
En las entregas anteriores de esta serie de Budaconomía, ya platicamos de que el dinero no es un refugio definitivo ni algo permanente. Aprendimos también que la riqueza y la pobreza no se miden por el saldo de tu cuenta, sino por el nivel de compasión, libertad y suficiencia que cultivas en tu día a día. Hoy quiero que entremos a un terreno sumamente resbaladizo, uno en el que todos hemos resbalado más de una vez: el canto de las sirenas del consumo, es decir, las ofertas, las rebajas y los descuentos.
A ver, seamos honestos. Todos hemos caído en una venta nocturna, en un Black Friday, en un Buen Fin o en una barata de temporada. Si lo tuyo son los videojuegos, seguro conoces la tienda de Steam. Cuando ponen ofertas, soy el primero en estar ahí. Me ha pasado que compro un juego que siempre he querido a un precio regalado, justificándome con un «lo compro para cuando tenga tiempo de jugar». ¿Y qué pasa? Que no tengo tiempo. Voy acumulando una colección inhumana de juegos que no me va a alcanzar esta vida para terminar. Y sé que no soy el único. A otros les pasa con la ropa, con los zapatos, con los artilugios tecnológicos o con los muebles.
¿Por qué nos resulta tan irresistible un objeto en descuento? La respuesta es simple: porque nuestra mente cae en la ilusión de que el dinero es mágico y de que estamos ante una oportunidad de oro que no podemos dejar pasar. Pero la Budaconomía y la práctica Zen nos hacen dar un paso atrás, a respirar y a hacernos una pregunta muy incómoda: si yo no estoy pagando el costo real de esto. ¿Quién lo está pagando?
¿Descuento mágico? No en este universo
Somos una especie de simios que aprendió a aprovechar lo que el entorno le daba porque no sabía si mañana iba a comer. Sí, ser carroñeros nos ayudó a evolucionar. Si nuestros ancestros encontraban un arbusto con moras, lo devoraban de inmediato. Si encontraban un animal muerto, se comían lo que podían. Aprendimos a aprovechar lo que estaba disponible y de inmediato porque de eso dependía nuestra supervivencia.
Nuestra mente de mono ve “descuento” (carroña) y solo se fija en ese instante en el tiempo. No podemos hacer la conexión de dónde viene el descuento o por qué existe el descuento. Solo vemos beneficio inmediato y listo. Para nada es malo, es parte de lo que somos. Pero ahora estamos en condiciones de detenernos un poco y pensar.
No hay tal cosa como un descuento “mágico”. En un universo interdependiente, las cosas de la vida tienen un costo real. El dinero no se comporta como un hechizo que crea valor de la nada, sino que obedece a las leyes de la naturaleza: todo necesita estar en equilibrio y, si lo sacas de balance, el sistema se rompe.
Cuando algo parece ridículamente barato, casi siempre significa que el costo no desapareció por arte de magia: simplemente se movió de lugar.
Si en un punto te sobra dinero o te parece que te ahorraste una fortuna, en algún otro punto de la red de la vida está faltando algo. Ese «descuento» del 60% o 70% casi siempre se traduce en:
- Tiempo humano no pagado de manera justa.
- Condiciones laborales inhumanas de obreros en fábricas asiáticas.
- Explotación infantil en minas de metales raros en África para fabricar nuestros teléfonos y baterías (niños metiéndose en hoyos diminutos porque caben mejor, cuando deberían estar en la escuela).
- Abuso sistemático de la tierra y desmantelamiento de recursos naturales.
- Empleados en las grandes cadenas comerciales con sueldos miserables y pésimas condiciones de trabajo para que el dueño de la corporación siga en la lista de los hombres más ricos del mundo (los estoy viendo Carlos Slim y Salinas Pliego).
Cuando compras un artilugio en Temu o AliExpress a un precio irreal, o cuando compras una playera por el costo de un café, el precio visible no refleja el costo real de las cosas. El descuento solo significa que alguien más, en algún rincón del planeta, está asumiendo la diferencia con su propio cuerpo, su dignidad y su vida.
No te digo esto para que sientas culpa. No se trata de azotarnos la espalda cada vez que compramos algo en rebaja. Todos necesitamos objetos, ropa y tecnología para vivir cómodamente. El punto no es satanizar el consumo, sino despertar nuestra atención plena. El Zen nos enseña a cuestionar de dónde viene lo que usamos y lo que gozamos para dejar de ser cómplices ciegos de un sistema que exprime la vida de los demás.
El iPad y el autoengaño del ego
El marketing moderno es especialista en pulsar los botones de nuestra ansiedad. Nos genera necesidades que no teníamos hace cinco minutos.
¿Te acuerdas cuando salió la primera iPad al mercado? La vendían como un aparato revolucionario que iba a solucionar problemas que ni sabías que tenías. La gente a mi alrededor corría a comprarla justificándose: «Es que la necesito para ser más productivo y leer más libros». Pero a ver: antes de la iPad, ¿no leías libros en papel? ¿No eras ya productivo con un cuaderno y un bolígrafo?
No tiene absolutamente nada de malo desear un objeto hermoso solo porque nos gusta, porque es cómodo o porque nos da calidad de vida. El problema empieza cuando nos autoengañamos y nos inventamos historias virtuosas para justificar nuestros caprichos egocéntricos.
Hace poco compré Diablo IV con todas sus expansiones. Es una serie de videojuegos de rol que he experimentado por 25 años. Sé perfectamente que no lo necesito, que voy a perder el tiempo jugando y que es un capricho de mi ego. Pero no me engaño. No me hago el cuento de: «es que lo necesito para liberar el estrés de mi práctica como maestro Zen». Lo compré porque me gusta, disfruto mucho la historia, me divierte y listo.
Detectar al ego en acción es un ejercicio sumamente liberador. Si vas a comprar un iPad, un videojuego o unos tenis caros, ropa de diseñador, un perfume exclusivo y tienes el dinero para hacerlo sin endeudarte, hazlo y disfrútalo. Pero hazlo con honestidad brutal: «Esto lo quiero por ego, me gusta y punto». El verdadero peligro de la Budaconomía aparece cuando te mientes a ti mismo, te dejas llevar por el impulso y te endeudas por algo que no necesitas para impresionar a gente que ni te importa.
Tres preguntas antes de hacer click en «comprar»
La Budaconomía no es una doctrina de privación extrema. No te pedimos que vivas en una cueva sin electricidad. Lo que te proponemos es que tu cartera sea tu principal escenario de meditación.
Para entrenar tu mente y no dejarte arrastrar por la marea de las rebajas, la próxima vez que veas una oferta irresistible, detén tu dedo antes de dar click en «comprar» y hazte estas tres preguntas:
- ¿Quién pagó el precio de esto que no me están cobrando a mí? (¿Qué condiciones de vida y de trabajo sostienen este artículo?).
- ¿De verdad lo necesito, o es mi ego disfrazado de necesidad? (¿Esta compra nace de la paz o de la ansiedad de pensar que me estoy perdiendo de algo? No, a menos que tu trabajo lo dicte, nadie necesita un dron).
- ¿Qué clase de mundo estoy ayudando a construir con esta compra?
Si esa oferta te genera ansiedad, prisa por comprar antes de que se acabe el temporizador de la pantalla o ganas de acumular «por si acaso», entonces ya dejó de ser una oportunidad económica: se ha convertido en una distracción espiritual.
Una vez que nuestras necesidades esenciales han sido cubiertas, es completamente legítimo disfrutar nuestro dinero. ¡Es hermoso lograr cosas que son el fruto de nuestro esfuerzo! Pero hay que hacerlo desde la consciencia, no desde el ego.
La «suficiencia», la palabra clave de la Budaconomía, consiste en saber cuándo es bastante. Comprar con atención plena nos devuelve el control de nuestros impulsos, afloja el nudo de la avaricia y nos conecta de manera compasiva con el resto de los seres sintientes. Al final, el precio más importante de las cosas jamás va a aparecer impreso en una etiqueta de descuento.

