por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Feb 24, 2014 | Productividad, Vida
Advertencia: este es un post largo. Así que ve por una taza de café o de té. En serio. 🙂
Además de sostener el cabello, las orejas, la gorra y las gafas, la cabeza sirve para alojar esa nuez gigante llamada cerebro.
El cerebro es el órgano que procesa la información que percibimos, administra procesos muy complejos como la respiración o el latido del corazón, nos ayuda a entender el mundo; pero sobre todo nos ayuda a aprender.
El proceso de aprendizaje y lo que hacemos con el conocimiento es lo que nos vuelve humanos. Podemos comenzar a utilizar herramientas, crear arte, trabajar y cambiar el mundo que nos rodea. Es maravilloso.
Por supuesto, parte de la felicidad es el poder aprender algo nuevo. El cerebro disfruta cuando lo retamos y le presentamos información nueva para procesar y almacenar.
El problema llega cuando el ego se interpone. El ego es un gordo mezquino que evita que te muevas. Es la voz interna que te convence de que ya lo sabes todo y que no hay nada en el mundo que debas aceptar o aprender. El ego siempre buscará que estés lo más cómodo posible, que no te muevas y que no te esfuerces. ¿Para qué esforzarse? Es mejor ver la televisión o dormir más tiempo.
Dejar de lado al ego y olvidarlo por un momento tiene muchas recompensas. Una de ellas es que la voluntad para aprender algo nuevo se vuelve irresistible. Sí, aprender algo nuevo por el puro placer de hacerlo es maravilloso.
Esto viene porque recién tuve que comprar una laptop. Mis labores como escritor y estudiante se están volviendo más apremiantes y un equipo móvil es de gran ayuda.
Sin embargo soy muy pobre y no tuve acceso a un gran equipo como lo hubiera querido. Mi presupuesto era para una notebook muy básica, a penas con lo mínimo indispensable. En términos tecnológicos se traduce en: LENTO.
Este modelo de laptop es muy lenta desde la fábrica.
Hasta que cayó en mis manos.
Luego de usarla por varios días y ver cómo actividades vitales como usar Internet y escribir en Google Docs se convertían en actos de paciencia en Windows 8, decidí instalar Linux.
No necesito decir que soy un nerd/friki de lo peor. Tenía varios años que no usaba Linux, así que el simple hecho de investigar qué distribución era la que más me convenía, documentarme para una instalación segura y aprender a usarlo; hizo que la adrenalina corriera por litros en mi torrente sanguíneo.
Luego de un par de días de leer, ver tutoriales y participar en foros, convertí mi notebook Windows 8 en un ordenador con Linux Mint 16 XFCE. Es rápido, hermoso, estable, seguro, bien diseñado y tiene todo lo que necesito para mis labores como albañil de la palabra.
Es un viaje que estoy disfrutando mucho porque ha representado retos, obstáculos que saltar, pero sobre todo, estoy aprendiendo cosas nuevas mientras sigo trabajando.
No entraré en nada técnico porque no es el propósito de este blog, pero creo que sí es de valor rescatar la parte humana de todo esto:
Aprender cosas nuevas es maravilloso. Te hace sentir vivo, te da herramientas para una vida mejor, incrementa el conocimiento y eres más útil para el universo.
Todo eso lo describiré en la siguiente entrega de esta mini serie.
Ahora dime, ¿qué vas a aprender hoy?
Esta es la primera entrega de esta mini-serie. Para leer la segunda parte, haz clic aquí.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Feb 18, 2014 | Activismo, Budismo, Vida
Son tiempos duros y muy tristes para la humanidad. Por todos lados parece haber atropellos a nuestros derechos básicos de alimentación, economía, educación, paz y democracia.
Basta leer un poco de las noticias para terminar con el espíritu consternado y con el corazón oprimido. Venezuela la está pasando muy mal. México tiene uno de los peores gobiernos de la historia y una narco guerra abominable. Siria sigue perdiendo hijos en una cruel y violenta guerra civil. Hay disturbios en Myanmar, Kiev y crímenes de odio por todos lados.
La crueldad y el egoísmo están creciendo de forma terrible. ¿O será que ahora estamos más conectados y podemos compartir más de lo peor?
No lo sé y no es mi papel juzgar diplomacia ni política internacional. Me declaro un completo ignorante, además de que mi opinión no tiene validez alguna.
Pero puedo hablar desde mi humanidad afectada por la ingenuidad del budismo.
Es muy posible que esté errado al pensar que nuestros problemas más fuertes no son nuestros gobiernos. Somos nosotros mismos y nos hemos ganado a pulso los gobiernos que tenemos.
Mientras sigamos siendo corruptos, ventajosos, hablemos con la mentira de por medio, odiando al que es diferente, maltratando a la mujer, manipulando a los demás, sobornando a la autoridad, robando, pasando por encima de otros para subir o no sabiendo cumplir promesas, olvidando a los pobres y a los adultos mayores o siendo crueles con los animales; todas estas pesadillas políticas seguirán sucediendo.
¿Cómo quejarse de un mal gobierno si espiamos a nuestra pareja o si atropellas los derechos de los demás para conseguir nuestros objetivos?
Nuestras quejas pierden validez si no las sustentamos con nuestros propios actos virtuosos.
El cambio no está en la revolución. Nunca lo ha estado. La historia nos demuestra una y otra vez que las revoluciones no funcionan. Generan más violencia y crueldad para terminar con gobernantes peores que los anteriores.
El cambio está en nosotros mismos, en la educación que nos procuramos y damos a nuestros hijos.
El cambio verdadero llega cuando integramos la compasión como valor principal a nuestra forma de vida. Al ponernos en los zapatos de los demás para entender que todos sufrimos.
Si todos los políticos del mundo entendieran un poco sobre compasión, sus crímenes serían menores.
Si cada uno de nosotros sintiera compasión por las personas en nuestra comunidad y ayudáramos a mejorar sus vidas, en lugar de envidiar u odiar, tendríamos grupos de personas comprometidas con un cambio social que comience con pequeños actos.
Si sintiéramos compasión por nosotros mismos cultivaríamos la mente, cuidaríamos la alimentación y daríamos lo mejor a nuestros cuerpos.
Repito, sé que soy demasiado ingenuo, que no tengo autoridad para hablar de lo que no sé.
¿Pero si nos esforzáramos un poco por entender sobre compasión y pasarla a los jóvenes?
Quizá todos los problemas se suavizarían un poco. No lo sé.
Es sólo algo que he estado pensando en los últimos días.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Feb 11, 2014 | Budismo, Vida
Febrero siempre trae consigo el día del amor y la amistad. Las tiendas son decoradas con corazones, cupidos y, si somos suertudos, alguien se acordará de nosotros y nos dará un chocolate.
Fijamos nuestra atención en el amor de pareja y quizá en el amor de amigos. Y eso está bien. El problema es que olvidamos muy fácilmente que el amor es un concepto mucho más profundo que un chocolate.
Celebrar el amor es una de las actividades humanas más maravillosas. Necesitamos el amor para sentirnos bien y, según el Buda, es el camino hacia la libertad.
No voy a profundizar en un tema que ha sido tratado por la filosofía en numerosas ocasiones. Basta con leer a Aristóteles, Fromm o a Schopenhauer. Ellos son mucho más sabios y tienen cosas más inteligentes qué decir.
En lo que quiero enfocarme en un factor que afecta todas nuestras relaciones sentimentales y, con frecuencia, las convierte en sufrimiento: el ego.
Cuando se piensa más en las necesidades propias, cuando se ve a la otra persona como objeto, cuando no sabemos de compasión; hemos dejado al ego entrar por la puerta grande.
Trata de hacer memoria de tus relaciones personales. Estoy seguro que más de una vez has sufrido porque la relación no resultó como querías. O quizá tu pareja no hizo lo que tú esperabas. Es posible que ella/él no cumpliera tus expectativas. O no se comportó en público de la forma que imaginabas. Los celos pudieron haberse manifestado.
Como sea, cuando el ego entra por la puerta y permitimos que nos domine, el amor se ve sacrificado para dar paso a la autocomplacencia y a los despliegues de mini-poder.
Estar centrados en nuestro propio ser en lugar de cuidar a nuestra pareja como algo precioso, nos traerá sufrimiento porque ella/él jamás llegarán a cumplir nuestros requerimientos. Trataremos de hacerlo cambiar a como de lugar.
El ego es el que nos hace imaginar cosas y justifica nuestros temores y fantasías destructivas. Eso nos da el poder de lastimar.
Lo peor del caso es cuando dos egos chocan. Entonces tenemos una relación basada en la mentira, la manipulación y las verdades a medias. Y estas relaciones son venenosas porque enferman al alma y contaminan todo lo que tocan. Se convierten en shows de poder, y el poder es tan venenoso como es adictivo.
Ahora trata de recordar la relación en la que hayas sido más feliz. Estoy seguro que resultó porque pudiste dejar al ego de lado, al menos por un momento.
Dejar al ego encerrado en una caja con candado y varias cerraduras nos da la felicidad de relaciones honestas y duraderas. Basamos el cariño en atender las necesidades del otro. Escuchamos, acariciamos y entendemos lo que se dice, aún sin necesidad de palabras.
Sin ego tratamos a la persona como lo que es: la joya más preciosa.
Y si ambos tiran el ego a la basura, resulta en felicidad mutua y trabajo en equipo.
Lograr esto no es imposible. Es cuestión de compasión en el sentido budista: es estar atentos a los sentimientos de la pareja y tratar de ver la vida con sus ojos. De ponerse en sus zapatos y tratarla/tratarlo de la misma forma que quieres que te traten. Con agradecimiento y humildad.
Pero no me creas a mi. Rétame y ponme a prueba. Demuestra que estoy mal y que soy un loco insensato.
Tira el ego a la basura y trata a tu pareja como quisieras ser tratado.
Si no te resulta en felicidad, te regreso tu ego para que sufras como te gusta.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Feb 4, 2014 | Budismo, Compasión, Generosidad, Meditación, Zen
ATENCIÓN: No soy médico. No soy psicólogo. No soy nadie, en realidad. Si padeces depresión crónica acude con un profesional para que te ayude. Sé responsable con tu salud.
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La tristeza es parte normal del proceso de sanación.
Dolor y sufrimiento son diferentes. Debemos prestar atención a nuestras emociones. El dolor por la pérdida y por cierres siempre es abrumadora y es normal llorar mucho por ello. Puede tardar semanas o meses. Poco a poco se irá deslavando hasta llegar a la tranquilidad de nuevo.
Sin embargo sufrir es distinto. Sufrir es cuando ponemos el ego por delante y pensamos «¿porqué a mi?», «me duele mucho», «me muero», «me rompieron el corazón»… Es decir, nos enfocamos en el YO y nos convertimos en víctimas.
Sé que es difícil de entender, pero aquí la meditación es nuestra herramienta principal. Con la constancia la mente aprenderá a dejar ir la tristeza y a ver el dolor por fuera, como espectadores. Así nos desasociamos de las emociones y es más fácil manejarlas.
Entiendo que meditar en tiempos de crisis es difícil, pero es cuando más se necesita.
La práctica de la meditación en budismo zen se llama shikantaza: sólo siéntate y medita. Sin cuestionar y sin intelectualizar. Sólo hazlo.
Otro consejo que siempre funciona es que hagas algo por los demás. Salir de casa e involucrarnos con alguna causa noble es de gran ayuda.
La tristeza y el sufrimiento se controlan muy bien cuando nos enfocamos a aplacar el dolor y la necesidad ajenas. Sólo así comprendemos que todos los seres tienen problemas y necesitan ayuda.
Cuando somos generosos y compasivos, la tristeza pasa a segundo grado y una cascada de felicidad nos bañará.
Por supuesto estas acciones no son sustituto de terapia profesional, en caso de ser necesaria.
Sin embargo estas medidas seguro ayudan.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Ene 27, 2014 | Budismo, Vida
Una amiga corredora me hablaba sobre cómo el simple hecho de salir a correr se ha convertido en un espectáculo de micro poderes y vanidad; y se siente desilusión por ello.
Las carreras, que para mi son eventos donde intento vencer mis demonios internos, se han convertido en pasarelas donde la gente va a presumir sus tiempos, su ropa, sus gadgets y la unión y poder que transmite su grupo social.
Pero esto no es una sorpresa y tampoco es nuevo.
Ya sea una carrera, demostración de tupperware, reunión de contadores o congreso de diseño gráfico; la vanidad prevalece porque donde hay seres humanos siempre habrá competencia por ver quién es el mejor en lo que sea.
Si me lo preguntan, creo que este concurso de vanidad no escrito es más bien un despliegue del vacío que las personas cargamos por dentro.
Entre más vacío estés por dentro, más necesitas una marca de ropa/auto/perfume/gadget para ser.
Tener más y mejor que los demás es símbolo de estatus y de que estamos pendientes de la moda. Pero lo que en realidad pasa es que estamos demostrando lo débiles y susceptibles que somos a la manipulación mercadológica.
No me malinterpretes. No tiene nada de malo tener cosas que nos ayuden en la vida. Tampoco tiene nada de malo cuidar el cuerpo o pertenecer a un club que nos impulse a ser mejores. ¡Por el contrario! Estas son actividades virtuosas que nos llevan a una mejor vida. Gozar los frutos de nuestro trabajo es maravilloso.
El problema es que cuando estamos tan secos y vacíos por dentro, necesitamos juguetes que nos ayuden a tapar los huecos que nosotros mismos generamos.
La vanidad termina siendo un veneno que nos roba la identidad e incrementa el culto al ego. Nos transforma en criaturas frías con tendencia dañar a los demás.
¿De verdad estamos tan vacíos? ¿De verdad estamos tan solos?
Creo que la mejor manera de parar la vanidad es tomando consciencia de nuestro lugar en el universo y de la impermanencia de las cosas. No somos tan grandes ni tan maravillosos ni tan eternos.
Somos contenedores hechos de cruda materia que comienza a descomponerse desde que nacemos.
Pero en nuestras manos está llenar la materia con luz y virtud.
Viviendo con compasión y entendiendo que nadie está por encima de los demás.