por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Sep 18, 2017 | Activismo, Budismo, Vida, Zen

Desde que tengo memoria y desde que podía comprender un poco lo que hablaban los adultos a mi alrededor, he escuchado comentarios como: estamos peor que antes, la violencia está en aumento, estamos en crisis, la humanidad está en decadencia.
Escuché a mi bisabuela decir eso, a mis abuelos decirlo y mis padres estaban seguros que el fin de la civilización se acercaba.
Eso lo escuchaba en los años 70’s, 80’s y cuando me hice adulto en los 90’s me uní al tren de pensamiento. Comencé a consumir noticias, periódicos y columnas que apuntaban a que… ¡El mundo es un asco y nunca ha estado tan mal!
Junto con compañeros de trabajo y amigos creábamos esta imagen de la realidad en donde todos moriríamos de forma cruel a manos de los «malos».
Ahora en la segunda década de los dosmiles basta con pasar unos minutos en redes sociales para convencernos de que estamos peor que antes, la violencia está en aumento, estamos en crisis, la humanidad está en decadencia.
Cada generación considera que nunca ha estado peor. Pero la verdad de las cosas es que es todo lo contrario.
A pesar de la violencia de género, a pesar de la crueldad de los gobiernos, a pesar de los locos con armas nucleares, a pesar del terrorismo, a pesar de miles de políticos corruptos, a pesar de problemas de hambre, a pesar del narco; nunca en la historia de la humanidad hemos estado tan bien, tan seguros, con tantas bondades y con tanto progreso y paz.
Ahora sí te volviste loco, Choco-tarado. ¿Qué no vez que nos están matando? ¿Qué no vez las noticias? ¡Estamos peor que antes, la violencia está en aumento, estamos en crisis, la humanidad está en decadencia!
Sé que esta idea es difícil de entender porque tenemos una espesa capa de ego y de miedo que afecta la percepción de las cosas.
Cada vez que nos enteramos de un suceso desagradable es muy fácil identificarse de forma personal con él, sentir furia e impotencia y entrar en modo de odio. Suspendemos la inteligencia y nos volvemos parte del problema, sin pensar en soluciones virtuosas a las cosas. Buscamos venganza, no justicia. Queremos cambio instantáneo, olvidando la historia de siglos y siglos que nos ha traído hasta este momento en el tiempo.
Creamos en la mente una división entre «mi bando» y «el enemigo», lo cual genera más odio y violencia. Porque la violencia no solo es causar dolor físico. La violencia comienza con pensamientos oscuros de dolor y venganza para «el enemigo».
Peor aún cuando nos enganchamos en la avalancha del miedo y del odio, borramos de tajo la compasión, la gratitud y nos volvemos «el enemigo». Comenzamos a justificar pensamientos más terribles y acciones que pueden ser peores.
Entonces vivimos una guerra de egos, de división de bandos y de propagación de miedo que lastima más a la humanidad y hace que la solución se vea más y más lejana. Esto se traduce en infelicidad y sufrimiento para todos, y se transmite hacia el futuro porque nuestros niños crecen con nuestra mentalidad.
Olvidamos las cosas importantes
Todo lo anterior son pensamientos que he tenido desde hace mucho por mi entrenamiento como monje budista, pero que he comprobado gracias al trabajo del investigador y científico de Harvard Steven Pinker. En su libro The Better Angels of Our Nature (Los mejores ángeles de nuestra naturaleza) analiza los datos y números generados por siglos de violencia humana.
Usando matemáticas, algoritmos y datos generados por la historia de la humanidad, este psicólogo canadiense señala que la violencia ha ido disminuyendo con el correr de los siglos. Ha sido una disminución gradual que nos ha dado la oportunidad de dedicar tiempo al desarrollo de más cultura, ciencia y condiciones para prosperar.
Si nos detenemos a pensar en esto podemos ver que hace 50 años la violencia era mucho más cruel. Hace 100 o 200 años había guerras con exterminios de poblaciones completas. Los actos violentos eran tan fuertes y frecuentes que muchos de ellos ni siquiera aparecen en los libros de historia oficial.
Ahora disfrutamos de bendiciones que ni siquiera los faraones egipcios conocían.
Pero si la violencia ha ido disminuyendo, ¿porqué se siente tan cercana, tan despiadada? ¿Porqué vivimos con miedo y pensando que es la peor era?
Por que tenemos un ego y un conjunto de opiniones que se enganchan muy fácilmente en el odio y miedo propagados por las redes sociales y los medios de difusión. Somos muy fáciles de manipular. Olvidamos los mejores ángeles de nuestra naturaleza: empatía, gratitud, auto-control, percepción de la moral y (la más importante) la razón.
Sí hay solución a la violencia y a la decadencia
Es curioso ver cómo la gente se queja de lo horrible que es el mundo desde la comodidad de su escritorio o desde su teléfono móvil, sentados en un café. Todos parecen ser expertos, revolucionarios y activistas mientras se quejan usando Internet, que es la punta de las comunicaciones humanas y existe gracias al esfuerzo de millones de personas que han trabajado por nosotros.
El estudio del budismo zen nos abre la mente a una forma más ecuánime de ver las cosas. Nos hace entender lo que Steven Pinker y otros sociólogos nos dicen, para poder recuperar la gratitud y la fuerza. Tenemos mucho de todo. Nuestra actual pobreza no se compara a la pobreza de la antigüedad. Nuestros problemas de inseguridad actual no son ni una fracción de lo que eran.
No se trata de esconder la cabeza ante la violencia. No se trata de permitir que corruptos y criminales sigan causando daño. No se trata de huir de las necesidades de la humanidad. Todo lo contrario. Aceptamos el estado actual de las cosas para saber el terreno que pisamos y comenzar a construir un mejor futuro.
Lo que el zen nos da es la calma para ver que todos los grandes cambios sociales jamás se darán de forma inmediata, por más berrinche que hagamos.
Lo que la práctica budista nos da es la inteligencia para que la compasión sea prioritaria en nuestra mente y sea parte fundamental de la educación de los jóvenes.
Estos actuales problemas de violencia de género o de racismo, no son nuevos. Los hemos cultivado por siglos y nos llevará siglos corregirlos. La práctica zen nos da la paciencia y entereza para nunca rendirnos y seguir un paso a la vez.
El Buda nos recuerda que todos los seres vivos sufrimos, pero todos somos dignos de compasión. Todos somos buda, somos lo mismo. Sin división, sin fronteras, sin color, sin género.
No vamos a terminar con la violencia en una manifestación ni con un hashtag.
Cambiamos la historia cuidando de los demás, siguiendo el camino del bodhisattva. Forjamos el futuro cambiando desde dentro de nosotros, con cariño hacia nuestro cuerpomente y lo transmitimos a los más jóvenes… al mismo tiempo que trabajamos en una mejor sociedad siguiendo las reglas y siendo auténticamente honestos en la calidad de nuestros actos.
Haciendo de la meditación un parte de nuestro cuidado higiénico diario; educándonos en Gratitud, Compasión y Generosidad es posible educar niños que cambien la historia. Así gradualmente hasta llegar a minimizar la violencia.
La práctica zen nos recuerda que todo es vacío, que todo es silencio. Y comienza sentándonos en silencio en zazen.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jul 24, 2017 | Budismo, Vida, Zazen, Zen

ADVERTENCIA: Este post habla ligeramente de la visión del budismo zen sobre el dolor. De ninguna manera promueve el abandono de tratamientos profesionales o impulsa al lector a no consultar al médico. El budismo y la práctica de zazen complementan el tratamiento que solo tu médico puede indicar.
Si tienes un cuerpo y estás vivo experimentarás dolor en algún momento. Todos los seres vivos sentimos dolor. No hay verdad más contundente que esta. El dolor físico es parte del paquete de bienvenida que recibimos al nacer y no hay manera de renunciar a él. El dolor es parte de nosotros, es uno de esos compañeros de viaje al que decidimos ignorar, pero caminará a lado todo el tiempo. Se manifestará poco, a veces mucho y en ocasiones por largos periodos.
Nosotros, en la eterna pretensión de ser los reyes de la creación, evadimos esta realidad para maquillarla con mil remedios, medicamentos procesados y técnicas. Lo evadimos a toda costa porque el dolor nos hace sufrir. Y el sufrimiento es algo que no nos aterra, pero justo porque le tenemos miedo, nos visita con frecuencia… como esa tía gorda que te pellizca las mejillas.
El Buda era una persona que sabía mucho de dolor. De hecho, éste lo acompañó en la última etapa de su vida porque su espalda de 80 años ya no podía con tanto caminar. Tenía que permanecer recostado sobre su lado derecho para poder mitigar un poco su incomodidad.
De igual muchos otros maestros budistas han conocido el dolor cara a cara. Pema Chodron padece de dolores crónicos y ésto la ha llevado a una vida de contemplación solitaria. Bhikkhu Bodhi ha viajado por el mundo en busca de una cura a su dolor. Nuestro maestro Dogen Zenji, quien murió a los 53 años, pasó por una etapa fuerte de dolor y de debilidad que no le permitían estar de pie por mucho tiempo.
Sin embargo, no importa de qué era sea el maestro, en todas las imágenes que tenemos de ellos se les puede ver sonrientes, serenos y sin preocupación. La imagen del Buda recostado en su lado derecho es un recordatorio de que se puede estar tranquilo aunque se esté pasando por dolor físico, que es una parte inevitable de la vida.
¿Cómo es esto posible, si un dolor de muela es horrible? ¿Cómo sonreír cuando se está pasando por algo tan serio como cáncer o SIDA? ¿Cómo estar de buen humor con una enfermedad autoinmune? ¿Cómo estar tranquilo si la espalda me está matando?
La práctica budista zen nos permite estar en paz con el dolor y la enfermedad porque entendemos que la vida incluye dolor. Sabemos que todos los seres vivos pueden sentirlo y que de ninguna manera el dolor es exclusivo para una sola persona.
En el Sallatha Sutta, el Buda nos dice:
«Cuando es tocada por el dolor, la persona común no instruida [en el dharma] se aflige, llora y lamenta, se golpea el pecho y se vuelve distraída. Así siente dos dolores: el físico y el mental.
Es como si dispararan una flecha a un hombre y justo después dispararan otra más. El hombre sentiría los dolores de dos flechas. De la misma forma, cuando es tocada por el dolor, la persona común no instruida [en el dharma] se aflige, llora y lamenta, se golpea el pecho y se vuelve distraída. Así siente dos dolores: el físico y el mental.»
La mente humana evolucionó para pensar. Es su trabajo y lo hace muy bien. Entendemos el universo por medio de los pensamientos, que son historias que nos contamos. El problema es que estas historias casi siempre son de ego porque vemos el universo en torno a cómo nos afectan de manera personal todos los fenómenos.
Cuando incluimos la palabra YO en la experiencia del dolor, estamos asumiendo que somos los únicos en el mundo que están sintiéndolo. Olvidamos que es una cualidad más de la vida y nos volvemos miserables haciendo lo posible por repelerlo. Entre más lo rechazamos, más lo sentimos y la recuperación (o agonía) tarda mucho más.
El budismo nos hace entender que el dolor es real, es parte de nosotros y lo compartimos con todos los seres que han existido y que existirán. Es un gran maestro porque nos hace sensibles a la experiencia ajena, nos impulsa a hacer lo posible para no pasarla tan mal, a ser creativos, a ser humildes y buscar ayuda y cobijo en otros. Nos hace explorar partes de nosotros que no conocíamos. Cuando el dolor termina sabemos lo que otros experimentan y estamos en capacidad de ayudar.
La práctica zen pone en nuestra cara la realidad de que el dolor nunca ha sido y nunca será personal. No es una conspiración en nuestra contra. Es lo que es, y como todo en el universo, es impermanente. El zen nos hace estar en paz con todo y lo vivimos sin poner etiquetas, sin decir YO.
Con la práctica disciplinada de zazen es posible lograr una no-relación con el dolor, hasta el punto de disminuirlo o no sentirlo más por algún tiempo. También cambia la relación con la enfermedad: se ve como una condición más de la vida y no como una afrenta personal. No en vano la ciencia continua explorando la meditación como el mejor analgésico que jamás hayamos inventado.
Mi experiencia personal con el dolor es insignificante y de ninguna forma puedo comparar mis vivencias con las de un paciente de dolor crónico. Sólo puedo atestiguar que cuando hay dolor me siento en zazen y al final de la sesión me cuesta trabajo encontrarlo. Llevo varios años sin tomar ningún analgésico o medicamento. Pero de nuevo, los dolores y enfermedades que he tenido son nada.
En el silencio del zazen nos volvemos uno con el dolor. Y si solo queda uno, entonces ya no resta nadie más para sentirlo.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jul 17, 2017 | Budismo, Vida, Zen

Aunque el camino del budismo zen está abierto a todo mundo, no todos están dispuestos a dejar de lado las preferencias personales. Estudiar zen es el constante compromiso de jamás abrazar gustos u opiniones en favor de un credo, idea o partido político.
Si yo digo «prefiero la paz y no la violencia», entonces debo abrazarme a la paz y a todas las cosas que cultivan ese gusto. Iré por la vida rodeándome de personas y objetos que me hacen sentir bien; excluyendo y alejando de mi todo lo que no cumpla mi preferencia de «paz».
Pero lo que escapa a la vista es que al esforzarme demasiado en ser pacífico, me convierto en una persona horrible, que excluye, que divide, que ataca. Convierto en objeto a todo aquel que no colabore con mi ideal.
Al final seré mucho más violento que la persona que me parecía violenta en primer lugar.
Cuando preferimos un equipo deportivo a otro, un sistema operativo a otro, una cultura a otra; estamos generando división en el corazón y la mente. Esta división genera barreras que nos llevan al odio y a la eterna conquista o destrucción de quien no comparte nuestro auto-engaño.
Aun el defensor de los derechos humanos o de los animales se puede convertir en un villano de cómic cuando se obsesiona con su ideal.
Con la práctica de zazen, el budismo zen nos da una puerta de salida para no ser víctimas de nuestro propio ego.
En el perfecto silencio de nuestra meditación podemos ver que no hay nada de malo con seguir a un cantante, partido político o comer exclusivamente vegetales… siempre y cuando ésto no nos genere caos y no dañemos con pensamieto, palabra o actos a otros seres. Incluido uno mismo.
En el zen vamos por la vida observando, formando parte de todo lo que nos rodea.
Escuchamos música, trabajamos, disfrutamos y cuidamos a la familia.
Pero sabemos cuándo ha llegado el momento de soltar las ideas.
Sin preferencia alguna se vive en paz y en armonía con el universo.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jul 10, 2017 | Budismo, Vida, Zazen, Zen

Puedes terminar la búsqueda aquí y ahora. Puedes quitarte esos zapatos y retirar la máscara de tu rostro en este instante. Ya estás en casa. Siempre has estado donde perteneces.
Has caminado por años buscando felicidad por debajo de cada roca. Has perseguido mil espejismos que te seducen con promesas de amor y de tranquilidad. Hasta ahora te has enredado en muchas relaciones que parecen no llegar a ningún lado. Amigos, parejas, familia; ellos no tienen la solución a aquello que te hace perder el sueño.
Has seguido el canto de la sirena de la sociedad de consumo, pensando que el nuevo auto o el nuevo teléfono móvil te harán una persona de éxito. Pero entre más compras y más logras, el vacío es cada día más grande.
Quieres llegar más lejos, más temprano y viajar más rápido. Quieres más títulos, más reconocimiento, quieres ser una persona rodeada de seguidores y de poder. Luchas por todo ello, pero cuando lo logras, de nuevo el vacío dentro de ti te oprime el corazón.
No, la respuesta nunca ha estado en cumplir tus sueños. Tampoco en la belleza o cubrir tus imperfecciones con maquillaje. Pelear por tus derechos, cobrar venganza, manifestarte en contra del gobierno y la corrupción. Pelear, pelear y pelear. Continúas ese camino sabiendo dentro de ti que no te llevará tampoco a casa.
¿Entonces dónde está mi lugar? ¿Dónde pertenezco? ¿Hacia dónde voy?
Ya estás en casa. Siempre has estado aquí, pero miras por la ventana hacia la casa del vecino. Te comparas, deseas y sufres lo que no tienes… mientras estás sentado en una silla llamada Gratitud.
Aquí en casa todo está en orden. El tiempo no corre, la vejez no importa y la lucha por tenerlo todo pierde todo significado.
Aquí en casa todos te amamos, te aceptamos como eres y contamos contigo para estar bien. Aquí no solo te tendemos la mano para ayudarte, sino que te impulsamos a estar bien. Sabemos que tu bienestar es nuestra felicidad.
Aquí en casa eres libre para ser tú mismo, para dejar de pretender ser lo que no eres. Aquí nadie te juzga, no te criticamos.
Esta es tu casa, en la que cada ventana mira hacia dentro de ti, hacia el contento y la aceptación la vida como es.
En tu casa hay silencio que sana y calma. No importa en qué parte del universo estés, siempre estás en casa cuando miras la vida con Compasión, Gratitud y Generosidad.
Ya estás en casa. Así que relájate. Respira. Y siéntate a meditar en zazen.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jun 29, 2017 | Budismo, Vida, Zazen, Zen

Todas las tormentas que hunden nuestras naves con las olas más devastadoras están formadas de las cosas que deseamos, de la lujuria y del consumo desmedido. Una vez que abrimos la puerta a la avaricia, es muy difícil cerrarlas. Somos adictos a tenerlo todo de inmediato y a navegar en círculos alrededor de objetivos ficticios.
Las nubes negras que lo cubren todo son las aversiones, los miedos, el odio y las divisiones que ponemos entre nosotros. Cada muralla, cada opinión a la que nos abrazamos contribuye a que la tormenta se vuelva aún más monstruosa.
Y no para. Nunca para. Vamos de puerto en puerto buscando la tranquilidad, lo que sea que nos haga felices. Pero todos los puertos están hechos de lo mismo. Nos ofrecen espejismos que al final son más caros de lo que imaginábamos.
Somos profesionales en movernos de un lugar a otro, en poner metas y salir disparados hacia ellas.
Pero cuando nos sentamos en silencio contemplando todo lo que hay y sintiendo la respiración, es posible llegar aun muelle seguro. Es un lugar en donde la calma no está en lo aparente, sin dentro de nosotros. Y es profunda. Es perfecta.
Aquí abajo no hay nada qué temer. No hay lugar al que llegar, pues ya estamos donde necesitamos estar. No hay prisas ni urgencias; el tiempo deja de ser importante. No hay odio, barreras ni opiniones qué proteger.
Vemos pasar los pensamientos como si fueran peces. Vienen, se acercan, se van.
Aquí en la profundidad no hay tormentas.
Solo silencio.

por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jun 27, 2017 | Budismo, Mindfulness, Vida

Siempre he disfrutado de la música sinfónica y de vez en cuando acudo a escuchar orquestas filarmónicas en vivo. Recuerdo una vez que estaba emocionado porque iría a escuchar un concierto de obras de Gustav Mahler. Compré un par de boletos para mi y mi amigo, llegamos temprano a la sala. ¡Estaba listo para disfrutar el evento!
Nos sentamos para ver a los músicos afinar sus instrumentos. Minutos después se atenuaron las luces, llegó el director y el recital comenzó.
Los primeros instantes la pasé bien. Me dejé llevar por la música. Pero uno de los violinistas llamó mi atención porque estaba peinado de manera graciosa. Cuando se movía, su cabello se alborotaba porque alzaba sus hombros como para inspirarse. Me dio risa. Luego miré a los músicos que lo rodeaban y seguí criticando todo: la manera de vestir, cómo se movían, sus peinados, cómo estaban sentados, si los instrumentos estaban limpios o no. Observé también al director que tenía un par de arrugas en su saco. ¿Cómo era eso posible?
Mi mente siguió diseccionando a la orquesta y de pronto escuché aplausos y las luces del auditorio se encendieron para intermedio. Mi amigo me miró sonriente y solo dijo «¡Guau!», complacido por lo que había escuchado.
La realidad me pegó como un camión en la cabeza. Por estar criticando y pensando trivialidades, ¡me había perdido la mitad del concierto! No había puesto atención a la música y me había dejado llevar por el diálogo interno. Hubiera dado lo mismo haberme quedado en casa.
¿Cuántas veces al día nos pasa esto? La mente es más volátil que la gasolina. Dejamos que se evapore por todos lados y nos perdemos de lo que tenemos justo aquí y ahora. Por estar preocupados del futuro o atados al pasado, no vemos la magia de las cosas que están justo al alcance de nuestras manos.
¿Cuántas veces vamos caminando o conduciendo el auto sin darnos cuenta del tiempo o de lo que pasa justo a lado? La razón de muchos accidentes es debido a que la mente está en todas partes excepto donde debe: aquí.
Nos perdemos del sabor de la comida, de los sonidos de la música y podemos llegar al extremo de perdernos de la infancia de nuestros hijos, o de estar viviendo nuestra propia historia de amor con la pareja.
En realidad, tener la mente dispersa es muy caro en tiempo y dinero. Pero estamos tan acostumbrados a estar perdidos en el infinito, que ya no sabemos cómo regresar al presente.
El remedio infalible es tener una práctica estable y disciplinada de meditación. Y es aún mejor si practicamos zazen.
Pero para quienes comienzan en el camino de la conciencia plena, recomiendo aplicar este pequeño ejercicio de solo tres preguntas que nos obligan a traer de la mente de vuelta al momento actual. No, no es un sustituto de la meditación. Es tan solo un complemento y un mero ejercicio que nos ayuda a re-conectarnos con lo que estamos haciendo y a notar cuando la mente divaga.
Así que cuando notes que el caos mental es enorme, que no estás concentrado y que es has pasado demasiado tiempo en el futuro o en el pasado, es momento de seguir estos pasos:
1. Respira profundo 10 veces
Sé que suena a lugar común, pero detenerte a respirar funciona porque rompes con el tren de estrés y con las cosas con las que te estás haciendo sufrir. Te obligas a hacer una pausa de un par de minutos para notar que eres un ser vivo y que respiras.
2. ¿Dónde estoy?
Podría sonar tonto preguntarte esto, pero con frecuencia olvidamos justo el lugar donde nos encontramos. Puede que el cuerpo esté en la oficina o escuela, pero la mente está volando hacia fantasías de cosas que no han sucedido, o a cosas del pasado que no controlas. Preguntar dónde estás y responderte de forma descriptiva ayuda a tomar consciencia del lugar físico en el que te estás.
3. ¿Qué estoy haciendo?
Hacer cosas de forma automática es cotidiano para muchos de nosotros, pero es ahí donde los accidentes y los descuidos acechan. Cuando pierdas la noción de la actividad actual, como conducir o afeitarte, pregunta ¿qué estoy haciendo?. Tu respuesta debe ser descriptiva y detallada. Esto hará que la mente vuelva a tu cuerpo para ayudarte a poner atención a los detalles.
4. ¿Con quién estoy?
Somos muy pretenciosos y vamos por la vida pensando que somos mejores o superiores que los demás. Cuando esto pasa nos desconectamos de la gente que nos rodea porque asumimos que estamos perdiendo el tiempo y que estamos aburridos. ¡Podríamos estar haciendo algo más divertido o productivo! Por supuesto que es una ilusión más de nuestro ego, así que hay que hacernos el propósito de mirar a la persona con la que estamos justo ahora, a quien escuchamos. Lo más seguro es que generes una mejor relación con el mensaje y con el humano que se tomó el tiempo de hablar contigo.
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Como habrás visto, no es necesario ser místico ni maestro budista para usar el sentido común. En mi experiencia, estos pasos funcionan y son la puerta de entrada a que te intereses por la práctica de la meditación como una forma de mejorar tu vida.
Vale la pena intentarlo.
¿Tienes algún consejo que uses para traer de regreso la mente al presente? ¡Comparte en los comentarios!