Había una vez un caballo que galopaba veloz por el camino. Parecía que el jinete tenía que ir a algún lugar importante.
Desde abajo otro hombre le preguntó —¿A dónde vas?.
—¡No lo sé! ¡Pregúntale al caballo!
—
Este pequeño cuento clásico de China tiene muchos significados y ha sido estudiado por siglos. Me pidió ser traducido porque estos tiempos son para muchos de nosotros como montar en un caballo que solo avanza a donde quiere ir.
A veces este caballo llamado vida avanza sin parar, pasando por piedras y barrancos. Otras ocasiones el caballo se detiene a descansar, comer y beber agua.
Pero no importa hacia dónde vaya, el jinete no se baja. No cuestiona ni juzga, y tampoco detiene a su corcel. Solo se deja llevar confiando en que el caballo llegará a donde necesitan estar los dos. En silencio, con confianza y sin perder el sentido del humor.
Caballo y jinete no son dos, son una sola cosa. Uno no domina al otro, sino que avanzan en sincronía. Se entienden, se comunican y van juntos un paso a la vez.
Si lees diario este cuento quizá puedas avanzar junto con tu caballo para llegar juntos a donde sea.
Me parece muy curioso cómo el pensamiento occidental siempre necesita una razón específica para hacer las cosas. Queremos datos, estadísticas, detalles minuciosos para tratar de entender porqué lo que sea. Y no solo eso, sino que siempre quiere obtener una ganancia, algo a cambio.
Esta mentalidad de exprimir absolutamente todas las naranjas que nos pone la vida, nos ha puesto en mil problemas. Se han peleado guerras, hace que las parejas rompan o que los amigos se traicionen. La infelicidad que nos causamos al buscar el éxito o ganar de todas todas, jamás se detiene.
Los maestros budistas en occidente nos hemos tenido que adaptar a esto y tenemos que explicar los muchos beneficios que se obtendrán por la práctica de esta filosofía. A veces debemos transformarnos en vendedores, en lugar de dedicar todos los esfuerzos a solo enseñar.
Pero a veces todas estas búsquedas necesitan detenerse. No buscar y no entender es aún más tranquilizador y relajante que esta obsesión por hallar motivos a todo. A veces solo sentarse en una banca del parque a ver pasar la vida, es justo lo que necesitamos.
Por eso Zazen, la meditación Zen, es tan importante. Por que no es importante.
No hay motivo válido para practicar Zazen. Zazen es completamente inútil y aburrido. Al sentarte en el zafu no hay nada qué ganar, no hay nada qué comprender, no hay nada qué hacer, no hay discusiones qué ganar, no hay escenarios perfectos qué buscar ni sueños por cazar. No hay nada qué arreglar o mejorar. No ganas más dinero, no serás una persona más bella ni más inteligente.
No hay nada por comer, reconocimientos qué ganar y no hay un centavo por gastar. No hay géneros, partidos políticos, colores, banderas ni equipos. No hay deseo por ver la nueva película de superhéroes, leer el mejor libro o salir en el viaje más épico al paraje más exótico del planeta.
No hay nada que buscar, nada qué demostrar. No hay que tener éxito, no importan los fracasos y no hay que obtener medalla alguna. Ni siquiera hay que intentar entender situaciones como epidemias o huracanes.
Cuando nos sentamos en el zafu, solo hay Zazen. Por eso es el pilar de la práctica Zen.
Es justo en el zafu donde uno rompe todas las cadenas. Esas grandes piedras que cargamos en la espalda como la culpa o la angustia, se disuelven cuando la mirada se fija en una pared o en el suelo. Los miedos se alejan y la ira parece algo tan tonto, que muchas veces el practicante termina con la misma sonrisa del Buda.
En Zazen es donde está la libertad absoluta y todas las enseñanzas de Shakyamuni comienzan a cristalizarse.
La mente sigue al cuerpo, el cuerpo sigue a la mente. Si el cuerpo se queda inmóvil, la mente se calma y viceversa. Es aquí donde está la verdadera libertad.
Pero si buscas esa libertad, la pierdes porque al buscar vuelves a poner la cadena.
Zazen no sirve para absolutamente nada. Por eso practicamos.
Todos hemos sufrido cuando alguien no se comporta como imaginamos que debería. Tenemos claras la serie de reglas y costumbres que todos deberían seguir, pero cuando no lo hacen, dukkha nos inunda.
En nuestro autoengaño, vamos un paso más allá. Sabemos cómo los demás deberían comportarse, pero esas reglas son completamente flexibles para uno mismo. Nadie debería robar, pero yo sí puedo descargar música ilícita. Nadie debería criticar a los demás, pero yo sí puedo destrozar a alguien que no viste de acuerdo a mis estándares. Si tengo prisa sí puedo (y debo) pasar de alto la luz roja, pero los demás no. Si llego tarde a una cita, está bien; pero si tú llegas tarde conmigo, entonces sufrirás mi ira.
Tenemos esta ilusión de superioridad moral que nos separa y termina por hacer miserable nuestra propia existencia. Es una condición humana que se repite en todos lados y en todos los tiempos. El ser humano siempre ha funcionado con una muy pobre mirada de cómo es la vida en realidad.
¿Qué hacer cuando alguien no sigue el guión que hemos escrito? Nada.
¡Ahora sí que estás loco, Chocobuda! ¿Cómo no voy a hacer nada si esta persona está haciendo XYZ cosa?
Por más que intento no hablar de Coronavirus Sensei, siempre termino aceptando en silencio que las lecciones y las cosas positivas que nos trae son demasiadas como para no admitirlas. Es real que hay muchísimos retos en aspectos como el político o el económico. En lo personal, cada uno de nosotros carga su propia dotación de dukkha, y estamos en la línea llevando todo lo mejor que podemos.
No quiero parecer persona loca de la Asociación de Optimistas Lunáticos, S.A., pero la Vía del Zen me pone en medio de la tormenta. Veo lo que no nos gusta, lo que nos asusta; pero también la benevolencia, aprendizaje y luz en todas las situaciones.
Hoy quiero poner en tu radar esas pequeñas cosas que echamos de menos en días de cuarentena global. Para hablar de ello, nada mejor que este poema de Taigu Ryokan:
Con No Mente las flores llaman a la mariposa. Con No Mente la mariposa visita los capullos. Aún así cuando las flores abren, la mariposa llega. Cuando la mariposa llega, las flores se abren.
Traigo a Ryokan a que nos alegre el día con sus palabras porque él es un ejemplo a seguir para nuestra sangha. No en vano llevamos su nombre. Ryokan era un monje muy sencillo que evitaba los lujos y los excesos a toda costa. Hacía ver a sus alumnos que las pequeñas cosas son el universo completo.
Hablando con alumnos y amigos de distintos países me ha llamado la atención que el 100% de ellos no echa de menos la vida de consumo. Nadie extraña el nuevo teléfono móvil, el auto de último modelo, hacer horas de fila para la última película de super héroes, las vacaciones de lujo o los relojes ultra caros.
Puede que me equivoque, pero pocos echan de menos sus murallas, las banderas, los partidos políticos, las peleas entre naciones, los búnkeres, las fortalezas o los viajes al espacio.
¿Qué es lo que estamos echando de menos? Los abrazos, las tardes de amigos, las caricias, la intimidad, cocinar juntos, salir al parque y ver naturaleza. Queremos regresar pronto a ver cómo las flores llaman a la mariposa mientras el sol lo baña todo.
Echamos de menos las pequeñas cosas que no dependen de este monstruo consumista que hemos creado. Echamos de menos lo que nos hace humanos, lo que provoca sentimientos de unión y de compasión. Echamos de menos lo que nos hace caminar juntos.
Son estas cosas insignificantes que ni todo el dinero del mundo puede comprar, pero que hacen que todo tenga sentido.
Finalmente nos estamos percatando de que en verdad necesitamos muy poco para estar bien. El espacio personal no necesita ser enorme. La ropa no necesita ser lujosa. Los accesorios se pueden quedar guardados en un cajón. Tan solo requerimos un techo, comida y una forma de ganarnos la vida. Lo demás es irrelevante.
Las cosas diminutas que no venden en los almacenes ni en las ventas nocturnas, esas son las que que queremos de regreso.
Y son buenas noticias porque la sociedad de consumo se nutre de nuestra avaricia y de la desesperación por poseer. ¿Qué pasa si ponemos la avaricia en pausa? ¡La vida florece!
¿Cuáles son tus pequeñas cosas que echas de menos?
Cada cosa pequeña que echas de menos es un instante en el presente, en tu verdadera naturaleza y que está muy alejada del personaje que eres en la sociedad de consumo. Tu verdadero ser es las cosas pequeñas.
La práctica Zen es muy llamativa para muchos porque, erróneamente, se cree que Zen es igual a calma y paz.
En realidad, vivir una vida dedicada a la disciplina, al estudio y preservación de las Enseñanzas de Dogen y de los Patriarcas del Zen, es un compromiso que no solo abarca lo intelectual, sino que hay que poner a prueba todo lo aprendido en lo cotidiano. Es en este punto de nuestro entrenamiento que muchos deciden abandonar, pues el Zen requiere dejar de lado el ego y los caprichos, para ver la vida con los menores juicios posibles.
El Budismo Soto Zen es la escuela budista que, con base en las enseñanzas de Shakyamuni y los Patriarcas, invita al practicante a sentarse en Zazen y a la aceptar la vida de forma radical y sin comentario alguno.
¿Y qué mejor oportunidad para poner a prueba al Buda, que estos tiempos de pandemia? Es cuando enfrentamos el riesgo, la angustia y el dolor, que comprobamos en primera persona si esto del Zen sirve para algo o son solo mensajes lindos en redes sociales.
En días pasados, mis amigos del Árbol Del Yoga me pidieron que diera una charla en su Instagram, para que su comunidad supiera cómo mantenerse zen durante el encierro. Pero como soy un rebelde y respetuoso de mi tradición, en lugar de usar Zen como sinónimo de calma, convertí la charla en una ligera introducción a la práctica Zen, para aquellos recién llegados al Buddhadharma. También hablé de cómo la compasión nos lleva a la ecuanimidad en tiempos difíciles.
Me permití leer y explicar un poema de Dogen Zenji:
Impermanencia ¿Con qué podría comparar el mundo? Con la luz de luna reflejada en las gotas de rocío, sacudidas del pico de una grulla.
Comparto aquí dicha charla. Espero la encuentres de utilidad.
Si lo que escribo te es útil y te gusta, ¿por qué no invitarme un café? Gracias.
Sobre mi
¡Hola! Soy Kyonin, monje y maestro budista de la tradición Soto Zen. Formo parte de Grupo Zen Ryokan. Comparto la sabiduría eterna del Buda para ayudar a encontrar la paz interior y la liberación del sufrimiento. Juntos vamos en camino hacia la compasión.
En días de lluvia
la melancolía invade
al monje Ryokan
-Haiku de Ryokan Taigu Roshi