por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jun 8, 2012 | Budismo, Podcast, Vida, Zen
Este episodio responde a algunas preguntas clave para todo aquel interesado por el budismo.
Desde los preceptos del bodhisattva hasta la eterna búsqueda del significado de la vida.
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por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jun 6, 2012 | Budismo, Meditación, Vida, Zen
Como parte de las actividades de adoración a La Comodidad, nuestra sociedad hace esfuerzos impresionantes por que nunca estemos aburridos. Es como si tan sólo 10 segundos sin hacer nada fueran el peor castigo del mundo y nadie está dispuesto a permanecer en silencio por más de este tiempo.
Existe todo un mercado anti aburrimiento que genera millones de dólares al día. Esta civilización recompensa a quien pueda matar el tedio. Aun si se trata del juego más tonto, la gente está dispuesta a pagar mucho dinero por no enfrentarse con el silencio.
Inventos recientes como los smart phones y todas sus apps están diseñados para evitar el aburrimiento a toda costa. Seguro, se puede usar un teléfono móvil como herramienta de trabajo, pero la gran mayoría de la gente los usa para jugar… aun con apps que dan la fantasía de ayudar a la productividad.
El aburrimiento y el tiempo sin hacer nada se nos han impuesto como enemigos de la humanidad.
Pero, ¿en verdad lo son? ¿Existen siquiera? ¿Alguna vez los has cuestionado?
Estos pensamientos vienen a raíz de una experiencia reciente.
Por ciertos motivos tuve que acudir a una dependencia de gobierno a realizar un trámite. En este lugar siempre hay muchas personas esperando turno para ser atendidos, así que llegué muy temprano en la mañana y tomé mi lugar en la fila.
Cuando me llamaron a la ventanilla vi mi reloj. Habían pasado dos horas.
¡Dos horas!
Y en ningún momento me aburrí. No sentí la necesidad de huir a algún lugar que tuviera televisión o Internet. Jamás tuve el impulso de escribir «Estoy aburrido!» en Twitter o narrar mis desgracias en Facebook. En ningún momento perdí el control o comencé a mover la pierna mostrando mi desesperación.
Nada.
Haciendo recuento de esas dos horas, me percaté de cómo había funcionado mi mente. No deseé estar en ningún lugar del pasado o trabajando; y mi imaginación no generó un futuro alterno donde habían cosas más interesantes qué hacer.
Estuve ahí. En ese instante. Presente. Observando lo que había, sin agregar o restar nada. Esto pasó de forma automática, sin que yo pusiera esfuerzo en ello.
Me sorprendí mucho porque justo la noche anterior había creído que la experiencia en esta oficina sería letal. No lo fue, pero además caí en cuenta que ¡llevo muchos años sin estar aburrido!
Analicé un poco más hacia el pasado y entendí que desde que comencé a meditar con la disciplina y constancia de hoy, hace unos 6 años, el aburrimiento se fue de mi vida.
Antes necesitaba escuchar música desde el amanecer hasta la hora de dormir. Cargaba mi smart phone, iPod, video juegos, libros a todos lados. No podía estar lejos de las redes sociales. Me desesperaba si tenía que estar en un semáforo esperando la luz verde o si tenía que hacer un trámite de más de 10 minutos. Odiaba estar en una fila.
Ahora eso ya no sucede. Recientemente he estado en situaciones que llevarían a alguien a la locura como filas de banco, viajes largos por carretera, apagones y reuniones familiares.
Y el aburrimiento ya no me visita.
¿Cómo es esto posible? Gracias a la constancia en la meditación.
Cuando entrenas meditación con disciplina, al menos 20 minutos diarios y sin descanso en fin de semana, tu mente comienza a aceptar la vida como es. No es un proceso consciente. Es un beneficio «inesperado» de sentarte en zazen y simplemente sucede.
Ya nada te parece aburrido en la vida, te sientes liberado. Has roto las cadenas que te ataban para disfrutar la vida en niveles que no te imaginarías.
No importa si hay tristeza, enfermedad o si tienes que esperar dos horas en una fila; la mente está en calma y toma las cosas por lo que son.
El resultado de la disciplina es una mente que observa sin analizar y aprecia la poesía de la realidad.
Nunca más te aburrirás.
Foto: The Guardian.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | May 23, 2012 | Budismo, Vida, Zen
Estos últimos meses de entrenamiento zen han sido muy intensos porque he estado leyendo e investigando sobre diferentes analogías para poder ver la vida como es, sin apegos y sin ideas preconcebidas.
Y una de las analogías clásicas del zen es tomada del Libro de Tao, que nos dice que somos como el agua. Quizá esto suene tonto, pero si nos ponemos a pensar y a meditar* con esto, la idea es contundente y te golpea como un camión sin frenos.
La vida es una corriente de agua. Lleva su caudal y dirección, y siempre sigue el camino indicado para llegar al océano.
Nosotros somos parte de este río proverbial. Nacemos, crecemos y morimos; pero nunca dejamos de ser parte del río.
Por más que nos esforcemos en hacer que nuestra vida sea significativa y que impacte en la corriente, nunca dejamos de ser pequeñas subcorrientes que se manifiestan en la corriente.
Cada uno de nosotros tenemos una fuerza propia, motivos distintos para fluir o estancarnos. Nacemos y necesitamos de corrientes más fuertes para que nos lleven de la mano y nos hagan crecer fuertes. Después, cuando generamos nuestro propio momentum, hacemos un caudal independiente.
Nuestros riachuelos personales siguen el curso del río.
Pero a veces encontramos obstáculos. Hay rocas en el camino y sobra decir que algunas son enormes.
Cuando encontramos estas piedras, nos estancamos por un momento. Si tenemos mucha fuerza podemos juntar más agua y simplemente cubrir la piedra con nuestro caudal. Si la roca es mayor a nosotros, nos quedamos inmóviles. Pero poco a poco fluimos por el hueco más pequeño y, con constancia, este flujo lo hace más grande para poder pasar a través.
El agua siempre fluye, aunque hay riachuelos que deciden no hacerlo. Se detienen y comienzan a generar moho. Huelen mal y contaminan a las corrientes que pasan junto a ellas.
Y al final, cuando nuestras corrientes personales pierden fuerza, son absorbidas por el gran río principal. Regresamos a él para dar paso a nuevos torrentes.
Somos como el agua. Fluimos.
Si ves la vida desde este punto de vista y lo aplicas a tu propia existencia, verás que poner resistencia y tener apegos es inútil. Es mejor simplemente fluir.
¿Qué tipo de corriente eres? ¿Fluyes con la frescura y sin apegos? ¿Te estancas con el moho por años?
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* Nota chocobudista: Pensar es diferente de meditar. Pensar implica un proceso cognoscitivo en el que las ideas son procesadas y convertidas en juicios o decisiones. Meditar es dejar ir los pensamientos, sin ningún fin en particular. Cuando alguien dice «voy a meditar al respecto», está en un error. Pensamos en situaciones y cosas. Meditamos en nada.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Abr 26, 2012 | Budismo, Vida, Zen
Una de las cosas que más me gustan el budismo es que es absolutamente realista. Es crudo y aquí no hay ni esperanzas ni sueños del futuro. No hay miel sobre hojuelas. Sólo hay realidad, trabajo y consecuencias (buenas y malas) de nuestras decisiones.
Ser budista no significa sólo leer libros o citas que motiven, sino que implica ser dueños de nuestros actos y aceptar la vida tal como es.
La vida tiene de todo: algerías, besos, aplausos, logros personales y salud. Pero también incluye tristeza, abandono, ira, derrotas, enfermedad y muerte. Es un sistema que se mueve al mismo tiempo y que es el engrane del universo.
Con el entrenamiento y práctica diaria aprendemos a ver las cosas como son, a fluir con la realidad y a aceptar todo lo que venga.
Y por más que lo rechacemos, la enfermedad es parte de la vida y tenemos que aprender a no rechazarla, sino a abrazarla y ser uno con ella. Rechazar la enfermedad reditúa en sufrimiento.
Esta crudeza budista no significa que debamos adoptar una actitud de derrota o nihilista, para nada. Lo que nos da el budismo es un terreno sólido en el cual pisar, para de ahí construir hacia arriba.
Al ser uno con la enfermedad estamos aceptando que es parte de nosotros y nosotros de ella. Sabemos qué es y sabemos que, como todo en el universo, no durará para siempre. Pero lo más importante es que el miedo se desvanece.
Entonces con estos elementos, es mucho más fácil tomar las acciones correctas para salir de la enfermedad y recuperar la salud.
Pero Chocobuda, es muy fácil aceptar una gripe. ¿Qué pasa con enfermedades serias como el cáncer?
Una gripe, infección estomacal, SIDA o cáncer no son diferentes. Son estados adversos en los que necesitamos comprender lo que pasa, perder el miedo y simplemente fuir con ellos para salir adelante… aun si el resultado es la muerte.
La enfermedad es perfecta. Es parte de la vida y no la podemos rechazar. Le da equilibrio y significado a la salud y nos hace valorar nuestros esfuerzos preventivos.
Es parte de la experiencia de estar vivos y con la mentalidad budista, aun en la enfermedad más grande, podemos estar en paz y sin sufrir.
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Lectura recomendada: How to be sick, por Toni Bernhart. LINK
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Abr 12, 2012 | Budismo, Vida, Zen
Sonreíste al ver el amanecer?
Lloraste sólo de recordar una pieza musical?
Te sentiste uno con el silencio?
Te sentiste agradecido por tenerlo todo en la vida… aun si tienes problemas?
Aceptaste el pasado y comprendiste el presente?
Agradeciste a una persona difícil por las lecciones dadas?
La vida es como es.
Perfecta.
Nada qué agregar. Nada qué quitar.
Esto es zen.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Mar 26, 2012 | Minimalismo, Vida, Zen
Soy una persona de hábitos y rituales, por más que me cueste trabajo admitirlo. Hay cosas que disfruto mucho hacer sistemáticamente y no hay nada como dejarse llevar por una buena película o un gran video juego en una tarde de domingo.
De vez en cuando también me gusta sólo leer los blogs o participar en los foros para los que no tuve tiempo en la semana.
Sí, así de tranquila pasa la vida en esta casa en domingo. Para todo lo que me gusta hacer basta con encender el aparato electrónico correcto.
Pero ayer desde muy temprano en la tarde una tormenta de viento dejó esta parte de la ciudad sin electricidad.
¡Horror de horrores! ¿Una tarde de domingo sin electricidad?
Cuando comenzó el apagón simplemente me dejé llevar por la situación, pero conforme pasaban los minutos me percaté de que el problema iría para largo. De hecho, llegó la hora de dormir y la energía no llegó.
Así que fluí con el percance y abrí mis sentidos para ver las cosas como son. Esto es lo que aprendí:
1. Hablar con humanos cara a cara es posible… ¡en serio!
Es curioso cómo en estas épocas de la conexión por Internet estamos más cerca de muchas personas, pero más lejos de quienes nos rodean físicamente.
Podemos pasar 5 horas en un chat o en Facebook, pero estar 10 minutos frente a alguien nos cuesta tanto trabajo que me hace cuestionar si, como sociedad, estamos haciendo lo correcto.
Sin energía eléctrica no hay computadoras y eso nos obliga a convertir el tiempo de pantalla en tiempo de interacción física.
Aquí en casa la pasamos hablando y riendo de muchas cosas. Lo disfruté. Pero lo más curioso es que en las casas de mis vecinos sucedió lo mismo. Se escuchaban risas y pláticas por todos lados, en lugar de música y sonidos de películas.
Por una tarde los niños jugaban en la calle, la gente convivió cara a cara y regresó la calidez humana.
2. Estar sin conexión no mata
Por más que clames que necesitas estar conectado de tiempo completo a Internet, es sólo una ilusión. La vida seguirá aun sin que pongas esa maravillosa foto de comida y nadie morirá porque no escribas «tengo calor» en Twitter.
Y tampoco necesitas leer mensajes similares de tus seguidores y amigos.
Estar sin conexión es una gran experiencia porque te permite entender el nivel de dependencia que tienes y, si eres inteligente, te permitirá valorar lo que tienes junto a ti.
La familia, los amigos, caminar por el parque o simplemente escuchar con atención la vida en tu calle; todo esto es mucho más valioso que mil fotos de gatos en Instagram.
Aquí en casa aderezamos la charla con unas palomitas acarameladas hechas a mano, no de microondas.
3. Es posible estar paz con lo que tienes y con lo que eres
Estar sin electricidad te obliga a centrar tu atención en lo que te rodea. En lugar de quejarte porque no hay luz o Internet, es mejor ver lo que tienes y lo que eres.
Pasar una tarde sentado en un sillón charlando, es un triunfo de la vida. Implica que tienes casa, ropa, muebles, no tienes frío ni hambre y, lo más importante: tienes con quién hablar y personas que se preocupan por ti de forma directa y sin estar detrás de una pantalla.
Estar en paz con lo que eres y con lo que tienes es fundamental para ser feliz.
4. El miedo a estar aburrido es sólo una ilusión
La sociedad nos ha impuesto un gran miedo a estar aburridos. Parecería que ni la muerte es tan cruel como quedarte sin televisión por unas horas.
Conozco incluso a quienes utilizan una ida al baño para revisar su Facebook. Sí, en el baño. Así de patética es la dependencia a no estar aburrido.
Incluso el mundo corporativo necesita las horribles presentaciones de Power Point para no hacer las reuniones más miserables e inútiles de lo que son.
No podemos tolerar ni 10 segundos escuchando nuestra propia respiración.
Mientras pasaban las horas en el apagón, hubieron momentos en los que todo se quedaba en silencio y me dedicaba a ver la flama de la vela. Simple.
Y sobreviví. El miedo a estar aburridos vive en la mente y es una ilusión muy fácil de borrar.
5. No hacer nada es bueno para la mente
Ayer por la tarde no vi películas, no jugué nada y no hice absolutamente nada.
Nada de nada.
Y fue maravilloso porque la mente descansa, se desengancha de las actividades y dependencias diarias. Simplemente es.
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Y tú, ¿Qué haces durante un apagón? ¿Lo sufres? ¿Cómo está tu dependencia a la tecnología? ¡Participa en los comentarios!