por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Ago 24, 2015 | Budismo, Editorial
Hace 8 años comencé a escribir un pequeño blog que relataba mis experimentos en budismo y minimalismo. En parte porque realmente necesitaba alguna bitácora y en parte porque siempre me ha gustado escribir, a pesar de lo malo que soy.
Varias veces a la semana relataba mis hallazgos en el dharma, cómo me esforzaba por encontrar una vida más sencilla y cómo formalizaba mi práctica de la meditación. Era un blog solitario de un tonto solitario.
Quizá pasó por mi cabeza que el Chocobuda llegaría a ser leído. Pero lo que jamás imaginé fue que este pequeño blog me rodearía de personas maravillosas, de amigos dispuestos a unirse en mi ingenua cruzada por un mundo mejor.
Hoy agradezco todo lo que ustedes me han dado. Hoy hago reverencia humilde ante todas sus enseñanzas, paciencia, comentarios y compañía. Hoy, con lágrimas en mis ojos, reconozco lo poco que soy en comparación a toda la bondad que he recibido de ustedes.
Gracias por inspirarme a seguir adelante, por ser el motivo de mi práctica y por señalar el camino de mi servicio como monje.
Para festejarlos en este octavo aniversario de Chocobuda, quiero invitarlos a meditar conmigo de lunes a viernes. ¡Bienvenidos al Grupo Zen Ryokan Online!
Nada es para siempre, pero sólo por hoy, vivo el sueño de tenerlos a mi lado.
Con todo mi corazón, mente y palabras, gracias.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Ago 20, 2015 | Budismo, Vida, Zen

Ilustración por Raúl Hernández. Twitter: @rahego
Hace mucho tiempo, en la antigua India, un aguador tenía dos enormes vasijas que colgaban cada una de un extremo de un palo. Él cargaba sus vasijas equilibrando el palo con los hombros y cuello.
Una de las vasijas tenía una rajadura y llegaba con sólo la mitad de agua. La otra estaba en perfectas condiciones y es la que siempre llegaba con la carga completa a la casa del patrón, a pesar de la larga caminata desde el río.
Durante dos años el aguador entregaba diariamente carga y media de agua en su destino.
Por supuesto la Vasija Perfecta estaba muy orgullosa de sus logros. Estaba cumpliendo el propósito para el que había sido creada.
Pero la pobre Vasija Rota estaba avergonzada de su imperfección y sufría mucho porque sólo podía con la mitad de su razón de vida. Durante esos dos años sintió su existencia como un total fracaso.
Un día, mientras el aguador la llenaba, Vasija Rota dijo:
—Estoy avergonzada de mi y quiero pedirte perdón.
El aguador la miró.
—¿Por qué te sientes avergonzada?—, preguntó él.
—Todo este tiempo sólo he sido capaz de entregar la mitad de mi carga por la ruptura que está en mi costado. El agua se tira por todo el camino hasta la casa del patrón. Debido a esta falla, te hago trabajar más y nadie valora tus esfuerzos extras.
El aguador sintió su corazón lleno de compasión por Vasija Rota y dijo:
—Ahora que vayamos de regreso a casa, quiero que pongas atención a las flores que hay en el camino.
Vasija Rota miró con atención todo el trayecto y miró cómo el sol calentaba suavemente las hermosas flores salvajes que crecían a lado del camino. Se sintió alegre por un instante.
Al llegar, ella se sentía muy triste porque de nuevo había tirado la mitad de su carga. De nuevo pidió perdón por su fracaso.
El aguador dijo:
—¿Notaste que las flores en el camino crecieron sólo en tu lado, pero no en el de Vasija Perfecta? Eso es debido a que siempre he sabido de tu rajadura, pero la aproveché y planté semillas de flores por tu lado de la senda. Así cada vez que caminamos de regreso del río, has estado regando las semillas. Gracias a ti, he podido decorar la mesa con hermosas flores. Si tú no fueras como eres, no habríamos tenido esa alegría y belleza en casa.
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Hace tiempo tuve el honor de estudiar con Maestro Zen llamado Dainan. Él me enseño que todos somos hermosos, todos somos amados y todos somos necesarios.
No importa cuál sea tu propia percepción, existe un sistema muy complejo y delicado que depende de ti; que se nutre con tu sonrisa y que funciona gracias a tus esfuerzos.
Por más que decidas sabotearte a ti mismo, la vida te necesita y te acepta como eres.
Eres hermoso/hermosa. Eres amado/amado. Eres necesario/necesaria. Haces que el universo sea un buen lugar para estar.
Gracias 🙂
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Ago 17, 2015 | Activismo, Meditación, Mindfulness, Vida
La era de permisividad que vivimos está comenzando a cobrar facturas muy altas como el bullying, sexualización, pereza y apatía. Educamos a niños y adolescentes con herramientas inadecuadas o incompletas para el futuro. Una de ellas es el valor del respeto.
Lo exigimos de todos y queremos que el universo nos respete. Nos quejamos mil veces porque instituciones, amigos o pareja no nos respetan pero, ¿cómo podemos pedir respeto cuando ni siquiera conocemos el significado o la densidad de sus implicaciones?
Respeto es un profundo sentimiento de admiración, reverencia y honor hacia alguien, gracias a sus habilidades, edad y experiencia.
A diferencia de lo que podemos pensar, el respeto no debe ser nunca del exterior hacia nosotros. Éste valor necesita comenzar dentro de nosotros para que podamos comprenderlo y hacerlo recíproco.
No podemos pedir respeto de los demás, y mucho menos de un niño, cuando vamos por la vida comportándonos sin honor, mintiendo, robando, manipulando, sobornando y destruyendo.
Más aún, carecemos de autoridad moral para exigirlo cuando no sentimos respeto por nuestro cuerpomente. Si violamos al cuerpo una y otra vez con alimentos que nos dañan o sin ejercitarlo; y si nutrimos la mente con apegos, avaricia e ignorancia, nunca podemos pedir respeto.
Es curioso escuchar a los padres y maestros quejarse de la falta de respeto que muestran los chicos, pero jamás he escuchado admitir a los adultos sus propias fallas.
Entonces, ¿cómo enseñar respeto a los jóvenes?
Practicándolo por uno mismo y siendo coherente en valores y actitudes. Es simple, en realidad. El problema es que nuestro ego nunca quiere ceder.
Pensamos que los chicos (por ser chicos) tienen que soportar todas nuestras malas conductas, pero no es así. Los jóvenes requieren que seamos nosotros los que demuestren autocontrol y consistencia en nuestro comportamiento.
¿No quieres que los niños mientan? No mientas.
¿Estás en alerta roja por que tu niño está engordando? Limpia tu propia alimentación.
¿Tu alumno no puede controlar la ira y destruye cosas? Demuestra control sobre tus emociones y medita diario.
¿Tu hijo pasa mucho tiempo mirando pantallas? Apaga tus pantallas y hagan actividades de grupo/familia.
Sí, Chocobuda. Suena muy bien, pero es imposible. Ya estoy viejo para cambiar.
Nada más lejos de la realidad que eso. Podemos comenzar hoy a actuar con respeto. Entre mejor nos cuidemos a nosotros mismos y actuemos con mejores intenciones, mejores personas seremos.
Los niños y los adolescentes no son tontos, por más que los subestimemos. Están alertas y listos para aprender de nuestra conducta. Ellos se sienten seguros e inspirados por nuestras acciones.
¿Por qué no comenzar a mejorar nosotros mismos? Estoy seguro que funciona.
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Si necesitas impulsar el valor del respeto en tus hijos o alumnos, Jizo es para ti. Es el taller de meditación para niños. ¡Aun hay lugares! Clic aquí.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Ago 13, 2015 | Budismo, Vida
Hace un par de días estaba yo dispuesto a tener un martes como cualquier otro. Café, zazen, yoga, desayuno, estudio y trabajo.
Pero la Señora Impermanencia me visitó para mostrarme que mis planes no significan nada para ella. Sin ningún aviso, la compañía eléctrica decidió cambiar cableado en mi calle, así que cortó la energía de las 9:00 AM hasta las 10:00 PM.
En lugar de frustrarme por esto, agradecí la oportunidad porque realmente necesito descansar. Así que comencé a leer, tuve una sesión extra y larga de zazen y luego fui al mercado por la comida del día.
Regresé a preparar la comida, dormí una siesta y tomé mi lectura de nuevo.
Como toda la calle estaba sin electricidad, no había tanto ruido. Excepto por el de mis vecinos de a lado, que parecía estaban teniendo el peor día de sus vidas.
Sin energía no tenían televisión, Internet, horno de microondas, no había cómo recargar baterías de teléfono, no había música y nada de la vida morena.
La única opción que quedaba era pasar tiempo entre ellos, conviviendo. ¡HORROR!
En sus palabras podía escuchar miedo, ira y frustración. Estaban desesperados por volver a tener algo, lo que fuera, para no pasar tiempo juntos.
Entrada la tarde, decidieron empacar sus cosas y huir de su casa para pedir asilo en algún otro lugar con electricidad.
Los vecinos son el reflejo y resultado de cómo son las familias en estos tiempos: estamos solos, somos miserables con todo lo que pasa al rededor y es mucho más fácil mantener una relación personal con texto, que con presencias humanas.
Nos hemos vuelto completamente intolerantes al contacto directo con nuestra familia. Nos pone incómodos y lo vemos como una gran carga. Ésto genera una reacción en cadena de ira, sarcasmos, frustración, depresión. En una palabra: vacío.
Éstos estados alterados son producidos por mentes inquietas, presas del aburrimiento, que no tienen idea de cómo tomar el control de sus emociones. Se crean fantasías y autoengaños que transforman nuestra experiencia de vida para envenenar nuestras relaciones.
Todos así, pero es en especial más triste verlo en niños y jóvenes. Tenemos en nuestras manos varias generaciones que evitan la convivencia familiar a toda costa, en parte porque los padres usan la tecnología para evadir la responsabilidad de pasar tiempo con los pequeños.
¿Qué hacer para remediarlo? Creo que no hay salida fácil. Cada familia es diferente y primero necesita entender que ha caído en esta serie de conductas, aceptarlo con toda honestidad, para luego tomar acciones.
Mis vecinos han regresado a casa. Los niños a ver la televisión y a sus tablets, la mamá a Facebook y el papá a sus diferentes pantallas. La vida no cambiará. Promoverán el vacío y matarán por él.
La pregunta que formulo es… ¿vale la pena deshumanizar a la familia al grado de sentir miedo por la convivencia?
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Las familias que promueven la convivencia y la meditación son más unidas, disfrutan más su tiempo juntos y se divierten más. ¿Suena bien? Te invito a Jizo, taller de meditación para niños y padres.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Ago 10, 2015 | Activismo, Budismo, Compasión, Vida
La semana pasada mi atención fue capturada por una foto que circuló en redes sociales mexicanas. Era una selfie de una mujer muy joven vestida en bata blanca, con un estetoscopio al cuello, sonriendo feliz y haciendo la V de victoria. La imagen era perturbadora porque como fondo había una persona en cama de hospital, visiblemente en convalecencia y con asistencia mecánica para respirar.
La chica se miraba feliz y triunfante, como celebrando algún éxito personal o festejando por encima del sufrimiento humano.
No hablaré más de ésta foto o de la persona pues las redes sociales, los medios de información y muchos compañeros blogueros han analizado y destrozado la situación una y otra vez. Muestra aquí.
Ésta chica es sólo un reflejo de lo que somos, de cómo están educados sus padres, maestros; y de cómo educamos a nuestros hijos. La falta de compasión en la que vivimos es amarga, muy triste y con costos sociales cada vez más altos.
No es un problema de la chica del selfie. Tampoco es un problema de jóvenes o de estudiantes. Ni siquiera es una situación que suceda sólo en México.
Es un problema de todos y que nos compete a todos los seres humanos arreglar.
Vivimos en micro mundos personales cerrados y con una constante negación de la necesidad humana. Nos importa más que nuestros «amigos» de Facebook aprueben nuestra existencia, que el respeto por un ser vivo en sufrimiento.
Tenemos el tiempo de hacer fila para comprar un reloj o teléfono móvil de lujo, pero nunca tenemos tiempo para llevar alimento a algún asilo.
Pasamos horas frente al espejo mirando, cubriendo con maquillaje y goma para el cabello lo vacíos y solos que estamos; pero no disponemos de un segundo para sonreír y preguntar el nombre a quien nos atiende en el supermercado.
Nos movemos en este universo de adultos, apresurados por cumplir metas y el sueño de la realización personal; pero no somos capaces de detenernos un momento para entender el profundo concepto de la compasión y lo necesario que es educar a los niños en ella.
Entonces el bullying, la violencia de género, el odio al que es diferente, los políticos corrptos y las selfies con pacientes en hospitales son sólo una noticia más. Nos indignan por un par de días y todos se quejan en Facebook, pero nadie toma acciones reales para corregir la raíz del problema.
Como mencioné en el post anterior, queremos el cambio sin compromisos. Buscamos la pastilla mágica que mejore las cosas sin que nos esforcemos.
Estoy seguro que la compasión y la gratitud son valores que pueden cambiar el mundo. Lo he visto en todos los talleres que he impartido y en las personas que abren sus ojos a esta verdad.
Quizá para un adulto son conceptos difíciles de digerir porque llevamos mucho tiempo de egoístas y cerrados. Pero para los niños no.
Los niños y los adolescentes están siempre abiertos a la bondad y a verificar que el trabajo en equipo funciona, que la sonrisa es la espada que destruye los fantasmas de las emociones negativas. Ellos pueden ser educados, guiados para que siempre piensen en el beneficio de los demás y que sus intenciones sean constructivas.
Sé que suena a lugar común, pero los niños y los adolescentes son la semilla del cambio que necesitamos.
Si los adultos trabajamos en nuestra mente, en entender compasión como fuerza del cambio personal; estaremos en capacidad de transmitir éste valor a los chicos que estén cerca de nosotros.
Y quizá… quizá en el futuro podamos tener la primera generación de personas honorables que nos den políticos comprometidos y empresarios más interesados en el bien de todos que en la avaricia.
¡Chocobuda, eres un tonto ingenuo! Las cosas nunca van a cambiar.
Sí. Soy el más tonto del mundo. Pero soy un tonto que confía en la bondad de todos y sé que mis palabras harán eco en la mente de al menos una persona.
Y eso es lo único que se necesita para cambiar el mundo: el compromiso de una persona.
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Si te interesa entender sobre compasión y de cómo enseñarla a los niños y jóvenes de tu familia, ven a Jizo, el taller de meditación para niños de Chocobuda. Aun quedan plazas disponibles. Clic aquí.