por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Feb 11, 2013 | Activismo, Vida

La respuesta corta es: no lo hagas.
No, no, no. Y más no.
Por si el mensaje no llegó: no.
La respuesta larga:
Es un grave error enseñar religión a los niños. No importa que sea catolicismo, taoismo, budismo o rastafarianismo, la religión a temprana edad sólo envenena la mente y evita el pensamiento crítico.
Lo que el mundo necesita son más personas libres, que vean el mundo con ojos críticos. Que cuestionen, que investiguen, que aprendan a aceptar la diversidad.
Queremos más niños y jóvenes que vivan con generosidad, amor por los seres vivos, ética, moral y valores humanos universales, independientes de doctrinas.
La mayor parte de los problemas del mundo vienen debido a la intolerancia. Al enseñar a los chicos una religión los estamos segregando y haciendo diferentes de los demás. Los metemos en el ciclo retórico del «mi dios es mejor que el tuyo» y las etiquetas comienzan así.
Nuestros niños aun no son capaces de sumar cuando ya saben lo que es un católico y lo que es un no-católico. Y eso es terrible.
Como padres fallamos en enseñar lo más esencial: todos somos personas hechas de lo mismo y que la diversidad es lo que nos enriquece.
Y no, no necesitas la religión para enseñar generosidad, bondad y moral. Lo que necesitas es vivir con esos valores en tu corazón, porque los pequeños aprenden del ejemplo de los padres.
Si tú como padre respetas la vida, la diversidad, te comportas con honor, hablas con la verdad, controlas la ira, lees, investigas y buscas evidencia antes de creer ciegamente en magia; tus hijos crecerán con el ejemplo y vivirán siendo buenas personas el futuro.
De nada sirve que los conviertas al budismo o que los bautices, si mientes, robas, engañas y manipulas.
Las únicas religiones que se debe enseñar a los niños son la bondad y el pensamiento crítico.
Creo que la religión es una elección personal de suma importancia. Es un derecho humano básico. Todos debemos estar en la posibilidad de seguir las ideas que más se amolden a nuestra personalidad.
Al convertir o conducir a un niño a la religión X, estás violando este derecho fundamental y estás anulando la inteligencia de tus hijos.
Cuando llegue el momento, tus hijos deberían estar posición de elegir. Si los educas con generosidad, respeto y bondad; no importa que la religión que miren.
Lo que importa es que ya serán buenas personas para ese entonces y los valores que traigan desde la cuna sólo se verán reforzados por la religión de su interés.
Así, la humanidad gana y la empujamos hacia adelante.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Feb 8, 2013 | Budismo, Vida
La música es una de las expresiones humanas más sublimes.
Desde que nacemos escuchamos piezas y canciones que nos acompañan en cada momento de nuestra vida.
La alegría se goza más con ritmos rápidos y felices. La tristeza se vive con más comodidad con un buen soundtrack que la acompañe.
Acumulamos música en la casa y la llevamos con nosotros en nuestros gadgets. Jamás nos despegamos de ella.
Nos acompaña hasta la tumba.
Pero, ¿te has percatado de que la música siempre es externa a ti? A menos que seas músico de carrera, buscas música que ha sido compuesta por otras personas o interpretada por algún profesional.
Como estamos distraídos con sonidos ajenos, nos prohibimos escuchar la mejor música de toda: nuestra música interna.
Somos seres que vibran, se mueven y generan ritmos que laten con la vida. Aun en el silencio profundo de la meditación, formamos pequeñas notas que suenan en la sinfonía del cosmos.
Cuando apreciamos la música del silencio interno, nos liberamos para poder escuchar al viento, las estrellas, las ciudades y su caos vial, el ladrido de un perro, y hasta el armonioso sonido de una construcción.
La música es la vida.
Nosotros somos música.
Y tú eres la nota más importante.
Zazen es el instrumento que nos permite interpretarla.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Feb 5, 2013 | Productividad, Vida, Vida oficinal
¡Me super URGE! es una de las frases más comunes en las oficinas en México.
Implica que algo es de suprema importancia… pero en superlativo, exagerado y expandido. Si el conflicto no es resuelto o la petición no es atendida en tiempo inhumano, habrán serias consecuencias.
Y claro, es una de las oraciones más estúpidas que jamás escuché.
Cuando alguien lanza esta gema lingüística, por lo regular lo hace para:
- Fingir que está trabajando más que tú.
- Para exhibir su pequeño nivel de poder.
- Para declarar su incompetencia y su pobre planeación.
- Para compartir su miseria y tensión con todo el ecosistema oficinal.
Con esto se logra avanzar en el trabajo apilado y también poner tensos a todas las partes interesadas en el proyecto en cuestión.
Y es bastante triste, en realidad.
El lenguaje jamás es inocente. Todo lo que decimos tiene una intención, y ¡Me super URGE! es quizá la frase más egoísta que pueda existir.
Pasa por alto las necesidades, sentimientos y carga de trabajo de otras personas; para satisfacer los deseos y frustraciones de alguien con un poco más de poder.
Convierte en objetos a las personas que tienen la desgracia de estar un nivel más abajo en la jerarquía de la oficina.
Obliga a la gente a trabajar a toda velocidad, incrementando el margen de error y las posibilidades de fracaso. Y cuando las cosas salen mal, al que le super URGÍA el proyecto, se desligará de toda responsabilidad.
Sé que es difícil evitar el ¡Me super URGE!, pero no imposible.
Si tienes buena planeación, un método de productividad que funcione y sabes decir que no a trabajos de emergencia, poco a poco tu entorno se volverá más amable. Lo digo por experiencia.
Al final de cuentas, nuestro trabajo hablará por nosotros.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Ene 28, 2013 | Budismo, Vida

NOTA: Este post está obsoleto. Por favor lee la nueva versión aquí.
El budismo es una filosofía que llama a muchas personas, pero existe tanta información y fuentes diferentes, que es difícil saber por dónde comenzar.
A diferencia de otras filosofías y religiones, al budismo no le interesa reclutar más miembros. No existe un «Vaticano» budista, no hay una autoridad máxima y tampoco existe un camino claro qué seguir. Uno tiene que comenzar a investigar por su parte, dejando toda la responsabilidad en nuestras manos.
Por otro lado, tampoco existe una manera rápida de ser budista. Es un proceso que puede tardar años, así que la paciencia es una de las herramientas más útiles.
Esto podría abrumar a muchos, así que preparé una pequeña lista de pasos a seguir para quien se interese en adoptar las enseñanzas del Buda.
Para comenzar en budismo
1. Entiende que será lento
Saber esperar y vivir un día a la vez es básico. En budismo no existe una iglesia donde por medio de un ritual mágico nos conviertan en practicantes. Llegar a ser budista será un camino largo, pero lleno de crecimiento.
Aquí no hay prisas, no hay límites de tiempo ni urgencias. Sólo disfruta el viaje y nunca te obsesiones.
2. Lee. Mucho
El budismo es una filosofía apoyada 100% en conocimiento; mismo que sólo llega por medio de la lectura. Seguro, puedes ser una persona muy observadora y sacar conclusiones maravillosas; pero si no lees, no tendrás marco de referencia alguno.
El primer paso en la ruta hacia el budismo comienza cuando terminas tu primer libro. Y el segundo paso es cuando terminas el segundo libro.
Y por «libro» me refiero a esas pilas de hojas con letras y sin ilustraciones que ya nadie toca ni por error.
Mientras lees libros, lee foros y blogs. También puedes escuchar podcasts.
Nunca pares de leer.
Cuando estés cansado de leer, lee un poco más.
Budismo para Dummies es un buen libro para comenzar.
3. Medita
Budismo = meditación. No hay salida. Si quieres ser budista, tienes que pasar meditando el triple de tiempo que pasas leyendo.
El conocimiento entra con la lectura, pero necesitas dar espacio y silencio a la mente para que asimile lo que vas aprendiendo.
Por otro lado, la ciencia ha demostrado infinitos beneficios resultantes de meditar con disciplina. En realidad hay mucho qué ganar y nada qué perder.
¿No sabes cómo comenzar? ¡Bienvenido!
4. Aplica lo aprendido
El budismo nos abre la puerta a códigos de conducta éticos y a la tranquilidad interna.
Aplica lo aprendido a tu vida cotidiana, lo mejor que puedas.
Sin duda te toparás con muchas preguntas y dudas. Te darás contra la pared más de una vez y tus valores familiares/personales/religiosos se cimbrarán.
Cuando estés en este punto, será tiempo de buscar un grupo.
5. Encuentra un grupo
Es posible ser practicante solitario, pero formar parte de una sangha (comunidad budista) es muy agradable. Siempre encontrarás talleres, festivales, buena comida y lo mejor: excelentes amigos.
Sin embargo, unirse a un grupo por primera vez puede ser una experiencia dura. Se hablará de temas que no entiendes, habrán códigos de conducta que no conoces y dirán palabras que jamás has escuchado. En suma, te sentirás fuera de lugar.
Por esto, recomiendo mucho que se busque una comunidad hasta después de haber leído dos libros de budismo básico.
¿Qué comunidad budista elegir? Asiste varias veces a diferentes sanghas hasta que te sientas cómodo en alguna. Es cuestión de experimentar.
Y quizá aquí es donde encontrarás a algún maestro que será tu guía. Pero eso no lo sabrás hasta que llegue el momento.
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Cada camino es diferente, así que esta lista es sólo una colección de sugerencias. ¿Tienes algún punto qué compartir? ¡Para eso están los comentarios!
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Ene 24, 2013 | Budismo, Vida
Uno de los grandes problemas de la humanidad a través de los tiempos, ha sido la xenofobia.
El odio, repudio y miedo hacia las culturas distintas o características genéticas diferentes a la nuestra, se manifiestan de forma irremediable en agresión.
A pesar de que casi todas las leyes y constituciones del mundo hablan de igualdad y de que todos los seres humanos tienen los mismos derechos; la realidad es que el odio hacia lo diferente lo podemos ver justo afuera de la venta… o peor aun, dentro de nuestra casa.
Hablando sólo de México, el racismo es un problema que nos ha seguido por toda la historia y parecería que jamás nos olvidaremos de él.
Odiamos al indígena y despreciamos su cultura y tradiciones. En algún momento convertimos en objetos a las personas con piel morena y menos oportunidades.
Y cuando eso pasa es muy fácil odiarlos e utilizarlos.
Hace tiempo hablaba con una persona que emigró por un par de años a Europa. Él trabajaba para una empresa importante y vivía en un apartamento cerca de su oficina. Todo era bueno para él, excepto el hecho de que contratar ayuda doméstica no sólo era caro, sino que tenía que pagar seguro y pensión al trabajador o trabajadora.
Es decir, en este país las cosas se hacían de forma legal y beneficiosa para el empleado. Como debería ser.
Y él vivía añorando su vida en México, donde una empleada doméstica indígena trabaja por muy poco dinero y sin ningún derecho laboral. Es decir, la mano de obra indígena en México es barata porque él y toda la gente de su nivel socio-cultural, consideran que los mexicanos sin mezcla extranjera son objetos disponibles para su servicio.
No hay leyes, seguridad social ni prestaciones. Es un tipo de esclavitud cotidiana que a nadie parece importarle.
Por desgracia esto es tan sólo un ejemplo. En muchos países latinos sucede lo mismo, y el círculo de la xenofobia nunca termina. Lo pasamos de padres a hijos.
¿No es horrible?
Cambiar la xenofobia no es fácil. La tenemos muy grabada en las idiosincrasias nacionales. Pero con voluntad y poniendo atención a nuestros actos, podemos ver más allá y dejar de etiquetar a la gente, para convertirla en hermanos habitantes de esta Tierra.
Con el corazón abierto debemos mirar a los ojos de todas las personas y entender que todos los seres vivos somos una sola expresión de la vida. Somos moléculas de agua en un océano cósmico.
Todos los actos ignorantes realizados contra cualquier ser humano afectan al universo y a la realidad misma.
La naturaleza del Buda está en todos nosotros. Es cuestión de querer crecer como especie.
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Foto: http://www.elmundo.es
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Ene 16, 2013 | Budismo, Vida
En mis años de vida me he encontrado con situaciones y personas muy graciosas que, si se pone la atención debida, resultan en gran aprendizaje.
Recuerdo la vez en la que mi padre quería inventar las palomitas sabor uva. A pesar de que todos le pedimos que no lo hiciera, él decidió seguir adelante con el experimento. A final del día terminamos con una olla explotada, jalea de uva pegada a las paredes y granos de maíz incrustados en la piel de los participantes. Y eso sin mencionar las quemaduras de segundo grado.
También hace algunos años se supo la noticia de que en algún lugar de Asia se estaba llevando a cabo un ritual para la buena fortuna. Los participantes bailaban y brincaban sobre un puente… mismo que no soportó el movimiento y colapsó hacia el vacío, matando a una decena de participantes que jamás vieron llegar la buena suerte. A pesar de la pérdida humana, considero este hecho el pináculo del humor negro.
Y justo esta mañana leí un comentario de una amiga que acaba de dejar la Ciudad de México debido al crimen y la inseguridad. Lleva tres semanas viviendo en París… justo cuando Francia acaba de entrar en guerra y la Ciudad Luz está amenazada con ser destruida.
Si lo vemos en perspectiva, un poco de crimen no se compara en nada contra el riesgo de genocidio. Entonces, ¿qué ciudad resulta más peligrosa?
Sin discutir sobre inseguridad, me llama mucho la atención esta nueva broma jugada por Impermanencia de las Cosas.
Nos movemos por la vida pensando en mejorar, luchando contra la realidad y revelándonos contra lo que no podemos aceptar. Sólo para caer en nuevas situaciones difíciles que crearán nuevas insatisfacciones.
Es un círculo vicioso que jamás será roto hasta que practiquemos Aceptación y entendamos que nada en el universo es permanente.
El crimen no es para siempre, la seguridad es sólo una ilusión, el amor perece, la fama se evapora. Tu madre, todas las personas que amas, tú y yo; todos moriremos algún día.
Con esto no quiero decir que nos tenemos que sentar sin movernos hasta que llegue la muerte. No, lejos de eso. Se trata de entender que no hay nada seguro en la vida y que las situaciones y cosas cambiarán en cualquier momento, nos guste o no.
Nuestro trabajo es nunca aferrarnos a ideales y tener la mente abierta para recibir cualquier cambio de las cosas.
Y así las bromas de la vida comenzarán a causar verdaderas carcajadas.