Tomar Refugio en la Triple Gema interior

Tomar Refugio en la Triple Gema interior

Tomar Refugio en la Triple Gema Interior

El Budismo Soto Zen tiene muchas ceremonias y versos que practicamos a diario. Entre ellos está un pequeño texto llamado San Kie Mon (Verso de los Tres Refugios). Intentamos recitarlo para tomar refugio, y lo hacemos con sinceridad porque nos aceptamos como practicantes de budismo, pero se necesita un poco de estudio para llegar a penetrar el verdadero significado.

Pero hay un pequeño problema, sobre todo cuando estamos recién llegados al Zen. A menudo buscamos estabilidad, paz y dirección fuera de nosotros mismos. Nos aferramos a ideas, personas o instituciones, esperando que nos den el ancla que necesitamos. Sin embargo, ¿qué pasaría si el verdadero refugio no estuviera en el exterior, sino dentro de nuestro propio ser? 

En el capítulo VI del Sutra de la Plataforma, Huineng nos da una mirada fresca y muy interesante sobre el significado de tomar refugio.

Saludo al refugio que es el Buda

Saludo al refugio que es el Dharma

Saludo al refugio que es la Sangha

Tomo refugio en el Buda

Tomo refugio en el Dharma

Tomo refugio en la Sangha

He tomado completo refugio en el Buda

He tomado completo refugio en el Dharma

He tomado completo refugio en la Sangha

La monja y el refugio cotidiano

Esta es una historia que siempre me ha gustado y creo que viene muy bien para cuando queremos entender qué significa tomar refugio..

La venerable monja budista, Myoshin, estaba sentada en una cafetería bulliciosa. Había sido un día particularmente desafiante en el templo. Su meditación matutina se sintió dispersa, la sesión de estudio de Dharma fue interrumpida por un dolor de cabeza persistente, y una discusión trivial con otro monje la dejó sintiéndose irritada. Mientras sorbía su té, observó a una joven madre luchando por calmar a su bebé que lloraba, mientras su café se enfriaba en la mesa. La madre, con el rostro tenso, finalmente logró que el bebé se durmiera, pero su alivio fue efímero; el café ya no era apetecible.

Myoshin sonrió para sí misma. En ese momento, se dio cuenta de algo profundo. La joven madre había buscado refugio en la calma externa, en el silencio del bebé, en la promesa de un sorbo de café caliente. Pero la vida, como un río, sigue fluyendo, trayendo consigo nuevas olas de desafíos. La verdadera paz no podía depender de que el bebé durmiera o de que el café se mantuviera caliente.

De repente, un pensamiento la golpeó: «Si mi paz depende de que mi meditación sea perfecta, de que mi estudio de Dharma sea ininterrumpido o de que mis relaciones sean siempre armoniosas, ¿dónde está mi refugio cuando estas cosas fallan?» Fue en ese instante de profunda introspección cuando Myoshin comprendió la esencia de tomar refugio interior. No se trataba de las condiciones externas, sino de una fuente inagotable de fortaleza y sabiduría que residía dentro de ella. Este entendimiento transformó su día, y con él, su práctica.

La Triple Gema no es externa

Tradicionalmente en el budismo, se nos enseña a tomar refugio en la Triple Gema: el Buda, el Dharma y la Sangha. Para muchos, esta idea se percibe de una manera muy externa. Vemos imágenes del Buda, y nuestros ojos nos dicen que esa imagen está fuera de nosotros, una representación histórica o idealizada. Es una figura a la que veneramos, un maestro al que admiramos, pero que sentimos distante.

De manera similar, cuando leemos el Dharma con nuestros ojos o lo escuchamos con nuestros oídos, lo interpretamos como un conjunto de enseñanzas, escrituras o discursos que provienen de una fuente externa. Asumimos que es un conocimiento ajeno a nosotros, algo que debemos aprender y aplicar, pero que no es intrínseco a nuestro ser. Intuimos que es una verdad que existe «allá afuera» de lo que somos.

Y luego está la Sangha, la comunidad de practicantes. Sabemos que formamos parte de una sangha, nos reunimos con otros, compartimos experiencias y nos apoyamos mutuamente.

Sin embargo, aunque todos seamos practicantes de budismo, las etiquetas y los nombres persisten como una separación absoluta. Juan sigue siendo Juan, María sigue siendo María. Aunque compartimos un camino, todavía hay una sutil distinción: Juan es Juan, pero Juan aún no es YO. Esta percepción de la Sangha como un grupo de individuos separados, aunque afines, refuerza la idea de que el refugio es algo que encontramos en la colectividad, pero que no emana de nuestro propio interior.

Tomar refugio en uno mismo

Aquí es donde la enseñanza Zen del Sexto Patriarca Huineng nos da una comprensión más profunda y transformadora de tomar refugio. Cuando estudiamos bien el Zen, especialmente al realizar postraciones o al recitar los votos de refugio, nos damos cuenta de que no estamos recurriendo a algo externo. No estamos pidiendo ayuda a una deidad china o a un texto antiguo como si fueran amuletos mágicos. En realidad, estamos confiando ciegamente en nuestras propias capacidades y en nuestro potencial inherente para el despertar.

Huineng nos enseña la Guía Triple Sin Forma, una reinterpretación radical de la Triple Gema que la sitúa dentro de nosotros, no en lo exterior.

  • Buda es tu potencial para despertar (Iluminación): No es una estatua de oro o una figura histórica lejana. Es la semilla de la budeidad que reside en cada uno de nosotros, nuestra capacidad innata para la sabiduría y la compasión. Es la Iluminación, la culminación de Punya (el mérito) y Prajna (la Sabiduría). Es la mente que, libre de maldad y falsas ilusiones, disminuye el deseo obsesivo, desconoce el descontento y no se ata a la lujuria y la avaricia. Tomar refugio en esta Iluminación significa cultivar esta mente pura y despierta.
  • Dharma es tu estudio y sabiduría que adquieres cuando estudias las escrituras (Ortodoxia): No son solo los libros en la estantería o tu conteo en Good Reads. Es la verdad que descubres a través de tu propia práctica y comprensión, la sabiduría que florece al aplicar las enseñanzas en tu vida. Es la Ortodoxia, la mejor forma de desprendernos de la obsesión por los deseos. Al tomar refugio en esta Ortodoxia, nuestra mente se libera de puntos de vista erróneos, lo que a su vez elimina el egoísmo, la arrogancia y la avaricia. Es un refugio en la verdad que se está en nuestro interior.
  • Sangha es confianza en que puedes mejorar como persona (Pureza): No es solo el grupo de personas con las que meditas. Es la pureza de tu propia mente, tu compromiso con el camino y la confianza en tu capacidad para purificar tus acciones, palabras y pensamientos. Es la Pureza, la cualidad más noble de la humanidad. Al tomar refugio en esta Pureza, nuestra mente no puede ser contaminada por los objetos sensoriales, la avaricia y el deseo, sin importar la circunstancia. Es la comunidad interna de todas las cualidades virtuosas que cultivamos.

La Triple Gema no está afuera de ti. La Triple Gema eres tú. Esta es la esencia de la enseñanza de Huineng.

El Buda en tu interior

Huineng nos enseña un punto crucial:

«El practicar la ‘Guía Triple’… significa refugiarse en uno mismo (por ejemplo, en nuestra propia Esencia de la Mente. Las personas ignorantes, asumen la ‘Guía Triple’ día y noche, pero no la entienden. Si afirman que toman refugio en Buda, ¿saben ellos donde está Él? Pero si no pueden ver a Buda, ¿cómo pueden tomar refugio en Él? ¿No es esa afirmación equivalente a una mentira?… debemos tomar refugio en nuestro Buda interior, y no tomar refugio en otros Budas. (Es más), si no tomamos refugio en nuestro Buda interior, no hay otro lugar donde retirarnos. Habiendo aclarado este punto, tomemos refugio en las ‘Tres Gemas’ de nuestra mente. Internamente, debemos controlar nuestra mente; externamente, debemos ser respetuosos con otros. Esta es la forma de tomar refugio dentro de nosotros mismos.»

Esta es la joya de la enseñanza. El verdadero refugio no está en una entidad externa, sino en nuestra propia Esencia de la Mente. Es aceptar y estar en paz con nuestra propia vacuidad.

Pretender tomar refugio en un Buda que percibimos como externo, sin comprender su significado interno, es una afirmación vacía. ¿Dónde estamos buscando realmente el refugio?

El Sutra de la Plataforma nos guía hacia nuestro Buda interior. Si no encontramos refugio allí, no hay otro lugar verdadero donde retirarnos. La práctica de tomar refugio se convierte entonces en un acto de auto-maestría y auto-respeto. Controlamos nuestra mente internamente, cultivando la Iluminación, la Ortodoxia y la Pureza. Y externamente, manifestamos esta transformación a través del respeto hacia los demás, viviendo en armonía con el mundo siendo mejores personas.

Tomar refugio para la vida cotidiana

La enseñanza de tomar refugio en nuestra propia Esencia de la Mente es profundamente práctica para la vida cotidiana. Nos libera de la dependencia de condiciones externas para nuestra felicidad y bienestar. Cuando enfrentamos desafíos, en lugar de buscar soluciones fuera de nosotros, podemos recurrir a nuestra propia sabiduría innata (Dharma), a nuestro potencial de despertar (Buda) y a nuestra capacidad de mantener una mente pura y resiliente (Sangha).

Esta perspectiva del Zen no niega el valor de los maestros, las enseñanzas o la comunidad. Al contrario, los integra. Los maestros nos señalan el camino, las enseñanzas nos proporcionan el mapa y la comunidad nos ofrece apoyo. Pero el viaje, y el refugio final, es siempre interno. Es un camino de auto-descubrimiento y auto-liberación.

Cuando comprendemos que la Triple Gema reside en nosotros, cada momento es una oportunidad para la práctica. Cada desafío es un llamado a activar nuestro Buda interior, cada decisión una oportunidad para aplicar el Dharma de nuestra propia sabiduría, y cada interacción una ocasión para manifestar la Pureza de nuestra Sangha interna.

¿Dónde buscas tu refugio en la vida? ¿Es en lo externo, en lo que puede cambiar y desaparecer? O, ¿tienes la disposición para explorar la inmensidad de tu propia Esencia de la Mente?

Sanar el futuro para aceptar el pasado. Las Cuatro Promesas del Bodhisattva en el Zen

Sanar el futuro para aceptar el pasado. Las Cuatro Promesas del Bodhisattva en el Zen

Sanar el futuro para aceptar el pasado. Las Cuatro Promesas del Bodhisattva en el Zen

Una mañana de verano en el templo, cuando me tocó servir la mesa de Oryoki para mis compañeros por primera vez, estaba muy nervioso. A pesar de que había entrenado varios días para poder cumplir esta obligación con decoro y de acuerdo con el protocolo, el miedo a equivocarme estaba muy presente. Los recuerdos de mis múltiples descuidos anteriores me hacían difícil aceptar el pasado para servir adecuadamente en el presente.

Ese día era yo el encargado de servir la sopa de miso. Con una mano cargaba la olla y con la otra servía usando una cuchara grande de madera. Los primeros dos platos los serví sin problema, pero en el tercero me tropecé con mi propio atuendo y tiré sopa de miso en el tatami (piso de paja tejida que se daña muy fácil con los líquidos).

Todos mis compañeros miraron cómo en cámara lenta la sopa caía al delicado suelo. Nadie dijo nada porque el voto de silencio debía ser mantenido. Con decoro, elegancia y sin mostrar molestia alguna, el compañero más experimentado se levantó, caminó rápido a la cocina por una toalla, regresó y rápidamente limpió el piso.

Me sorprendió su serenidad. Días más tarde, cuando se nos permitió hablar, le pregunté: “¿Cómo lograste no enfadarte ni un poco por mi torpeza?”.

Su respuesta fue sencilla y sonriente: “Por las Cuatro Promesas del Bodhisattva que recitamos diario. La forma en que actúo hoy determina cómo se corrige mi pasado y el de todos. Tiraste la sopa en el tatami no por maldad. Fue un error porque estabas pensando en el pasado”.

Aquello me dejó reflexionando durante días. Fue entonces cuando comprendí que en el Zen, aceptar el pasado no es un ejercicio de nostalgia ni de culpa; es un acto presente y futuro.

¿Qué son las Cuatro Promesas y porqué las practicamos? La respuesta es Fu

En el Budismo Zen recitamos diariamente las Cuatro Promesas del Bodhisattva, que aparecen en el Sutra de la Plataforma del Sexto Patriarca Huineng.

Estas no son simples palabras que repetimos sin sentido. Son compromisos con la práctica espiritual y con nuestro YO del futuro, para crear intenciones virtuosas en nuestros actos. Arreglamos el futuro desde hoy, para crear consecuencias positivas en todo lo que estamos por pensar, decir y hacer. A esto Huineng le llama Fu.

Huineng también nos enseña que los seres que debemos salvar primero son los que habitan en nuestra propia mente: el mentiroso, el engañado, el malévolo. En otras palabras, salvamos a Mara que está en nosotros.

Las Cuatro Promesas no son solo un acto altruista hacia otros, sino una forma de reconciliarnos con nuestra propia historia. Aceptamos lo que hemos sido en el pasado, sin remordimientos, culpas ni reproches.

Recitar estas promesas establece un puente entre nuestro presente y lo que deseamos para el futuro, sanando las heridas del pasado al ofrecerles un nuevo significado.

¿Qué significa aceptar el pasado según el Zen?

Aceptar el pasado, en la visión Zen, no es resignarse. Tampoco es olvidar. Aceptar el pasado es reconocer que nuestras acciones, palabras y pensamientos de ayer son parte de quienes somos hoy, pero no determinan necesariamente nuestro mañana.

Desde el punto de vista budista, el karma es dinámico. Y una forma directa de transformar ese karma es cultivar una intención virtuosa, como nos enseña el voto del Bodhisattva.

El “arrepentimiento vacío” de Huineng es precisamente entender el tiempo, nuestra historia y el futuro desde la perspectiva de la vacuidad. El Sexto Patriarca nos dice:

 “Liberarse a uno mismo por su propia Esencia de la Mente significa liberarse de los ignorantes, engañosos, e instigadores seres en el interior de nuestra mente, por medio de la Visión Correcta.”

Esa visión correcta nos permite ver el pasado con honestidad, sin negar nuestros errores ni aferrarnos a ellos.

Las Cuatro Promesas y su relación con el Sutra de la Plataforma

El Sutra de la Plataforma deja claro que las Cuatro Promesas son más que una formalidad sin sentido. Son un método para trabajar con las pasiones y engaños internos. Al prometer liberar a los seres, romper con los autoengaños, aprender el Dharma y alcanzar la Budeidad, no buscamos la perfección inmediata, sino establecer una orientación continua.

Esa orientación nos permite agradecer lo vivido, incluso lo difícil, porque gracias a ello hemos llegado al momento presente. Son un mapa de hacia dónde caminamos para crear un mejor futuro.

Lo que nos dicen las Cuatro Promesas

1. Salvar a todos los seres vivos, aunque los seres vivos sean incontables

En un sentido literal, parece imposible y hasta pretencioso. Sin embargo, el Sutra de la Plataforma nos enseña que esos “seres vivos” también son aspectos de nuestra propia mente. Cada vez que liberamos un pensamiento negativo o una emoción destructiva, estamos salvando un “ser”.

En la práctica cotidiana, esto se traduce en gestos simples como escuchar con paciencia, actuar con honestidad, ofrecer ayuda sin esperar recompensa. Cada acto virtuoso tiene un eco que va más allá de nosotros mismos.

2. Destruir mis autoengaños, aunque mis autoengaños sean innumerables

Los autoengaños son las historias que nos contamos como “No soy suficiente”, “Nunca cambiaré”, “Esto es lo que me tocó vivir”. Estas ideas nos atan al pasado y limitan nuestro presente.

Mediante la práctica de Shikantaza y la introspección, podemos ver esos patrones mentales con mayor claridad. Nuestra práctica no es una lucha violenta contra ellos, sino un suave desmantelamiento mediante la visión correcta, la aceptación de nuestras sombras y la sabiduría que desarrollamos con la experiencia.

3. Percibir la realidad, aunque la realidad sea infinita

El Zen no busca imponer una única verdad. Por el contrario, reconoce que la realidad está en constante cambio. Percibirla es vivir cada instante con atención plena, sin aferrarse a ideas fijas.

Aceptar el pasado implica entender que nuestras percepciones son siempre parciales y condicionadas. Hoy podemos mirarlas con otros ojos, desde el silencio interior y la apertura del corazón.

4. Caminar hacia la iluminación, aunque a esta nunca llegue

Este voto es tal vez el más característico del espíritu del Soto Zen. No practicamos para llegar a un destino final, sino porque el propio caminar ya es la práctica.

Cada paso, cada respiración, cada error incluso, forma parte del camino del Bodhisattva. Aceptar el pasado es reconocer que incluso nuestras caídas han tenido un valor: nos han permitido levantarnos una y otra vez.

Aceptar el pasado en el Zen moderno

Hoy, muchos practicantes laicos y monásticos recitan las Cuatro Promesas al comenzar o terminar su día. En mi experiencia, incluirlas en la rutina diaria es una forma poderosa de recordar nuestra dirección ética y espiritual.

Puedes hacerlo de la siguiente manera:

  • Al despertar, recita en voz baja o mentalmente las Cuatro Promesas.
  • Durante el día, cuando enfrentes un momento difícil, repítelas interiormente.
  • Antes de dormir, reflexiona sobre cómo has vivido en relación con esas promesas.

Poco a poco, notarás que creando un futuro virtuoso, tu relación con el pasado se suaviza. Lo que antes parecía un peso, se convierte en aprendizaje.

Sanar el futuro para aceptar el pasado

En el Zen, sanar el futuro no significa olvidar el pasado, sino transformar su significado mediante una acción presente clara y compasiva. Las Cuatro Promesas del Bodhisattva nos ofrecen una guía práctica para cultivar esa transformación día a día.

Aceptar el pasado, entonces, es un acto vivo, no un recuerdo estático. Es reconocer que podemos seguir aprendiendo, creando, creciendo y floreciendo, sin importar lo que haya quedado atrás.

¿Quién soy yo? Buscando nuestra verdadera naturaleza

¿Quién soy yo? Buscando nuestra verdadera naturaleza

¿Quién soy yo? Buscando nuestra verdadera naturaleza

La pregunta existencial “¿quién soy yo?” es un asunto que a todos nos puede crear ansiedad. A veces no sabemos ni cómo empezar a responder. Una persona de la sangha recientemente me hizo esta pregunta y, aunque yo no lo puedo responder porque es algo que cada uno de nosotros debe investigar, sí puedo compartir cómo comenzar a vivir para encontrar la resolución.

Hace unos años, mi senpai, Yoshu, monje y jardinero en Kosho-ji, el primer templo fundado por D?gen Zenji a las afueras de Kioto, me compartió una experiencia que me hizo pensar por días. Una mañana estaba barriendo el camino de piedra que conduce al zendo, cuando una ráfaga de viento otoñal le arrojó un montón de hojas justo donde acababa de limpiar. Frustrado, murmuró: “¿Por qué me molesta tanto esto?” En ese instante, se dio cuenta de algo interesante. No era el viento, ni las hojas, ni siquiera su deseo de terminar el trabajo lo que lo alteraba. Era su identificación con una imagen de sí mismo, el que mantiene el camino limpio.

Dejó la escoba a un lado y se sentó a mirar el viento mover las ramas de los árboles. Esa mañana entendió algo que miles de sutras podrían tardar años en mostrar. El “yo” que lucha por controlar todo no es su verdadera naturaleza.

Y entonces surgió la gran pregunta: ¿quién soy yo?

El Despertar de la Fe en el Mahayana es un mapa para volver a casa

Por aquellos días estábamos estudiando uno de los textos fundamentales del budismo Mahayana, El Despertar de la Fe. Este es otro texto vital para el Zen porque nos ofrece un marco claro para abordar esta pregunta que tiene mucho que ver con la enseñanza de Anatta.

Compuesto en China y atribuido a Asvaghosa, este texto presenta la mente con dos aspectos inseparables: la mente tal como es (nuestra naturaleza verdadera, inmutable) y la mente tal como aparece (la mente condicionada por el karma, sus repercusiones y las pasiones). Es decir, la mente en el mundo de lo relativo y la mente en el mundo de lo absoluto.

El texto enseña que todos los fenómenos, incluidos los pensamientos de bien y de mal, son manifestaciones ilusorias de la mente. Y, lo más importante, afirma que la naturaleza esencial de todos los seres es pura, libre y perfecta desde el origen.

¿Quién soy yo? Encontrando la respuesta en el Zen y la práctica

 “Lo que llamamos bueno o malo, no es nuestro verdadero rostro.” —Venerable Jingjie

La práctica Zen es difícil porque entrenamos para soltar las opiniones y no dejar que nos definan. Estamos atentos a las etiquetas que ponemos que, aunque son necesarias para navegar la vida, no nos definen. Por eso no se nos pide que rechacemos lo bueno ni lo malo. Más bien, tratamos de ir más allá de ellos. La mente que en un momento se llena de fe y compasión, al instante siguiente puede llenarse de deseo y rechazo. Si observamos con atención, notamos que estos estados vienen y van como nubes en el cielo. Pero el cielo mismo, que es nuestra verdadera naturaleza, permanece intacto.

Practicar Zen es poder contactar con esa estabilidad detrás de los pensamientos y el lenguaje. En el Despertar de la Fe encontramos que es comprender que todo lo que surge son “dharmas condicionados”, es decir, nacidos de causas y condiciones, y por tanto vacíos por naturaleza. Esta visión es el corazón de la enseñanza budista sobre el “yo”.

En el silencio de Shikantaza vemos nuestra personalidad flotando junto con todos los demás pensamientos. Lo que es YO es una construcción mental. Se compone de las vivencias, de la cultura, de la salud, de lo que comes y de todas las cosas que has decidido. Creamos una personalidad, la abrazamos y con ella navegamos el mundo.

Tu verdadero ser trasciende lo que crees que eres. Hay algo detrás de la personalidad que es puro, inmutable y que no depende de nombres o etiquetas.

Entonces, si no hay un YO, ¿quién es la persona que se enoja? Si no hay una pista de aterrizaje (YO), entonces las emociones solo sobrevuelan, pero se tienen que ir a otra pista que no sea la tuya.

Más allá del bien y del mal para comprender la raíz

Cuando decimos “yo soy bueno” o “yo soy malo”, tomamos una función temporal de la mente, o sea una reacción, un hábito, un pensamiento; y la convertimos en identidad. Pero la enseñanza fundamental del Buda es clara. Eso no eres tú.

Nuestro ser verdadero no nace ni muere, no aumenta ni disminuye. Es como el agua que, expuesta al frío, se convierte en hielo. El hielo parece sólido, duro, separado… pero sigue siendo agua. De la misma manera, nuestras emociones, preferencias, aversiones, deseos y errores no son nuestro ser esencial, sino estados temporales, transformables.

Si fuéramos por naturaleza malvados o puros, no habría posibilidad de cambio. Pero como nuestra naturaleza es clara como el agua, todo lo demás puede ser disuelto mediante la práctica.

Reconocer directamente la verdad

El maestro Zen Zhaozhou (Joshu en japonés), uno de los más grandes de la historia, pasó buena parte de su vida peregrinando y preguntando: “¿Mi naturaleza es buena, mala o pura?” No se conformó con ideas ni conceptos. Quería saber por experiencia directa.

A los ochenta años, durante Zazen frente a un bosque de bambú, escuchó el sonido de una piedra golpeando un tallo. En ese momento, todo pensamiento condicionado se detuvo. Comprendió profundamente que su naturaleza verdadera no dependía de categorías morales ni de ideas dualistas.

Dijo entonces: “Tantos años buscando, gastando sandalias… y todo estaba justo aquí, sin esfuerzo alguno.”

Ese despertar, llamado kensho en japonés, no es una iluminación grandiosa ni lejana. Es simplemente reconocer lo que siempre ha estado presente.

El poder de “dar la vuelta y mirar hacia dentro”

En nuestra vida cotidiana, la práctica comienza al notar cómo nos aferramos a un “yo” construido; el que tiene razón, el que se siente víctima, el que siempre necesita algo más. El Zen nos lleva tener una mirada fresca y observar esos estados como fenómenos pasajeros, no como nuestro verdadero ser.

Volver a ese “rostro antes de nacer de nuestros padres”, como dicen los antiguos koans, es simplemente regresar a este momento, sin juicios, sin narrativas, sin máscaras.

Ante la ira, la tristeza y muchos de nuestros estados incómodos, hay que preguntarse “¿quién está sintiendo esto?”. No es que los problemas se esfumen, pero sí podemos abordarlos desde la calma.

El Zen como camino para responder a la gran pregunta

En el Soto Zen practicamos Shikantaza (solo nos sentamos en Zazen y punto), nos lleva más allá de los discursos sobre el bien y el mal. Se trata de convertirnos en mejores personas y de despertar al hecho de que ya somos una expresión única e irrepetible de la mente universal.

En ese silencio, comenzamos a ver que no necesitamos convertirnos en nada. Solo basta con dejar de identificarnos con el hielo, y recordar el agua.

¿Quién soy yo? La respuesta está en el zafu

A lo largo del día, cuando sientas que algo te irrita, te eleva, te pone triste o te confunde, haz una pausa. Pregúntate con suavidad: “¿Quién está sintiendo esto? ¿Es esto mi verdadero yo?”

No necesitas resolverlo con la mente. Solo observa. Y siéntate. Vuelve al cuerpo. Respira.

Tu verdadera naturaleza no necesita ser defendida ni pulida. Solo reconocida.

Volver a casa

“¿Quién soy yo?” no es una pregunta filosófica abstracta. Es una cuestión importante para todos nosotros. La respuesta, como diría Zhaozhou, está justo donde estás ahora. Ningún maestro espiritual lo puede resolver por ti.

Todo lo que surge, ya sea bueno, malo, hermoso o difícil, es parte del camino de regreso. Solo necesitas el coraje de no huir. Sentarte. Mirar. Y confiar.

Hoy, dedica cinco minutos a sentarte en silencio. No busques nada. No huyas de nada. Simplemente siéntate y deja que todo sea como es. Cada vez que surja un pensamiento, una emoción o una duda, pregúntate suavemente: “¿Esto soy yo?”

Luego, suéltalo. Respira. Sonríe. ¿Esa sonrisa? Eso eres tú. Y eso nunca ha estado lejos.

Sutra de la Plataforma. Capítulo 6, parte 1. Ksana, ksana, colita de rana

Sutra de la Plataforma. Capítulo 6, parte 1. Ksana, ksana, colita de rana

Sutra de la Plataforma. Capítulo 6, parte 1. Ksana, ksana, colita de rana

Recuerdo una mañana silenciosa durante mi entrenamiento en un templo de las montañas de Japón. Había terminado de barrer la explanada y me senté un instante bajo el alero del zendo. El compañero a mi lado, sin mirarme, dijo algo como «¡Qué ksana tan duro!». Y mi mente de inmediato pensó: «Ksana, ksana, colita de rana«, como la rima que dicen las madres cuando un hijo se lastima. Sí, ksana como en el Sutra de la Plataforma.

Ese momento quedó flotando en mi mente. Más tarde, al estudiar el Capítulo VI del Sutra de la Plataforma, comprendí que cada instante, por mínimo que parezca, es una puerta hacia el despertar. El arrepentimiento que nos propone Huineng no es indigno ni es sobre culpa, sino trata de presencia total, ksana a ksana, instante a instante.

Este capítulo está lleno de sabiduría, por lo que lo compartiremos en varias entregas. Hoy nos centraremos en el inicio de este texto y en conceptos clave que podemos aplicar en nuestra vida diaria.

Este sutra se puede descargar de aquí.

El significado de ksana más allá del Sutra de la Plataforma

En el contexto del budismo Mahayana, un ksana es una fracción de tiempo extremadamente breve, casi imperceptible. Es algo más breve que un milisegundo. Se podría decir que es lo que en verdad mide el presente.

En el Sutra de la Plataforma, se nos invita a vivir de un ksana a otro, atentos al momento. Vivir cada ksana con plena conciencia es vivir en meditación. No se trata de escapar del tiempo, sino de habitarlo plenamente.

Cuando mantenemos la mente en el presente, no nos arrastran los errores del pasado ni nos distraen las expectativas del futuro. Cada ksana se convierte en una oportunidad para purificar la mente y despertar.

Alcanzar nuestro Dharmakaya personal

Huineng nos dice que debemos «alcanzar nuestro propio Dharmakaya». Dharmakaya es el cuerpo del Dharma, la verdad esencial más allá de forma y distinción. No es un lugar al que vamos, sino una realización de nuestra naturaleza original.

Es abrir la conciencia a que somos conciencia, y que pertenecemos a una conciencia más grande, perfecta y completa.

Cuando purificamos la mente en cada ksana, cuando nos liberamos del odio, la codicia y la ignorancia, el Dharmakaya se manifiesta desde dentro. Alcanzar el Dharmakaya es alcanzar al Buda en nuestro propio corazón.

El incienso y los Silas son la fragancia de la conducta recta

El Sexto Patriarca nos habla de los «Inciensos» del arrepentimiento sin forma. No se refiere al incienso físico, sino a las cualidades internas que purifican y elevan nuestra mente. El primero de estos es el Incienso de Sila, o conducta ética.

Sila se refiere a los principios éticos del budismo, que se resumen en los Cinco Silas:

1. No matar: Cultivar la compasión hacia todos los seres.

2. No robar: Practicar la generosidad y el respeto por lo ajeno.

3. No tener conducta sexual dañina: Respetar el cuerpo, los vínculos y la confianza.

4. No mentir: Comunicar con verdad y silencio, con intención de armonía.

5. No intoxicar la mente: Evitar sustancias y actitudes que nublan la claridad.

Vivir los Silas es encender ese incienso interno que perfuma nuestra vida y relaciones.

Los cinco Inciensos del arrepentimiento sin forma

El arrepentimiento sin forma no se hace ante un altar externo, sino en la propia mente, con honestidad y compromiso. El Sutra de la Plataforma describe cinco inciensos metafóricos:

1. Incienso de Sila

Es el fundamento. Una mente libre de maldad, envidia, ira y codicia es una mente clara y digna de confianza.

2. Incienso del Samadhi

Samadhi es concentración o estabilidad mental. Este incienso representa una mente imperturbable ante las circunstancias. Es la calma que no depende de que todo vaya bien.

3. Incienso de Prajna

Prajna es sabiduría. Es mirar dentro de uno mismo y ver con claridad. Abstenerse del mal no por miedo, sino por comprensión. Actuar con respeto, humildad y benevolencia.

4. Incienso de la Liberación

Cuando no nos aferramos al bien ni al mal, cuando actuamos sin ego, la mente se libera. Este incienso representa la mente abierta, sin apegos ni resistencias.

5. Incienso de la Sabiduría del Logro

Es el fruto de todo lo anterior. Una sabiduría espontánea, que no está atrapada en vacío ni inercia. Es acción sabia, presencia activa y desapego genuino.

Arrepentimiento sin forma es purificación sin culpa

El Patriarca no nos invita a lamentarnos por nuestras fallas, sino a verlas claramente y dejarlas ir. El arrepentimiento para nosotros es un volver a empezar en cada ksana. No se requiere un ritual externo, sino encender los cinco inciensos desde dentro.

Enseñanzas para aplicar ahora

Este capítulo del Sutra de la Plataforma nos recuerda algo por lo que vivimos en el Zen: práctica diaria es la iluminación misma. El Budismo no es un sistema de creencias, sino una práctica viva. En cada ksana podemos purificar nuestra mente, vivir los Silas y manifestar el Dharmakaya. No necesitamos esperar a la mañana perfecta ni al retiro ideal. El camino comienza ahora.

Práctica para hoy

Cierra los ojos un instante. Respira. Pregúntate: ¿cuál de los cinco inciensos necesito encender hoy? Quizás es el incienso de la paciencia, o el de la sabiduría. Quizás es recordar que no necesito ser perfecto para comenzar. Que este ksana, este mismo instante, sea tu portal al despertar.

Imagina a Huineng en el Sutra de la Plataforma diciendote «ksana, ksana, colita de rana».

Sutra de la Plataforma. Capítulo 5. Zen en la vida cotidiana

Sutra de la Plataforma. Capítulo 5. Zen en la vida cotidiana

Sutra de la Plataforma. Capítulo 5. Zen en la vida cotidiana

Hace años, en una mañana cualquiera, mientras caminaba al trabajo por una calle ruidosa y llena de tráfico, noté que mi mente iba a mil por hora. Preocupaciones, listas de pendientes, discusiones imaginarias; hasta que una pequeña pausa en el semáforo me hizo detenerme. Respiré profundo y, sin buscarlo, todo se aquietó. Escuché el canto de un pájaro, vi cómo el sol tocaba las hojas de un árbol, y por un instante muy chiquito, estaba totalmente presente. Esa breve experiencia me recordó lo que enseña el maestro Huineng: el verdadero Zen en la vida cotidiana no es escapar del mundo, sino despertar dentro de él.

El Capítulo 5 del Sutra de la Plataforma, “Dhyana”, es muy breve. Sin embargo, es una enseñanza poderosa y sencilla sobre cómo practicar Zazen sin depender del zafu ni de condiciones especiales. Nos recuerda que la práctica Zen es posible en todo momento del día. Cada segundo del día es sagrado y una expresión de la budeidad a la que pertenecemos. No lo podemos ver porque estamos muy ocupados siendo nosotros mismos, pero es posible tocar esta Tierra Pura si entendemos este capítulo.

Este sutra se puede descargar de aquí.

Dhyana es el origen de la palabra Zen

La palabra Zen proviene del término sánscrito Dhyana, que significa meditación o concentración. Sin embargo, como lo aclara Huineng, no se trata de meditar como un acto aislado, formal o ritualizado. Dhyana es más importante que eso para el Zen. Lo entendemos como ver directamente la naturaleza de la mente y vivir sin apego.

“Dhyana significa ver la naturaleza de la mente. Ver la naturaleza es Bodhi.”

Por eso, practicar Dhyana es practicar Zen porque vivimos con atención plena, con las menores distracciones posibles, y sin quedar atrapados por etiquetas como “bueno” o “malo”. Entrenamos día tras día para permitir que la mente vuelva a su estado natural de claridad y presencia.

Zen en la vida cotidiana es atención en cada acción

Huineng deja claro cómo llevar esta práctica a cada momento de la vida:

“El sentarse en meditación no significa fijar la mente en la ausencia de movimiento. Significa estar libre de apegos al bien y al mal.”

Aunque los maestros del Zen nos piden sentarnos en un zafu, Zazen no está limitado a un tiempo o lugar. El estado de presencia y atención se manifiesta cuando lavamos los platos con atención, cuando escuchamos sin juzgar, cuando respiramos con conciencia mientras esperamos el autobús. El verdadero Zen en la vida cotidiana es cultivar una mente libre, despierta y no reactiva, justo en medio del caos y la rutina.

A veces me gusta pensar que la práctica Zen nos vuelve creativos, no reactivos.

En el centro del Zen hay claridad sin rigidez

Así como el Maestro nos enseñó en el capítulo 4, en este apartado nos insiste en estar atentos para evitar el malentendido común de pensar que meditar es dejar la mente en blanco o aislarla del mundo. Huineng dice que “una mente sin movimiento no es necesariamente una mente despierta”. Lo importante no es erradicar los pensamientos, sino que no haya aferramiento a ellos.

“El verdadero Dhyana no consiste en sentarse sin moverse, sino en mantener la mente libre en toda situación.”

Esto ayudó a construir el Soto Zen como lo conocemos hoy. Para nosotros el énfasis no está en alcanzar estados especiales, sino en estar completamente presente con lo que hay, sin rechazo ni apego.

Si hay tristeza, nos sentamos con ella. Cuando estamos felices, nos sentamos con esa felicidad. No importa si hay ruido interno o externo, la práctica de Shikantaza debe ser mantenida.

Vínculo con el capítulo 4, meditación y sabiduría

En el capítulo anterior, Huineng explicaba que Samadhi (meditación) y Prajna (sabiduría) son inseparables. Aquí en el capítulo 5, esa enseñanza se vuelve más práctica porque nos dice que la meditación es ver la mente tal como es, y eso es ya un acto de sabiduría.

La práctica de Zazen en el Soto Zen refleja esta visión. Nos sentamos sin objetivo, sin querer lograr algo, y en ese dejar-ser surge una comprensión profunda. No estamos vaciando la mente, sino viendo con claridad lo que surge y dejándolo pasar.

Zen sin separación

Por los años que llevo practicando y enseñando, estoy convencido de que tenemos un fallo fundamental en nuestra espiritualidad. Nunca la tomamos en serio y la dejamos como una actividad más para el fin de semana.

Por eso creo que uno de los aportes más revolucionarios de Huineng es mostrar que no hay separación entre práctica espiritual y vida cotidiana. Cuando comprendemos esto, la idea de que sólo se medita en el zafu desaparece. Cada instante puede ser una oportunidad para despertar.

Trabajo es Buda. Escuela es Buda. Comida, descanso, enojos, tristeza, todos son Buda. Si los separamos, el budismo y toda la sabiduría de los Patriarcas dejan de funcionar.

Huineng no desecha la meditación sentada, por supuesto. Pero sí advierte que si la usamos como un refugio o como un acto separado del resto de la vida, hemos perdido el corazón del Dharma. El verdadero Zen en la vida cotidiana es vivir cada momento con claridad, presencia y sin aferramiento.

¿Cómo practicar esto hoy?

Independientemente de que practiques Zen o no, la atención plena es nuestro derecho. Es solo que no viene gratis y tenemos que esforzarnos en lograrla. Practicar Zazen es la mejor manera que tenemos, pero si no te gusta el budismo, puedes comenzar con algunas ideas fáciles de implementar.

  • Observa tu respiración mientras trabajas.
  • Come sin distracciones, sintiendo cada bocado.
  • Escucha a alguien con todo tu ser, sin planear tu respuesta.
  • Camina como si cada paso fuera sagrado.
  • Guarda silencio a lo largo del día y pon atención al discurso mental.
  • Apaga la música. Pon atención a la vida que te rodea.

Estas pequeñas acciones son semillas de Dhyana. Y si las haces con sinceridad, descubrirás que el Zen ya está ocurriendo.

Es importante decir que estas acciones no logran nada si solo las haces una vez. Elige una y repítela por muchos días. Sin hábito, no hay aprendizaje.

La meditación está en ti y es tu derecho

El capítulo 5 del Sutra de la Plataforma nos enseña que el verdadero Dhyana no se trata de inmovilidad ni de lograr algo especial. Se trata de reconocer lo que ya está presente en nosotros. Una mente clara, libre, compasiva.

Practicar Zen en la vida cotidiana no es un ideal lejano ni una meta que se alcanza tras años de esfuerzo. Es una forma de estar, aquí y ahora, reconociendo la plenitud del instante presente sin adornos ni rechazos. Por tener esta mente y cuerpo humano, es tu derecho.

Hoy, al terminar de leer, detente. Mira a tu alrededor. Respira. ¿Puedes estar aquí por completo? ¿Puedes dejar de perseguir objetos mentales y simplemente estar?

Esa es tu puerta al Zen.