
Todos los años desde que comencé con este blog, Chocobuda, y desde que comencé la sangha Grupo Zen Ryokan, surge varias veces la misma pregunta pero formulada de diferentes maneras: ¿Cómo conservo la calma ante (inserte su amenaza o preocupación del momento)? Creo que todos hemos estado ahí mil veces y mil veces seguiremos ahí.
Ya sea guerra, invasión, problema ecológico, asunto político local, epidemia, violencia en la calle o evento de la naturaleza; a todos nos afecta en el estado de ánimo. Nos preocupamos, nos quedamos sin dormir y nos mudamos a un mundo de desesperanza porque nos sentimos impotentes ante lo que no podemos arreglar pero que amenaza nuestra visión del mundo.
Justo esta semana en nuestros foros surgió la pregunta y pensé que mi respuesta podría ser útil para más personas.
La preocupación por los sucesos del mundo es compartida y genuina. Pero siempre trato de desempacarla y mirarla desde varios puntos de vista. Advierto que este post es completamente personal y sé que soy muy pequeño como para entender el panorama geopolítico. Lo que estás por leer puede que no se acomode con tu visión del mundo o posición política.
Siempre hay algo que te quiere destruir
Soy muy viejo. Nací en 1972 y crecí durante la Guerra Fría (1947 a 1991), aquel tiempo donde las grandes potencias, USA y URSS, se amenazaban mutuamente todos los días con aniquilarse con bombas nucleares. Para mi generación el miedo a la destrucción de la humanidad era cotidiano. Todos los días las noticias eran horribles y todos esperábamos a que algún loco «presionara el botón» y adiós humanidad. Esta canción de Miguel Mateos te puede dar una idea de cómo el miedo era permanente, aún en la música pop.
Esto nos da un panorama de lo que se vivía en esos tiempos. Había miedo y desesperanza 24/7. ¿Qué vas a hacer si llegas a grande? ¿Tenemos tiempo? ¿Vale la pena siquiera esforzarse si de todas formas el mundo va a explotar cuando alguien apriete el botón? El cine, la televisión, los noticiarios y las charlas de adultos eran sobre esto. Películas post-apocalípticas como Mad Max se planteaban un mundo postapocalíptico y cómo serían las cosas luego de las bombas atómicas.
La Guerra Fría pasó y la aniquilación jamás llegó. Seguro, se dieron muchos eventos de todo tipo, pero hoy estoy en mi escritorio con mi gato en las piernas, bebiendo una excelente taza de café que preparé con cariño y cuidado. Nadie ha presionado el botón. La destrucción que tanto nos desvelaba y que tanto se nos inyectó en la cabeza, jamás pasó.
También me tocaron los grandes miedos de la humanidad. En los 70s todos estábamos espantados porque la comida se iba a terminar. Había abejas asesinas, pirañas y hormigas mutantes. También se hablaba de que la sobre población acabaría con el mundo, y ahora ¡irónicamente ahora se nos pide tener más bebés!
En los 80s todos nos íbamos a ahogar en una nube tóxica y andaríamos con máscaras anti-gas por la calle. Todos moriríamos por el desastre de Chernobyl. El agua se iba a terminar en cualquier momento.
En los 90s tuvimos muchas guerras que marcaban el fin de la humanidad como las de Pérsico. Todos debíamos estar involucrados en la guerra de Bosnia Herzegovina. La capa de ozono se estaba debilitando, el petróleo se terminaría y también era el fin de los tiempos. Creo que también el cometa Halley anunciaba el fin del mundo.
En los 2000 hemos pasado por pandemias, más guerras, las tortugas se están muriendo por tu culpa, el plástico es el enemigo más grande, invasiones y hasta mensajes extraterrestres que parecen aterradores y resultan ser emisiones de un hoyo negro distante.
Y aquí sigo escribiendo. Mi café se ha terminado. La taza aún está caliente.
En mi vida me han tocado tantos y tantos apocalipsis, pánicos masivos, epidemias, terremotos, huracanes, tifones y conflictos que, honestamente, hoy vivo mi vida sin miedo porque siempre hay algo que nos va a aniquilar. La humanidad prevalece buscando la siguiente alerta para vivir con miedo.
El miedo es la más rentable de las industrias
Antes de ser monje budista fui diseñador gráfico. Trabajé mucho tiempo en medios de comunicación y confieso que fui parte de la máquina que propaga el miedo. Sé las tácticas que se usan y cómo impactar al público tocando las fibras más sensibles de la psique. Ahí aprendí lo débiles y fáciles de manipular que somos.
Entonces, no es que no me importe todo lo que pasa, es solo que no me importa porque mi kung fu es más fuerte que el kung fu de los nuevos medios. Haber pasado por tantas cosas y sobrevivirlas hace que mi cinismo y paz interna sean sólidos y un refugio.
Hoy vivimos conflictos como el de Israel vs Palestina, el de Venezuela y una gran lista de etcéteras. Del 100% de las cosas que pasan en el mundo, tengo 0% de control o de influencia. Decido mejor enfocarme en lo que sí puedo hacer. Tengo una sangha que cuidar, y un presente que vivir no importa qué.
¿Sabes por qué? Porque el miedo siempre está y es de fácil absorción. Nunca habrá falta de preocupaciones. Y también tengo la comprensión de que el miedo es una gran industria que genera mucho dinero y produce sociedades altamente manipulables.
Por industria del miedo se entiende no sólo la producción social del riesgo y la incertidumbre, sino también el aprovechamiento y la rentabilidad comercial y política que el mercado hace de la inseguridad existencial de los individuos. LINK
Entre más miedo tenemos, las redes sociales ganan más dinero. Entre más miedo y preocupaciones tenemos, los gobiernos del mundo pueden mantenernos sometidos y muy blanditos.
La hiperconectividad destroza la paz real que existe
La humanidad siempre ha sido conflictiva. Siempre ha habido actos violentos y amenazas. Y de hecho, hace 100 años o más atrás era mucho peor. Lo que ahora mata nuestra paz es la manera en la que se comparten noticias y opiniones, así como el lucro de la industria del miedo.
Es perfectamente natural sentirnos abrumados en este momento. Estamos pasando por una era de hiperconectividad voraz donde una sola noticia se multiplica y se repite hasta el cansancio, actuando como un filtro que distorsiona nuestra visión del presente. De pronto, el mundo se percibe como un lugar oscuro y sin esperanza, un incendio constante que parece no tener fin.
Sin embargo, la realidad es mucho más luminosa de lo que las notificaciones sugieren. Las redes sociales y las fuentes noticiosas se alimentan de tu atención mediante el miedo y la urgencia para generar clics, lo cierto es que transitamos por tiempos de paz sin precedentes que el estrépito digital no nos deja apreciar.
En las últimas décadas, las guerras de todo tipo se han vuelto menos frecuentes y menos letales, aunque los medios nos muestren cada día violencia y desastre como si el mundo estuviera siempre al borde del colapso. –Doc. Steven Pinker
Recomiendo mucho ver esta charla que habla justo sobre este tema.
No hay dinero en la paz y mucho menos en la felicidad. Hemos creado un sistema que necesita de nuestro miedo e inconformidad para mantenernos generando dinero y siendo controlables.
Admitir que pasamos un periodo de paz y progreso maravilloso en la historia no es atractivo y no hay negocio por hacer ahí. Los algoritmos se alimentan de tu engagement, que es el resultado de mantenerte enojado, preocupado y con miedo.
La paz mental viene de la compasión y el servicio, no de la preocupación
Aquí va lo que me ha metido en problemas mil veces, pero me mantengo firme cuando digo: no tienes la obligación moral, ni la capacidad física de cargar sobre tus hombros cada conflicto del planeta que aparece en tu muro de noticias o que te comentan tus personas cercanas.
No es que lo de Venezuela no sea importante. Pero no está en tus manos arreglarlo.
Palestina debe ser libre. Sí, claro, pero no eres palestino y, honestamente, no tienes ni idea de cómo ve el mundo una persona de esa zona. No está en tus manos arreglarlo.
Donald Trump va a invadir el mundo. Que lo haga. Tienes más cosas importantes por vivir.
Esto te va a volar la mente. ¿Sabes qué pasa si no tomas acción y una postura política? Nada. No pasa nada. El mundo sigue.
No quiero ser malinterpretado, por supuesto. Hay cosas que la humanidad necesita atender para crecer como especie, pero los cambios nunca llegan con la revolución, sino con la evolución. No podemos estar todo el tiempo preocupados, sin dormir y viendo la vida solo con tintes oscuros.
Hay que trabajar para mejorarnos a nosotros mismos, para un mejor futuro, pero cada uno de nosotros lo hace desde su área de acción, nunca desde el área de preocupación porque es un callejón de dolor y no de soluciones.
Tu verdadera tarea es soltar esas pesadas cargas que no te corresponden y dirigir tu energía hacia lo que sí está al alcance de tus manos.
Al cuidar tu entorno inmediato, desde el orden de tu espacio hasta la calidad de tus palabras con quienes te rodean, y actuar con compasión en lo pequeño, recuperas la luz y la claridad que el ruido externo te había robado.
La paz del mundo comienza, invariablemente, cuando regresas a este momento. Este es tu verdadero hogar.
Deja de ver noticias y redes sociales. Regálate horas de silencio y observa la vida. ¿A quién puedes ayudar hoy? ¿Cómo puedes ser una mejor persona hoy?
Regresa tus recursos emocionales y mentales a los seres que tienes al alcance de tus brazos. No sé, podría ser que funcione.
¿Qué ves, qué escuchas, qué siente tu cuerpo, qué hueles en este momento?
Prácticas del budismo Zen para recuperar la paz hoy mismo
Si sientes que el ruido externo te está robando la vida y la alegría, la tradición Zen nos ofrece herramientas directas para cortar el ciclo de la angustia. La paz no es algo que se adquiere, sino algo que surge cuando dejamos de fabricar tormentas mentales. Los grandes maestros del Zen tienen mucho por enseñarnos.
Zazen y el olvido del «yo» ansioso (Dogen Zenji): Dogen Zenji nos indica en Genjokoan: «Estudiar el camino de Buda es estudiarse a uno mismo. Estudiarse a uno mismo es olvidarse de uno mismo». Cuando las noticias nos aterran, nuestro «yo» se vuelve gigante y frágil. Al sentarte en Zazen, simplemente dejas que ese yo asustado se disuelva en la respiración. No intentas arreglar el mundo en tu cabeza; simplemente eres el mundo respirando. Al olvidarte de tus opiniones y miedos por un momento, la paz que ya estaba ahí se manifiesta.
Abrir la mano del pensamiento (Kosho Uchiyama Roshi): Uchiyama Roshi explicaba que los pensamientos son como «secreciones del cerebro». El miedo al futuro es solo una secreción más. Su práctica consiste en «abrir la mano del pensamiento». Cuando te descubras apretando el puño de la preocupación por una noticia, simplemente abre la mano y deja ir el pensamiento. No lo reprimas, pero no lo sigas. Déjalo pasar como una burbuja que estalla.
Práctica sin provecho o Mushotoku (Sawaki Kodo): Sawaki Kodo era un maestro implacable. Decía que «El Zen no sirve para nada». En un mundo que nos pide estar informados para «ganar algo» o «prevenir algo», el Zen nos pide actuar sin buscar beneficio personal (mushotoku). Deja de consumir noticias con la esperanza de encontrar seguridad. La seguridad no existe. Siéntate, camina o trabaja por el puro placer de hacerlo, sin el deseo de que el mundo se ajuste a tus expectativas. Sawaki Roshi dice «solo siéntate y deja de ser un títere de tus propios deseos y temores».
La paz del mundo no comienza con un gran tratado internacional firmado en una oficina lejana; comienza invariablemente cuando regresas a este momento, a este cuerpo y a este aliento. Este es tu único y verdadero hogar.
Preguntas Frecuentes (FAQ) sobre Budismo Zen y la Paz Mental ante la Amenaza
Como budista, ¿qué puedo hacer para estar más tranquilo ante las noticias?
La práctica fundamental en el Zen es Zazen o la meditación sentada, que nos enseña a observar la realidad sin juicios. El Zen nos explica que el sufrimiento no viene de la noticia en sí, sino de nuestra resistencia a lo que es o de quedarnos atrapados en «construcciones mentales» catastróficas.
Cuando consumas información, practica la observación directa: nota la tensión en tu mandíbula o la agitación de tu mente. En ese momento, respira y reconoce: «Esto es solo ruido externo golpeando mis sentidos». Al nombrar el proceso, dejas de ser la víctima del miedo. En el Zen, no intentamos que las nubes desaparezcan, simplemente nos sentamos hasta que recordamos que somos el cielo, no la nube.
¿No es egoísta buscar la paz personal cuando hay tanta gente sufriendo en guerras?
En la tradición Zen, entendemos la no-dualidad: tú y el mundo no son dos cosas separadas. Si tú estás en caos, añades caos al mundo. Si tú cultivas paz, esa paz es el mayor servicio que puedes prestar.
No puedes rescatar a nadie de un incendio si tus manos están temblando de pánico. Cultivar tu paz interna es un acto de responsabilidad. Un practicante de Zen en calma irradia una estabilidad que ayuda a los demás a recuperar su propio centro. Tu paz no es un escape de la realidad, es la base necesaria para actuar con verdadera sabiduría y compasión.
¿Cómo puedo practicar la compasión por personas que sufren muy lejos de mí?
El Zen nos enseña a transformar la angustia en presencia. Puedes dedicar tu práctica de meditación al bienestar de esos seres, pero lo más importante es entender que la compasión empieza «a un brazo de distancia».
La preocupación por lo que está lejos, a menudo es una forma de evitar lo que está cerca. Si quieres ayudar al mundo, empieza por no añadir más enojo a tu entorno inmediato. La verdadera compasión Zen es tangible: si alguien tiene hambre, dale de comer; si alguien sufre cerca de ti, escúchale. Esa energía de bondad local tiene un impacto real en la red de la existencia que nos conecta a todos.
¿Qué dice el Zen sobre el fin del mundo o las grandes catástrofes?
El Zen abraza plenamente la impermanencia (Mujo). Todo lo que aparece en el campo de la forma eventualmente desaparecerá. Aceptar esto no es pesimismo, es la liberación definitiva del miedo.
Cuando dejas de luchar contra la naturaleza cambiante de la vida, dejas de ver la «amenaza» como algo que no debería ocurrir y empiezas a verla como parte del flujo del universo. Esta aceptación te permite vivir con una intensidad y libertad asombrosas. En lugar de temblar por el futuro, puedes enfocarte totalmente en la maravilla de lo que existe ahora: el calor de tu taza, el sonido del viento y el milagro de estar vivo en este instante.

