por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jun 29, 2015 | Activismo, Budismo, Compasión, Generosidad, Vida, Zen
La generosidad es una de las prácticas espirituales más maravillosas que podemos experimentar.
¿Por qué es espiritual? Por que por medio de dar sin esperar recompensa, nos hace salir de nosotros mismos para ver por el bienestar de otro ser vivo. Así calmamos el discurso eterno del ego y nos ponemos en contacto con las fibras más íntimas de nuestra naturaleza. Nos conecta a niveles muy profundos con la vida y con el mundo que nos rodea.
Ésto por sí mismo llena los huecos que la sociedad de consumo nos crea y podemos comenzar a sanar nuestras heridas emocionales.
Ver la sonrisa o el alivio de alguien que recibe nuestra ayuda hace que regiones específicas del cerebro entren en funcionamiento. Entonces se producen endorfinas, se acaba el estrés y se comienza a ser feliz.
Pero nuestro gran problema, lo que evita que seamos generosos, es la cultura de consumo en la que vivimos. La mercadotecnia de los productos y servicios se basan en implantar en nuestra mente la idea de que nuestra vida es inútil y despreciable, a menos que compremos lo que sea que anuncian.
Y así, desde niños, comenzamos a cultivar el ego. Compramos, cumplimos metas y objetivos y vivimos para dar gusto al ego en todos sentidos. Cuando volvemos la cara, nos es virtualmente imposible dar a quienes no han tenido la misma fortuna que nosotros.
La cultura moderna nos obliga a tener y a acaparar recursos, pasando por encima de quien sea para lograrlo.
Así, el argumento clásico de la persona no-generosa es: no puedo dar nada porque no tengo suficiente para mi. O cualquier frase similar.
Pensamos que nos es imposible ser generosos hasta que tengamos nuestra situación personal resuelta. Es justo esta filosofía la que nos tiene torcidos como sociedad porque nunca llegará el momento propicio. Nunca tendremos todas nuestras necesidades cubiertas porque siempre queremos más.
Dar cuando uno tiene poco es una práctica espiritual muy poderosa porque no sólo se está ayudando a otros, sino que nos conectamos con la necesidad de conservar la vida. Dar suaviza el ego y nos deja apreciar las muchas, muchas bendiciones que nos rodean en este momento.
Dar a los demás nos hace entender el significado real de compasión y que todos necesitamos ayuda en algún momento de nuestra existencia. Damos a otros porque tenemos la obligación de respetar y valorar a todos los seres que nos rodean. Damos porque sabemos que no tener lo suficiente lleva al sufrimiento.
Dar nos vuelve personas alegres y destruye la depresión o la ira.
Damos a otros porque sabemos que es lo correcto.
Y al mismo tiempo, aprendemos que debemos aceptar ayuda con humildad y gratitud.
Dar cuando no tenemos suficiente para nosotros mismos es una actividad sagrada. Es una joya que desearía que más personas comprendieran.
Compartamos nuestros alimentos, tiempo y nuestra sonrisa. Sintamos gratitud por estar en posición de ayudar y sintamos gratitud por todas las veces que nos han ayudado en el pasado.
La Generosidad es una práctica perfecta porque todos ganan. Pero preferimos ganar y nos sentamos en nuestro gordo ego a esperar la muerte.
Creo que siempre es buen momento para dar.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jun 18, 2015 | Budismo, Vida, Zen
La semana pasada, por Twitter, me compartieron un meme con una cita de Andrew Carnegie que decía:
«El secreto de mi éxito fue rodearme de personas mejores que yo.»
Y me hizo pesar un par de días antes de responderlo.
A pesar de que en el fondo ya lo había considerado y nunca lo había puesto en palabras, me di cuenta de lo inhumano y torcido que es el concepto de éxito.
Según el diccionario, éxito significa:
- Cumplir una meta o propósito.
- Obtener popularidad o ganancia.
- Lograr prosperidad.
En los tres casos, éxito es una palabra que sólo cultiva al ego, produce deseo, avaricia y desigualdad. Cosas que irremediablemente llevan al sufrimiento. Esto es porque el concepto está fundado en la mente divisoria, en la que el universo es diferente de la persona, pero que además, está segura de que el cosmos y todas las criaturas que lo habitamos, estamos a su servicio.
Es decir, para que yo tenga éxito, necesito haber cumplido u obtenido cosas que nacieron del deseo y avaricia. En el concepto capitalista de éxito, significa haber pasado por encima de todos para lograrlo. Sí, aunque lo neguemos, el capitalismo está basado en el abuso a los seres vivos y al planeta mismo.
La sed por el éxito se deriva de un rechazo completo de la vida como es, al miedo a la infelicidad. Es una ilusión auto impuesta en la que haremos lo que sea para sentirnos exitosos. Es la lucha para obtener más cosas y más objetos. Todo para pertenecer a ese club privado en el que se desprecia al que no ha podido cumplir sus metas.
Éxito implica victoria, otro concepto tóxico. Necesariamente un vencedor es alguien ávido de poder/control/dinero o de auto-afirmación; es una persona que detesta su vida como está y hará lo que sea para cambiarlo, pasando por encima de alguien más. Es decir, sufre.
En contraste, el perdedor es alguien que sufre porque no pudo derrotar a alguien más y es despreciado por los demás; principalmente por sí mismo.
En todo caso, la idea de éxito crea divisiones entre las personas.
La cita de Andrew Carnegie dice que se rodeó de gente mejor que él, así las utilizó para aprender y subir a su nivel.
El éxito lleva al sufrimiento de todos quienes giran en torno a él.
Cuando alguien llega a tener éxito va a desear retener lo obtenido. Al ser exitoso, entonces tendrá hambre por más éxitos y victorias. Es un círculo infinito generador de divisiones, abusos y desigualdad.
Por esa razón renuncié al éxito hace muchos años, cuando mi práctica budista y de aikido me dejaron en claro todo esto.
En aikido no hay competencias ni torneos, a diferencia de otras artes marciales. Ueshiba Morihei O’Sensei (creador de esta disciplina) afirmaba que las victorias y los éxitos van en contra de la humanidad. Siempre es mejor avanzar todos juntos hacia el mismo lugar.
En el Dhammapada, el Buda nos dice:
La victoria (éxito) engendra enemistad. Los vencidos viven en la infelicidad. Renunciando tanto a la victoria como a la derrota, los pacíficos viven felices.
Dentro de mi corazón, sé que las palabras de los dos maestros son verdad y vivo por ello.
Renuncio al éxito. Lo hago rotundamente y convencido de que no es el camino a la felicidad.
Por ello vivo un día a la vez. Acepto y agradezco lo que hay, lo que es. Y trabajo con y para los demás.
Es bueno no ser exitoso.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jun 12, 2015 | Budismo, Poema, Vida, Zen
Tengo mucha pereza para ser ambicioso,
dejo al mundo hacerse cargo de sí mismo.
En mi bolsa hay arroz para 10 días
y una pila de leña en la hoguera.
¿Para qué hablar de auto-engaño y de iluminación?
Escuchando la lluvia nocturna golpear contra el techo,
me siento cómodamente con las piernas estiradas.
-Master Ryokan
Ryokan Taigu (Gran Tonto) fue un Maestro Zen japonés que vivió entre 1758 y 1831. A muy temprana edad renunció a todo para ir a entrenar budismo zen al templo Koshoji, bajo la tutela de Master Koshoji (otro Maestro de importancia histórica). A pesar de que su vida la dedicó al estudio, la poesía y la caligrafía, él siempre pidió que se le llamara Tonto, en lugar de Maestro.

por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jun 11, 2015 | Budismo, Vida, Zen
En algunas filosofías orientales como el taoismo, yoga o budismo, se toma al océano como referencia y analogía para explicar la vida. Es un gran recurso para entender que todo es dinámico e impermanente.
Hace unos días una amiga se sometió a una cirugía que le provocó dolor intenso. Comprobó que la meditación y la compasión tienen efectos analgésicos impresionantes y su recuperación ha sido muy satisfactoria. Me decía que la vida es como estar disfrutando un día en el mar. A veces el oleaje es pacífico y tranquilo. Pero otras, las olas nos sumergen, nos embisten con violencia, o quizá solo nos mueven un poco y algunas nos arrastran para estrellarnos contra la arena. En muchas ocasiones queremos salir del mar para descansar en la arena. ¿Correcto?
Algunas escuelas budistas ven la vida justo así: como un océano.
Pero esta analogía está incompleta. Si piensas que TÚ estás en el mar y te puedes salir del agua en cualquier momento, estás creando una mente divisoria. Estás separando el YO del NO-YO. Es decir, el mar (vida) es un ente independiente de ti al que puedes controlar, esquivar o manipular. Esta mentalidad genera
sufrimiento porque lo primero que intentamos hacer es evitar el sufrimiento.
Entonces nace la mente que divide lo que hay.
Yo soy yo. Yo no soy hombre. Yo nos soy mujer. La roca es la roca, pero no soy yo. El perro es el perro, pero no soy yo. Yo soy esto, pero no soy el indigente. Yo soy blanco, pero no africano.
La mente divisoria es la causante número uno de la desigualdad y del sufrimiento. Nace cuando vemos al mar como algo externo.
En el zen lo vemos de otra forma.
Vemos como imposible salir del mar por que nosotros SOMOS el mar. Somos el mar y fluimos. A veces viene bravo y se mueve inquieto. A veces está en calma y refleja la luz de la luna. No hay olas que evitar ni olas que esquivar porque nosotros SOMOS olas que forman parte del mar, que a su vez forma parte de un planeta, que a su vez forma parte de un sistema solar, que a su vez forma parte de una galaxia… Y todo el universo es una sola cosa. Estamos más conectados a la vida de lo que podríamos imaginar.
Esta mente integradora es importante porque nos ayuda a entender que necesitamos aceptar la vida como es, sin etiquetas. No hay olas bravas ni olas tranquilas. Todas son olas, dependientes del mismo océano.
Tú, yo, el perro, las bacterias, las plantas… todas las personas, todas las culturas, todos los seres de todo el universo. Somo una sola cosa, indivisible. Esto nos sirve para tomar responsabilidad de nuestras acciones, ver por el bien de los demás, pero (aun más importante) a aceptar todo lo que es. Todo lo que está. Sin etiquetas, sin juicios.
No hay olas que esquivar. No hay fracasos. No hay victorias. No hay razas ni equipos ni fronteras ni marcas.
Hay vida. Hay mar. Somos el mar.
Tomar esta valiosa analogía como como cimiento, es mucho más fácil salir adelante y tener una buena vida porque aceptamos las cosas que retan nuestras capacidades, pero AL MISMO TIEMPO estamos en paz.
Le decía a mi amiga: «Es exactamente como tu experiencia con el dolor. Sabes que debes cuidarte, que hay que tener precauciones para que no se complique la recuperación. Reconoces que hay dolor. PERO estás en paz con ello porque sabes que no es para siempre y que es lo que hay aquí y ahora.»
Esa es mi misma experiencia con los brackets y la ortodoncia. Estoy en dolor muchas horas del día, pero estoy en paz con ello. No me quejo, no le presto atención porque yo no soy el dolor. El dolor es sólo una etapa transitoria e impermanente. Eso es todo. No intelectualizo el dolor.
El mar es el mar. Pero tú también lo eres. Y todos lo somos.
por Kyonin, maestro Zen con más de 15 años de experiencia enseñando el Dharma | Jun 8, 2015 | Budismo, Vida, Zen
Tiene mucho que no escribo un post de esta naturaleza, pero este pasado fin de semana resultó ser interesante y lleno de experiencias que me gustaría compartir. Son notas cortas que podrían generar artículos completos en el futuro. Pero como memoria es tan impermanente, prefiero escribirlo todo antes de olvidarlo.
Flor de loto y paciencia
Años de obesidad destruyeron mis rodillas (y espalda) y hacer zazen en flor de loto me era imposible. Pero a más de 4 años de haber tomado el control de mi salud y a 2 de practicar yoga, lo estoy logrando. Aun duele un poco hacerlo por largos periodos de tiempo, pero no tengo prisa.
El viernes por la noche medité por 4 horas en media flor de loto y no me fue nada mal. Poco a poco la postura burmesa ser irá yendo. 🙂
El universo nunca ha tenido prisa por cumplir metas u objetivos. Los únicos tontos que usan reloj somos nosotros.
Un día a la vez. Una sesión de yoga a la vez.
Uji, tiempo-es
Luego de años de no entender el concepto de Tiempo de Dogen Zenji, al fin tuve la claridad de sentirlo hasta la médula durante zazen.
Para Master Dogen (creador del Budismo Soto Zen) el tiempo no se mide en minutos o segundos. Tiempo-es (Uji) es una sola palabra compuesta por la etiqueta tiempo y el verbo ser. El tiempo es indivisible del presente y no se puede separar de lo que es. Un instante en el tiempo-es contiene todo el universo completo en donde todo tiene su lugar y su correlación. No puedes quitar nada del tiempo-es porque nada es tan poderoso.
El tiempo-es es esto. Es lo que estás leyendo, lo que sientes, lo que te rodea. Y no dura más que un salto de átomo.
Es perfecto en su impernanencia y en su totalidad. Un instante de tiempo-es contiene al universo completo, que será reemplazado por el siguiente universo. Somos una secuencia de universos, pero somos tan pequeños y tontos que creemos que un reloj puede medir su magnitud.
Una vez que sientes esto hasta la médula, la vida se convierte en un lugar mucho más cómodo. Nada urge. Nada es para siempre. Todo está donde tiene que estar.
El chico en calzoncillos
Caminando por la calle vi algo inusual. Un joven en calzoncillos, torso desnudo, estaba parado en una esquina con un letrero que decía algo como «Hago esto porque necesito aprender a aceptarme como soy y a no sentir vergüenza por mi cuerpo».
Él se acercó a mi y a mis amigos y nos dijo que era un reto personal y que le era muy difícil.
Lo abracé y le dije: «Eres hermoso. No tienes nada de qué sentir vergüenza. Todos somos hermosos; la fealdad nace de adentro».
Cruzamos algunas palabras más y nos despedimos.
Vacuidad
Una parte vital de mi entrenamiento como monje zen incluye leer lo más que pueda de neurociencia reciente. Los misterios del cerebro y la mente son base para el dharma.
Quizá uno de los conceptos centrales de las enseñanzas de Buda sea el hecho de que todo lo que nos rodea está vacío. Nada en el universo significa nada. Las cosas, los seres vivos, los planetas… Todo está porque necesita estar ahí. Somos nosotros los que creamos los significados y las etiquetas. Son útiles para entender lo que nos rodea, pero terminamos abrazándonos a nuestras opiniones para hacernos sufrir.
Una roca no tiene opinión de sí misma. Nosotros somos los que inventamos la palabra roca para poder relacionarnos con ella. La roca tiene una naturaleza de vacío intrínseco.
Una vez más la neurociencia demuestra lo que el Buda enseñó hace más de 2,500 años. Nuestro discurso interno, preferencias y opiniones son disparadas 1 o 2 segundos después de que el instinto dicta lo que hay que hacer.
Es decir, el ego, nuestra personalidad, es sólo una ilusión creada para hacernos sentir importantes.
Si tenemos esto en cuenta, el manejo de nuestras emociones y sentimientos siempre será más fácil (que es justo la parte medular de Heisei, el taller de emociones).