por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Dic 2, 2015 | Budismo, Vida
No estaba en mis planes…
Nunca imaginé que fuera así…
Pensé que sería diferente…
Me rompió el corazón…
No sé qué es lo que hago mal…
¿Por qué me hizo esto?
Buscaba algo más…
Me la paso bien con ella/él, pero…
Siempre me pasa lo mismo…
No he encontrado al hombre/mujer/ser ideal…
¿Te puedes identificar con alguna de estas frases?
Todas ellas las he escuchado y leído en los últimos meses; provenientes diferentes personas en distintos países. Son amigos que me han pedido algún consejo sobre sus relaciones amorosas.
En todos los casos he hecho lo mejor posible por ayudar, pero siempre sentí que había una pieza que me faltaba por comprender.
Durante zazen de hoy por la mañana tuve este momento de ¡Eureka!, en el que entendí que todas esas frases e historias tienen algo en común.
Es una caraterística muy importante de todos nosotros, miembros de esta cultura hiper materialista:
Vemos el amor de pareja como un negocio personal del que debemos obtener cosas para hacernos sentir bien.
Por favor lee de nuevo las frases de arriba. ¿Notas un patrón? Cada una de ellas tiene la palabra YO incluida en alguna forma.
En todos los casos, nadie de las personas con las que he hablado me dio siquiera una pista de que estaban interesados en la felicidad de la pareja.
Todos esperamos ser felices recibiendo detalles y demostraciones de cariño. Todos queremos que la pareja sepa de memoria el guión imaginario que hemos escrito, y que se apegue a él. Exigimos que el otro se acople a las fantasías del futuro que generamos en la maceta. Incluso queremos que alguien cumpla las expectativas que creamos en el pasado.
Pero a la hora de la verdad, cuando enfrentamos la realidad de por qué no funcionan las cosas, sentimos que el universo nos ha fallado.
Cuando llega la ruptura nos sentimos ofendidos en el orgullo y la autoestima se va al traste. Queremos venganza, echamos culpas, pedimos razón y sentido al sufrimiento.
Jamás nos detenemos a pensar que la falla radica en el egoísmo desorbitado que practicamos diario.
El amor no funciona así. Nunca ha sido una inversión personal en la que se reciban frutos de cariño.
El amor es mucho más simple y se aleja de esquemas personales.
Para Shakyamuni Buda, el amor era el camino a la liberación. Incluye ver siempre por el bien y felicidad de todos los seres que nos rodean, practicar compasión y generosidad absolutas y sin cuestionamiento.
Para poder amar es necesario aceptar a la persona como es; sin agregarle nuestra basura mental que viene en forma de expectativa, planes y fantasías.
De igual forma, él nos decía que las relaciones basadas en el deseo, apego, confusión y manipulación; jamás conocerán la libertad que trae el amor.
Hasta que no practiquemos compasión y generosidad para ver por la felicidad de la pareja, estaremos condenados a tropezar sin cesar con el rabo de nuestro ego.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Nov 30, 2015 | Editorial
ADVERTENCIA: Esta entrada es larga y no es sobre budismo, aunque sí de minimalismo. Ve por un café o un té 🙂
Dedicado a la memoria de Seth Roberts. Gracias por la ciencia, el humor y las palabras amables.
—-
Este es un post que me costó muchos meses atreverme a escribir. Aun en este momento me siento renuente a publicarlo, pero luego de consultar con personas sabias y de muchas horas de zazen, decidí hacerlo porque puede que sea de mucho valor para personas que estén pasando por lo que pasé toda la vida.
Es un poco de mi historia personal y de cómo vencí a la obesidad.
Pero no, no es un relato de dietas y ejercicio, a pesar de que las mencionaré. Tampoco es una historia manipuladora de que la vida es super hermosa y feliz cuando logras objetivos.
Este es más un relato de cómo la información, el conocimiento y la ciencia personal, son la espada que destruye la ignorancia y la estupidez.
Es la historia de cómo afronté la adicción, curé mi espíritu, sané mi interior y de cómo todo lo demás comenzó a tomar su lugar.
Este soy yo hace unos 5 años:

Un tipo que vivió en la obesidad toda la vida. Me gusta bromear con que la única vez que no fui obeso, era cuando acababa de nacer. Después de ahí, me convertí en el bebé muffin y así crecí. Fui niño obeso y todos los meses mis padres me sometían a dietas horribles para tratar de controlar mi peso. Siempre había una nueva dieta en las revistas o algún amigo contaba su éxito comiendo lo que estuviera de moda.
Pasé por la dieta de los jugos, del agua, del caldo de pollo, de la luna, la de Jane Fonda (sí, soy hijo de los 80’s)… nada funcionó. Perdía unos cuantos kilos, pero a los días lo recuperaba todo y con venganza.
Yo era el niño que no corría, que nadie invitaba, el que no podía con deportes, el objeto de bullying y mil apodos. Yo era el niño roto que prefería jugar videojuegos y leer cómics, recluido en mi recámara.
La adolescencia fue particularmente dura porque si los niños son crueles con los obesos, los adolescentes son despiadados. Yo mismo lo era para defenderme de los constantes ataques. La soledad y el aislamiento eran aun mayores en esos años. Trataba de compensar la falta de popularidad y el exceso de peso, con una «superioridad» intelectual que provocó que más personas se alejaran de mi. Sí, era yo el odioso mascota de los maestros y el nerd de la escuela. Los libros y la ciencia me daban refugio de todo lo que no me gustaba, pero a cambio la soberbia me dominó.
Con la adolescencia llegan las fiestas, los amigos inseparables y la hiper-consciencia de tener un cuerpo aceptado por los demás. Para un joven obeso, eso es el infierno. Además de las dietas de tortura medieval que ahora yo me imponía, me mataba haciendo ejercicio para tratar de perder peso. Intenté futbol americano, pero me lastimé la espalda. Eso me llevó a las artes marciales donde me quedaría por muchos años.
El kung fu, ninjutsu y el karate-do lograron en poco tiempo que comenzara a tener confianza en mi. Si tenía alguna frustración, lo dejaba todo en el dojo. Pero por más duro que entrenara, seguía subiendo de peso. A veces sin control. Subía 10 kilos, bajaba 5. Subía 15 y bajaba 3. La tendencia era hacia arriba.
En aquellos años, Mon-Sensei me impulsaba a seguir mi camino marcial. Gané varios torneos y eso me ayudó mucho, pues me daba sentido y confianza. Recuerdo con cariño que terminando el entrenamiento, el maestro nos hablaba de Bodhidharma, el monje budista que había creado las artes marciales chinas. Esto me inspiraba y sembró en mi el gusto por el budismo… pero esa es historia para otro día.
Por esos años también comencé a experimentar con la meditación, que también trajo un poco de calma a mis problemáticos días de adolescencia.
El punto es que aun con todo ese entrenamiento, seguía subiendo de peso. Descubrí que entrenar ¡me producía más hambre!
Hacía todo lo que me decían, todo lo que se suponía que era necesario para perder peso. Comía cosas light, pan integral, carne sin grasa, usaba sustitutos de azúcar, me mataba haciendo ejercicio. ¡Lo hacía todo bien!
Y al final, estaba fuera de control. Por completo.
La universidad fue menos difícil que la preparatoria, pues mi estatura ayudaba a disfrazar la obesidad. Nunca fui flaco, pero al menos la grasa parecía repartirse por todo el cuerpo. Los intentos por bajar de peso seguían, por supuesto. Pero era más como volar por instrumentos porque ya sabía que todo iba a fallar. Era el único estilo de vida que conocía, en realidad.
La vida adulta se hizo más sencilla, pues tan pronto puse pie en una oficina, me di cuenta que todo mundo estaba obeso. Así que la presión por ser delgado se terminó… pero también la lucha por estar sano. Me dejé llevar por la alimentación oficinista, que es devastadora para el cuerpo.
Pasé cerca de unos 25 años trabajando en oficinas y con la misma dinámica de nutrición. Comía todo lo que la mercadotecnia dice que es sano: barras de granola, cereales, leches y quesos descremadas, refrescos de dieta, panes integrales, carnes frías de pavo. Y el peso seguía en aumento porque además, la vida oficinal ya no me permitía seguir entrenando.
Un día pasó un desastre en mi vida. Lo perdí todo (por primera vez) y me di por vencido. Así que recurrí a mi única amiga, a quien siempre había estado comigo y que nunca me decía que no: la comida.
Pasé varios años en esa depresión, pero tuve la claridad de regresar a entrenar artes marciales. Ahora el aikido fue lo que me rescató y retomar la meditación como práctica seria me ayudó mucho. También comencé tomar en serio el budismo como filosofía, así que la tristeza se acabó y salí adelante.
Pasaron más años, abrí el Chocobuda, dejé la vida oficinal, me hice corredor, me mudé de ciudad y mi peso seguía en aumento. Llegué hasta casi los 150 kilos, como puedes ver en la foto de arriba.
Y comencé a enfermar. Mis rodillas y espalda cedieron. Con dolor crónico me avisaban que el peso era insostenible. Padecía insomnio, dolores de cabeza constantes, sangrados nasales, problemas de piel, depresión, apatía inmanejable, mis dientes se estaban pudriendo. Muchos sistemas de mi cuerpo estaban fallando al mismo tiempo.
Lo peor es que por dentro, en mi ser, en mi mente, me sentía vacío. Roto. Sonreír era muy difícil. Estaba sin rumbo y no podía sostener nada por mucho tiempo. Este estado mental me hizo ignorar oportunidades increíbles, tomé las peores decisiones y dejé ir a personas que me querían.
Había alcanzado un punto crítico en la vida y sabía que de seguir así, me esperaban la diabetes, el cáncer y el paro cardíaco en la siguiente esquina. No quiero ni pensar qué tan cerca estuve de eso.
Un diciembre, para aprovechar las vacaciones, tomé un libro llamado Freakonomics, que habla de las conexiones estadísticas y matemáticas en campos inesperados de la vida. Es un texto compuesto de muchos artículos y resultados de estudios que hacen una lectura informativa y apasionante. Y también incluye entrevistas. Una de ellas era a un científico llamado Seth Roberts, quien había controlado su peso cuando entendió que la adicción al sabor es lo que nos hace perder el control.
Seth se dio cuenta que el cerebro humano evolucionó para optimizar recursos y nos impulsa a comer cuando hay abundancia. El sabor de la comida le dice al cerebro que es hora de comer para guardar energía y usarla en tiempos de sequía, pues hace 10,000 años no existía un suministro estable de alimento. El hombre primitivo necesitaba moverse de arbusto en arbusto o de presa en presa. El sabor dulce de la fruta le decía que había que comer lo más posible porque no había certeza de volver a encontrar comida.
El sabor agradable de la comida despierta la adicción porque nuestro simio interno tomará todo lo que pueda. Así se mantiene con vida y sigue su marcha. El problema es que en tiempos modernos, el suministro de comida es estable… pero además toda la comida es deliciosa para mantener la venta.
La comida a la que tenemos acceso en las ciudades ha sido diseñada por científicos para que siempre sea deliciosa y con altas cantidades de sustancias que nos dañan. Al mismo tiempo nos dicen vía mercadotecnia, que todo es sano y que nos conviene, que la obesidad es nuestro problema porque no hacemos ejercicio suficiente.
Seth Roberts me introdujo a varios conceptos que volaron mi mente, pues cambió todos los paradigmas de más de 40 años de vida:
- La evolución no ha preparado al ser humano para digerir la basura que comemos actualmente.
- La comida actual está diseñada para hacernos comprar, no para nutrir.
- Todo está lleno de azúcar y gluten, sustancias adictivas y que dañan la salud hasta causar casi todos los problemas que llenan las clínicas hoy en día.
- El azúcar es la causa de casi todos los problemas emocionales y psiquiátricos.
- Más sabor = más obesidad o síndrome metabólico.
- Existe la paleo dieta.
- Existe la ciencia personal, que es la valentía para mandar al infierno a la ciencia comercial y experimentar con nosotros mismos.
Me quedé helado, pues comencé a comprender. Después de Freakonomics comencé a devorar literatura de nutrición. Me enteré que existe un movimiento internacional muy importante, de personas que han decidido regresar a comer como lo hacían nuestros ancestros.
Aprendí de ciencia molecular, genética, historia y geografía de los alimentos, química; y claro, también investigué porqué en Asia la obesidad es insignificante comparada con occidente.
Entendí que la razón por la que nunca perdí peso era debido al azúcar. Los alimentos de «dieta» ¡están llenos de azúcar y gluten!
Investigué cómo vencer la adicción al sabor, para poco a poco experimentar con mi cuerpo. Y comencé a perder tallas. Empecé a lograr lo que por años pensé que era solo para actores de Hollywood. Semana a semana perdía un poco más de peso.
Me sentía tan bien que comencé a correr y participé en varias carreras. Aun estaba gordo, pero podía llegar a los 5K, luego a los 10K. Inicié yoga y también me sentí increíble.
Con el paso de los meses, una vez que la adicción al sabor se había ido, cambié toda mi alimentación a la paleo dieta. Más experimentos y más ciencia de por medio, por supuesto.
En este estilo de vida no existe comida procesada. Solo comemos alimento natural preparado en casa. Esta es la manera en la que me alimento actualmente.
Pasaron varios años ya desde que estoy en este viaje que no termina. Ahora mi cuerpo es fuerte y sin grasa. Mi espíritu y actitud por la vida han cambiado. Mi meditación es profunda y significativa. Estoy de buenas casi todo el tiempo y hace muchos años que no me enojo.
Mi práctica budista se ha fortalecido, pues ahora tengo energía para estudiar y trabajar por los demás.
Todo, absolutamente todo, se mejoró.
Sigo leyendo ciencia todos los días, experimentando responsablemente con mi cuerpo, aprendiendo de nutrición y diseñando nuevos hábitos que me hacen ser de más utilidad a las personas que me rodean. Si has estado en taller conmigo, ahora entenderás porqué la nutrición es esencial para el cambio espiritual.
Al día de hoy, este soy yo. Un hombre que se reconstruyó gracias al amor por la ciencia, la lectura y que perdió el miedo. Soy un tipo normal, el más tonto de los tontos, pero si puedo tomar algún crédito, es que decidí cambiar mi vida entendiendo que el camino largo es siempre el más seguro.
¿Cuánto peso ahora? No lo sé. No uso básculas. Uso vida.
Nunca tengas miedo de experimentar. Cambiar hábitos es posible, es cuestión de entender que siempre hay que hacerlo de manera informada y por la ruta más larga.

por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Nov 23, 2015 | Budismo, Zen
El cerebro humano es una computadora (ordenador) orgánica que tiene muchos paralelos con su contraparte digital que usamos todo el tiempo para trabajar y comunicarnos.
Consta de hardware compuesto de procesadores, memoria y millones de conectores; tiene firmware que contiene la programación básica de nuestras funciones vitales, evolutivas y de especie; pero requiere de software para funcionar.
Estos programas son aprendidos de manera social y por repetición. Desde muy pequeños descargamos programas de servidores que nos rodean, pero que están conectados a la red social que nos rodea. El primero de ellos es nuestra madre, quien con amor y paciencia nos instala las primeras rutinas necesarias para la vida. Luego está el padre, familia, amigos, medios de comunicación… todo el tiempo estamos descargando programas nuevos que van formando nuestra personalidad y forma de relacionarnos con el universo.
El problema con los programas que nuestro cerebro corre es que una vez que están funcionando, es virtualmente imposible cerrarlos. Estará corriendo por muchos años o hasta el final de nuestros días, lo cual hace que estén generando pensamientos y abstracciones de tiempo completo. Es decir, producen pensamientos.
Pensar no tiene nada de malo. Es lo que hacemos los humanos para que el universo tenga sentido. Pero nunca entendimos que los pensamientos solo ocurren dentro de nosotros y de ninguna manera reflejan la realidad. Los pensamientos y nuestro ego interpretan la realidad.
Vivimos como en una especie de sueño, lo que nos lleva al sufrimiento.
Cuentan los historiadores que cuando el Buda se iluminó, lo primero que dijo fue algo como: «¡Qué maravilloso! ¡Todo Lo Que Es ya lo tiene! Todo tiene naturaleza búdica. Pero los seres humanos no lo entendemos. Por eso sufrimos.»
Cuando nos dejamos llevar por el resultado de nuestro software, asumimos que esa es la realidad. Si algo no nos gusta o si la vida se sale de control, sufrimos. Si la Señora Impermanencia nos muestra su poder, sufrimos.
Como nunca nadie nos enseñó que el software no somos nosotros, no podemos ver que dentro de nuestra circuitería interna existe la naturaleza búdica. Vivimos en un sueño del que pocos despiertan.
Una propuesta básica del budismo Zen es que la práctica de zazen nos ayuda a apagar estos programas, aunque sea por unos minutos. Así la memoria se vacía y se reinician los procesadores.
Zen es soltar todo lo que nos hace sufrir, pues ha sido creado por nuestra mente usando los programas llamados Deseo, Aversión, Avaricia, Ira, Ignorancia.
Zen es terminar voluntariamente el sueño para despertar a la realidad.