Baja auto estima ¿Y eso qué demonios es?

Baja auto estima ¿Y eso qué demonios es?

 

Hace tiempo leí una anécdota del SS Dalai Lama sobre sus primeras visitas a Estados Unidos, en los 80’s. No recuerdo la fuente y tampoco sé la veracidad de la anécdota, pero supuestamente dio una conferencia en alguna universidad en donde le preguntaron cómo hacía el budismo para tratar la baja autoestima.

Su Santidad se quedó estoico y tuvo que consultar con sus traductores, pues no comprendía la pregunta. Luego de unos minutos de discusión, el Maestro dijo que en el budismo no hay tal cosa como autoestima.

Autoestima es un concepto occidental para explicar la relación que tenemos con nosotros mismos, pero en el budismo la autoestima no existe pues sabemos que el ego es solo una ilusión.

Desde el momento que se usa la palabra auto (uno mismo, por sí mismo), estamos en contra del dharma. Ya sea dharma budista, yogi, sikh o hinduista; las filosofías asiáticas antiguas sabían y promueven que el YO es una fantasía que nos lleva al sufrimiento.

Justo porque sabemos que el ego no existe, es la razón por la que no sabemos cómo tener una relación amable con él. ¿Cómo relacionarte con algo que no es real?

Sin embargo somos occidentales y estamos desesperados por mejorar la autoestima. La buena noticia es que es completamente posible tener una mejor relación con uno mismo. La mala es que requiere trabajo de introspección y tocar la espiritualidad.

La baja autoestima es un problema permanente para muchos de nosotros, pues no hay nada que hagamos que llegue a las expectativas de lo que IMAGINAMOS que los demás esperan de nosotros.

Tener baja autoestima es doloroso, nos confunde y queremos escondernos en un hoyo para que la vida pase por encima sin notarnos. En ese proceso estamos en constante revisión de nuestros errores y omisiones para castigarnos por ello.

Éste castigo comienza con nuestro lenguaje interno. En la mente creamos críticas, comparaciones, envidias y nos evaluamos todo el tiempo. Si por alguna razón hacemos algo bien, nos esforzamos en buscar lo malo para poder seguir sufriendo cómodamente. Si hacemos algo mal, entonces justificamos el discurso destructivo con argumentos devastadores como ya lo sabía o siempre me pasa esto. 

Pero, ¿qué son todos estos artilugios de tortura que la mente nos lanza? ¿Qué es todo ese ruido que no nos deja tranquilos?

Son sólo historias. Ficción pura.

El problema es que son tan fáciles de procesar y tan pegajosas, que las tomamos y nos las clavamos en el corazón. Pa’que duela, dicen en mi pueblo.

La mente crea cuentos y expectativas de cómo deberían ser las cosas y cómo deberíamos ser, para luego contrastar con lo que creemos que los demás esperan de nosotros. Debido a que las fantasías y cuentos mentales jamás empatarán con la realidad, entonces fallamos una y otra vez. Así sucesivamente, hasta que nuestra percepción personal se va corroyendo y se pudre por completo.

En la mayoría de los casos que conozco (y en mi propia vida), los problemas de autoestima son el resultado de las palabras que nos decimos a nosotros mismos.

Si todo el tiempo te dices feo, te verás feo y te comportarás como feo.

Si todo vas por la vida llamándote tonto, la inteligencia en efecto te abandonará y tu existencia será una sucesión de errores.

Cuidado con lo que te dices, porque te estás escuchando; dice una sabia cita.

Para la psicología budista la baja autoestima se manifiesta y se nutre del lenguaje interno, pero su raíz es mucho más profunda.

Todo este lenguaje de violencia y maltrato personal tiene su punto de origen en el hecho de que no practicamos la compasión.

Nuestra cultura ha dejado la compasión de lado y la cambió por un iPhone. Tapamos los huecos existenciales con objetos y apps, para olvidar que la benevolencia es un poder supremo que mueve al universo.

Entender que todos los seres vivos pueden sufrir es un buen inicio para entender compasión. Pero además es necesario dejarnos en claro que también nosotros somos seres vivos, ergo sufrimos. Y lo hacemos aún más cuando los ataques vienen desde adentro.

Vernos a nosotros mismos desde afuera, con amor y compasión, nos da el impulso para querernos un poco más y poner atención a nuestro lenguaje interno.

Por supuesto, no se tiene que ser un orador motivacional para lograrlo. Es cuestión de sentarse en silencio por unos 20 minutos diarios a ver pasar los pensamientos sin aferrarse a ellos.

Sí, eso es meditación. Y es una de las medicinas máximas para comenzar a quererse un poquito más.

Pronto escribiré más sobre el tema. ¿Tienes problema de autoestima? ¿Qué te ha resultado para mejorar? ¡Comparte en los comentarios!

La respuesta de Hui Neng

La respuesta de Hui Neng

 

Hui Neng (pronunciado huei nong) era un campesino analfabeta de una provincia en China continental. Pasaba sus días trabajando para distintos jefes y también cuidaba de los campos de arroz. Un día, luego de haber acarreado leña para una tienda, encontró a un hombre recitando el Sutra del Diamante:

«…todos los Bodhisattvas, grandes o menores, experimentarán la mente pura que sigue a la extinción del ego. Una mente como esta no discrimina haciendo juicios sobre sonido, sabor, tacto, olor o cualquier otra cualidad. Un Bodhisattva debería desarrollar una mente que no forme ataduras ni aversiones hacia nada.»

Al escuchar estas palabras, Hui Neng llegó a la iluminación.

El hombre que recitó estas palabras impulsó al joven campesino a buscar a Hung Jen, Quinto Patriarca del Zen, en el monasterio Tung Chian. Hui Neng lo dejó todo para ir en busca del maestro.

Al llegar al templo, Hung Jen entrevistó al aspirante.

—Soy un campesino de una lejana provincia—, se presentó Hui Neng. —He viajado desde lejos para presentar mis respetos a usted. No pido otra cosa que no sea la budeidad.

—¿Eres de la provincia de Kwangtung, es decir, un bárbaro?— preguntó el Patriarca. —¿Cómo esperas ser un Buda?

—Aunque existen hombres del norte y hombres del sur, norte y sur no afectan la naturaleza búdica. Un bárbaro es diferente a usted sólo físicamente. Pero no hay distinción en nuestra naturaleza de Buda.

Hui Neng fue aceptado de inmediato en el monasterio.


Desde la antigüedad, para el budismo zen no existen distinciones de ningún tipo. No hay hombres, mujeres, castas, color de piel o clase.

Habemos seres vivos en igualdad, equidad y todos buscamos estar en armonía con la vida.

Solo estás tú y yo. Todos. Como un solo ser. Esa es la gran verdad de la naturaleza.

No, no mereces abundancia

No, no mereces abundancia

Foto: Sin Embargo

 

Por nuestra naturaleza egocéntrica, los humanos siempre estamos en la búsqueda de extinguir la angustia existencial que nos caracteriza. Queremos saber de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde nos dirigimos. Eso está bien, es parte de nuestra identidad como especie.

Buscamos la espiritualidad en libros, en internet, en retiros, en vacaciones y hasta en drogas. Hay tantos sistemas como estrellas en el cielo. Eso también está bien porque no todas las personas son iguales y no todos tenemos las mismas necesidades. Tenemos el derecho de practicar y vivir nuestra espiritualidad con la filosofía que más nos llene.

El problema es que hay cientos de opciones mal fundamentadas, pésimamente investigadas y que son potencialmente peligrosas. Provocan que el ego crezca e implantan una serie de fantasías en las que se va por el mundo causando daño a todos los seres vivos.

Tal es el caso de la Ley de la Atracción, el Secreto y pseudo-religiones por el estilo.

Éstas plantean que tan sólo por ser tú, te mereces absolutamente todo. Que por desearlo con todo tu corazón, el universo cumplirá todos tus caprichos, por estúpidos o maléficos que sean. Son doctrinas seductoras porque acarician al ego. Te hacen sentir seguro de ti y de tu avaricia, entonces justifican tus acciones para salirte siempre con la tuya.

Y es ahí donde está el peligro.

Cualquier Ley de la Atracción está basada en la idea de que la vida/universo/cosmos/divinidad es para ti. Te separan del flujo de la existencia para violar conceptos elementales de biología. Hacen que veas a los demás seres como peones en tu juego de ajedrez personal. Te arrancan de ser parte de un ecosistema, para coronarte como emperador supremo rodeado de lacayos en donde todas tus acciones son válidas.

Comienzas a ver el dinero como motivo de existencia. La Madre Tierra es sólo un recurso a tu disposición. Las personas son máquinas que puedes desechar e incluso destruir si no sirven a tu Decreto.

Y lo más amargo es que al final, la angustia existencial sigue estando en el corazón. Por más abundancia que imagines, ninguna suma o pertenencias cubrirá el hoyo en tu corazón.

Escribo todo esto porque en México hay dos personas que vivieron la mentira de que sí merecían abundancia y dejaron a millones en la pobreza. Han causado muerte, desesperación y sus acciones seguirán marcando la vida de generaciones en el futuro. Perpetuaron un daño de magnitudes históricas por no poder encontrar paz interna.

La paz no viene con los excesos. La verdadera calma y plenitud espiritual vienen cuando entiendes que formas parte de la vida y que tienes que aportar a la vida misma, no destruirla o utilizarla para tu ego. Espiritualidad es sentirse unidos a los demás de forma profunda y de mutuo beneficio. Es tomar sólo lo que necesitas para vivir.

Espiritualidad es la cancelación del ego.

La felicidad es el resultado de estar en paz con lo que hay, con lo que es, sin necesitar nada extra. Es guiar tu existencia con Gratitud, Compasión y Generosidad.

Ninguna pseudo-religión que se base en el ego y en la avaricia nos llevará a la tranquilidad. ¿Cómo puedes estar bien contigo cuando causas daño a los demás?

No, no mereces abundancia.

Sí mereces el privilegio y la humildad para que cada uno de tus actos afirmen la vida de los seres que te rodean.

Sí mereces silencio.

Reducir para estar bien

Reducir para estar bien

 

Tenemos mucho de todo. 

Este pensamiento ha estado rondando en mi mente por varias semanas. Hay mucha información, noticias, música, series de tv, autos, libros, teléfonos, velocidad de internet, demasiado minimaliso (¡!), cosas por hacer, cosas por no hacer, lugares a los que ir y a los que no. Aún en la carencia que tienen algunas regiones del mundo, hay demasiada avaricia, discordia y mente de separación.

Tenemos mucho de todo, aún cuando la mayor parte de la población del mundo vivimos en la pobreza.

Nos rodeamos de ruido, de actividades y de relaciones personales. Mantenemos nuestras agendas llenas de cosas que ni siquiera son necesarias. Vivimos tratando de controlarlo todo, inmersos en la fantasía de que somos libres. Queremos vivir plenos y felices como en las películas, así que vamos imitando el estilo de vida que nos imponen los medios.

Hacemos magia y malabares para llenar los huecos existenciales que sentimos, pero que no tenemos idea de cómo curar. En muchos casos ni siquiera estamos conscientes de que nos sentimos mal.

El resultante de esta búsqueda es que estamos perpetuamente sobre-estimulados.

Tenemos mucho de todo y eso nos lleva al sufrimiento. Es como querer apagar el fuego arrojando carbón y leña.

¿Y si la salida a este malestar no estuviera en mucho, sino en menos?

La práctica budista zen me ha llevado por caminos muy interesantes. Uno de ellos, fundamental para el crecimiento espiritual, es Shukke o Renuncia.

En el zen practicamos la renuncia voluntaria a las cosas y situaciones que sabemos causan daño. Al esforzarnos en la disciplina para practicar zazen podemos ver con claridad las mil formas en las que nos auto-engañamos. Llenarnos de cosas y actividades, es un auto-engaño que nos ha salido muy caro como especie.

Hacemos menos. Consumimos menos. Nos convertimos en menos. Esto nos da calma y estabilidad para continuar con nuestras obligaciones, sin caer en obsesión ni en avaricia.

Al sentarnos en zazen nos volvemos tan pequeños que dejamos que la vida pase, que siga su curso. Nos convertimos en espectadores, no en protagonistas.

Zazen es la práctica de Shukke en toda su expresión. Renunciamos a todo, incluso a nuestros propios pensamientos porque los dejamos flotar como nubes al viento.

¿Y si hoy haces menos, compras menos, hablas menos y te quejas menos? ¿Si sólo por hoy dejas de coleccionar, de catalogar?

Sólo guarda silencio por unos 10 minutos. Observa tu respiración. Eso es todo.

Reduce. Todo estará bien.