
Usualmente no reviso noticias. Este es un tema recurrente en Chocobuda. No es por desinterés ni por vivir en una burbuja desconectada de la realidad, sino porque hace mucho tiempo aprendí que la sobreinformación indigesta el corazón con la misma facilidad con que los tacos grasosos de medianoche indigestan el estómago. Sin embargo, hace un par de semanas mi algoritmo de Instagram decidió que yo necesitaba educarme. Comenzaron a aparecer publicaciones con un encabezado muy noble en apariencia: «Esto es lo que ha pasado en el mundo en las últimas 24 horas».
Son resúmenes rápidos, diseñados con estética muy atractiva y tipografía sobria para retener la atención. Caí redondito en la trampa. Cada mañana abría la aplicación y la dosis era idéntica: guerras interminables, divisiones políticas absurdas, tragedias ambientales y una retahíla de conflictos presentados para generar clics mediante la indignación y el terror.
En cuestión de días me descubrí con la mandíbula apretada, los hombros tensos y una sensación de presión en el pecho. Estaba dejando que un carrusel digital destruyera mi estado de ánimo y distorsionara por completo mi visión de la humanidad. El mundo parecía un tren desbocado y yo era un pasajero paralizado por el pánico.
En ese momento exacto de saturación, algo dentro de mí dijo: basta. Había que frenar el veneno en seco y regresar a lo que verdaderamente sostiene la vida cotidiana.
Por cierto, la imagen de este post está tomada justo de una de estas cuentas de IG. Fue generada por IA. Tiene disparadores de guerra, líderes con cara de villanos, misiles, drones, el temido botón rojo y demás imágenes terroríficas. Amarillismo puro con todas las reglas cumplidas.
Cuando la historia se repite y la advertencia del Cakkavattisutta
Tendemos a creer que el declive social y la locura colectiva son novedades exclusivas del siglo veintiuno, pero Shakyamuni Buda ya lo observó con absoluta lucidez hace dos mil quinientos años. Digamos que lo que pasa hoy pasaba en los tiempos del Venerado por el Mundo, solo que no había redes sociales.
En el Cakkavattisutta (Digha Nikaya 26), del canon pali, el Buda nos relata la crónica del auge y la caída de civilizaciones enteras.
Cuenta la historia de una dinastía de reyes justos guiados por el principio de proteger y cuidar a todos los seres del reino. Todo marchaba en armonía hasta que un gobernante descuidó un punto medular: dejó de proveer recursos y apoyo a quienes vivían en la pobreza. La marginación económica detonó el robo; el robo provocó castigos violentos por parte del Estado; la represión armada orilló a los ciudadanos a conseguir armas para defenderse, y pronto florecieron el homicidio, la mentira descarada, la ruptura de los lazos familiares y el desprecio mutuo.
El sutra describe una época tan oscura donde la empatía desaparece a tal grado que las personas se miran entre sí como bestias feroces, listas para despedazarse en una semana de violencia ciega llamada «el interregno de las espadas».
¿Te suena familiar? Lee los encabezados de esta mañana y verás que estamos repitiendo exactamente la misma coreografía.
Pero el sutra no es un relato fatalista para dejarnos deprimidos. Cada que lo estudio lo siento como una suerte de mapa de causa y efecto. Nos demuestra que el desastre social no surge de la nada, sino de la acumulación de codicia, aversión e ignorancia no atendidas. Y lo más revelador es cómo se detiene esa espiral. No mediante un gobernante autoritario ni con más armas, sino cuando un puñado de personas se aparta de la violencia, suelta los cuchillos, deja ir las opiniones y decide proteger la vida.
Al inicio y al final de ese discurso, el Buda le da una instrucción definitiva a su comunidad: «Sean su propia isla, sean su propio refugio; no busquen refugio en nada exterior. Vivan anclados al Dharma».
Comprender esta verdad transforma mi práctica. Regresar al Dharma es regresar a la esperanza. La paz colectiva jamás brotará de tratados políticos si los individuos que los firman tienen el corazón intoxicado por los Tres Venenos. La sanación del mundo empieza con la postura que tomas en tu propio cojín.
Shikantaza y los Preceptos como el ancla en la tormenta
En la tradición Soto Zen, no practicamos para levitar hacia mundos mágicos ni para aislarnos de la sociedad. Practicamos para plantar ambos pies en el lodo de la vida diaria sin perder el centro. La respuesta budista ante el caos moderno se sostiene en dos pilares inseparables: Shikantaza y los Preceptos.
Shikantaza se traduce como «solo sentarse». Sentarse en quietud y aceptación radical frente a la pared blanca, con la espalda derecha y la respiración fluida sobre el zafu, no es evadir la realidad; es colocarse en el ojo del huracán. En Zazen no intentamos aniquilar los pensamientos ni visualizar luces místicas. Nos sentamos cara a cara con la mente tal y como está, soltando el hábito neurótico de juzgar, clasificar y reaccionar. Cuando te sientas en silencio sin alimentar la ira ni el desasosiego, desconectas una terminal de odio del mundo. Tu calma le quita leña al incendio social.
Pero Shikantaza no viene solo. Andamos la Vía con los Preceptos del Buda: no matar, no robar, no mentir, no intoxicar la mente, no hacer mal uso de la sexualidad. No son mandamientos dictados por una deidad colérica; son la descripción lúcida de cómo se comporta un verdadero practicante del Dharma que comprende la interdependencia y el interser.
Si el mundo arde en polarización, nuestro deber como practicantes no es sumar gasolina en redes sociales, sino ser personas con las que cualquiera pueda sentirse en paz y a salvo.
Zazen, la vía para recobrar la esperanza y disipar el miedo
¿De dónde nace el pánico cuando leemos las noticias? Proviene de una mente proyectada hacia un futuro catastrófico imaginado. El miedo nunca habita en el presente estricto; vive en las historias que fabricamos sobre lo que podría pasar mañana. Creemos que la desesperanza es lucidez, cuando en realidad es solo agotamiento mental provocado por rumiar peligros sobre los cuales no tenemos control directo.
Aquí es donde Zazen se vuelve un salvavidas irreemplazable.
Cuando te sientas en el zafu con la espalda erguida y la mirada reposada en el suelo, obligas a tu atención a regresar a lo único real: el aire entrando y saliendo por tu nariz, el peso de tu cuerpo sobre el piso, el crujido de la madera, la temperatura de la habitación. En este segundo exacto no hay bombardeos en tu sala, no hay crisis bursátil devorando tu comida y no hay catástrofes ficticias. En este instante estás vivo, entero y a salvo.
Zazen disuelve el miedo porque le quita el combustible narrativo. La neurociencia nos enseña que el cerebro no distingue con facilidad entre una amenaza física real y una imagen angustiante vista en la pantalla de un teléfono. Al sentarnos en silencio, desactivamos la respuesta crónica de alarma de la amígdala cerebral y bajamos el volumen de la red neuronal por defecto, responsable de los pensamientos ansiosos recurrentes.
Espiritualmente ocurre algo todavía más hermoso: descubres que la calma no depende de que el mundo exterior sea perfecto. La esperanza verdadera no es el optimismo ingenuo de creer que nada malo va a ocurrir; la esperanza budista es la confianza plena de que, pase lo que pase, posees la claridad y la firmeza interior para responder con compasión.
Dejar el veneno para cultivar presencia
¿Qué sucedió con mi dilema en Instagram? Hice lo que cualquier persona sensata que valore su paz mental debe hacer. Eliminé el seguimiento a esas cuentas de resúmenes sensacionalistas, silencié las alertas de catástrofes y regresé a mi práctica enfocada del Dharma.
Sigo enterándome de los acontecimientos globales porque vivo en sociedad, compro despensa y la compasión exige un contacto lúcido con el entorno. Sin embargo, ahora lo hago mediante lecturas reposadas, en momentos específicos y sin quedar atrapado en anzuelos creados para ordeñar mi angustia a cambio de métricas publicitarias. Comprendí que un monje ansioso, irritable y paralizado por las noticias no le resulta útil a ningún ser vivo.
El mundo continuará con sus cosas complejas. Pero en medio del oleaje, tú puedes ser un refugio seguro. Sé la persona serena, íntegra y paciente que tanto hace falta en estos días. Limpia tu plato, siéntate erguido, atiende a los tuyos y vive este día como lo que es. Solo un instante irrepetible.
Dedica hoy diez o quince minutos a sentarte en quietud frente a la pared. Experimenta en carne propia lo que ocurre con la ansiedad de las noticias cuando dejas de alimentarla. Cuéntame en los comentarios: ¿cómo experimentas el miedo ante las noticias globales y de qué manera sentarte en Zazen te ayuda a recuperar la perspectiva y el centro? Leo tus reflexiones con mucho gusto.
Preguntas Frecuentes (FAQ)
¿Desconectarse de los noticieros alarmistas no es una postura de evasión o privilegio?
No cuando se realiza con lucidez. La hiperinformación constante no produce personas más compasivas ni más activas; genera parálisis, fatiga por compasión y cinismo. Reducir el bombardeo de tragedias sobre las que no tenemos margen de maniobra directa nos permite recuperar la energía mental necesaria para intervenir de forma generosa, cercana y tangible en nuestra comunidad.
¿Por qué sentarse en Shikantaza ayuda a frenar la angustia por los conflictos globales?
Porque todas las guerras y abusos colectivos son la multiplicación a gran escala de los Tres Venenos de la Mente: ira, avaricia y autoengaño. Shikantaza corta de raíz esas toxinas a nivel individual. Al sentarte sin alimentarlos, tu sistema nervioso abandona la reactividad, evitando que proyectes más agresión en tu hogar, trabajo o entorno digital.
Si tengo poco tiempo y mucho estrés, ¿cómo puede Zazen ayudarme a perder el miedo cotidiano?
Diario hay que meditar 40 minutos. Cuando no tenemos tiempo, meditamos 2 horas. Zazen no exige horas interminables ni condiciones ideales; diez minutos bastan para interrumpir el ciclo biológico del estrés. Sentarte en quietud le demuestra a tu mente que en el instante presente no hay catástrofes ocurriendo en tu habitación. Esa comprobación física inmediata desarma los relatos de terror y te devuelve la esperanza lúcida para actuar en tu entorno con serenidad.

