por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Ago 22, 2012 | Budismo, Vida
Sé que no hablo mucho de esto en Chocobuda, pero soy corredor de toda la vida. Desde joven siempre complementé mis artes marciales con la carrera, aunque nunca me enfoqué a correr tanto como en estos últimos 24 meses.
Luego de una pausa de varios años, reinicié en una forma más seria. Comencé corriendo en una pequeña calle y con el paso del tiempo necesité cubrir más distancia.
Y más distancia significa correr por las calles de la ciudad; lo que se convierte para mi en un ejercicio de observación de la vida urbana.
Si hay algo que me sorprende día a día al salir, es el ego tan grande que tenemos.
Al ver cómo conducen sus autos, me queda claro que el ego es un veneno enorme para las personas.
Alguien amable y lindo se puede convertir en un monstruo horrendo cuando está tras el volante, que viola todas las leyes posibles y está dispuesto a todo con tal de que su ego llegue a su destino.
Y con todo me refiero a que el asesinato es una opción cuando el reloj o el tráfico está en su contra.
¿No me crees? Una de las acciones más comunes de los conductores es echar lámina o aventar el coche, frases en castellano mexicano que implican utilizar el automóvil como ariete para pasar antes que los demás.
Y un ariete es un arma, no importa cómo se quiera ver. No es secreto que portar un arma cambia la psicología del individuo, volviéndolo prepotente y arrogante.
Cuando conducimos, el ego sale a flote y con nuestra actitud decimos «Yo tengo más derecho que tú y soy más importante». Esta actitud es la que hace que el tráfico se convierta en un enemigo personal y que todos los demás autos sean estorbos para llegar a nuestro destino, olvidando que dentro de un auto va otro ego igual de grande.
Aceleramos, avanzamos en sentido contrario, apresuramos a los demás, maldecimos cuando hay más autos circulando y nos quejamos. Y nos quejamos más. Y seguimos quejándonos.
Por supuesto, esta conducta no es exclusiva del conductor. La podemos ver en todos los aspectos de la vida, cuando alguien se siente amenazado y cuando tiene un poco de dinero o poder.
El ego toma posesión de la inteligencia. Borra de tajo la educación, humildad, generosidad, ética, modales y hasta la conciencia de que hay más seres humanos en el planeta.
Una persona montada en su ego es una persona horrible que es víctima de su propia ira, avaricia y apegos; incapaz de ver las necesidades y lugar de los demás. Esto afecta, sin remedio, a quienes lo rodean.
¿No sería más fácil la vida si el ego se mantuviera bajo control? Sin duda alguna.
Pero no todos están dispuestos a entenderlo.
Creo que el mejor ejercicio para detectar cuando el ego ha tomado el control, es estar atentos a nuestras reacciones. Cuando nos enojamos, hacemos berrinche o actuamos por capricho, son los indicadores más claros de que dejamos la razón de lado.
Sobre todo, cuando pasamos por encima de los demás para satisfacer nuestras necesidades.
Actuar con la razón como estandarte y con generosidad como arma, es la mejor forma de derrotar a esa criatura llena de odio que es tu ego.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Ago 20, 2012 | Budismo, Vida, Zen
Uno de los comportamientos humanos que más curiosidad me despierta, es el del robo.
No importa cuánto nos esforcemos, todos en algún momento de nuestra vida hemos robado algo. Robamos post-its o clips en la oficina, servilletas en un restaurante, dinero a nuestros padres, descargamos propiedad intelectual de la red, evadimos impuestos, usamos señal wi fi ajena, nos volamos* lo que sea con el pretexto de que somos más inteligentes… y lo peor es que nos justificamos creyendo que tenemos la razón.
Robamos. Esa es la cruda verdad. Lo hacemos todo el tiempo. Pero cuando nos llega a suceder y nos afecta, entonces sí nos parece algo antiético. Decimos que es violencia, que el crimen ha subido.
Cuando un político desaparece dinero o cuando una autoridad nos soborna, nos sentimos víctimas y clamamos por justicia y equidad.
El acto de robar es perturbador. Es irónico que robar roba tranquilidad para la víctima, y roba honestidad y honor para el culpable.
Todos sabemos que está mal y lo detestamos.
Pero, ¿porqué lo seguimos haciendo? Hay cientos de razones.
Seguimos usando lo ajeno porque muy en el fondo nos sentimos justificados. Si hay alguien que tiene más y mejores cosas que nosotros, en secreto lo odiamos.
Tomamos algo que no es nuestro porque ahí está. Porque hay oportunidad de no ser descubiertos.
En ocasiones es por pobreza extrema y porque hay una falta de oportunidades tajante, lo que obliga a alguien a tomar algo que realmente necesita.
Robar obedece a la avaricia, que es parte del Apego, uno de los Tres Venenos de la mente. Junto a la Ira y la Ignorancia, son los causantes de la infelicidad.
Como sea, el robo es real y hace que la sociedad se estanque, sin poder avanzar hacia una mejor cultura.
En el budismo, el segundo de los Cinco Preceptos dice:
Entreno para no tomar lo que no se me ha dado.
Habla sobre la la propiedad ajena y el derecho a la nuestra. Si algo no se nos ha dado libremente, no hay porqué robarlo ya sea en secreto, por fuerza, con engaños o fraude.
De la misma forma, aprendemos a no utilizar el dinero para comprar cosas que le pertenecen al público o a otras personas.
En un sentido más amplio, este precepto también significa que no tenemos que evadir nuestras responsabilidades. Si un día en la oficina somos negligentes con nuestro trabajo, entonces estamos robando tiempo que deberíamos pasar resolviendo nuestros pendientes.
Para detectar el robo es necesario poner atención a nuestro comportamiento y detenernos en seco antes de que suceda. Así nos damos tiempo para pensar en las consecuencias de lo que estamos por hacer.
Estas preguntas pueden ser de ayuda: ¿Perjudico a alguien? ¿Me sentiré bien si lo hago? ¿Me gustaría que me lo hicieran a mi?
No importa qué tan seductora sea la idea de tener cable gratis, robarlo a un vecino es inmoral y con seguridad tú de indignarías si fueras la víctima.
Practicar con este Segundo Precepto también incluye practicar la generosidad, que es una virtud que elimina el robo. Un practicante da al pobre y al enfermo porque entiende que ellos tienen necesidades más grandes.
Ser respetuoso de otras personas también es un rasgo de la generosidad.
Lo mismo aplica para atender las necesidades de nuestros padres, maestros y amigos. Ofrecer consejo y refugio a quien lo necesita.
Creo que si pudiéramos detener el acto de tomar lo ajeno, podríamos estar listos para una mejor humanidad.
¿Tú has robado algo? ¿Te sientes cómodo haciéndolo? ¿Cuál ha sido tu pretexto?
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*Volar: modismo mexicano para robar. «Me volé un libro» implica robo, pero justificado con inteligencia y humor. Apunta a una superioridad imaginaria del culpable. Lo sé, es muy lamentable.
Este es el segundo artículo de una serie sobre Los Cinco Preceptos. Para ver las entradas anteriores, clic aquí.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Ago 13, 2012 | Budismo, Vida
La primera parte de este post está aquí.
Hace mucho tiempo había un niño que se enojaba con mucha facilidad. Su padre le dio una bolsa con clavos y le dijo que cada vez que sintiera ira, clavara un clavo en la cerca de madera.
El primer día el niño pegó 37 clavos. Pero con el paso del tiempo el número de clavos iba disminuyendo. Descubrió que era mucho más fácil aguantar su mal temperamento, que introducir clavos en la madera.
Llegó el momento en el que el niño no se volvió a enojar. Con orgullo le dijo a su padre, quien le pidió ahora que por cada día que no se enojara, sacara un clavo de la cerca.
Las semanas pasaron hasta que el chico pudo decir a su padre que ya no quedaba ningún clavo.
El padre lo tomó de la mano y lo llevó a la cerca.
-Lo has hecho muy bien, hijo. Pero ahora mira todos eso hoyos la cerca. Ya nunca será la misma. Cuando dices palabras con ira, dejan cicatrices justo como estas. Puedes encajar un cuchillo a un hombre y sacarlo, pero no importa cuántas veces pidas perdón, la herida seguirá ahí.
Este pequeño relato budista sirve como marco para hablar hoy de cómo controlar el enojo.
Es importante remarcar la palabra controlar. En ningún momento estoy diciendo eliminar. Somos humanos y el enojo llegará. Es parte de nosotros.
Pero hay una diferencia muy grande entre sólo sentir ira, que aferrarse a ella.
Para poder soltarla hay que hacer un trabajo consciente de tiempo completo. No es fácil, pero sí es posible.
A continuación algunas sugerencias:
1. Admite que estás enojado
Puede que suene tonto, pero muchas veces decimos que no estamos enojados cuando por dentro somos un volcán en erupción. Justo porque estar enojado es incómodo e incluso llega a doler físicamente (gastritis, jaqueca), evitamos decir que la ira tomó posesión de nosotros.
No es un secreto que es virtualmente imposible controlar algo que negamos.
Para evitar esto hay que estar conscientes de nuestras emociones. Cuando un sentimiento de ira surja, no hay que suprimirlo ni negarlo. Hay que observarlo y aceptarlo por completo. Decir con honestidad estoy enojado, es lo correcto.
2. Enojarte es TU responsabilidad y de nadie más
Lo más fácil del mundo es no hacernos responsables de nuestras emociones. No tienes idea cuántas veces he escuchado la frase él/ella me hizo enojar, y la verdad es que me impresiona cuántos de nosotros estamos dispuestos a no entender que somos 100% responsables de nuestras emociones.
Tú eres quien decide estar feliz, triste o enojado.
Puede que en el camino encuentres personas que actúan como a ti no te conviene o con malicia, pero ellos son como son.
Es muy importante dejar claro que la ira es creada por tu propia mente. Sin embargo, tenemos que contemplar la ira para entender su origen. La ira nos reta a ver dentro de nosotros. La mayoría del tiempo la ira surge como auto defensa. Nace de miedos no resueltos o cuando el ego es grande.
En tus manos está simplemente aceptar a las personas como son y moverte hacia adelante.
3.La ira es auto indulgente
La ira es como aquella compañera de escuela: desagradable, pero seductora. Cuando estamos enojados es irresistible buscar la culpa en otras personas. Con ello protegemos nuestra ira y la alimentamos.
El budismo nos enseña que la ira nunca está justificada. Nuestra práctica es para cultivar el amor incondicional a todos los seres vivos y estar libres de apegos. Y la frase todos los seres vivos incluye a quien golpeó tu auto a la salida del estacionamiento, al compañero de trabajo que inventa rumores y a tu primo traicionero.
Es por esto que cuando estamos enojados debemos ser extremadamente cuidadosos en entender que nuestra ira puede lastimar a otros.
También debemos asegurarnos de entender que la ira es pasajera y no hay que aferrarse a ella. Nuestro ego no es tan importante.
4. Cómo dejar ir la ira
OK, ya aceptaste la ira. Ya sabes que está ahí. También detectaste la causa real. Pero aun así sigues enojado. ¿Qué sigue?
La paciencia.
Ser paciente no sólo significa aguantar a que el dentista te atienda. Significa saber entender el valor del tiempo y saber esperar cuando es necesario.
En realidad practicar la paciencia es:
- Tomar el tiempo para hablar hasta cuando estemos seguros de que no causaremos daño.
- Esperar para no afectar la realidad con nuestro bagaje interno (cucarachas mentales, pues).
- Aguardar para que la otra persona pueda hablar, sin que la atropellemos con nuestra agresión.
- Usar el cerebro para no sobre actuar nuestras reacciones.
5. No alimentes la ira
Sé que es muy difícil estar en calma cuando el tsunami de emociones está causando una revolución por adentro. La ira nos llena de esa energía nuclear que nos mueve a hacer algo, lo que sea para sacar la furia.
Cerramos los puños y golpeamos la mesa. Rompemos revistas. Azotamos la puerta. Y peor aun, llegamos a golpear gente.
En nuestra pequeña mente ilusa creemos que sacamos el enojo así, pero es todo lo contrario.
Cuando expresas la ira con violencia física o verbal, sólo la estás alimentando aun más. Agregas carbón al fuego. Y de pronto esta se hará mucho más grande que tú.
La medicina para la ira es practicar la compasión.
6. Medita
Meditar te da la capacidad de desarrollar tu paciencia a niveles que no imaginaste posible. También te ayuda a poder dejar ir las cosas a tiempo, antes que te causen daño.
Con la práctica, la compasión llega sola. Es un proceso del que hablaré en futuros artículos.
Por el momento nunca me cansaré de decirlo: siéntate y medita.
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Yo sé que la ira depende de muchos factores y que hay ocasiones en que la ofensa puede ser grande que simplemente la ira es una fuerza de la naturaleza difícil de controlar.
Pero nosotros, nuestra mente, es mucho más poderosa.
Cuando te enojas te conviertes en una persona fea, a la que todo mundo huye.
¿Tienes algún remedio para la ira?
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Ago 1, 2012 | Inspiración, Vida, Zen
Desde que tengo memoria he evitado pensarme como alguien espiritual, debido a toda esta niebla mágica que la sociedad le ha puesto encima al concepto. Siendo yo escéptico de todo lo imaginario y las filosofías basadas en pseudociencia, me he resistido a entrar en este estereotipo.
Por lo regular se piensa en la espiritualidad como un factor que nos conecta con la divinidad, nos hace creer en magia, brujería, pirámides, runas, adivinación, ángeles y demás entidades fantásticas.
Y por desgracia toda esta basura new age ha tocado al budismo y a la meditación, de tal forma que hay quien asegura que el Buda es una especie de ser mágico o dios que cuida a su fiel rebaño.
Sería fácil pensar que ser espiritual es creer en todo lo new age y lo imaginario.
Pero no. Espirtualidad es algo totalmente distinto.
La espiritualidad es la búsqueda constante e interminable para encontrar el camino interno que nos lleve a la esencia de nuestro ser, al encuentro de los valores que le dan sentido a la vida.
Procurar ser espiritual es identificar nuestros fantasmas y demonios, el cimiento de nuestro ego; para entonces comenzar a desmantelarlo día a día por medio del entrenamiento y la práctica.
Ser espiritual significa hallar la conexión nata con el universo y comprender nuestro lugar en él. Así podemos observar nuestra insignificancia, pero a la vez experimentamos la grandeza de estar vivos aquí y ahora.
Se es espiritual con actos de bondad y teniendo compasión por todos los seres vivos en el universo.
Y todo esto se logra con una sola herramienta: el poder puro y crudo de la mente humana.
Poniendo estas ideas sobre la mesa… ¿eres espiritual?
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Si quieres explorar estos conceptos, acompáñame en el próximo taller de espiritualidad para hombres y mujeres guerreras. Información aquí.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jul 30, 2012 | Budismo, Vida
Hace un par de semanas una persona remarcó que el hecho de que no me enoje significa que tengo alguna especie de disfunción o de problema psicológico.
Por supuesto ese comentario me hizo pensar mucho. No tengo un problema emocional… al menos no en ese sentido. Lo que pasa es que soy budista. 🙂
Desde que comencé a entrenar budismo de forma más seria, hace unos 6 años, me he dado cuenta de que han habido muchos cambios en mi comportamiento. No los expondré, pero sí diré que más o menos tiene ese tiempo que no me enojo. O al menos no como antes.
Y bueno, claro que me enojo. ¡Soy humano! Pero mi enojo actual es muy distinto. No es explosivo, no destruyo cosas y no alzo el volumen de mi voz. Y por supuesto me mantengo lo más lejos posible de causar daño.
El enojo es Ira, que junto a la Ignorancia y al Apego, es uno de los Tres Venenos del budismo. Ellos son los agentes principales de la infelicidad.
Considero que el enojo es como un virus porque se comporta como tal en nuestra mente. Nos invade, nos vuelve violentos, distorsiona la realidad de forma que todo lo vemos de la peor manera posible; y lo peor, se contagia. Ahora que lo pienso, la ira nos vuelve zombies, como los de las películas: nos contagiamos del virus y buscamos esparcirlo por todos lados mordiendo y devorando cerebros de quién se deje.
Algunos estudiosos de la psicología budista consideran que el enojo viene cuando la mente no está en calma, no es ecuánime y tiende a exagerar las cosas. Con esto, es muy fácil perder la paciencia, dando como resultado las fricciones que vemos a diario.
Pero quizá el punto de origen de la ira es nuestro gran ego. A veces nos sentimos tan importantes y tan necesarios para el universo, que cualquier fuerza que se oponga a nuestra voluntad, enciende la hoguera. Ahí es cuando soltamos el control y de pronto la vida se convierte en este ecosistema que nos agrede por todos lados.
Sin duda alguna, la Ira es una fuerza tremenda con la que tenemos qué vivir.
Con todo lo anterior como base, el practicante sabe que las palabras del Buda son más que sabias:
Aferrarte a la ira es como tomar un carbón encendido para arrojarlo a alguien. Quien se quema eres tú.
Así como todos nuestros actos tienen consecuencias, nuestras emociones también. La Ira siempre tiene víctimas, por más que lo neguemos. A veces la víctima son los demás, pero casi siempre el primer caído es uno mismo.
El enojo es la semilla del pleito. Pero para que este suceda se necesitan dos partes dispuestas a pelear. Si uno de ellos decide no morder el anzuelo, entonces el pleito deja de existir.
Mi relación con la Ira es muy simple, en realidad. Cuando la detecto simplemente la acepto, entiendo que está ahí y que estoy enojado, pero dejo que pase a través de mi. No me aferro a ella y no la alimento. Esto me permite ser objetivo lo más posible para admitir mis errores, ver cuando exagero las cosas y evitar dañar a quien me rodea.
No estoy diciendo que soy un santo y que soy invulnerable. Todo lo contrario. Soy un tipo normal. Es sólo que ya no me enojo por cosas pequeñas o tan fácilmente.
Entrenar budismo no significa que erradicaremos el enojo para siempre. Sólo implica entrenar la mente y darnos elementos para practicar la Paciencia, la Gentileza y la Compasión. Escribiré al respecto en el próximo artículo.
Y tú, ¿cómo vives el enojo?
La segunda parte de este artículo está aquí.