Sin preferencia alguna

 

 

Aunque el camino del budismo zen está abierto a todo mundo, no todos están dispuestos a dejar de lado las preferencias personales. Estudiar zen es el constante compromiso de jamás abrazar gustos u opiniones en favor de un credo, idea o partido político.

Si yo digo “prefiero la paz y no la violencia”, entonces debo abrazarme a la paz y a todas las cosas que cultivan ese gusto. Iré por la vida rodeándome de personas y objetos que me hacen sentir bien; excluyendo y alejando de mi todo lo que no cumpla mi preferencia de “paz”.

Pero lo que escapa a la vista es que al esforzarme demasiado en ser pacífico, me convierto en una persona horrible, que excluye, que divide, que ataca. Convierto en objeto a todo aquel que no colabore con mi ideal.

Al final seré mucho más violento que la persona que me parecía violenta en primer lugar.

Cuando preferimos un equipo deportivo a otro, un sistema operativo a otro, una cultura a otra; estamos generando división en el corazón y la mente. Esta división genera barreras que nos llevan al odio y a la eterna conquista o destrucción de quien no comparte nuestro auto-engaño.

Aun el defensor de los derechos humanos o de los animales se puede convertir en un villano de cómic cuando se obsesiona con su ideal.

Con la práctica de zazen, el budismo zen nos da una puerta de salida para no ser víctimas de nuestro propio ego.

En el perfecto silencio de nuestra meditación podemos ver que no hay nada de malo con seguir a un cantante, partido político o comer exclusivamente vegetales… siempre y cuando ésto no nos genere caos y no dañemos con pensamieto, palabra o actos a otros seres. Incluido uno mismo.

En el zen vamos por la vida observando, formando parte de todo lo que nos rodea.

Escuchamos música, trabajamos, disfrutamos y cuidamos a la familia.

Pero sabemos cuándo ha llegado el momento de soltar las ideas.

Sin preferencia alguna se vive en paz y en armonía con el universo.

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Ya estás en casa

 

Puedes terminar la búsqueda aquí y ahora. Puedes quitarte esos zapatos y retirar la máscara de tu rostro en este instante. Ya estás en casa. Siempre has estado donde perteneces.

Has caminado por años buscando felicidad por debajo de cada roca. Has perseguido mil espejismos que te seducen con promesas de amor y de tranquilidad. Hasta ahora te has enredado en muchas relaciones que parecen no llegar a ningún lado. Amigos, parejas, familia; ellos no tienen la solución a aquello que te hace perder el sueño.

Has seguido el canto de la sirena de la sociedad de consumo, pensando que el nuevo auto o el nuevo teléfono móvil te harán una persona de éxito. Pero entre más compras y más logras, el vacío es cada día más grande.

Quieres llegar más lejos, más temprano y viajar más rápido. Quieres más títulos, más reconocimiento, quieres ser una persona rodeada de seguidores y de poder. Luchas por todo ello, pero cuando lo logras, de nuevo el vacío dentro de ti te oprime el corazón.

No, la respuesta nunca ha estado en cumplir tus sueños. Tampoco en la belleza o cubrir tus imperfecciones con maquillaje. Pelear por tus derechos, cobrar venganza, manifestarte en contra del gobierno y la corrupción. Pelear, pelear y pelear. Continúas ese camino sabiendo dentro de ti que no te llevará tampoco a casa.

¿Entonces dónde está mi lugar? ¿Dónde pertenezco? ¿Hacia dónde voy?

Ya estás en casa. Siempre has estado aquí, pero miras por la ventana hacia la casa del vecino. Te comparas, deseas y sufres lo que no tienes… mientras estás sentado en una silla llamada Gratitud.

Aquí en casa todo está en orden. El tiempo no corre, la vejez no importa y la lucha por tenerlo todo pierde todo significado.

Aquí en casa todos te amamos, te aceptamos como eres y contamos contigo para estar bien. Aquí no solo te tendemos la mano para ayudarte, sino que te impulsamos a estar bien. Sabemos que tu bienestar es nuestra felicidad.

Aquí en casa eres libre para ser tú mismo, para dejar de pretender ser lo que no eres. Aquí nadie te juzga, no te criticamos.

Esta es tu casa, en la que cada ventana mira hacia dentro de ti, hacia el contento y la aceptación la vida como es.

En tu casa hay silencio que sana y calma. No importa en qué parte del universo estés, siempre estás en casa cuando miras la vida con Compasión, Gratitud y Generosidad.

Ya estás en casa. Así que relájate. Respira. Y siéntate a meditar en zazen.

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Aquí en la profundidad

 

Todas las tormentas que hunden nuestras naves con las olas más devastadoras están formadas de las cosas que deseamos, de la lujuria y del consumo desmedido. Una vez que abrimos la puerta a la avaricia, es muy difícil cerrarlas. Somos adictos a tenerlo todo de inmediato y a navegar en círculos alrededor de objetivos ficticios.

Las nubes negras que lo cubren todo son las aversiones, los miedos, el odio y las divisiones que ponemos entre nosotros. Cada muralla, cada opinión a la que nos abrazamos contribuye a que la tormenta se vuelva aún más monstruosa.

Y no para. Nunca para. Vamos de puerto en puerto buscando la tranquilidad, lo que sea que nos haga felices. Pero todos los puertos están hechos de lo mismo. Nos ofrecen espejismos que al final son más caros de lo que imaginábamos.

Somos profesionales en movernos de un lugar a otro, en poner metas y salir disparados hacia ellas.

Pero cuando nos sentamos en silencio contemplando todo lo que hay y sintiendo la respiración, es posible llegar aun muelle seguro. Es un lugar en donde la calma no está en lo aparente, sin dentro de nosotros. Y es profunda. Es perfecta.

Aquí abajo no hay nada qué temer.  No hay lugar al que llegar, pues ya estamos donde necesitamos estar. No hay prisas ni urgencias; el tiempo deja de ser importante. No hay odio, barreras ni opiniones qué proteger.

Vemos pasar los pensamientos como si fueran peces. Vienen, se acercan, se van.

Aquí en la profundidad no hay tormentas.

Solo silencio.

 

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