así, sosteniendo la afilada espada de la sabiduría, escalamos nuestra propia cumbre, hacia la cima de luz que contiene el universo entero. “Empuñar la espada de la sabiduría” significa llevar las capacidades humanas a su máximo potencial.
Dignidad hasta cuando orinas
Un día, hace mucho tiempo, alguien vio a Shariputra orinando en un campo. El hombre que lo vio tuvo una experiencia tan poderosa que juntó las manos e hizo sampai (3 postraciones). La historia cuenta que en ese instante vio la verdadera naturaleza de Buda.
Parece que el simple hecho de ver a Shariputra en la postura de orinar inspiró naturalmente un profundo respeto. Ya sea que estemos haciendo zazen o leyendo sutras, deberíamos convocar el respeto.
Lo mismo ocurre con todos nuestros gestos cotidianos, como comer u orinar, a los que generalmente no prestamos mucha atención. De este modo, beneficios infinitos fluyen de cada instante de nuestra vida diaria, como dragones y elefantes que pisan fuerte y juegan sin necesidad de escuchar jamás el Dharma.
Aceptación radical de tu ser
Cuando miro hacia atrás en mi vida, veo que podría haber sido cualquier cosa. Cuando era joven, pensé en hacer muchas cosas diferentes. ¿Es mera casualidad que me convirtiera en monje y dedicara todas mis energías a eso? Podría haber trabajado en los ferrocarriles. Todo el día blandiendo el pico para cavar la tierra; y cuando saliera por la noche, bebería mucho sake. Me habría gustado esa vida, ya que habría sido mi vida. Podría haber sido cantante (no sé si habría sido bueno) o narrador de historias. Podría haberme convertido en cualquier cosa, en un buen tipo o en un bribón. Una vida es como un tornillo de banco: puede sujetar esto o aquello, tiene muchos usos. Lo mismo ocurre con las ilusiones o el satori.
Perspectiva sobre nuestros juicios
El monte Fuji se considera una gran montaña, pero visto desde la cima del Himalaya parece bastante pequeño. Dicen que el Pacífico es enorme, pero es sólo una parte del globo. Visto desde el universo, parece un barreño para lavarse los pies (ni siquiera es insondable; sabemos qué tan profundo es).
Es difícil imaginar al hombre como un animal minúsculo. Vista con un microscopio, una ameba parece un buzo nadando en el fondo del mar. Ni siquiera puede ver los bordes del portaobjetos sobre el que se mueve; para ella es tan grande como el océano Pacífico. Decir que algo es grande o pequeño es mirar con una visión defectuosa. Depende de nosotros mirar nuestro mundo de otra manera.
Ni bueno ni malo
¿Qué los hace realmente felices, a estos pequeños humanos en su minúsculo y pequeño mundo? Les gusta pasar un buen rato y recibir regalos. Consideran el nacimiento como un acontecimiento feliz (aunque podría ser un desastre si el bebé nace con malformaciones o se convierte en un bueno para nada), y que un matrimonio es motivo de felicitación (aunque no saben si el novio terminará siendo un borracho incurable). La alegría y el sufrimiento son ideas relativas, indefinidas y engañosas. Nada le permite a nadie afirmar con certeza que tal acontecimiento es feliz y aquel desdichado. Lo bueno lleva en sí lo malo, y viceversa. Por lo tanto:
La verdad carece de fundamento;
la raíz de la ilusión está vacía.
Al abandonar el tener y el no tener,
lo no vacío se vuelve vacío.
El universo entero está contenido en esos dos versos.
Lo bueno y lo malo nunca han existido. Así que la observación de Shinran sigue siendo cierta:
No te enorgullezcas de la virtud;
no temas a lo malo.
Todos los humanos, sin excepción, no son ni buenos ni malos.
Usualmente no reviso noticias. Este es un tema recurrente en Chocobuda. No es por desinterés ni por vivir en una burbuja desconectada de la realidad, sino porque hace mucho tiempo aprendí que la sobreinformación indigesta el corazón con la misma facilidad con que los tacos grasosos de medianoche indigestan el estómago. Sin embargo, hace un par de semanas mi algoritmo de Instagram decidió que yo necesitaba educarme. Comenzaron a aparecer publicaciones con un encabezado muy noble en apariencia: «Esto es lo que ha pasado en el mundo en las últimas 24 horas».
Son resúmenes rápidos, diseñados con estética muy atractiva y tipografía sobria para retener la atención. Caí redondito en la trampa. Cada mañana abría la aplicación y la dosis era idéntica: guerras interminables, divisiones políticas absurdas, tragedias ambientales y una retahíla de conflictos presentados para generar clics mediante la indignación y el terror.
En cuestión de días me descubrí con la mandíbula apretada, los hombros tensos y una sensación de presión en el pecho. Estaba dejando que un carrusel digital destruyera mi estado de ánimo y distorsionara por completo mi visión de la humanidad. El mundo parecía un tren desbocado y yo era un pasajero paralizado por el pánico.
En ese momento exacto de saturación, algo dentro de mí dijo: basta. Había que frenar el veneno en seco y regresar a lo que verdaderamente sostiene la vida cotidiana.
Por cierto, la imagen de este post está tomada justo de una de estas cuentas de IG. Fue generada por IA. Tiene disparadores de guerra, líderes con cara de villanos, misiles, drones, el temido botón rojo y demás imágenes terroríficas. Amarillismo puro con todas las reglas cumplidas.
Cuando la historia se repite y la advertencia del Cakkavattisutta
Tendemos a creer que el declive social y la locura colectiva son novedades exclusivas del siglo veintiuno, pero Shakyamuni Buda ya lo observó con absoluta lucidez hace dos mil quinientos años. Digamos que lo que pasa hoy pasaba en los tiempos del Venerado por el Mundo, solo que no había redes sociales.
En el Cakkavattisutta (Digha Nikaya 26), del canon pali, el Buda nos relata la crónica del auge y la caída de civilizaciones enteras.
Cuenta la historia de una dinastía de reyes justos guiados por el principio de proteger y cuidar a todos los seres del reino. Todo marchaba en armonía hasta que un gobernante descuidó un punto medular: dejó de proveer recursos y apoyo a quienes vivían en la pobreza. La marginación económica detonó el robo; el robo provocó castigos violentos por parte del Estado; la represión armada orilló a los ciudadanos a conseguir armas para defenderse, y pronto florecieron el homicidio, la mentira descarada, la ruptura de los lazos familiares y el desprecio mutuo.
El sutra describe una época tan oscura donde la empatía desaparece a tal grado que las personas se miran entre sí como bestias feroces, listas para despedazarse en una semana de violencia ciega llamada «el interregno de las espadas».
¿Te suena familiar? Lee los encabezados de esta mañana y verás que estamos repitiendo exactamente la misma coreografía.
Pero el sutra no es un relato fatalista para dejarnos deprimidos. Cada que lo estudio lo siento como una suerte de mapa de causa y efecto. Nos demuestra que el desastre social no surge de la nada, sino de la acumulación de codicia, aversión e ignorancia no atendidas. Y lo más revelador es cómo se detiene esa espiral. No mediante un gobernante autoritario ni con más armas, sino cuando un puñado de personas se aparta de la violencia, suelta los cuchillos, deja ir las opiniones y decide proteger la vida.
Al inicio y al final de ese discurso, el Buda le da una instrucción definitiva a su comunidad: «Sean su propia isla, sean su propio refugio; no busquen refugio en nada exterior. Vivan anclados al Dharma».
Comprender esta verdad transforma mi práctica. Regresar al Dharma es regresar a la esperanza. La paz colectiva jamás brotará de tratados políticos si los individuos que los firman tienen el corazón intoxicado por los Tres Venenos. La sanación del mundo empieza con la postura que tomas en tu propio cojín.
Shikantaza y los Preceptos como el ancla en la tormenta
En la tradición Soto Zen, no practicamos para levitar hacia mundos mágicos ni para aislarnos de la sociedad. Practicamos para plantar ambos pies en el lodo de la vida diaria sin perder el centro. La respuesta budista ante el caos moderno se sostiene en dos pilares inseparables: Shikantaza y los Preceptos.
Shikantaza se traduce como «solo sentarse». Sentarse en quietud y aceptación radical frente a la pared blanca, con la espalda derecha y la respiración fluida sobre el zafu, no es evadir la realidad; es colocarse en el ojo del huracán. En Zazen no intentamos aniquilar los pensamientos ni visualizar luces místicas. Nos sentamos cara a cara con la mente tal y como está, soltando el hábito neurótico de juzgar, clasificar y reaccionar. Cuando te sientas en silencio sin alimentar la ira ni el desasosiego, desconectas una terminal de odio del mundo. Tu calma le quita leña al incendio social.
Pero Shikantaza no viene solo. Andamos la Vía con los Preceptos del Buda: no matar, no robar, no mentir, no intoxicar la mente, no hacer mal uso de la sexualidad. No son mandamientos dictados por una deidad colérica; son la descripción lúcida de cómo se comporta un verdadero practicante del Dharma que comprende la interdependencia y el interser.
Si el mundo arde en polarización, nuestro deber como practicantes no es sumar gasolina en redes sociales, sino ser personas con las que cualquiera pueda sentirse en paz y a salvo.
Zazen, la vía para recobrar la esperanza y disipar el miedo
¿De dónde nace el pánico cuando leemos las noticias? Proviene de una mente proyectada hacia un futuro catastrófico imaginado. El miedo nunca habita en el presente estricto; vive en las historias que fabricamos sobre lo que podría pasar mañana. Creemos que la desesperanza es lucidez, cuando en realidad es solo agotamiento mental provocado por rumiar peligros sobre los cuales no tenemos control directo.
Aquí es donde Zazen se vuelve un salvavidas irreemplazable.
Cuando te sientas en el zafu con la espalda erguida y la mirada reposada en el suelo, obligas a tu atención a regresar a lo único real: el aire entrando y saliendo por tu nariz, el peso de tu cuerpo sobre el piso, el crujido de la madera, la temperatura de la habitación. En este segundo exacto no hay bombardeos en tu sala, no hay crisis bursátil devorando tu comida y no hay catástrofes ficticias. En este instante estás vivo, entero y a salvo.
Zazen disuelve el miedo porque le quita el combustible narrativo. La neurociencia nos enseña que el cerebro no distingue con facilidad entre una amenaza física real y una imagen angustiante vista en la pantalla de un teléfono. Al sentarnos en silencio, desactivamos la respuesta crónica de alarma de la amígdala cerebral y bajamos el volumen de la red neuronal por defecto, responsable de los pensamientos ansiosos recurrentes.
Espiritualmente ocurre algo todavía más hermoso: descubres que la calma no depende de que el mundo exterior sea perfecto. La esperanza verdadera no es el optimismo ingenuo de creer que nada malo va a ocurrir; la esperanza budista es la confianza plena de que, pase lo que pase, posees la claridad y la firmeza interior para responder con compasión.
Dejar el veneno para cultivar presencia
¿Qué sucedió con mi dilema en Instagram? Hice lo que cualquier persona sensata que valore su paz mental debe hacer. Eliminé el seguimiento a esas cuentas de resúmenes sensacionalistas, silencié las alertas de catástrofes y regresé a mi práctica enfocada del Dharma.
Sigo enterándome de los acontecimientos globales porque vivo en sociedad, compro despensa y la compasión exige un contacto lúcido con el entorno. Sin embargo, ahora lo hago mediante lecturas reposadas, en momentos específicos y sin quedar atrapado en anzuelos creados para ordeñar mi angustia a cambio de métricas publicitarias. Comprendí que un monje ansioso, irritable y paralizado por las noticias no le resulta útil a ningún ser vivo.
El mundo continuará con sus cosas complejas. Pero en medio del oleaje, tú puedes ser un refugio seguro. Sé la persona serena, íntegra y paciente que tanto hace falta en estos días. Limpia tu plato, siéntate erguido, atiende a los tuyos y vive este día como lo que es. Solo un instante irrepetible.
Dedica hoy diez o quince minutos a sentarte en quietud frente a la pared. Experimenta en carne propia lo que ocurre con la ansiedad de las noticias cuando dejas de alimentarla. Cuéntame en los comentarios: ¿cómo experimentas el miedo ante las noticias globales y de qué manera sentarte en Zazen te ayuda a recuperar la perspectiva y el centro? Leo tus reflexiones con mucho gusto.
Preguntas Frecuentes (FAQ)
¿Desconectarse de los noticieros alarmistas no es una postura de evasión o privilegio?
No cuando se realiza con lucidez. La hiperinformación constante no produce personas más compasivas ni más activas; genera parálisis, fatiga por compasión y cinismo. Reducir el bombardeo de tragedias sobre las que no tenemos margen de maniobra directa nos permite recuperar la energía mental necesaria para intervenir de forma generosa, cercana y tangible en nuestra comunidad.
¿Por qué sentarse en Shikantaza ayuda a frenar la angustia por los conflictos globales?
Porque todas las guerras y abusos colectivos son la multiplicación a gran escala de los Tres Venenos de la Mente: ira, avaricia y autoengaño. Shikantaza corta de raíz esas toxinas a nivel individual. Al sentarte sin alimentarlos, tu sistema nervioso abandona la reactividad, evitando que proyectes más agresión en tu hogar, trabajo o entorno digital.
Si tengo poco tiempo y mucho estrés, ¿cómo puede Zazen ayudarme a perder el miedo cotidiano?
Diario hay que meditar 40 minutos. Cuando no tenemos tiempo, meditamos 2 horas. Zazen no exige horas interminables ni condiciones ideales; diez minutos bastan para interrumpir el ciclo biológico del estrés. Sentarte en quietud le demuestra a tu mente que en el instante presente no hay catástrofes ocurriendo en tu habitación. Esa comprobación física inmediata desarma los relatos de terror y te devuelve la esperanza lúcida para actuar en tu entorno con serenidad.
A veces creemos que la iluminación es algo lejano, un estado místico reservado para seres extraordinarios que flotan sobre nubes de incienso. Sin embargo, el Zen no se cansa de recordarnos que la verdad está justo debajo de nuestra nariz.
Para ilustrar esto, hoy revisamos este koan de Shitou Xiqian (700–790, conocido en Japón como Sekito Kisen), uno de los grandes maestros chinos del Zen Chan del siglo VIII y figura fundamental de cuyo linaje nace la tradición Soto Zen. En algunos templos de China, lo consideran como el Séptimo Patriarca del Chan.
En el Zen, un koan no es una adivinanza ni un dilema intelectual, sino un diálogo o encuentro provocador diseñado para romper el razonamiento lógico y llevar la mente a un despertar directo. En esta historia, Shitou sostiene un diálogo punzante con su discípulo Zhaoti Huilang.
La pregunta de Zhaoti
Zhaoti Huilang le preguntó a Shitou:
—¿Qué es el Buda?
Shitou respondió:
—Tú no tienes la Mente de Buda.
Zhaoti dijo: —Soy un ser humano: me muevo por todos lados, actúo y tengo pensamientos.
Shitou le dijo:
—Los seres que se mueven, actúan y piensan, ciertamente tienen la Mente de Buda.
Zhaoti preguntó:
—Entonces, ¿por qué yo no la tengo?
Shitou respondió:
—Porque no estás dispuesto a ser, simplemente, un ser humano.
En ese instante, Zhaoti llegó a la iluminación.
La provocación de Shitou
La pregunta de Zhaoti parece inocente y legítima. «¿Qué es el Buda?». Es la misma duda con la que casi todos llegamos a la práctica. Queremos una definición clara, una meta noble a la cual aspirar. Buscamos en la historia, pero no nos imaginamos que Buda no solo era el maestro, sino un concepto espiritual completo.
Pero la respuesta de Shitou rompe de golpe esa expectativa: «Tú no tienes la Mente de Buda».
¿Por qué le dice algo tan drástico? Porque Shitou sabe que Zhaoti está buscando al Buda fuera de sí mismo. Al conceptualizar al Buda como un «objeto» idealizado, Zhaoti se coloca automáticamente en un lugar inferior o separado. Aquí hay que explicar que la palabra “mente” también significa espíritu, corazón, energía, actitud y fuerza vital.
Cuando Zhaoti argumenta que él piensa, siente y se mueve (es decir, que está vivo), Shitou le confirma que esa misma vida palpitante es la Mente de Buda. La trampa no está en su naturaleza, sino en su actitud. Zhaoti no acepta su humanidad ordinaria. Quiere ser algo «especial», algo «espiritual», rechazando sus pensamientos, sus limitaciones y su día a día.
El despertar de Zhaoti ocurre cuando se da cuenta de que no hay nada que agregar ni nada que desechar. Dejar de luchar contra la propia condición humana es, precisamente, encarnar al Buda.
¿Qué significa esto para el budista contemporáneo?
En el mundo actual, es muy fácil caer en lo que en psicología se llama bypassing espiritual o evasión espiritual. Usamos la meditación, los libros o la filosofía Zen como un escudo para huir de nuestras frustraciones, del estrés del trabajo, de la tristeza o de la maraña de emociones cotidianas. Buscamos una paz antinatural donde nada nos perturbe.
Este koan nos da una sacudida directa:
Lo cotidiano y pequeño es Buda: La Mente de Buda no se manifiesta únicamente cuando estás sentado en postura perfecta sobre un zafu. Se manifiesta cuando lavas los platos, cuando respondes un correo, cuando sientes cansancio o cuando te ríes con un amigo.
Abrazar la imperfección: Ser budista no significa convertirse en una estatua de piedra inmutable. Significa ser un ser humano completo. Tenemos que reír cuando hay alegría, sentir dolor cuando hay pérdida, pero sin apegarte a esas experiencias ni rechazarlas.
Dejar de buscar fuera: Mientras sigas buscando la paz en el exterior como si fuera un trofeo que obtendrás en el futuro, te perderás la realidad presente. La práctica no se trata de transformarte en alguien más, sino de reconocerte tal como eres aquí y ahora.
No le tengas miedo a tu humanidad. Camina, siente, piensa, equivócate y vuelve a sentarte. Ahí mismo, en medio del lodo de la vida diaria, es donde florece el loto.
Si quieres como dar los primeros pasos a aceptarte como eres y a ver tu Buda interno, nuestro siguiente curso es para ti
¡Saludos desde 2026! Primero que nada, el futuro en el que vivo no es como lo imaginas. Aún no hay autos voladores, teletransportación y los robots apenas están comenzando a ser útiles. Tampoco usamos capas, cascos de cristal con antenas ni mochilas con propulsores. Lo que viste en Blade Runner, Flash Gordon o en Thundarr el Bárbaro, aún no sucede. Eso es bueno, en realidad.
Desde aquí veo la vida de manera diferente y, la verdad, es que no está nada mal. Si pudiera hacer que leyeras esto al cumplir 18 años, este es el consejo que me hubiera gustado que me dieran antes de alcanzar la mayoría de edad: Sé el bicho raro.
Y cuando te digo esto, quiero que lo entiendas con toda el alma que entre más raro, mejor. Sé el bicho raro para llevar la contra de lo que hagan los demás. No por rebeldía vacía, sino por un profundo amor a tu propia esencia.
En los años que vienen, verás cómo muchos a tu alrededor seguirán la corriente. Pero tú debes recordar esto:
Cuando todos estén desvelados y con resaca, tú cultiva el hábito de despertar temprano, y aprovecha la magia y la paz de un nuevo día.
Cuando todos estén con alcohol o drogas huyendo de la realidad, tú mantén la mente clara, despierta y sin juicios.
Cuando todos estén abrazados a lo corriente y lo vulgar, tú abraza la cultura, el arte y todo lo que eleve tu espíritu.
Cuando todos estén sumidos en la pereza y la ignorancia, tú estudia, lee y crea conocimientos.
Cuando todos estén enfermos y fuera de forma, tú elige comer sano y siempre el deporte. Investiga qué es Aikido y no lo sueltes. Lo vas a necesitar.
Cuando todos estén peleando por tener la razón, tú protege la verdad aunque no tengas la razón.
Cuando todos estén pidiendo créditos y gastando como locos para impresionar a quienes no les importan, tú ahorra, protege tu futuro y agradece profundamente por lo que sí tienes.
Cuando todos sean impuntuales y lo dejen todo para el final, tú planifica y llega a tiempo a todo.
Cuando todos estén sumidos en la tristeza y la soledad, tú abraza a tu familia y valora a los que te aman.
Cuando todos estén con el corazón roto o quejándose por lo que les falta, tú ama la vida y celebra la maravillosa experiencia de ser tú mismo.
Cuando todos estén imitando a los demás solo para encajar, tú cierra los ojos y encuentra tu paz y tu verdadero yo en tu interior.
Y cuando todos hayan perdido la esperanza, tú dales la mano, apóyalos y camina con ellos.
Cuando todos estén perdidos sin rumbo, tú sonríe, porque tú ya tienes un objetivo claro hacia dónde caminar.
Cuando todos estén viviendo las consecuencias de no tener una práctica espiritual, abraza al Buda, estudia el Dharma y busca una sangha. Serán tu misión en la vida. Comenzaste a meditar a los 14, por favor nunca lo dejes.
Ser el bicho raro será difícil. A veces te mirarán con extrañeza, a veces te sentirás solo en tu camino y el mundo intentará moldearte. Pero te aseguro que es la mejor forma de ser tú mismo y mantenerte auténtico en una sociedad que constantemente te pide que copies a otros.
Ser el bicho raro aleja a la gente superficial y solo los que valen la pena se quedarán a tu lado.
Sé lo más extraño que puedas, porque esa excentricidad consciente, esa fidelidad a tus principios, es la verdadera puerta a la libertad.
Nos vemos en el futuro.
Ah, y no tires tus juguetes originales de Star Wars, el número 1 de Linterna Verde ni la tarjeta firmada por Kareem Abdul Jabar. Aquí valen una fortuna y vas a necesitar ese dinero.
En las entregas anteriores de esta serie de Budaconomía, ya platicamos de que el dinero no es un refugio definitivo ni algo permanente. Aprendimos también que la riqueza y la pobreza no se miden por el saldo de tu cuenta, sino por el nivel de compasión, libertad y suficiencia que cultivas en tu día a día. Hoy quiero que entremos a un terreno sumamente resbaladizo, uno en el que todos hemos resbalado más de una vez: el canto de las sirenas del consumo, es decir, las ofertas, las rebajas y los descuentos.
A ver, seamos honestos. Todos hemos caído en una venta nocturna, en un Black Friday, en un Buen Fin o en una barata de temporada. Si lo tuyo son los videojuegos, seguro conoces la tienda de Steam. Cuando ponen ofertas, soy el primero en estar ahí. Me ha pasado que compro un juego que siempre he querido a un precio regalado, justificándome con un «lo compro para cuando tenga tiempo de jugar». ¿Y qué pasa? Que no tengo tiempo. Voy acumulando una colección inhumana de juegos que no me va a alcanzar esta vida para terminar. Y sé que no soy el único. A otros les pasa con la ropa, con los zapatos, con los artilugios tecnológicos o con los muebles.
¿Por qué nos resulta tan irresistible un objeto en descuento? La respuesta es simple: porque nuestra mente cae en la ilusión de que el dinero es mágico y de que estamos ante una oportunidad de oro que no podemos dejar pasar. Pero la Budaconomía y la práctica Zen nos hacen dar un paso atrás, a respirar y a hacernos una pregunta muy incómoda: si yo no estoy pagando el costo real de esto. ¿Quién lo está pagando?
¿Descuento mágico? No en este universo
Somos una especie de simios que aprendió a aprovechar lo que el entorno le daba porque no sabía si mañana iba a comer. Sí, ser carroñeros nos ayudó a evolucionar. Si nuestros ancestros encontraban un arbusto con moras, lo devoraban de inmediato. Si encontraban un animal muerto, se comían lo que podían. Aprendimos a aprovechar lo que estaba disponible y de inmediato porque de eso dependía nuestra supervivencia.
Nuestra mente de mono ve “descuento” (carroña) y solo se fija en ese instante en el tiempo. No podemos hacer la conexión de dónde viene el descuento o por qué existe el descuento. Solo vemos beneficio inmediato y listo. Para nada es malo, es parte de lo que somos. Pero ahora estamos en condiciones de detenernos un poco y pensar.
No hay tal cosa como un descuento “mágico”. En un universo interdependiente, las cosas de la vida tienen un costo real. El dinero no se comporta como un hechizo que crea valor de la nada, sino que obedece a las leyes de la naturaleza: todo necesita estar en equilibrio y, si lo sacas de balance, el sistema se rompe.
Cuando algo parece ridículamente barato, casi siempre significa que el costo no desapareció por arte de magia: simplemente se movió de lugar.
Si en un punto te sobra dinero o te parece que te ahorraste una fortuna, en algún otro punto de la red de la vida está faltando algo. Ese «descuento» del 60% o 70% casi siempre se traduce en:
Tiempo humano no pagado de manera justa.
Condiciones laborales inhumanas de obreros en fábricas asiáticas.
Explotación infantil en minas de metales raros en África para fabricar nuestros teléfonos y baterías (niños metiéndose en hoyos diminutos porque caben mejor, cuando deberían estar en la escuela).
Abuso sistemático de la tierra y desmantelamiento de recursos naturales.
Empleados en las grandes cadenas comerciales con sueldos miserables y pésimas condiciones de trabajo para que el dueño de la corporación siga en la lista de los hombres más ricos del mundo (los estoy viendo Carlos Slim y Salinas Pliego).
Cuando compras un artilugio en Temu o AliExpress a un precio irreal, o cuando compras una playera por el costo de un café, el precio visible no refleja el costo real de las cosas. El descuento solo significa que alguien más, en algún rincón del planeta, está asumiendo la diferencia con su propio cuerpo, su dignidad y su vida.
No te digo esto para que sientas culpa. No se trata de azotarnos la espalda cada vez que compramos algo en rebaja. Todos necesitamos objetos, ropa y tecnología para vivir cómodamente. El punto no es satanizar el consumo, sino despertar nuestra atención plena. El Zen nos enseña a cuestionar de dónde viene lo que usamos y lo que gozamos para dejar de ser cómplices ciegos de un sistema que exprime la vida de los demás.
El iPad y el autoengaño del ego
El marketing moderno es especialista en pulsar los botones de nuestra ansiedad. Nos genera necesidades que no teníamos hace cinco minutos.
¿Te acuerdas cuando salió la primera iPad al mercado? La vendían como un aparato revolucionario que iba a solucionar problemas que ni sabías que tenías. La gente a mi alrededor corría a comprarla justificándose: «Es que la necesito para ser más productivo y leer más libros». Pero a ver: antes de la iPad, ¿no leías libros en papel? ¿No eras ya productivo con un cuaderno y un bolígrafo?
No tiene absolutamente nada de malo desear un objeto hermoso solo porque nos gusta, porque es cómodo o porque nos da calidad de vida. El problema empieza cuando nos autoengañamos y nos inventamos historias virtuosas para justificar nuestros caprichos egocéntricos.
Hace poco compré Diablo IV con todas sus expansiones. Es una serie de videojuegos de rol que he experimentado por 25 años. Sé perfectamente que no lo necesito, que voy a perder el tiempo jugando y que es un capricho de mi ego. Pero no me engaño. No me hago el cuento de: «es que lo necesito para liberar el estrés de mi práctica como maestro Zen». Lo compré porque me gusta, disfruto mucho la historia, me divierte y listo.
Detectar al ego en acción es un ejercicio sumamente liberador. Si vas a comprar un iPad, un videojuego o unos tenis caros, ropa de diseñador, un perfume exclusivo y tienes el dinero para hacerlo sin endeudarte, hazlo y disfrútalo. Pero hazlo con honestidad brutal: «Esto lo quiero por ego, me gusta y punto». El verdadero peligro de la Budaconomía aparece cuando te mientes a ti mismo, te dejas llevar por el impulso y te endeudas por algo que no necesitas para impresionar a gente que ni te importa.
Tres preguntas antes de hacer click en «comprar»
La Budaconomía no es una doctrina de privación extrema. No te pedimos que vivas en una cueva sin electricidad. Lo que te proponemos es que tu cartera sea tu principal escenario de meditación.
Para entrenar tu mente y no dejarte arrastrar por la marea de las rebajas, la próxima vez que veas una oferta irresistible, detén tu dedo antes de dar click en «comprar» y hazte estas tres preguntas:
¿Quién pagó el precio de esto que no me están cobrando a mí? (¿Qué condiciones de vida y de trabajo sostienen este artículo?).
¿De verdad lo necesito, o es mi ego disfrazado de necesidad? (¿Esta compra nace de la paz o de la ansiedad de pensar que me estoy perdiendo de algo? No, a menos que tu trabajo lo dicte, nadie necesita un dron).
¿Qué clase de mundo estoy ayudando a construir con esta compra?
Si esa oferta te genera ansiedad, prisa por comprar antes de que se acabe el temporizador de la pantalla o ganas de acumular «por si acaso», entonces ya dejó de ser una oportunidad económica: se ha convertido en una distracción espiritual.
Una vez que nuestras necesidades esenciales han sido cubiertas, es completamente legítimo disfrutar nuestro dinero. ¡Es hermoso lograr cosas que son el fruto de nuestro esfuerzo! Pero hay que hacerlo desde la consciencia, no desde el ego.
La «suficiencia», la palabra clave de la Budaconomía, consiste en saber cuándo es bastante. Comprar con atención plena nos devuelve el control de nuestros impulsos, afloja el nudo de la avaricia y nos conecta de manera compasiva con el resto de los seres sintientes. Al final, el precio más importante de las cosas jamás va a aparecer impreso en una etiqueta de descuento.
En el primer post de esta serie hablamos sobre el dinero desde una perspectiva espiritual y sobre cómo la práctica Zen nos lleva a desarrollar consciencia. Aprendimos que el Buda no estaba en contra de la abundancia ni el dinero. Hoy continuamos con dos temas que siempre nos afectan mucho.
La cultura que hemos creado nos empuja a ver la riqueza como algo deseable, pero jamás nos explican qué pasa en el universo o en nuestra mente cuando atesoramos demasiado. También nos ponen en contra de la pobreza y de las personas con menos oportunidades. En ambos casos, el daño al ser y social son enormes.
También he observado algo muy curioso. La práctica espiritual, independiente de religión, la hemos desterrado de nuestra educación básica. Entre muchas razones más, es porque casi todos los caminos filosóficos nos llevan a una vida sencilla. Hay un conflicto claro con los intereses de la sociedad de consumo, porque entre más personas espirituales haya, menos funciona el modelo económico actual.
Justo hoy quiero tocar ese tema para dejar que claro que practicar budismo no implica volverte pobre. Lejos de eso.
Hablar de riqueza y pobreza desde el Zen no es elegir entre glorificar la carencia o justificar la acumulación desmedida. La enseñanza del Buda propone algo un poco más difícil y bastante más profundo. Hay que comprender cómo las cosas materiales afectan nuestra mente, nuestra comunidad y nuestra práctica diaria. Al final, la Budaconomía no te pregunta cuánto dinero tienes en el banco, sino qué clase de conciencia estás cultivando con tu manera de ganar, gastar, guardar y compartir tus recursos (en caso de que los compartas).
La pobreza no es romántica
Quiero ser claro desde el principio: la pobreza duele. No se trata solo de un dato estadístico o de «tener poco dinero». La pobreza real es no tener suficiente para comer, no contar con un techo seguro, no tener acceso a educación y cultura, enfermarse y no poder pagar las medicinas, o vivir con el miedo constante de qué vas a hacer mañana. Cuando una comunidad vive así por mucho tiempo, la escasez moldea la mente, el cuerpo y la forma de ver el mundo.
En el Zen no romantizamos esta realidad. El Buda fue muy claro al enseñar que la pobreza extrema y las deudas asfixiantes son fuentes de tremendo sufrimiento para las personas y para sistemas sociales complejos. Aunque en nuestra práctica valoramos la sobriedad y aprender a estar satisfechos con lo que hay, el Dharma jamás celebra la miseria ni la humillación material como si fueran virtudes espirituales.
¿Y qué onda con la riqueza?
Por otro lado, tampoco caemos en el error de demonizar la riqueza. El Buda no era un detractor del dinero en sí; lo que nos enseñó fue a obtenerlo de manera honesta, a usarlo con sensatez y a no convertirlo en una prisión mental. Pero aun más importante, el budismo nos enseña a ver la abundancia a través de los ojos de la compasión.
Karuna (compasión) en la economía implica que toda nuestra relación con el dinero tiene que verse desde el beneficio para el ser, para los demás; así como desde la consciencia en cómo se obtiene. Actualmente esto es algo impensable para muchos de nosotros.
En enseñanzas del Canon Pali, como en el Ananya Sutta, se habla de cuatro tipos de felicidad para cualquier practicante de budismo:
La felicidad de tener recursos.
La felicidad de usarlos para hacer el bien.
La felicidad de vivir sin deudas.
La felicidad de llevar una vida limpia y ética.
Esto es clave porque nos demuestra que el problema no es el dinero que tienes en la cartera, sino cómo ese dinero construye o destruye tu paz interior y la de quienes te rodean.
En el Dhammapada leemos que «el contento es la riqueza más alta». Esto cambia las reglas del juego. Desde esta perspectiva, alguien puede tener una cuenta bancaria enorme y seguir siendo profundamente pobre en paz, atención y libertad. Al mismo tiempo, alguien con una vida muy modesta puede poseer una riqueza genuina hecha de equilibrio, compasión, salud mental, generosidad y gratitud.
El Camino Medio en tu cuenta e inversiones
Aquí está el corazón de la Budaconomía: el Buda no nos pide que vivamos en la privación extrema, sino que busquemos una vida donde nuestras necesidades básicas estén cubiertas sin caer en la trampa del exceso.
Estudiar esto nos ayuda a corregir dos errores muy comunes en los que solemos tropezar:
Creer que ser pobre te hace automáticamente más espiritual o «puro».
Pensar que tener dinero es sinónimo de estar realizado o bendecido.
El budismo desmonta ambos extremos. La miseria puede llegar a destruir tu dignidad, y la riqueza descontrolada puede intoxicar tu ego por completo. Lo importante no es la cantidad que hay, sino el efecto que produce en tu corazón.
Lo que nos enseña el maestro Dogen
En el Zen, y en especial con el maestro Dogen Zenji, el tema de la pobreza se vuelve muy agudo. Dogen insistía en que los monjes no debían buscar la riqueza ni acumular posesiones materiales. Elogiaba la pobreza monástica como la forma más coherente de vivir con ligereza, libre de las distracciones de la ambición. Es lo más cercano a la práctica de Shakyamuni.
Pero ojo: esta enseñanza no es un llamado a que la sociedad viva en la miseria. Es una herramienta de entrenamiento mental para el monje. Se trata de desactivar esa parte de nuestra mente que siempre quiere controlarlo todo, asegurarlo todo y poseerlo todo.
Dogen no nos enseña a odiar el dinero, sino a desidentificarnos de él. Aceptamos lo que llega con gratitud, lo usamos para lo que es y lo dejamos ir sin aferrarnos.
Es cierto que los monjes vivimos con un voto de austeridad, pero eso no significa que tú tengas que hacerlo también. ¡Todos tenemos derecho a una vida digna, bonita y cómoda!
La enseñanza es más en el sentido de que debemos ser conscientes de que cada moneda que llega a ti es un pedazo de vida ajena. Por lo tanto, cualquier exceso en el uso o acumulación de dinero es ir en contra de esas vidas. En lugar de honrarlas, estás siendo indiferente y eso te desconecta del flujo de la vida misma; lo que abre la puerta a mucho sufrimiento que no vas a saber ni de dónde viene.
Sencillez voluntaria vs. carencia real
Para entender esto hoy en día, tenemos que marcar una línea muy clara entre dos cosas que a veces se confunden: la sencillez elegida y la pobreza sufrida.
La sencillez elegida (o simplicidad voluntaria) es una práctica hermosa de libertad. Es decidir vivir con sobriedad y ligereza para no ser esclavos del consumo.
La pobreza sufrida es una injusticia que hiere el cuerpo, limita el futuro, genera ansiedad crónica y daña la dignidad humana.
Confundir ambas cosas sería un grave error ético. Cuando en el Zen aplaudimos la austeridad, no estamos diciendo que la escasez ajena sea noble. Decimos que una vida simple nos da espacio mental para practicar, mientras que la obsesión por acumular nos vuelve prisioneros de nuestros propios deseos. La palabra clave de la Budaconomía no es «pobreza», sino suficiencia.
¿Cómo aplicamos esto al día a día?
Llevar la Budaconomía a tus finanzas personales no requiere fórmulas mágicas, sino un cambio de actitud muy práctico:
Gana con honestidad: Busca que tu trabajo no dañe a otros seres vivos en la medida de lo posible.
Cubre lo básico con dignidad: Date el sustento que necesitas para estar bien, sin culpa.
Huye de las deudas que esclavizan: No compres caprichos con dinero que no tienes.
Evita los lujos que solo alimentan al ego: Tener lujos es lindo y te lo mereces. Lo que no necesitas es el exceso. No necesitas impresionar a nadie, ni a ti.
Ser agradecidos: Aprende a disfrutar y agradecer lo que ya tienes hoy aquí.
Comparte lo que puedas: Abre la mano; la generosidad es el mejor antídoto contra el miedo a la escasez.
Esto no es pobreza romántica ni una mentalidad de abundancia superficial. Es, simplemente, la economía de lo suficiente.
El Zen en el supermercado
Si entendemos que el dinero es energía y que estamos interconectados, entonces nuestras decisiones financieras dejan de ser moralmente neutras. Cada vez que compramos algo, que pagamos por un servicio, que decidimos a quién contratar o cuánto compartir, estamos participando activamente en la construcción de la sociedad.
Ayudar a disminuir la pobreza del mundo no es solo dar una moneda de vez en cuando para limpiar la culpa. Es pagar salarios dignos, no aprovecharnos de la necesidad de los demás, sostener el comercio local y recordar que nuestra comodidad no puede construirse sobre el sufrimiento de otros. Una espiritualidad que medita mucho en su cojín pero ignora el dolor material de los seres a su alrededor se queda muy incompleta.
Dinero y Buda son la misma cosa
Decir que el dinero es parte de la vida espiritual puede sonar raro al principio, pero en un universo interdependiente todo está conectado. El dinero organiza el tiempo, la comida, la salud, la educación, la cultura y el cuidado de la gente que amamos. No es una herramienta fría; es el vehículo donde nuestra compasión o nuestra codicia toman forma real en el mundo.
La Budaconomía es no ver el mundo económico como algo sucio o separado del Dharma. Tu cartera es uno de tus escenarios principales de práctica. El dinero puede endurecer tu corazón o puede volverte un ser mucho más consciente. Entre el extremo de la acumulación y el de la miseria, el Zen nos enseña una sabiduría difícil pero hermosa: vivir con lo necesario, no dejarnos poseer por lo que poseemos y usar nuestros recursos para sostener la dignidad y el despertar de todos los seres.
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Sobre mi
¡Hola! Soy Kyonin, monje y maestro budista de la tradición Soto Zen. Formo parte de Grupo Zen Ryokan. Comparto la sabiduría eterna del Buda para ayudar a encontrar la paz interior y la liberación del sufrimiento. Juntos vamos en camino hacia la compasión.
En días de lluvia
la melancolía invade
al monje Ryokan
-Haiku de Ryokan Taigu Roshi