Un mes de práctica en monasterio. ¡Nos vemos en septiembre!

Queridos amigos,

Este es un mensaje para avisar que por todo el mes de agosto de 2017 este blog no recibirá actualizaciones.

El dharma y mi entrenamiento me llaman a peregrinar y vivir en un monasterio/templo donde estaré dedicado al estudio, a las formas y al zazen; bajo la instrucción y vigilancia de mis maestros que vienen de Japón a este continente para una reunión de mi orden.

Estaré lleno de actividades. Las sesiones de zazen serán de 6 horas diarias (con pausas). Estudiaremos sutras y formas rituales. Participaré como jisha (auxiliar del Master) en la ceremonia de ordenación de compañeras 2 monjas y 1 monje. Además de que trabajaré como tenzo (encargado de cocina) porque a mis maestros les gusta mucho mi comida mexicana

A mi regreso tendremos varios eventos, entre ellos la celebración de X Aniversario de Chocobuda.

Que la luz del dharma y la compasión sean nuestra guía.

¡Amitofo!

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Para entender el renacimiento

El miedo y rechazo a la muerte nos llena de angustia porque sabemos que no importa cuánto luchemos, las terapias y cremas milagrosas que nos inventemos, los berrinches y la desesperación; la realidad es que no podemos controlar el paso del tiempo y al final moriremos.

No es que esté mal temer a la muerte. Es lo que hacemos los seres vivos y gracias a esto es que seguimos adelante procurando las mejores condiciones para crecer y prosperar.

Pero el origen de la angustia es la mente que no comprende la naturaleza básica de la vida.

Somos los únicos tontos del planeta que separan vida de muerte y las asumen como conceptos diferentes. Amamos los nacimientos, pero lloramos y tememos la muerte, como si eso fuera a hacer que ésta nunca llegara.

Una moneda no puede separar sus dos caras. No importa cuánto te esfuerces, si separas cara de cruz de una moneda, irremediablemente obtendrías 2 monedas nuevas, cada una con su cara y su cruz.

Vida y muerte son expresiones de una sola cosa indivisible. Esta cosa se llama Existencia, así con E mayúscula.

¿Para qué tener miedo a la muerte si de cualquier forma eres parte de la Existencia? Aun que mueras, todo lo que te hace tú, regresa a la Madre Tierra para que ella siga cultivando la vida.

Una de las ideas sobre el budismo más populares en occidente, es la del renacimiento. En películas y libros vemos cómo el protagonista reencarna en perro, en gato o en otra persona para continuar sus aventuras. Este pensamiento se ha encarnado en nuestra cultura y muchos asumen que el budismo te promete un paraíso, castigo o un premio al morir.

Pero en el zen este concepto es radicalmente diferente.

En el zen no le damos importancia mística al renacimiento porque no es como una ceremonia de graduación de esta vida

En el zen, renacer es una constante. Cada segundo que pasa, mueres. Cada segundo que pasa renaces. La persona que comenzó a leer este post murió hace un par de minutos. La persona que está por terminar de leer esta frase, ha nacido hace un instante.

Y la persona que lee esta línea murió hace unos segundos.

¡Felicidades, has nacido justo en este instante!

¿Cómo es esto posible? Es biología pura y simple. En tu cuerpo existen varios universos, como tus intestinos, por ejemplo. Cada instante nacen células que preceden a las que murieron hace un segundo. Es un proceso sin fin que caracteriza a la vida.

De la misma manera tus pensamientos nacen y mueren. Tus ideas preconcebidas, tus deseos, aversiones. Todo nace y muere, todo el tiempo.

En el zen renacer es aprehender esta realidad para entender que cada momento es nuevo. Es fresco y está limpio. Es lo que es y lo habitamos con ojos y mente igual de limpios y frescos. Cada paso que das es un nacimiento. Cada paso detrás, es una muerte… pero al mismo tiempo es una llegada completa y perfecta. Nada qué agregar, nada qué quitar.

Si separamos un segundo de otro con nuestras ideas, entonces nos dejamos morir de verdad. Es en esta separación donde se genera la depresión, la desesperación y el abandono.

Un pensamiento es lo que nos separa del torrente del renacimiento.

En el Genjokoan, Master Dogen nos enseña de forma elegante:

La leña se hace ceniza y no vuelve a ser leña otra vez. Pero no debes suponer que la ceniza es después y la leña antes. Debemos darnos cuenta que la leña se encuentra en el estado de ser leña, y que tiene su antes y su después. No obstante, a pesar de este pasado y futuro, su presente es independiente de ambos. La ceniza se encuentra en el estado de ser ceniza y tiene su antes y su después. Del mismo modo que la leña no se hace leña otra vez después de hacerse ceniza, después de la muerte uno no vuelve a la vida de nuevo. Por tanto, el que la vida no se convierte en la muerte es un hecho absoluto del Buddhadharma. Por esta razón, la vida se llama lo no nacido. El que la muerte no se convierte en la vida es la vuelta que el Buda da a la rueda dármica confirmada. Así, la muerte se llama lo no extinguido. La vida es un período por sí misma y la muerte es un período por sí misma. Son, por ejemplo, como el invierno y la primavera. No pensamos que el invierno se convierte en la primavera, ni decimos que la primavera se convierte en el verano.

¿Es importante el renacimiento para el zen? No. No nos importa ni un rábano.

Lo único que nos interesa es ayudar a los demás seres con Gratitud, Compasión y Generosidad. Buscamos crear condiciones de vida adecuadas para que todos los seres estén libres del sufrimiento.

Un día a la vez, en silencio y elegancia. Es así de simple.

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¡Todo está vacío! La vacuidad en el budismo zen

 

El Vacío o Vacuidad es una de las enseñanzas clave del budismo zen. En días recientes he encontrado a personas a quienes este concepto les produce angustia. ¡A nadie nos gusta pensar que no somos nada o que mis esfuerzos en la vida son en vano!

Vacío (Sunjata, en sánscrito) no significa La Nada. No es un concepto que nos lleve a abandonarlo todo y a sere nihilistas. Tampoco implica que las cosas del universo no existan.

En el budismo zen entendemos la vacuidad preguntando primero: ¿Vacío de qué?

Las cosas que nos rodean carecen de origen personalizado o especial. Nada de lo que nos rodea existe porque sí o tiene significado tan sólo por existir. La ropa que usas, la comida que consumes, el aire que respiras, la electricidad que disfrutas, tu auto, tus amigos, el planeta… todo existe gracias una cadena de procesos y hechos que no son independientes entre sí.

Para que tengas un teléfono móvil es necesario que exista un universo, un sistema solar, un planeta tierra, recursos naturales, seres vivos de todo tipo, billones de años de evolución, humanos… la lista es interminable. Tu móvil no es especial porque tiene la última tecnología, además de que depende de ti para que cumpla su razón de ser. Por si mismo no podría existir. Carece de significado o de origen individual, depende de todo lo demás para estar en este universo.

Todo está interconectado. El Buda llamó a esto el Origen Dependiente de las Cosas y nos enseña que nada existe aislado del resto del universo.

A pesar de que parece un mensaje claro, el ser humano entiende el mundo que lo rodea al separar todo de si mismo. El árbol lo ve como un objeto externo, cuando en realidad el ser humano depende del árbol para existir.  Vemos los insectos como una amenaza, cuando en realidad nuestra vida es posible gracias a ellos.

¡Nosotros mismos carecemos de origen específico!

Muchas de las angustias que nos caracterizan vienen por ser ignorantes a este hecho. Vemos al mundo y a otros como peones de nuestro juego personal de ajedrez. No podemos abrir la mente a que árbol, insecto, teléfono móvil, político corrupto, personas que amamos y yo somos una sola cosa, interdependiente. Somos un sistema más grande de lo que imaginamos.

Esta ilusión de separación es a la que el Buda ser refiere muchas veces en los sutras.

Cuando abrimos la mente y corazón a la Vacuidad suceden cosas muy interesantes. Ya no volvemos a sentirnos solos o aislados. Se desarrolla paciencia y gentileza. Entendemos que nuestra vida está cimentada en la bondad de miles de seres que trabajan para sustentar nuestra existencia y que nosotros hacemos lo mismo por ellos.

Vacuidad no es La Nada. Es la naturaleza esencial de lo que somos.

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Budismo zen y dolor

 

ADVERTENCIA: Este post habla ligeramente de la visión del budismo zen sobre el dolor. De ninguna manera promueve el abandono de tratamientos profesionales o impulsa al lector a no consultar al médico. El budismo y la práctica de zazen complementan el tratamiento que solo tu médico puede indicar.

Si tienes un cuerpo y estás vivo experimentarás dolor en algún momento. Todos los seres vivos sentimos dolor. No hay verdad más contundente que esta. El dolor físico es parte del paquete de bienvenida que recibimos al nacer y no hay manera de renunciar a él. El dolor es parte de nosotros, es uno de esos compañeros de viaje al que decidimos ignorar, pero caminará a lado todo el tiempo. Se manifestará poco, a veces mucho y en ocasiones por largos periodos.

Nosotros, en la eterna pretensión de ser los reyes de la creación, evadimos esta realidad para maquillarla con mil remedios, medicamentos procesados y técnicas. Lo evadimos a toda costa porque el dolor nos hace sufrir. Y el sufrimiento es algo que no nos aterra, pero justo porque le tenemos miedo, nos visita con frecuencia… como esa tía gorda que te pellizca las mejillas.

El Buda era una persona que sabía mucho de dolor. De hecho, éste lo acompañó en la última etapa de su vida porque su espalda de 80 años ya no podía con tanto caminar. Tenía que permanecer recostado sobre su lado derecho para poder mitigar un poco su incomodidad.

De igual muchos otros maestros budistas han conocido el dolor cara a cara. Pema Chodron padece de dolores crónicos y ésto la ha llevado a una vida de contemplación solitaria. Bhikkhu Bodhi ha viajado por el mundo en busca de una cura a su dolor. Nuestro maestro Dogen Zenji, quien murió a los 53 años, pasó por una etapa fuerte de dolor y de debilidad que no le permitían estar de pie por mucho tiempo.

Sin embargo, no importa de qué era sea el maestro, en todas las imágenes que tenemos de ellos se les puede ver sonrientes, serenos y sin preocupación. La imagen del Buda recostado en su lado derecho es un recordatorio de que se puede estar tranquilo aunque se esté pasando por dolor físico, que es una parte inevitable de la vida.

¿Cómo es esto posible, si un dolor de muela es horrible? ¿Cómo sonreír cuando se está pasando por algo tan serio como cáncer o SIDA? ¿Cómo estar de buen humor con una enfermedad autoinmune? ¿Cómo estar tranquilo si la espalda me está matando?

La práctica budista zen nos permite estar en paz con el dolor y la enfermedad porque entendemos que la vida incluye dolor. Sabemos que todos los seres vivos pueden sentirlo y que de ninguna manera el dolor es exclusivo para una sola persona.

En el Sallatha Sutta, el Buda nos dice:

“Cuando es tocada por el dolor, la persona común no instruida [en el dharma] se aflige, llora y lamenta, se golpea el pecho y se vuelve distraída. Así siente dos dolores: el físico y el mental. 

Es como si dispararan una flecha a un hombre y justo después dispararan otra más. El hombre sentiría los dolores de dos flechas. De la misma forma, cuando es tocada por el dolor, la persona común no instruida [en el dharma] se aflige, llora y lamenta, se golpea el pecho y se vuelve distraída. Así siente dos dolores: el físico y el mental.”

La  mente humana evolucionó para pensar. Es su trabajo y lo hace muy bien. Entendemos el universo por medio de los pensamientos, que son historias que nos contamos. El problema es que estas historias casi siempre son de ego porque vemos el universo en torno a cómo nos afectan de manera personal todos los fenómenos.

Cuando incluimos la palabra YO en la experiencia del dolor, estamos asumiendo que somos los únicos en el mundo que están sintiéndolo. Olvidamos que es una cualidad más de la vida y nos volvemos miserables haciendo lo posible por repelerlo. Entre más lo rechazamos, más lo sentimos y la recuperación (o agonía) tarda mucho más.

El budismo nos hace entender que el dolor es real, es parte de nosotros y lo compartimos con todos los seres que han existido y que existirán. Es un gran maestro porque nos hace sensibles a la experiencia ajena, nos impulsa a hacer lo posible para no pasarla tan mal, a ser creativos, a ser humildes y buscar ayuda y cobijo en otros. Nos hace explorar partes de nosotros que no conocíamos. Cuando el dolor termina sabemos lo que otros experimentan y estamos en capacidad de ayudar.

La práctica zen pone en nuestra cara la realidad de que el dolor nunca ha sido y nunca será personal. No es una conspiración en nuestra contra. Es lo que es, y como todo en el universo, es impermanente. El zen nos hace estar en paz con todo y lo vivimos sin poner etiquetas, sin decir YO.

Con la práctica disciplinada de zazen es posible lograr una no-relación con el dolor, hasta el punto de disminuirlo o no sentirlo más por algún tiempo. También cambia la relación con la enfermedad: se ve como una condición más de la vida y no como una afrenta personal. No en vano la ciencia continua explorando la meditación como el mejor analgésico que jamás hayamos inventado.

Mi experiencia personal con el dolor es insignificante y de ninguna forma puedo comparar mis vivencias con las de un paciente de dolor crónico. Sólo puedo atestiguar que cuando hay dolor me siento en zazen y al final de la sesión me cuesta trabajo encontrarlo. Llevo varios años sin tomar ningún analgésico o medicamento. Pero de nuevo, los dolores y enfermedades que he tenido son nada.

En el silencio del zazen nos volvemos uno con el dolor. Y si solo queda uno, entonces ya no resta nadie más para sentirlo.

 

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Sin preferencia alguna

 

 

Aunque el camino del budismo zen está abierto a todo mundo, no todos están dispuestos a dejar de lado las preferencias personales. Estudiar zen es el constante compromiso de jamás abrazar gustos u opiniones en favor de un credo, idea o partido político.

Si yo digo “prefiero la paz y no la violencia”, entonces debo abrazarme a la paz y a todas las cosas que cultivan ese gusto. Iré por la vida rodeándome de personas y objetos que me hacen sentir bien; excluyendo y alejando de mi todo lo que no cumpla mi preferencia de “paz”.

Pero lo que escapa a la vista es que al esforzarme demasiado en ser pacífico, me convierto en una persona horrible, que excluye, que divide, que ataca. Convierto en objeto a todo aquel que no colabore con mi ideal.

Al final seré mucho más violento que la persona que me parecía violenta en primer lugar.

Cuando preferimos un equipo deportivo a otro, un sistema operativo a otro, una cultura a otra; estamos generando división en el corazón y la mente. Esta división genera barreras que nos llevan al odio y a la eterna conquista o destrucción de quien no comparte nuestro auto-engaño.

Aun el defensor de los derechos humanos o de los animales se puede convertir en un villano de cómic cuando se obsesiona con su ideal.

Con la práctica de zazen, el budismo zen nos da una puerta de salida para no ser víctimas de nuestro propio ego.

En el perfecto silencio de nuestra meditación podemos ver que no hay nada de malo con seguir a un cantante, partido político o comer exclusivamente vegetales… siempre y cuando ésto no nos genere caos y no dañemos con pensamieto, palabra o actos a otros seres. Incluido uno mismo.

En el zen vamos por la vida observando, formando parte de todo lo que nos rodea.

Escuchamos música, trabajamos, disfrutamos y cuidamos a la familia.

Pero sabemos cuándo ha llegado el momento de soltar las ideas.

Sin preferencia alguna se vive en paz y en armonía con el universo.

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