por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jul 24, 2013 | Budismo, Minimalismo, Vida
Por todos lados a los que volteas, los mensajes son muy claros.
Debes tener más apps. Necesitas un auto más grande y más poderoso. Quieres más ropa de diseñador. Cumple tus sueños con una mayor deuda. No dejes que te ganen, corre más hasta reventar. Escucha música más repetitiva y más estridente, que promueva la idiotez y evite el pensamiento. Contrata 10 millones de canales de cable. Sé el primero en lo que sea. Más por tu dinero. Tu comida más grande (y dañina) por unas monedas más. Pasa más tiempo en Facebook. Manda más tuits. No te dejes, busca más venganza.
Más, más… ¡Más!
Nos dejamos envolver por los trucos de los medios y la publicidad; al grado de que la felicidad depende de tener y de alcanzar.
No es que comprar lo que necesitemos esté mal. Tampoco tiene nada de malo obtener algo por simple vanidad. Alcanzar metas deportivas o personales es la búsqueda más noble.
El problema llega cuando perdemos el control y nos olvidamos de que la felicidad no está en los estímulos externos ni en los objetos.
Esa la traemos por dentro, pero es difícil de alcanzar cuando la mente está tan perdida y contaminada por el verbo tener y el pronombre yo.
Hace más de 2,500 años, el Buda se percató de que los objetos y las distracciones son bloqueos en el camino hacia la tranquilidad. Esto es porque entre más cosas tenemos, más tiempo pasamos preocupándonos de que no nos roben. Entre más relaciones personales mantenemos, menos tiempo nos queda para el ser.
Todo este lastre pesa mucho, es veneno. Tanto, que se convierte en la razón de nuestro sufrimiento.
La cultura que nos rodea nos exige éxito en todo y nos vuelve extremadamente competitivos. Pasamos horas del día comparando nuestro progreso con el de a lado.
Pero, ¿qué es el éxito? ¿Tener cosas y reconocimiento?
Mi concepto personal de éxito es este: pasar una mañana sentado en silencio.
No se necesitan gadgets, ni autos o reconocimiento de alguien. Sólo tu mente y tu trasero para sentarte.
Todo lo demás está de sobra.
Para llegar a ese punto hay que reducir e ir en contra de la corriente. Sí, el minimalista es un revolucionario nato.
Decidimos comprar menos de todo, consumir menos información, mantener pocas relaciones y redes personales; a cambio de pasar tiempo con nosotros mismos y siendo generosos con quienes nos rodean.
Para avanzar, hay que simplificar.
Si no lo has intentado, hoy es un buen día.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jul 22, 2013 | Vida
No suelo escribir sobre cosas demasiado personales, pero el gato está fuera de la bolsa: ya no es un secreto que vencí a la obesidad desde hace algún tiempo.
Bajé de peso y mejoré mi salud gracias a que por fin me interesé en lo que entra a mi cuerpo para su salud y manutención.
El gatha de la comida dice que el alimento es medicina para mi práctica. Y así lo mantengo.
Me tomó varios años llegar a un peso saludable, pero fue en los últimos seis meses que en verdad se comenzó a notar. Toda mi ropa me quedó grande y los rasgos de mi rostro cambiaron. De tener cara de globo, pasé a los ángulos. Esto resultó en una visión muy extraña, incluso para mi.
Y la gente que me conoce comenzó a hacer comentarios y preguntas.
Al principio lo que más escuché fue «¿Estás enfermo?». Como que nadie podía creer la transformación, pero tampoco daba crédito a un cambio voluntario para bien. Algo tenía que estar mal porque no es natural que alguien baje de peso así como así.
Con el paso de las semanas, la pregunta ahora es»¿Cómo lo lograste?». Con toda honestidad respondo que la paleo dieta me funciona muy bien. Entre muchos cambios, esta nos apunta a dejar los cereales como el trigo, centeno, maíz o cebada.
Es decir, dejé el pan, pasteles, pastas, galletas, tortillas de harina, granola, cereales de desayuno y todo producto que tenga que ver con granos. También renuncié a cualquier alimento que tenga una campaña de mercadotecnia y que se haya fabricado en una planta industrial.*
Entonces el comentario obligado, lo que el 100% de la gente me dice es: «No, yo no podría«.
Yo no podría.
¿Yo? ¿Dejar el pan y la Coca-Cola? ¡Jamás! ¡Mi personalidad depende de lo que como!
De inmediato se cierran a la posibilidad de salir de su área de comodidad como para trabajar en un cambio, el que sea.
Me impresiona esta respuesta porque ¿cuántas veces no la hemos usado?
Al ver que alguien logra algo que podría movernos la vida y sacudir los cimientos en los que reposa nuestro pesado ego, de inmediato entramos en modo defensivo. Sentimos que nos están agrediendo de forma directa.
No importa si es bajar de peso, emprender un negocio, meditar por 10 minutos, conocer otro continente, lanzarse en paracaídas; o algo tan simple como hackear una receta familiar para hacer estofado o modificar la manera de afeitarse.
Cualquier acción que implique investigación, esfuerzo y medir resultados, produce aversión.
No quiero. No puedo. Tendría que hacer muchos sacrificios. Estoy tan cómodo y seguro, que no estoy dispuesto a empujar mis límites ni siquiera un poquito, a pesar de que sé que me conviene y que la evidencia está por todos lados.
La lista de excusas lamentables es tan cómoda y amplia que siempre tendremos una para el momento adecuado.
Y mientras tanto seguimos gordos, enfermos, inmóviles, odiando nuestro empleo, aburridos, ignorantes y siendo abusados por personas con malicia.
Pero eso sí, estamos muy cómodos disfrutando la ilusión de la seguridad y la estabilidad. Sí, la estabilidad y la seguridad son sólo ilusiones fabricadas por nosotros.
Rehusarse empujar nuestros límites significa renunciar a la razón, a uno mismo.
Decir «no, yo no podría«, implica abandono. En algunos casos hasta odio hacia uno mismo. Lo cual es muy grave y triste.
Debo admitir que me costó mucho escribir este post. Por un lado, no me considero ejemplo de nada. No soy nadie. Y por otro lado, no acostumbro escribir cosas demasiado personales.
Pero justo porque no soy nada ni nadie, justo porque soy tan simple y bruto como cualquiera, es que me animé.
No soy nada especial, pero cambié el conocimiento convencional por la investigación y logré mejorar.
Si yo pude, que soy un cabeza hueca, cualquiera puede.
Realizar un cambio para bien es posible. El cambio que sea te hace mejor persona porque te enseña que la investigación, la constancia y la disciplina te devuelven resultados asombrosos.
Es cuestión de tirar a la basura frases destructivas como «no, yo no podría«.
*Antes de que me digan: no, no tengo colesterol alto. Mis riñones, corazón e hígado están bien. De hecho estoy más sano que nunca en mi vida.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jul 10, 2013 | Vida
Como budista, y por puro sentido común, trato de no hablar del pasado. Sé que está ahí, es parte de mi y es lo que me forjó para ser lo que soy en este momento. No le huyo y lo acepto con amor.
Pero son las lecciones las que no se olvidan, el aprendizaje es perenne.
Luego de haber vivido con obesidad por más de 30 años, me llenó de tristeza saber que México ocupa el primer lugar en obesidad del mundo. Esto apareció ayer en las noticias por todos lados.
Yo sé lo que es luchar diario contra la comida, contra la culpa. Sé lo que es tener hambre y antojo las 24 horas y que jamás termine. Sé muy bien lo que es intentar una y otra dieta, para nunca ver resultados. Sé lo que es matarse haciendo ejercicio por meses o años, sin que el peso ceda un sólo gramo.
Así que esta noticia me comprimió el corazón porque más de 120 millones de personas viven con la salud al límite debido a la obesidad.
Sin embargo, así como viví los horrores de la gordura, también pude vencerla. Y lo logré cambiando la forma en la que me relacionaba con la comida.
La comida es medicina para mi cuerpo. Punto. Es lo que me permite seguir adelante. Si tengo un cuerpo fuerte y sano, le soy útil al universo y puedo tener una vida plena.
Fue hasta que vi una foto mía, que me invadió una tristeza tan enorme, que decidí tomar el control de las cosas. Ahí cambió la vida para mi.
Y comencé a leer, a documentarme. Si he sido nerd toda mi vida y he usado esos superpoderes para perder el tiempo, ¿porqué no usarlos para rescatar mi trasero de mi mismo?
No soy nutriólogo ni experto. No pienso relatar lo que hice para cambiar mi vida. Es irrelevante.
Esto es lo que importa:
No soy nada. No soy nadie. Soy una persona cualquiera. Si yo pude, cualquiera puede.
Es cuestión de entender que bajar de peso no es asunto de estética. Se trata de salud y calidad de vida.
Este verso Zen me ha ayudado mucho a entender y lo comparto. Lo recito en la mente antes de poner comida en mi boca:
Gatha de la Comida
Esta comida llega a mi
gracias a los esfuerzos de todos los seres vivos
pasados y presentes,
y es medicina para mi práctica.
Ofrezco este alimento de muchas virtudes y sabores
al Buda, al Dharma y a la Sangha,
y a toda la vida en cada reino de la existencia.
¡Que todos los seres vivos del universo
se nutran de manera adecuada!
Si meditas con ese gatha y lo entiendes línea por línea, te ayudará a tener consciencia de lo que comes. Te permitirá entender y comenzar a buscar tu propia cura.
Es de sabios pedir ayuda, por supuesto. Puedes acudir a los profesionales como mis grandes amigas Ana y Estela. Son maravillosas y son un faro en la oscuridad.
Por favor cuida tu cuerpo. No dejes que la mercadotecnia capitalista decida tu nutrición.
Toma el control de tu vida. Hoy. Aquí y ahora.
Y ayúdame a que la obesidad se disminuya en todo el mundo.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jul 8, 2013 | Budismo, Vida, Zen
El Zen Master Thich Nhat Hanh (se pronuncia Tik Ñat Jan) dijo alguna vez que todo el universo está contenido en un grano de frijol.
¿Cómo es esto posible? ¡Un simple frijol es sólo eso: un simple frijol! Sirve para comer y punto.
Aunque es limitado, ese pensamiento es correcto.
Sin embargo, quien entrena budismo aprende a observar la Causalidad de todo lo que nos rodea y sabe que la afirmación del Master, es muy válida.
En un grano de frijol está contenido el poder y calor del sol, los procesos químicos y físicos que iniciaron el Big Bang, la bendición de la vida de la Madre Tierra, el trabajo de muchas personas, y además contiene nutrición que nos mantiene en pié para seguir adelante con la existencia. Esto lo decimos sin agregar emociones ni ideas preconcebidas. Las cosas como son.
Un simple e inocuo grano de frijol contiene al Universo y a la realidad misma.
Somo nosotros los que decidimos ignorar su valor y las pequeñas conexiones que genera.
Cuando un grano de frijol llega a tu plato, significa que alguien lo tuvo que haber comprado. Esto mueve la economía, lo que lleva más comida a las mesas de las personas que trabajaron en esta enorme cadena de sucesos. Tu compra generó empleos, dinero y nutrió a más personas.
Cada acto que realizas, por pequeño que sea, contiene al universo mismo. Tu esfuerzo o tu apatía siempre tienen repercusiones en la vida de miles y miles de personas, por medio de insignificantes conexiones que pasan desapercibidas.
Al descubrir el Universo Interconectado podemos apreciar no sólo lo que llega a nuestra mesa, sino la importancia de todos los seres que nos rodean; desde las bacterias que matas al cepillarte los dientes, hasta tu propio sacrificio para que las personas que amas tengan calidad de vida.
Tener conciencia sobre el Universo Interconectado mejora tu vida porque:
- Te da responsabilidad sobre tus actos. Sí, tu ego y tus caprichos nos dañan a todos.
- Te vuelve agradecido por lo que tienes.
- Aprendes a respetar el esfuerzo de todos los seres (sí, las plantas y los microorganismos se incluyen).
- Ves a los demás como tus iguales y aprendes que nadie es superior.
- Te da perspectiva sobre tu nación y el mundo.
- Te vuelve generoso.
- ¡Te da libertad sobre tus prejuicios!
- Te hará entender que puedes cambiar al mundo con pequeñas acciones.
Todo esto, claro, tiene que estar regulado por el sentido común y la ética. No dañar a ningún ser (ni a uno mismo) tiene que ser el eje rector.
La inacción y la apatía no son inocentes. En su origen, son actividades tan negativas como el robo o el asesinato porque su daño viaja en ondas, afectando a miles de seres.
Para lograr ver la delgada red de nexos universales, es necesario tener la mente en calma y aceptar la vida como es. El ego es un gran obstáculo porque nos hace ver sólo hacia nosotros mismos, ignorando y pasando sobre los demás.
Obvio, la meditación es la herramienta suprema para este efecto. No se necesita mucho. Sólo 10 minutos sentado en silencio, observando la respiración, es la mejor manera de comenzar.
Ejercicio
Antes de dormir, toma un grano de frijol, arroz, avena… lo que tengas a la mano.
Míralo por algunos minutos y piensa en el universo que está ahí contenido. Piensa en la Tierra, en el sol, las manos que trabajaron y en la persona que cocina para ti.
Y a todos diles: GRACIAS.
Les debes tu vida.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | May 20, 2013 | Budismo, Vida
Crecí leyendo cómics. De hecho, aprendí a leer con las aventuras de los Fantastic Four y de Spiderman (sí, me gusta Marvel). Aprendí otro idioma apoyado en los X-Men y Avengers.
La filosofía de los caballeros Jedi me llevó a investigar sobre budismo, hace casi 25 años.
He sido un ñoñales (geek, friki) desde pequeño y este acercamiento con los héroes ficticios sembró en mí una visión de la justicia y de la ayuda, muy extrañas. Y siempre ha sido un problema.
El dolor de los demás, la injusticia, la desigualdad y la maldad en general, son poderes muy oscuros contra los que me gustaría luchar de tiempo completo.
Quiero salvar a todo el mundo.
Cuando era joven lo intenté, sabiendo que los super poderes no existen, y me encontré con mi propio sufrimiento. Me topé con la realidad de que la gente no quiere ser salvada, a menos que lo pidan expresamente.
Por más que se quiera, no se puede ir por el mundo forzando a la gente y ayudarla contra su voluntad.
A lo más que se puede llegar es a dar información en forma de charla o mensajes de texto. Si la persona decide que necesita ayuda, entonces se le brinda.
Al final, aunque no lo reconozcamos, todos somos responsables directos de nuestro destino.
Está en nosotros saber pedir ayuda cuando es necesario.
Y ahí es cuando nuestra misión puede ser completada.
Hablando específicamente de budismo, este es uno de los dilemas clásicos del bodhisattva. ¿Cómo ayudar a todos los seres vivos? Nadie tiene ni todos los recursos, ni todo el tiempo.
Cada uno de nosotros debe hacer un compromiso personal de estar siempre listo a dar la mano a alguien, cuando lo necesite.
Y esa es la base de un mundo mejor y el fin del Síndrome del Superhéroe.