por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Nov 18, 2010 | Budismo, Meditación

Todos cuando éramos niños disfrutábamos de caminar sobre alguna viga o tronco caído. Esto era un reto a nuestro equilibrio y una actividad divertida porque implicaba poco riesgo, que nos tomaba varios intentos dominar.
Con este juego aprendimos que el proceso de equilibrio consiste en caer muchas veces hacia un lado o hacia otro. Con la práctica (que a veces tomaba tan sólo unos cuantos intentos) las caídas se convertían en movimientos rápidos para equilibrarnos, hasta que finalmente estábamos centrados y podíamos caminar por la viga sin problema alguno.
La mente es precisamente igual. Se cae hacia la izquierda, sumergiéndose en el pasado; o se cae hacia la derecha, mirando hacia el futuro. Este proceso de equilibrio toma mucho más tiempo que caminar por tronco de árbol, pero es mucho más peligroso y es necesario dominarlo.
Cuando nuestra mente se cae hacia el pasado, se abraza a las experiencias que nos dieron placer (una gran fiesta, vacaciones inolvidables) o decide aferrarse a la autodestrucción que traen los malos recuerdos (un rompimiento, la muerte de un ser amado). Este lado es muy seductor porque trae consigo la seguridad de lo que ya conocemos.
Cuando nuestra mente cae hacia la derecha, se aferra a que todo saldrá como lo planeamos (éxito en un negocio, divertirnos en una fiesta, esa persona me llamará) o genera una fantasía que asegura se cumplirá (me sacaré la lotería, él va a cambiar). Entrar en una ilusión del futuro es muy peligroso porque si las cosas no salen como en la realidad virtual que fabricamos, el daño es devastador.
Entrenar la mente para que siempre camine justo en medio de estos dos lados es muy difícil, pero es posible por medio del entrenamiento y practicando la atención consciente, que llega con la meditación budista.
El budismo es llamado con frecuencia El Camino de en Medio porque nos pide entrenar la mente todos los días, todo el tiempo, para que podamos estar siempre a la mitad del apego y la fantasía.
Practicar la meditación consciente (Sámatha, en sánscrito) nos ayuda a desarrollar un nivel de atención tal que podemos detectar cuando nuestra mente está cayendo hacia alguno de los dos lados, y detenerla para evitar caer.
Aprendemos a aceptarnos a nosotros mismos y a vivir un día a la vez, percibiendo la vida y las cosas como son.
Meditar al menos 20 minutos al día nos da fuerza y determinación para acabar con malos hábitos, concentrarnos en nuestras actividades y vivir plenamente el hoy.
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Muy pronto comenzaremos un taller de meditación. Más información en unos días.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Nov 17, 2010 | Vida

Hay ocasiones en las que me preguntan el porqué escribo, si no recibo nada a cambio, si a nadie parece importarle, si nunca me haré millonario.
Escribo porque en la palabra está el refugio final de un torrente de ideas que me piden existir. Mis dedos vuelan sobre un teclado que sangra al martilleo de mi voluntad y que, fiel a mi clamo por expresión, guarda silencio y se oculta entre el rocío de mi prosa.
La palabra es mi espada, la herramienta, mi alfombra voladora con la que he cruzado el valle inmenso que es azotado por tormentas de silencio y tempestades de corrosión solitaria.
Estas letras que encuentran su hogar final en la mente del lector, son mi sangre. Son la lava que fluyó desde el interior de una caldera indómita que hierve con el fuego y la furia de una mente creativa.
Escribo porque estos textos que aparecen en tus ojos y se queman en tu memoria, son fragmentos de mi alma que viven y vibran buscando un hogar final.
La palabra es el refugio máximo y es el punto final hacia donde quiero llegar.
Escribo porque soy.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Nov 16, 2010 | Meditación, Minimalismo, Productividad, Vida

Nuestra cultura de forzosa productividad nos obliga a estar activos todo el tiempo.
Desde que nos levantamos en la mañana hasta muy entrada la noche, estamos sujetos a una cantidad de actividades que, si las ponemos por escrito nos sorprendería ver el cúmulo de cosas que resolvemos en unas horas.
Esto no es precisamente malo porque es como funciona el mundo y es la manera en la que nos ganamos la vida prácticamente todos.
Nuestra capacidad humana de resolver, de comprender y de relacionarnos con el mundo es a través de la actividad social y el trabajo.
Sin embargo nunca parecemos tomar un respiro. Aun en los momentos de soledad buscamos algún factor de distracción y la consigna es tener la mente ocupada de tiempo completo.
Por eso cuando dormimos, en fin de semana, cuando salimos de vacaciones y cuando estamos en las situaciones más relajantes, nuestra mente sigue trabajando a toda capacidad y no descansamos.
Descansar es una industria de millones de dólares que te vende todo tipo de artefactos y servicios para que tu tiempo de relajación sea de calidad.
Sin embargo, aun necesitamos encontrar una campaña de publicidad, un servicio público que nos impulse al verdadero descanso: el silencio y la soledad.
Tal perecería que estas dos grandes palabras son los enemigos más grandes de la humanidad y se les ve con terror. «¿Comer solo? Nunca.«, he escuchado decir a muchos.
¿Porqué tenemos tanto miedo de estar solos? ¿Porqué nos aterra el pensar que, por un momento, nuestra mente no sea estimulada por la radio, televisión, videojuegos?
Las respuestas a esas preguntas todos las traemos por dentro y no existe una que aplique para todos, pero lo que sí es común es que las personas tenemos miedo del silencio porque eso hace que nuestra mente se enfoque hacia adentro, a arreglar y procesar la información que tiene pendiente porque siempre la tenemos bombardeada por estímulos.
En suma, no queremos estar solos y en silencio.
Pero la verdad es que el verdadero descanso llega al pasar tiempo con nosotros mismos y darle descanso a la mente.
Para efectos ilustrativos, lo pongo de esta forma.
Descansar en una playa, 4 días y 3 noches, todo pagado: US$600.00
Descansar en la inmensidad del espacio, dando silencio y reposo a la mente con sólo 20 minutos de meditación al día: Gratis y siempre está abierto.
Encontrar el tiempo para nosotros mismos, no para distraernos y entretenernos, es cuando realmente podemos descansar y terminar con el caos de la vida productiva.
Y todo esto es una de las actividades minimalistas por excelencia.
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Muy pronto podrán comenzar a meditar con el Choco Buda. Estén pendientes.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Nov 12, 2010 | Meditación, Vida

Al tener conciencia de nuestra propia mente, nos podemos dar cuenta que tenemos una mente llena de deseos, de ira, miedo, confusión. También podemos percatarnos de que tenemos claridad, concentración y muchas cualidades más.
Por medio de la meditación, podemos reconocer nuestros estados mentales sin juicios y sin comentarios, nos podemos mirar por fuera; justo como somos en realidad.
Esto crea un espacio que nos da la libertad de responder a estos estados mentales, simplemente sabiendo que están ahí, y que vienen y se van.
Cuando estamos en una sesión de meditación es posible separa nuestra mente de los sentimientos. Al observarlos desde lejos, todos los sentimientos y los problemas se ven pequeños, justo como son. Esto nos da la entereza para arreglarlos y dejarlos ir.
Es como mirar a través de una ventana y ver qué tal está el clima afuera.
¿Pero qué tal si mejor notamos cómo está el clima por dentro?
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En el futuro hablaremos más sobre la meditación y cómo alcanzarla.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Nov 11, 2010 | Vida

Para el post de este día tenemos a un invitado especial. Su nombre es Raúl Mora y nos presenta un texto con una leyenda que habla sobre el desapego, uno de los valores budistas más importantes.
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La vida es imperfecta.
Este es un hecho al que todos nosotros nos enfrentamos en algún punto de nuestras vidas.
La vida es injusta.
Y eso es lo que más nos frustra, nos hace ser infelices, nos ata al pasado, nos lastima, nos hace sufrir y nos amarga.
¿Por qué no me amó? ¿Por qué prefirió irse? ¿Por qué se lo dieron a él/ella y no a mí? ¿Por qué mi vida es así? Son preguntas que todos hemos hecho en nuestra vida.
Vivir en el pasado solo te hará infeliz, amargo y resentido.
Las circunstancias de la vida nos llevan por caminos que no siempre queremos, pero hay que seguirlos de la mejor manera posible. Tampoco te estoy diciendo que salgas y te resignes, porque puedes cambiar tu vida si quieres, cambiarla para bien.
Simplemente desapégate del pasado, deja atrás las cosas que ya no fueron y así no te lastimarán más. Toma muy en cuenta agradecer a todas las personas que pasaron por tu vida, ya que todas dejaron aprendizaje.
Recuerda: el que no se desapega no despega así que no hay mejor momento, ni lugar para despegar de la frustración del pasado que este preciso momento.
Tal vez con esta historia de dos monjes budistas te pueda quedar más claro:
En un tiempo antiguo, dos monjes, uno anciano y sabio y otro joven e inexperto, caminaban juntos por el campo. El monasterio al que pertenecían era sumamente conservador, y estaba específica y estrictamente prohibido el contacto con mujeres. De pronto, ambos monjes escucharon un grito que atravesaba el campo.
Una joven mujer estaba en el margen del río, llorando preocupada. “¿Por qué lloras?” preguntó el monje anciano. “Quiero ir a la casa de mi padre, del otro lado del río, mi hermana se casa hoy y quiero estar en su boda, pero ahora el río es demasiado alto y temo que si intento cruzarlo me pueda ahogar”.
“No hay problema”, respondió el monje anciano y entonces cargó a la joven en sus hombros y juntos cruzaron el río. Cuando el monje la bajó del otro lado del río, ella le agradeció sus atenciones y siguió con su camino, mientras el monje cruzó de nuevo el río y siguió caminando con su compañero.
Mientras ambos continuaban su camino, el monje anciano notaba como su acompañante parecía cada vez más distraído: “¿Qué te está atormentando, hermano?”, preguntó el monje anciano.
El monje joven respondió con cierta rabia “Muy bien sabe que no podemos tener nada que ver con una mujer, sin embargo la levantó, la cargó y la ayudó a cruzar el río”.
“La levanté y la solté del otro lado del río, hermano” respondió el viejo y sabio monje, “sin embargo tú lo has seguido cargando hasta este momento… es tiempo de soltarla”.
Las oportunidades pasadas te forjaron
Todo por lo que has pasado, lo que has sentido, lo que has vivido, te ha forjado como la persona que eres en este momento. Imagina la más leve variación a tus experiencias pasadas, buenas o malas, y podrías ser en este momento una persona completamente distinta a la que eres.
Es mejor pensar que lo que te pasó antes y que no resultó como querías, son experiencias que te han formado como persona.
Depende de ti ser quien quieres ser el día de hoy, sin mirar hacia atrás.
El desapego termina con la frustración
Imagina por un momento un mundo en el que todos tuviéramos todo lo que siempre hemos deseado. Un mundo de niños caprichosos, mimados, en un mundo en el que no existirían límites.
¿Cómo sería ese mundo? Anárquico, sin reglas, en un desorden total.
En algunos aspectos la frustración es positiva porque te demuestra que tienes que ser paciente y luchar por lo que quieres. No basta con desear algo, tienes que luchar y esforzarte por ello.
Para terminar con la frustración es muy importante aprender a no apegarte al deseo. A eso se le llama avaricia, que desata el auto engaño y culmina en la ira (los 3 venenos de la mente).
La frustración no existiría si tus metas las vieras como objetivos, no como caprichos. En esa medida, puedes ir mejorando en tu vida sin que te afecte que los planes no salieron como esperabas.
Esto también nos enseña que todo en la vida es impermanente.
Por supuesto, hay veces en que sentir frustración simplemente sucede. Y es aquí donde debemos estar atentos a relajarnos y no alimentar ese sentimiento que nubla la vista de lo que realmente vale la pena de la vida: estar tranquilos.
Por último, hay que tener en la mente que para lograr una meta necesitamos actuar de una forma ética, sin pisar ni lastimar a otros.