Nueva sección: Práctica

En Internet y en redes sociales abundan mensajes que nos impulsan a sentirnos bien. A diario circulan cientos de imágenes lindas con alguna frase que intenta mejorar nuestra vida.

Las leemos, sonreímos y las reenviamos a nuestros contactos.

Sin duda pueden ser frases o citas maravillosas, pero estoy seguro que ninguno de nosotros las toma en serio o las adopta para la vida cotidiana. Al final son vacías y sólo sirven para perder el tiempo.

Y no es que ver imágenes inspiradoras sea malo. El problema es que no estamos dispuestos a ceder un poco y cambiar hacia una vida de virtud y generosidad.

Queremos encontrar refugio y lo sagrado en lugares externos a nosotros.

Un meme no hace un mundo mejor. Eres tú y yo, nosotros, los que con nuestros actos y palabras convertimos el mundo y lo volvemos un lugar en el que vale la pena vivir. Toda la vida es sagrada. Todo lo que haces es sagrado siempre y cuando no dañes a nada ni a nadie.

El budismo y muchas otras filosofías nos marcan una serie de pasos a seguir para tener una vida ética y tranquila. Pero no todo mundo está dispuesto a adentrarse. Por esta razón pensé en escribir un apartado que llevara los preceptos budistas a una manera simple y sencilla de seguir.

Son puntos más bien basados en el sentido común y en la búsqueda personal por dar significado a nuestro lugar en el universo.

Bienvenidos a la sección de Práctica.

Es una compilación de acciones que pueden ser adoptadas en cualquier momento para que comprendamos que tu vida y cuerpo son sagrados.

Sí, son las acciones que practico a diario, todo el tiempo.

Léelos con atención e integra a tu vida los que te funcionen.

Esta sección la puedes encontrar el en menú principal del blog. Irá creciendo conforme vaya escribiendo más artículos. Si tienes algún comentario o pregunta, ya sabes que puedes escribir a elchocobuda ARROBA gmail.com

Sólo recuerda: lleva tu vida con elegancia y silencio, sin dañar a nada ni a nadie.

¡Ah, y no olvides compartir!

 

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La elegancia del Silencio

Una día un filósofo visitó al Buda y le preguntó: “Sin palabras y sin no-palabras, ¿me dirás la Verdad?”

El Buda se mantuvo en silencio.

Después de un momento el filósofo se levantó, hizo reverencia y agradeció al Buda diciendo: “Gracias a tu infinita gentileza y amor, he limpiado todos mis autoengaños y he llegado al Camino Verdadero.”

Cuando el filósofo se había ido, Anando, un discípulo avanzado del Buda, le preguntó: “Gran Maestro, ¿Qué es lo que el filósofo obtuvo?”

El Buda respondió: “Un buen caballo corre tan solo al ver la sombra del látigo”.

En estos días he estado reflexionando sobre el Silencio, la elegancia que lo envuelve y lo mucho que lo odiamos.

Sí, me refiero al Silencio con S mayúscula, como una práctica de desarrollo personal.

Parecería que uno de nuestros monstruos más grandes es la simple idea de pasar un minuto en Silencio absoluto. Le damos la vuelta, huimos de él como si nos fuera a matar.

Tememos su simpleza y su vacío porque estamos muy acostumbrados al ruido.Preferimos la vulgaridad y agresión del sonido incesante del habla o de los motores de nuestra civilización.

Cuando ganamos unos momentos a solas corremos a violar el Silencio con música o con nuestro incansable diálogo interno.

El Silencio nos impone autoridad y horror porque es dentro de él cuando nos enfrentamos a nuestro más grande enemigo: nosotros mismos.

Dentro de nuestra mente viven nuestras pasiones y sufrimientos. También están los recuerdos y planes del futuro. Pero también están los remordimientos y arrepentimientos. Toda esa complejidad nos produce angustia, pero la preferimos a sentarnos en Silencio porque no tenemos ni idea de cómo practicar la quietud absoluta.

El Silencio es elegante y majestuoso. Tan simple y tan elemental que hemos perdido la capacidad de encontrarlo.

No es casualidad que el Buda nos haya dejado enseñanzas importantes con este tema. Él pedía a sus monjes que guardaran silencio lo más posible, a menos que fueran a hablar de forma constructiva o sobre el dharma.

También nos ilustra con esta analogía (del Sutta Nipata): El riachuelo es pequeño y lleno de rocas, tiene curvas y pendientes; por ende hace mucho ruido. En cambio el río es enorme y vasto; y corre hacia el mar haciendo el menor ruido posible.

El chisme, las críticas, las charla vacía, la música alterante, el exceso de medios de comunicación, las incesantes alertas de nuestros teléfonos móviles; todo ello contribuye a que nuestra existencia sea ruidosa y se mantenga alejada de la práctica silente.

Para llegar a la Iluminación o a la Verdad, el Silencio es el camino. No hay más.

Esto se logra con la práctica de técnicas de enfoque y meditación. Ya sea zazen, mindfulness, qi gong, mandalas o yoga; cualquier disciplina que promueva el Silencio, nos hará crecer y acercarnos más a nuestra elusiva espiritualidad.¿Qué prefieres ser, un riachuelo o un río?

sin freno

majestuosa y completa

palabra no dicha

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Montañas caminando

El Monje Daokai del Monte Furong dijo a sus seguidores: “Las montañas verdes siempre están caminando. Una mujer de roca da a luz a un niño por la noche”. A las montañas no les hace falta cualidades de montañas. Por ende, siempre están en calma y siempre caminan.

Dogen Zenji, en Sansui Kyo (Discurso de las Montañas y el Agua)

La suave pero firme voz de mi maestro sonó como trueno en el zendo mientras mis compañeros y yo practicábamos kinhin (meditación caminando).

Montañas caminando, dijo.

Las montañas se mueven lento. Tan lento que necesitaríamos varias vidas para notarlo. Parecen inmóviles y eternas, pero no lo son. Justo como nosotros. Cuando entrenamos zazen nos convertimos por un momento en montañas que se mueven poco, pero que capturan un instante en el tiempo para luego soltarlo hacia la inmensidad.

Las montañas no necesitan demostrar lo que son. No compran dispositivos electrónicos. No usan Twitter. Tampoco necesitan títulos, colores o fronteras. Son parte del universo y se manifiestan lentamente. No dan explicaciones. Sólo son. Están.

En el zendo éramos 15 montañas distintas caminando mientras portábamos las ropas del Buda y dejábamos que el humo del incienso nos fundiera en un ente sin división alguna. Por varios días de arduo entrenamiento mis compañeros y yo recitamos los versos de Dogen y reflexionamos sobre las enseñanzas del Tathagata y muchos otros bodhisattvas.

Pasar tiempo sentado junto a mis maestros fue de especial ayuda porque me di cuenta que no soy nada. No sé nada.

Y entendí lo largo que es mi camino. ¡Tantos seres qué ayudar! Pero al mismo tiempo aprecié (una vez más) la importancia de la disciplina y el estudio.

Hubieron discusiones acaloradas, pocas horas de sueño, tensión y aprendizaje que requirió todo el enfoque posible.

Pero también hubo silencio adornado de elegancia y perlas de serenas sonrisas.

Y al final en el zendo quedó un Buda solitario observando cómo regresábamos a nuestros países.

Montañas caminando.

 

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Un Chocobuda dirigiendo el servicio matutino (a la derecha), Takesa Ge, Hannya Shingyo y salida de los monjes.

 

Ceremonia de Kito: compasión para todos los seres vivos. Dedicada a los niños sufriendo en Gaza y a niños migrantes en América Latina. Hannya Shingyo. Un Chocobuda tocando el tambor fuera de cuadro.

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