Hace muchos años, el poeta japonés Shinmin Sakamura nos regaló un verso que se ha convertido en un mantra para miles de practicantes en Asia: Nenzureba hana hiraku:
Si lo mantienes en el pensamiento, las flores brotan
Si lo mantienes en el pensamiento, las flores brotan. En los momentos de sufrimiento, mi madre siempre decía estas palabras. Sin darme cuenta, desde hace tiempo, yo también empecé a recitarlas. Y así, cada vez, mis flores, de forma misteriosa, una a una, comenzaron a abrirse.
A primera vista, podría parecer una frase de optimismo ingenuo, pero desde la perspectiva del Budismo Soto Zen y el pensamiento Mahayana, encierra una verdad técnica y espiritual profunda sobre cómo construimos nuestra existencia.
La mente como arquitecta de lo real
Estamos tan desconectados de la vida, que vivir duele porque nunca las cosas son lo que creemos o lo que queremos. En el budismo entendemos que la realidad no es algo que nos «sucede» desde afuera, sino algo que co-creamos. El término Nen no se refiere solo a pensar de forma intelectual; es la atención plena del corazón, es la intención dirigida.
Nuestras intenciones definen nuestras palabras, y nuestras palabras son el marco de nuestra percepción. Aquí es donde la psicología budista se vuelve práctica para nuestra vida diaria:
El veneno del «no puedo»: Cuando afirmas que algo es imposible, estás cerrando una puerta antes de tocarla. Esa frase genera un estado mental de derrota que impide que veas las oportunidades que ya están frente a ti. La flor no brota porque tú mismo has decidido que la tierra es estéril.
La fuerza del «comienzo a hacerlo»: En el momento en que cambias el discurso interno a una acción concreta («estoy empezando», «lo intento»), el universo entero se reconfigura. No es magia, es la Ley de Causa y Efecto(Karma). Al mover un solo átomo de tu intención, obligas al cosmos a responder a ese nuevo movimiento.
El cosmos que se abre para ti
En el budismo Mahayana, hablamos de la interconexión de todas las cosas. No hay una separación real entre tu mente y las estrellas. Cuando mantienes una intención pura y persistente, estás sembrando una semilla en el campo del universo.
El poema nos cuenta que la madre del autor repetía estas palabras en momentos de sufrimiento. No lo hacía para ignorar el dolor, sino para recordar que incluso en el invierno más crudo, la vida está preparando su regreso.
En el Zen decimos que «cuando el discípulo está listo, el maestro aparece». De la misma forma, cuando tu intención es clara y tus palabras están alineadas con la acción, las «flores» de tu vida como tus proyectos, tu paz mental o tus relaciones, encuentran el camino para abrirse de forma misteriosa pero inevitable.
Práctica para hoy
Observa tu lenguaje interno. Si te encuentras diciendo que algo es difícil o imposible, cámbialo por un suave: «Voy a empezar con esto ahora». Nota cómo tu cuerpo se relaja y cómo, de repente, el mundo parece un lugar un poco más amable y lleno de posibilidades.
No tiene que salir bien, pero si no comienzas, nunca te enterarás de que quizá sí podías lograrlo.
Recuerda: las flores no brotan por la fuerza, sino porque encuentran las condiciones adecuadas. Tu intención es el sol que permite ese milagro.
Porque esta vida no vuelve, entrega amor infinito a una sola flor, escucha con inocencia la voz de un solo pájaro. Esa atención es oración.
-Sakamura Shinmin
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Este poema pequeño e imperceptible ha tocado fibras íntimas importantes. Resuena con nuestra práctica Zen y quiero compartirlo.
Sakamura Shinmin (1909–2006) fue un poeta budista japonés conocido por su lenguaje simple y espiritual. Fundó su casa-templo Tanpopod? en Tobe (Ehime), desde donde escribió miles de poemas sobre la humildad y la fe budista. Su poesía es un puente entre la tradición popular y la visión Zen moderna, transmitiendo esperanza y compasión.
Porque esta vida no vuelve,
El poema nos toca con una verdad tan simple como profunda: la impermanencia. Esta vida, este preciso instante, nunca se repetirá. Para Dogen Zenji, el fundador de nuestra escuela Soto Zen, esto no es un motivo de tristeza, sino el corazón mismo de la realidad. Él enseñaba el concepto de Uji, Tiempo-Ser. Para D?gen, el tiempo no es un río que fluye; cada momento es la totalidad del ser, completo en sí mismo. Por eso, este momento no es un ensayo para el futuro, es la vida misma manifestándose.
entrega amor infinito a una sola flor, escucha con inocencia la voz de un solo pájaro.
Aquí, Sakamura-san nos habla sobre la práctica de la atención plena y total. No nos pide realizar hazañas espirituales extraordinarias, sino poner toda nuestra energía y corazón en la acción más simple. Esto es exactamente lo que Dogen llamaba Genjokoan, el koan que se manifiesta en el presente. La flor no es un símbolo de otra cosa, es la realidad misma. Escuchar al pájaro con «inocencia», sin juicios ni distracciones, es la práctica de shikantaza , simplemente ser consciente, pero aplicada fuera del zafu. Dogen nos enseñó que lavar los platos, cocinar o barrer el patio, si se hace con total atención, es la misma práctica que sentarse en Zazen.
Esa atención es oración.
Esta última línea es la clave que une todo. En el Zen, la «oración» no es una petición a una deidad externa, sino un acto de profunda comunión con la realidad tal como es. La atención plena, entregada de todo corazón a una sola flor o al canto de un pájaro, es el acto más sagrado que existe. Es reconocer la maravilla de este momento irrepetible, y en ese reconocimiento, encontramos la paz y la liberación. Es la realización de que no necesitamos buscar nada fuera de nuestra experiencia; todo lo que necesitamos para despertar está justo aquí, justo ahora.
El pasado ya pasó, el futuro aún está por llegar, el presente no volverá a existir. No hay confianza en él, conforme se desarrolla y cambia, y con innumerables palabras ociosas, me obligo a hacer cosas todo el día.
No me detengo en las viejas ideas ni descarto el nuevo conocimiento.
Examino el presente con seriedad y minuciosidad, y luego lo vuelvo a examinar en su totalidad. Solo cuando lo haya agotado hasta el punto de no tener fin, podré reconocer mis errores pasados.
Palabras ociosas… frases innecesarias. Todo el día… todo el día. Búsqueda… búsqueda a través de Zazen.
Ryokan Taigu, de su colección de poemas para enseñar budismo a los jóvenes monjes.
Traducido y adaptado al español por Kyonin
Para nuestro querido Maestro Ryokan Taigu, el tiempo no era algo abstracto, sino una corriente de momentos únicos que fluyen sin cesar. Desde su humilde vida llena de carencias, pero rica en Dharma, él nos recordaba que cada instante debe ser atesorado, dejando a un lado la pereza que nos impide vivir plenamente. Con la conciencia de que la vida es breve y envejecemos sin darnos cuenta, Ryokan sentía que no tomar el presente con seriedad era el camino directo al arrepentimiento.
En este poema, Ryokan-sama nos muestra su propia mente en acción, una mente que, como la nuestra, se distrae con «innumerables palabras ociosas» y la obligación autoimpuesta de «hacer cosas todo el día». Reconoce la trampa de la ocupación sin sentido, esa carrera que emprendemos para huir del silencio del ahora. Pero no se queda en la queja, sino que nos señala el antídoto.
La práctica que propone es directa y sin adornos: «Examino el presente con seriedad y minuciosidad». Se trata de un acto de valentía, el de no aferrarse a las «viejas ideas» ni descartar ciegamente «el nuevo conocimiento», sino simplemente observar la realidad tal cual es. Y eso únicamente puede pasar en el aquí y en el ahora. Es en esta atención plena donde podemos ver nuestros patrones y «reconocer los errores pasados», no para juzgarnos, sino para liberarnos.
El poema concluye con la esencia de su camino: «Búsqueda… búsqueda a través de Zazen». Ryokan nos dice un mensaje que trasciende las eras y que, hoy en día, debemos recordar. La verdadera respuesta no se encuentra en más pensamientos ni en más actividades, ni en más tiempo mirando pantallas, sino en la quietud de Shikantaza. Es ahí donde el imparable paso del tiempo se congela y se convierte en una oportunidad para la claridad y la paz.
Sale la luna y mil montañas enmudecen, vuelve la primavera y diez mil árboles reverdecen. Si alguien pudiera comprender el verdadero significado de todo esto, sería mejor que recitar todo el Tripitaka (canon budista).
El tiempo no puede ser atado con una cuerda. Es difícil curar la enfermedad de la decadencia. Tengo, sin embargo, una receta verdadera: El Sutra del Corazón, recítalo y sosténlo con diligencia.
En el sufrimiento, en esencia, no hay sufrimiento, En la prisa, aún puede haber calma. ¿Quién sabe? En la casa en llamas, Todavía puede haber un lugar fresco y puro.
Gran Maestro Cheongheodang, Corea (1520–1604).
En el hemisferio norte la primavera comienza a asomarse. La ropa de invierno quiere regresar al armario porque ya está cansada de trabajar tanto. Es tiempo de observar cómo la vida comienza a florecer.
Y en mi corazón este poema del Gran Maestro Cheongheodang ha regresado.
Nos muestra la enseñanza del Zen a través de la naturaleza y la impermanencia. La luna y la primavera son el fluir del tiempo y la interconexión de todas las cosas. En lugar de aferrarnos a textos sagrados, el verdadero entendimiento surge de experimentar directamente la realidad. Hay que leer el Dharma, pero también hay que vivirlo.
Dogen Zenji nos enseña que las montañas y ríos son seres vivos con naturaleza búdica. Como tú y como yo. Expresan el Dharma constantemente?. Si observamos con atención, todo es una enseñanza viva.
Tenemos que esforzarnos para aceptar la impermanencia con sabiduría, encontrando refugio en la práctica cotidiana del Buddhadharma, como el Sutra del Corazón, que nos ayuda a soltar nuestras ideas preconcebidas y juicios.
Las últimas líneas son especiales para mi en estos momentos de mi vida. Nos hablan sobre una idea central del Zen: en medio del sufrimiento y el caos, es posible hallar paz.
La imagen de la «casa en llamas» es un llamado al Sutra del Loto, que nos recuerda que es posible despertar sin necesidad de escapar del mundo. El Soto Zen no busca eliminar el dolor, sino mostrarnos que, el sufrimiento no es absoluto. Aun en la prisa de la vida moderna, podemos encontrar calma.
Nuestra práctica no se trata de cambiar la realidad, sino de verla con claridad para no separarnos de ella.
Cada vez que me siento en el pabellón vacío y reflexiono, Día tras día, no hay fin a las alegrías del otoño. Gotas de rocío en crisantemos amarillos hacen florecer el jade, Pinos y arces compiten en carmesí y verde. En el viento fuerte, las castañas rompen sus pieles espinosas, Mientras cae la escarcha, los insectos también se silencian al fin. Quizás solo yo pueda comprender estas cosas, ¡Qué difícil es para un maestro compartir tal conocimiento!
— Patriarca Heoeung Dang del Budismo Seon. Corea, 1515–1565.
En el hemisferio norte es ahora otoño. Veo cómo los colores del mundo cambian. Poco a poco y sin prisa.
Una tarde, saliendo de una sesión de entrenamiento en un templo, mi compañera monja me dijo: Momijigari (contemplar las hojas rojas). Se sentó en una banca de un parque y guardó silencio. Estuvimos ahí sin decir nada hasta que oscureció.
Recordé este poema zen del Maestro Heoeung Dang que retrata la belleza serena del otoño, un momento en que la naturaleza nos habla en un lenguaje que trasciende las palabras.
Así es también el Dharma. A veces, su verdadera esencia no puede ser capturada en discursos o explicaciones. Solo podemos atisbar su profundidad a través de la contemplación silenciosa, como al observar el rocío en los crisantemos o el color cambiante de los arces.
Sin embargo, necesitamos la guía de un maestro que señale el camino, como un poema zen, que nos ayude a ver lo que no podemos percibir por nosotros mismos. Pero esta tarea no es sencilla; a veces, lo que debe transmitirse no se puede decir, y el maestro enfrenta el desafío de comunicar con su presencia lo que las palabras no alcanzan.
En esa quietud compartida y observación plena, radica la verdadera enseñanza. Las castañas abren sus pieles espinosas y los insectos caen en quietud, mostrando que a veces el silencio es la respuesta más clara.
En mi corazón hay un pensamiento, pero expresarlo en verso para ti es difícil. Maestro, si preguntas: ¿qué es este verso? El viento agita las campanas en la esquina del Salón del Dharma.
Agarrar el pincel, recitar sutras; ese no es mi camino, contemplar la vida junto a la ventana, esta es mi meditación. ¿Conoces realmente el significado de la verdad de Occidente? El viento lleva el sonido del arroyo al balaustre iluminado por la luna.
¿Qué tipo de verdad has estado tratando de encontrar todo el día? Es como tratar de encontrar el buey cuando se monta en él. ¡Qué absurdos son los que practican en estos días! ¿Cuándo dejarás de buscar alcanzar la iluminación por medio de la mente?
Con palabras rebuscadas y charla inútil afirman tener conocimiento, habiendo visto mucho y oído mucho, pretenden ser sabios. Incluso si están bien versados en los sutras y son capaces de componer versos finos, si no conocen la mente, todo quedará en nada.
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Por el maestro del Budismo Seon, Wolbong (Corea, 1624–?)
Traducido por Kyonin.
El maestro Wolbong reflexiona sobre los eruditos de budismo y los practicantes que no han comprendido que el budismo es soltar todo.
Nos rendimos ante la magestusidad del Buda para así fundirnos con él.
No hay que buscar la verdad ni la felicidad. La vanidad, el dinero y el reconocimiento son ilusiones que ya no perseguimos más. Tampoco hay que buscar razones por las que suceden las cosas.
Si lo que escribo te es útil y te gusta, ¿por qué no invitarme un café? Gracias.
Sobre mi
¡Hola! Soy Kyonin, monje y maestro budista de la tradición Soto Zen. Formo parte de Grupo Zen Ryokan. Comparto la sabiduría eterna del Buda para ayudar a encontrar la paz interior y la liberación del sufrimiento. Juntos vamos en camino hacia la compasión.
En días de lluvia
la melancolía invade
al monje Ryokan
-Haiku de Ryokan Taigu Roshi