por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Nov 5, 2012 | Budismo, Vida, Zen
El domingo fue un día interesante.
Por la mañana animé a los corredores del maratón internacional de la ciudad y la tarde la dediqué a una ceremonia zen llamada Zazenkai.
De forma literal, Zazenkai significa «reunión para meditar». Se lleva a cabo cada semana y tiene una duración de hora y media, pero una vez al mes se hace un mini retiro de cuatro horas de zazen intenso, como en esta ocasión.
Los periodos largos de zazen sirven de mucho porque la mente pasa por varios estados hasta llegar al vacío. En mi experiencia personal, primero entran las distracciones constantes. Luego llegan los recuerdos y luego las fantasías. Después la mente rechaza la inmobilidad y la quietud… Y hasta el final llega el silencio.
Es en esta fase de vacuidad donde la mente entiende cosas.
Y me percaté de cuánto tiempo pasamos pensando en Yo.
Desde que despertamos, nuestra relación con el universo es egocéntrica. Nos movemos por la vida dando por hecho que el mundo es un lugar que debe obedecer a nuestros caprichos y órdenes.
Mantenemos un constante diálogo donde el personaje único es uno mismo.
Qué me pondré hoy.
Estoy comiendo.
Voy a llegar tarde.
Tengo frío.
Voy a exigir.
Tengo tantas cosas qué hacer.
Me quiere ver la cara.
El tráfico me afecta.
En estas oraciones, el sujeto es Yo. Y eso es terrible. Cuando el ego ocupa todo nuestro ser, es muy difícil dejar entrar alguien más. Así llega la ira porque todo nos afecta y nos sentimos atacados por el mundo. Y también se presenta la depresión porque creemos ser la víctima única de las circunstancias.
Por esta razón, el budismo zen trata de hacernos ver que el pensamiento egocéntrico es la base de la infelicidad. Al dejar crecer al ego de esta manera, estamos construyendo una barrera que separa el Yo del No-Yo. Nos sacamos de la ecuación balanceada que es el universo y creemos funcionar fuera de él, pensando que podemos manipularlo a nuestra conveniencia. Vemos a los demás como objetos y pensamos que están para ser usados o agredidos.
Me di cuenta que todo el día había girado en torno a mi Yo. Mi desayuno, mi frío, mi libro, mi comodidad…
Excepto por el momento sorprendente y emotivo en el que aplaudí y grité para animar a los corredores del maratón.
Por unos minutos hice un paréntesis en mi Yo, para vitorear a Ellas y Ellos, que estaban dejando el alma en el pavimento a cada paso.
Y se sintió muy bien. Suspendí mi egocéntrico día para dedicar unos instantes a otras personas que sonreían agradeciendo los aplausos.
¿Cuánto tiempo pasas pensando en ti? Cualquiera que sea la respuesta, creo que nunca está de más dedicar unos momentos del día a los demás.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Nov 1, 2012 | Budismo, Meditación, Vida, Zen
Este post fue publicado el año pasado, pero ahora la meditación tiene nuevos elementos.
México es un país con infinitas tradiciones y costumbres, pero si hay algo que nos da identidad nacional y que todos los mexicanos celebramos, es el Día de Muertos.
Esta fiesta se observa desde tiempos precolombinos y nos dice mucho del respeto que sentimos por la muerte. Por muchas ciudades y pueblos mexicanos se pueden ver altares con flores y comida, dulces, tequila e imágenes de la misma muerte; nuestra compañera inseparable.
La muerte es parte de la vida. Una no existe sin la otra. El final de octubre y principio de noviembre es la época en la que el velo entre la vida y la muerte se vuelve delgado y los ecos de los que ya se fueron se siguen escuchando. Para muchos, la partida de un ser amado nos sigue doliendo porque nos negamos a dejar ir la memoria y el cariño.
Es una gran pena que estas culturas occidentales no nos enseñen que todo en la vida es impermanente, que todos vamos a morir. Si tan sólo lográramos entender esto, el proceso de muerte y despedida sería mucho más tranquilo de lo que es ahora.
Y es aun más doloroso ver cómo hay personas que jamás pueden salir adelante de la pérdida de un ser amado.
Viaje eterno
rocío al alba
reencuentro
Así que comparto con ustedes este pequeño ejercicio de meditación para sanar las heridas, dejar ir el pasado y seguir adelante.
Meditación de Día de Muertos
Preparativos
- Escoge un tiempo del día en el que nadie te moleste y puedas estar en silencio
- 1 vela pequeña
- Lee varias veces la meditación para que no tengas que interrumpir tu sesión a la mitad
Meditación
- Estira todo tu cuerpo, de la misma forma que lo haces después de despertar.
- Siéntate en una silla cómoda, con la espalda recta sin usar el respaldo. Si puedes sentarte en el suelo en flor de loto o seiza, adelante.
- Enciende la vela y apaga las luces.
- Cierra tus ojos y respira profundamente, varias veces. Trata de tranquilizar y relajar todo tu cuerpo. No avances al siguiente paso hasta que todos tus músculos estén relajados.
- Regresa tu respiración a ritmo normal.
- Piensa en la persona que se fue y que extrañas mucho.
- Date tiempo para recordar todos los buenos momentos, el aprendizaje, las risas y las lágrimas. Quédate en ese momento favorito, donde más disfrutaste su compañía.
- Esa persona te mira a los ojos por un largo momento.
- Con una voz tranquila y en calma te dice: «Muchas gracias por recordarme, eso me hace muy feliz. Tuve una vida llena de aprendizaje. Ahora estoy bien. No tengo hambre, ni frío, ni calor. Por favor mira la llama de esta vela. Es brillante y genera un calor muy agradable. Va a brillar por un largo rato y luego se apagará. Esta fue mi vida. Así es la vida.»
- Abre tus ojos y mira la vela.
- Di en voz alta. «Muchas gracias por tocar mi vida, aprendí mucho de ti. Es hora de que descanses y que los dos seamos libres para seguir adelante. Adiós. Adiós. Adiós.»
- Quédate en silencio observando la vela. Mira cómo se consume. Esa es nuestra vida. Esa es la naturaleza de las cosas. Todo se acaba, pero todo brilla y nos deja su calor.
Esta meditación la aprendí hace muchos años y es una experiencia muy poderosa. Si la sigues al pie de la letra y la repites varias veces durante esta temporada de muertos, te ayudará mucho.
Llorarás mucho al principio, pero la calma regresará y al final verás la vida con ojos frescos.
El objetivo primordial es que entiendas que todo termina y que entre más te aferres al recuerdo de alguien que murió, nunca cerrarás el ciclo y te causarás mucho daño. No serás libre para moverte a nuevas experiencias.
Suelta a esas personas que se fueron. Es hora de que escribas tu propia historia. Hoy es el tiempo en que debes hacer brillar tu propia luz y dar calor a los que te rodean.
Al igual que el año pasado, esta meditación está dedicada a mi abuela. Ella me enseñó a pintar y a disfrutar el arte. Me hizo lector irremediable y me mostró un mundo libre, crítico, donde todo es digno de análisis y renovación. Me enseñó que la pregunta más importante es ¿por qué?
No olvides comer pan de muerto con una GRAN taza de chocolate caliente.
Feliz Día de Muertos.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Oct 31, 2012 | Budismo, Vida, Zen
¿Porqué deberíamos pensar sobre la muerte? Esta es una de las preguntas que surgen cuando comenzamos a estudiar budismo. El Buda no sólo nos hace pensar sobre la muerte y la impermanencia, sino que nos invita a reflexionar en ella continuamente.
Alguna vez, el Buda preguntó a tres alumnos:
-¿Qué tanto reflexionan sobre la muerte?
-Yo reflexiono sobre ella todos los días.- Respondió el primero.
-No es suficiente-, respondió el Buda y le hizo la pregunta al segundo monje.
-Yo reflexiono sobre la muerte en cada bocado que doy a mis alimentos.
-Mejor,- respondió el Buda. -Pero no es suficiente. ¿Qué tal tú?
Y el tercer monje respondió:
-Yo reflexiono sobre la muerte en cada inhalación y en cada exhalación.
Y es que eso es lo único que se necesita. En un momento exhalamos y no tenemos la certeza de que volveremos a inhalar en siguiente instante.
Para el budismo la reflexión sobre la muerte es importante porque nos hace ver que todos tendremos el mismo final y que no hay nadie, aun el más poderoso, que se escape. Esto nos pone a todos los humanos en el mismo nivel, haciéndonos iguales.
No importa cuánto dinero tengas, cuántos títulos poseas, cuántos autos tengas o el puesto político del que presumas, la muerte llega lo quieras o no.
Comenzamos a morir desde el momento en que nacemos, pero es un proceso lento que no se da a conocer a menos que pongas mucha atención. Es un asunto de equilibrio, en realidad. Así como todo lo que sube es traído de regreso a la tierra, todo lo que nace tiene que morir.
Pero en nuestra cultura es malo pensar sobre la muerte. Le damos la vuelta, nos reímos… pero todos le tenemos miedo.
Y este miedo es el objeto de estudio del budismo. Aceptar, contemplar y saber que el equilibrio se conservará, aun a pesar de nosotros mismos, es trabajo de una vida.
Para el Buda, meditar sobre la muerte no era una actividad que denotara depresión o negatividad. Todo lo contrario. Él sabía que al aceptar las cosas como son, el miedo a la muerte se va. Con esto logramos disfrutar la vida con todo lo que venga.
Aunque suene extraño, aceptar la muerte como una realidad, aumenta nuestra calidad de vida.
Así que a disfrutar las fiestas, sus colores y sabores.
¡Feliz Día de Muertos!
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Oct 29, 2012 | Budismo, Vida, Zen
Para México, el principio de noviembre marca la celebración del Día de Muertos. Publicaremos 2 artículos relacionados al tema, para cerrar con una meditación escrita para dejar ir el dolor de la muerte de un ser querido.
Tenemos una relación muy extraña con la muerte.
Podemos imaginar la muerte de alguien que odiamos, somos indiferentes ante el deceso y sufrimiento de personas en otros países, nos reímos cuando hacemos bromas al respecto, vestimos ropa con motivos alusivos, celebramos las muertes espectaculares en el cine, comemos dulces en forma de cráneos y jugamos video juegos donde el genocidio es parte inherente del entretenimiento.
La muerte está por todos lados, y lo sabemos.
Nos pasamos una vida preparándonos inconscientemente para enfrentarla, pero cuando llega, nos convertimos en pequeños bebés que lloran por la pérdida y el miedo.
No importa cuánta muerte consumamos en la vida, la realidad es que nunca estamos preparados para ella.
Creemos que somos inmortales y jamás podemos ver la muerte como una posibilidad inminente.
Nunca tenemos las agallas para aceptar que todos morimos, que todo termina y que en este momento estamos muriendo. Vamos directo hacia ese momento en el que no despertaremos jamás.
La muerte y la impermanencia de las cosas son parte de nosotros. Y está en nuestras manos aprender a estar en paz con la idea.
El miedo a la muerte está cimentado en el miedo a dejar de existir y a perder la identidad, nuestro lugar en el mundo.
En el budismo podemos ver nuestra propia muerte mucho tiempo antes de que llegue. Entrenamos para aceptar la impermanencia en los cambios que sufre todo lo que nos rodea. Apreciamos la llegada de la edad y afrontamos la pérdida de juventud.
Sabemos que la belleza y salud que tanto presumimos, son tan sólo una ilusión que nos hacía sentir cómodos. En algún punto se convertirán en vejez y enfermedad.
El dharma nos ayuda a aceptar el hecho de que vamos a morir, y es justo eso lo que le da valor a cada momento que pasamos vivos en este mundo.
Aprendemos, reímos, caemos, lloramos y hacemos todo lo posible por aprovechar la única oportunidad que tenemos para ser felices. Sabemos que mañana podríamos no despertar o que podríamos morir en los próximos segundos. Nadie lo sabe. Pero esa es la razón por la que tiramos los apegos a la basura.
Al morir no nos llevaremos el auto, los títulos, las casas, ni el poder. Llegamos vacíos y nos vamos vacíos.
Entonces, ¿no es mejor vivir y aceptar las cosas como son?
Y no, no voy a tocar el tema del renacimiento (mal llamado reencarnación). Hasta que se tenga evidencia científica y se pueda replicar en condiciones controladas, el renacimiento es una idea que vive en la fantasía.
Lo que tenemos es la realidad pura y cruda. Vamos a morir. Ese es el final de nuestra película, y lo sabemos.
Pero con el entrenamiento entendemos que la muerte es ese estado donde vivimos en la memoria de otros.
Justo por eso no es el final.
No hay adiós.
Sólo buenos recuerdos.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Oct 19, 2012 | Budismo, Inspiración, Vida, Zen
En algún punto te darás de golpes y te preguntarás si tu beneficio o pérdida personal, valen realmente todo este sufrimiento o júbilo.
Tarde o temprano todos comienzan a pensar sólo en ellos mismos. Dirías, ¡eso está bien! Pero, ¿qué estuvo bien? Sólo estuvo bien para ti exclusivamente. Eso es todo.
¿Porqué será que los humanos estamos tan destrozados? Porque el esfuerzo de siempre querer ganar un poco de ventaja es lo que nos destroza.
Tener ilusiones significa ser inestable. Tener ilusiones significa ser controlado por la situación.
Una persona con grandes deseos es muy fácil de engañar. Incluso el timador más hábil no puede sacar ganancia de alguien que no desea nada.
El budismo significa no-ego, nada que ganar. Debes estar en comunión con el universo y con todos los seres vivos.
Todos los seres están en un error: vemos como felicidad aquello que nos lleva a la infelicidad, y lloramos por la infelicidad que no es infelicidad para nada.
Todos sabemos que las lágrimas de un niño se convierten en sonrisa cuando le das una galleta. Lo que los seres vivos llamamos felicidad es mucho más que eso.
Por Sawaki Kôdô Rôshi, de su libro Para ti
Traducido por Kyonin
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Oct 17, 2012 | Budismo, Vida

Hoy por la mañana me encontré con un artículo que hablaba de cómo se vive la pobreza en cierto país de primer mundo.
Habían argumentos como este: «se es pobre cuando no tienes para comprar pintura nueva para tu casa». Y seguía una discusión sobre las razones por las que la vida apesta debido a que no se puede cambiar el color de las paredes de la casa.
Eso me hizo pensar en cómo se vive la pobreza en otras partes del mundo, donde conseguir comida para el día es la fortuna más grande.
Y es que la pobreza es relativa a la cultura que la experimenta, pero como casi todas las situaciones humanas, a veces la pobreza es sólo una ilusión.
Es curioso que las personas más felices que he conocido en mi vida, ninguna es millonaria ni tiene una vida cercana a lo que el estilo de vida americano ha impuesto. Son personas más bien sencillas y con poco cargando en la espalda.
Por el contrario, he conocido a muchas personas que tienen todo lo que el dinero puede comprar y son miserables porque tienen mucho de qué preocuparse y mucho que cuidar. Su avaricia crece sin medida, impidiéndoles disfrutar una tarde tranquila, sin estar pensado en su siguiente gran esquema para ganar millones.
Es difícil no entrar en lugares comunes o cursis al hablar de pobreza y dinero, pero una verdad absoluta es que se es más feliz cuando se tiene menos.
Pero la pobreza no se trata de dinero. Aun cuando no hay que comer, se puede ser feliz.
No, no es un comentario lindo y motivador. Lo digo con conocimiento de causa. He estado varias ocasiones en la situación de que no tengo qué comer, pero eso jamás determinó mi felicidad. Esa es una historia para otra ocasión.
Con todo esto, he encontrado que eres pobre cuando…
…dependes de objetos para ser feliz.
…trabajas sin parar para poder pagar todo por lo que te endeudaste.
…tienes una casa enorme en la que tu soledad parece monstruosa.
…no te das cuenta que en el mundo hay problemas más grandes que los tuyos.
…no puedes dormir por las presiones de la oficina.
…te la pasas trabajando por años, para pagar la cuenta del cardiólogo en tus 40’s.
…no tienes tiempo para aprender algo nuevo.
…nadie es amable contigo, debido a que te comportas como basura.
…no tienes la paciencia para leer una novela, tumbado en un sillón.
…no estás contento con tu cuerpo y lo modificas con químicos o intervenciones.
…detestas pasar horas en el tráfico, sin entender que el tráfico eres tú.
…pasas por encima de los demás para satisfacer tus propósitos personales.
…olvidaste a los viejos en tu familia.
…la lujuria no te permite pensar con claridad.
…buscas intoxicarte para evadir la realidad.
…piensas en «los mejores» años de tu vida, sin aceptar tu presente.
…pasas horas imaginando un futuro ideal y te sientes miserable cuando nunca llega.
…sufres por no poder tener lo último.
Eres la persona más pobre del mundo cuando, en tu ignorancia y avaricia, no puedes hacer nada por ayudar a los demás.
Y eres una persona miserable cuando te engañas pensando que todo lo que tienes te servirá para el futuro.