El Zen es muy atractivo porque en la superficie es una filosofía muy práctica. Nos da las herramientas necesarias para no sufrir la vida. Pero al estudiar los textos clásicos vemos que hay conceptos tan profundos que no se pueden explicar, a menos que se vivan. Este es el caso de los Tres Cuerpos del Buda o Trikaya, en sánscrito.
Esta enseñanza es central para el Budismo Mahayana, y nos permite mirar más allá de lo evidente (10 puntos frikis si me das la referencia). El Buda no solo es la figura de piedra o de madera que está en los altares, sino que es un ser con tres cuerpos que existen en lo profundo de la práctica y la cosmovisión del Mahayana.
En el capítulo VI del Sutra de la Plataforma, el Sexto Patriarca del Zen, Huineng, da una brillante y simple explicación de qué es este concepto tan elusivo.
Pero antes de explicar qué es Trikaya, comparto esta pequeña historia que ilustra cómo estas enseñanzas pueden transformar nuestra percepción y nuestra vida diaria.
Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo agrícola de Japón, vivía un campesino llamado Kenji. Kenji era un hombre sencillo, dedicado a sus campos de arroz y a su familia. Un día, mientras trabajaba bajo el sol abrasador, un monje errante pasó por su arrozal. Kenji, sediento y cansado, le ofreció un poco de agua. El monje, agradecido, se sentó a descansar y notó la expresión preocupada en el rostro de Kenji.
«¿Qué te aflige, Kenji-san?», preguntó el monje con voz serena.
Kenji suspiró. «Reverendo, intento ser un buen budista, pero los textos son tan densos. Me hablan de cosas como los ‘tres cuerpos del Buda’, y no logro entender cómo eso se aplica a mi vida de sembrar y cosechar.»
El monje sonrió. «Kenji-san, el Buda no está lejos de ti. De hecho, está en todo lo que ves y en todo lo que eres.» Luego, el monje le explicó los tres cuerpos del Buda de una manera que Kenji pudo comprender.
«Piensa en el sol, Kenji-san,» dijo el monje. «Su luz es pura y brillante, la esencia misma del sol. Eso es como el Dharmakaya, el Cuerpo de la Esencia Pura. Es la verdad intrínseca de todas las cosas, sin mancha, como tu propia mente en su estado más puro.»
«Ahora, mira el calor del sol que sientes en tu piel y la energía que da vida a tus cultivos. Esto es una manifestación del sol, una forma en que se experimenta su poder. Esto es como el Sambhogakaya, el Cuerpo de la Manifestación Gozosa. Es la forma en que la iluminación se manifiesta para aquellos que la perciben con pureza.»
«Finalmente,» continuó el monje, «mira la cosecha que brota de tu campo, el arroz que alimenta a tu familia. Esa es una forma tangible del sol, su energía convertida en alimento. Esto es como el Nirmanakaya, el Cuerpo de la Manifestación o Encarnación. Es el Buda que se manifiesta en el mundo para ayudar a todos los seres, en la forma que sea necesaria.»
Kenji escuchó atentamente, y una expresión de asombro apareció en su rostro. De repente, la sabiduría del Buda no era algo distante, sino algo palpable en su propia vida. Entendió que su campo, el sol que lo nutría y el arroz que cosechaba, eran todos reflejos de la misma verdad fundamental. A partir de ese día, Kenji trabajó con una nueva apreciación, viendo la presencia del Buda en cada semilla que plantaba y en cada grano de arroz que recolectaba. Comprendió que los tres cuerpos del Buda no eran conceptos abstractos, sino realidades vivas que habitaban dentro y alrededor de él.
Explicando los Tres Cuerpos del Buda: Dharmakaya, Sambhogakaya y Nirmanakaya
En el Budismo Zen y Mahayana, el concepto de Trikaya es fundamental para comprender la naturaleza de la budeidad y cómo se manifiesta en el universo y en nosotros mismos. Huineng nos guía a través de estas ideas, no como algo externo a buscar, sino como inherentes a nuestra propia Esencia de la Mente.
Los tres cuerpos del Buda no son conceptos externos al ser, sino aspectos de nuestra propia naturaleza iluminada.
Dharmakaya es la luz de la Esencia de la Mente
Dharmakaya (Cuerpo de la Esencia Pura) es la verdad última, la realidad tal como es, sin distorsiones. Es la naturaleza búdica inherente en todos los seres, pura y sin mancha, como el cielo despejado. Es la Luz Dorada del Buda que lo une todo.
Reconocer Dharmakaya implica cultivar la atención plena y la autoconciencia para comprender que las emociones y pensamientos negativos son pasajeras, y que nuestra verdadera naturaleza, pura e inmaculada, permanece inalterable. La práctica de Zazen nos ayuda a experimentar directamente esta pureza inherente, permitiendo que la mente se calme y revele su esencia.
Huineng enfatiza que para reconocer y contemplar Dharmakaya, es fundamental purificar la Esencia de la Mente eliminando el egoísmo, la falsedad, el desprecio, la arrogancia y otras perversidades que puedan surgir.
Sambhogakaya es la Manifestación Gozosa
Sambhogakaya (Cuerpo de la Manifestación Gozosa o de Retribución) es la manifestación de la iluminación que se experimenta en un nivel más sutil y puro. Es el cuerpo que disfrutan los Bodhisattvas y los Budas en sus reinos puros, lleno de gozo y sabiduría. Huineng lo compara con la luz de una lámpara que «puede romper la oscuridad que ha estado allí por miles de años, así una chispa de Sabiduría puede quitar la ignorancia que ha durado por años.»
Esto es difícil de entender para una mente egocéntrica, pero Sambhogakaya se manifiesta en nuestra práctica diaria a través de la alegría que surge de la compasión, la bondad y la sabiduría. Cuando actuamos desde un lugar de no-dualidad, sin apegarnos a juicios o expectativas, experimentamos una profunda satisfacción. Esto produce una mente clara e íntegra que nos acerca a la experiencia de este cuerpo del Buda.
Nirmanakaya es la forma física
Nirmanakaya (Cuerpo de la Manifestación o Encarnación) es el cuerpo físico que el Buda adopta para interactuar directamente con el mundo y enseñar el Dharma a los seres sintientes. Es la forma en que la sabiduría y la compasión se manifiestan en el plano terrenal, adaptándose a las necesidades de cada individuo.
Aunque la realidad última (Dharmakaya) es vacía de existencia inherente y la manifestación gozosa (Sambhogakaya) es sutil, Nirmanakaya es la forma en que la budeidad se hace accesible a nosotros en nuestra vida cotidiana. Es el Buda histórico, pero también es la manifestación de la compasión en cada acto de ayuda, en cada palabra amable, en cada enseñanza que nos guía.
En nuestra vida diaria, Nirmanakaya se manifiesta a través de nuestra capacidad de actuar con compasión y sabiduría en el mundo. Cada vez que ayudamos a alguien, cada vez que ofrecemos una palabra de aliento, cada vez que practicamos la paciencia y la bondad, estamos encarnando Nirmanakaya.
Es la práctica de convertir el Dharma a acciones concretas, de ser un ejemplo viviente de las enseñanzas. Los tres cuerpos del Buda se unen en nuestra propia existencia cuando vivimos de esta manera.
Los Tres Cuerpos del Buda son la vía
El concepto de los tres cuerpos del Buda no es una doctrina abstracta, sino una invitación a reconocer la naturaleza búdica en cada uno de nosotros. Como Kenji, el campesino japonés, podemos encontrar la sabiduría del Buda en las experiencias más cotidianas: en la vida oficinal, en las personas difíciles, en los retos del día, en el calor del sol, en el crecimiento de una planta, en un acto de bondad.
En las enseñanzas de Huineng dentro del capítulo VI del Sutra de la Plataforma nos ofrecen una hoja de ruta clara para la práctica budista moderna. Nos enseñan que la iluminación no es un destino lejano, sino una realidad que podemos experimentar aquí y ahora, a través de la purificación de nuestra mente, el cultivo de la sabiduría y la manifestación de la compasión en cada acción.
¿Cómo incluir estos conceptos en tu práctica diaria? Solo observa la vida con gratitud y ve al zafu. Antes de que te des cuenta, Trikaya será parte de tu experiencia.
La pregunta existencial “¿quién soy yo?” es un asunto que a todos nos puede crear ansiedad. A veces no sabemos ni cómo empezar a responder. Una persona de la sangha recientemente me hizo esta pregunta y, aunque yo no lo puedo responder porque es algo que cada uno de nosotros debe investigar, sí puedo compartir cómo comenzar a vivir para encontrar la resolución.
Hace unos años, mi senpai, Yoshu, monje y jardinero en Kosho-ji, el primer templo fundado por D?gen Zenji a las afueras de Kioto, me compartió una experiencia que me hizo pensar por días. Una mañana estaba barriendo el camino de piedra que conduce al zendo, cuando una ráfaga de viento otoñal le arrojó un montón de hojas justo donde acababa de limpiar. Frustrado, murmuró: “¿Por qué me molesta tanto esto?” En ese instante, se dio cuenta de algo interesante. No era el viento, ni las hojas, ni siquiera su deseo de terminar el trabajo lo que lo alteraba. Era su identificación con una imagen de sí mismo, el que mantiene el camino limpio.
Dejó la escoba a un lado y se sentó a mirar el viento mover las ramas de los árboles. Esa mañana entendió algo que miles de sutras podrían tardar años en mostrar. El “yo” que lucha por controlar todo no es su verdadera naturaleza.
Y entonces surgió la gran pregunta: ¿quién soy yo?
El Despertar de la Fe en el Mahayana es un mapa para volver a casa
Por aquellos días estábamos estudiando uno de los textos fundamentales del budismo Mahayana, El Despertar de la Fe. Este es otro texto vital para el Zen porque nos ofrece un marco claro para abordar esta pregunta que tiene mucho que ver con la enseñanza de Anatta.
Compuesto en China y atribuido a Asvaghosa, este texto presenta la mente con dos aspectos inseparables: la mente tal como es (nuestra naturaleza verdadera, inmutable) y la mente tal como aparece (la mente condicionada por el karma, sus repercusiones y las pasiones). Es decir, la mente en el mundo de lo relativo y la mente en el mundo de lo absoluto.
El texto enseña que todos los fenómenos, incluidos los pensamientos de bien y de mal, son manifestaciones ilusorias de la mente. Y, lo más importante, afirma que la naturaleza esencial de todos los seres es pura, libre y perfecta desde el origen.
¿Quién soy yo? Encontrando la respuesta en el Zen y la práctica
“Lo que llamamos bueno o malo, no es nuestro verdadero rostro.” —Venerable Jingjie
La práctica Zen es difícil porque entrenamos para soltar las opiniones y no dejar que nos definan. Estamos atentos a las etiquetas que ponemos que, aunque son necesarias para navegar la vida, no nos definen. Por eso no se nos pide que rechacemos lo bueno ni lo malo. Más bien, tratamos de ir más allá de ellos. La mente que en un momento se llena de fe y compasión, al instante siguiente puede llenarse de deseo y rechazo. Si observamos con atención, notamos que estos estados vienen y van como nubes en el cielo. Pero el cielo mismo, que es nuestra verdadera naturaleza, permanece intacto.
Practicar Zen es poder contactar con esa estabilidad detrás de los pensamientos y el lenguaje. En el Despertar de la Fe encontramos que es comprender que todo lo que surge son “dharmas condicionados”, es decir, nacidos de causas y condiciones, y por tanto vacíos por naturaleza. Esta visión es el corazón de la enseñanza budista sobre el “yo”.
En el silencio de Shikantaza vemos nuestra personalidad flotando junto con todos los demás pensamientos. Lo que es YO es una construcción mental. Se compone de las vivencias, de la cultura, de la salud, de lo que comes y de todas las cosas que has decidido. Creamos una personalidad, la abrazamos y con ella navegamos el mundo.
Tu verdadero ser trasciende lo que crees que eres. Hay algo detrás de la personalidad que es puro, inmutable y que no depende de nombres o etiquetas.
Entonces, si no hay un YO, ¿quién es la persona que se enoja? Si no hay una pista de aterrizaje (YO), entonces las emociones solo sobrevuelan, pero se tienen que ir a otra pista que no sea la tuya.
Más allá del bien y del mal para comprender la raíz
Cuando decimos “yo soy bueno” o “yo soy malo”, tomamos una función temporal de la mente, o sea una reacción, un hábito, un pensamiento; y la convertimos en identidad. Pero la enseñanza fundamental del Buda es clara. Eso no eres tú.
Nuestro ser verdadero no nace ni muere, no aumenta ni disminuye. Es como el agua que, expuesta al frío, se convierte en hielo. El hielo parece sólido, duro, separado… pero sigue siendo agua. De la misma manera, nuestras emociones, preferencias, aversiones, deseos y errores no son nuestro ser esencial, sino estados temporales, transformables.
Si fuéramos por naturaleza malvados o puros, no habría posibilidad de cambio. Pero como nuestra naturaleza es clara como el agua, todo lo demás puede ser disuelto mediante la práctica.
Reconocer directamente la verdad
El maestro Zen Zhaozhou (Joshu en japonés), uno de los más grandes de la historia, pasó buena parte de su vida peregrinando y preguntando: “¿Mi naturaleza es buena, mala o pura?” No se conformó con ideas ni conceptos. Quería saber por experiencia directa.
A los ochenta años, durante Zazen frente a un bosque de bambú, escuchó el sonido de una piedra golpeando un tallo. En ese momento, todo pensamiento condicionado se detuvo. Comprendió profundamente que su naturaleza verdadera no dependía de categorías morales ni de ideas dualistas.
Dijo entonces: “Tantos años buscando, gastando sandalias… y todo estaba justo aquí, sin esfuerzo alguno.”
Ese despertar, llamado kensho en japonés, no es una iluminación grandiosa ni lejana. Es simplemente reconocer lo que siempre ha estado presente.
El poder de “dar la vuelta y mirar hacia dentro”
En nuestra vida cotidiana, la práctica comienza al notar cómo nos aferramos a un “yo” construido; el que tiene razón, el que se siente víctima, el que siempre necesita algo más. El Zen nos lleva tener una mirada fresca y observar esos estados como fenómenos pasajeros, no como nuestro verdadero ser.
Volver a ese “rostro antes de nacer de nuestros padres”, como dicen los antiguos koans, es simplemente regresar a este momento, sin juicios, sin narrativas, sin máscaras.
Ante la ira, la tristeza y muchos de nuestros estados incómodos, hay que preguntarse “¿quién está sintiendo esto?”. No es que los problemas se esfumen, pero sí podemos abordarlos desde la calma.
El Zen como camino para responder a la gran pregunta
En el Soto Zen practicamos Shikantaza (solo nos sentamos en Zazen y punto), nos lleva más allá de los discursos sobre el bien y el mal. Se trata de convertirnos en mejores personas y de despertar al hecho de que ya somos una expresión única e irrepetible de la mente universal.
En ese silencio, comenzamos a ver que no necesitamos convertirnos en nada. Solo basta con dejar de identificarnos con el hielo, y recordar el agua.
¿Quién soy yo? La respuesta está en el zafu
A lo largo del día, cuando sientas que algo te irrita, te eleva, te pone triste o te confunde, haz una pausa. Pregúntate con suavidad: “¿Quién está sintiendo esto? ¿Es esto mi verdadero yo?”
No necesitas resolverlo con la mente. Solo observa. Y siéntate. Vuelve al cuerpo. Respira.
Tu verdadera naturaleza no necesita ser defendida ni pulida. Solo reconocida.
Volver a casa
“¿Quién soy yo?” no es una pregunta filosófica abstracta. Es una cuestión importante para todos nosotros. La respuesta, como diría Zhaozhou, está justo donde estás ahora. Ningún maestro espiritual lo puede resolver por ti.
Todo lo que surge, ya sea bueno, malo, hermoso o difícil, es parte del camino de regreso. Solo necesitas el coraje de no huir. Sentarte. Mirar. Y confiar.
Hoy, dedica cinco minutos a sentarte en silencio. No busques nada. No huyas de nada. Simplemente siéntate y deja que todo sea como es. Cada vez que surja un pensamiento, una emoción o una duda, pregúntate suavemente: “¿Esto soy yo?”
Luego, suéltalo. Respira. Sonríe. ¿Esa sonrisa? Eso eres tú. Y eso nunca ha estado lejos.
La verdadera forma no tiene forma, con el cuerpo redondo y vacío. Aunque vacía no deja de brillar, brillando sin faltar a ninguna parte.
Siguiendo las causas, toma una miríada de formas, pero sin falta es siempre la misma. Una gran compasión y una gran sabiduría están hechas para surgir en mí.
Me lavo los pies y me siento donde Subhuti obtuvo la iluminación. Así que pedí más enseñanza, y se derramó sobre mí.
Aunque todos los seres vivos sean salvados, nunca hubo un yo. En este pequeño círculo, las Tres Perfecciones de la Sabiduría están completas.
Por medio de este escrito se puede alcanzar la iluminación. En esta balsa se puede cruzar el arroyo, y así subir a la otra orilla.
Hoy me siento en silencio a contemplar este poema. El Maestro Muuija (Corea, 1178–1234) captura con gran belleza y humildad la esencia y la enseñanza de este sutra. ¿Hasta dónde llegan las mentiras que nos contamos? ¿Cuál es el límite para la mente sin control?
El Sutra del Diamante es sagrado porque nos muestra la verdadera naturaleza de la realidad, enseñándonos que todas las formas y fenómenos son vacuidad. Esta comprensión está plasmada en el poema, donde Muuija describe «la verdadera forma no tiene forma, con el cuerpo redondo y vacío», enfatizando la naturaleza insustancial de todas las cosas.
El poema refleja la idea de que, aunque la vacuidad puede parecer desprovista de sustancia, es en sí misma brillante y omnipresente: «Aunque vacía no deja de brillar, brillando sin faltar a ninguna parte». Esta brillantez es la claridad de la sabiduría que surge cuando comprendemos la vacuidad. El universo entero es un campo de interdependencia y cambio continuo, donde las formas emergen y desaparecen sin perder nunca su esencia vacía.
Nuestros pensamientos y percepciones son engañosos. Nos hacen creer en una realidad sustancial y permanente. Muuija lo ilustra al decir: «Siguiendo las causas, toma una miríada de formas, pero sin falta es siempre la misma». Aunque las formas y fenómenos parecen múltiples y cambiantes, su esencia vacía permanece inmutable. Nuestros pensamientos, entonces, son como olas en el océano, efímeras y sin sustancia propia.
El Sutra del Diamante, además de la práctica del Shikantaza tienen el potencial de liberarnos de dukkha. «Así que pedí más enseñanza, y se derramó sobre mí» implica que al sentarnos en Zazen, la claridad del Dharma nos impregna. La práctica y el estudio nos permiten ver más allá de la ilusión de un yo fijo y separado, llevando a la realización de que «nunca hubo un yo». En este estado de no-yo, la mente se abre a la gran compasión y sabiduría, completando las Tres Perfecciones de la Sabiduría: Sabiduría de Estudiar, Sabiduría de Zazen, Sabiduría de Introspección.
Es posible cruzar el río del sufrimiento hacia la otra orilla de la iluminación: «En esta balsa se puede cruzar el arroyo, y así subir a la otra orilla». Esta balsa es el Sutra del Diamante y la práctica del Shikantaza, que nos llevan a la liberación y al despertar.
El poema del Maestro Muuija, con su aprecio por la belleza y el silencio que enseña el Sutra del Diamante, nos muestra la vía hacia una comprensión profunda de la vacuidad y la liberación del engaño mental.
En el corazón de la práctica del Budismo Soto Zen, encontramos una forma de meditación que nos conecta directamente con la esencia del Buda y la verdad última del universo. Esta práctica se conoce como Shikantaza, que significa «sólo sentarse» o «simplemente estar presente». En su simplicidad aparente, Shikantaza contiene la esencia misma de la iluminación del Buda y nos permite vivir la realidad de que todos los seres vivos son una sola cosa.
Cuando nos sentamos en silencio e inmóviles en Zazen, sin ceder ante las tentaciones del ego y los pensamientos que surgen y se desvanecen, nos sumergimos en la realidad cruda del momento presente. No nos aferramos a ninguna idea, imagen o experiencia en particular. En cambio, solo permitimos que el universo se manifieste y se desvanezca en la inmensidad del espacio de la conciencia.
Shikantaza es una práctica que va más allá de la dualidad de la mente discursiva y nos sumerge en la profunda experiencia de la no-dualidad. No hay separación entre ti lo que escuchas o sientes como externo. Nos convertimos en el propio acto de meditar, fundiéndonos con el flujo constante de la existencia. En este estado de pura presencia, trascendemos las limitaciones del yo individual y experimentamos la unidad fundamental de todos los seres vivos.
Cuando practicamos Shikantaza, nos volvemos uno con el Buda. El Buda no es un adorno de restaurante chino o escuela de yoga. Tampoco es una figura distante del pasado. Es una presencia viva y activa en cada momento de nuestra práctica. El Buda vive a través de nuestra respiración, nuestra postura y nuestra atención plena. En cada inhalación y exhalación, en cada momento de quietud y serenidad, nos convertimos en el Buda mismo, despiertos a la realidad y a la compasión profunda que hace posible la vida.
Master Dogen y todos nuestros patriarcas se sientan en Shikantaza con nosotros. En cada respiración, en cada momento de silencio, nos unimos a una tradición de sabiduría y compasión que se extiende a lo largo de los siglos. Nos convertimos en un eslabón vivo de la transmisión del Dharma, conectados con todos los seres que han buscado la verdad y la liberación.
En el corazón de Shikantaza, experimentamos la verdad fundamental de que todos los seres somos uno solo. En el silencio de la meditación, las barreras de la separación se desvanecen y nos damos cuenta de que nuestras vidas están entrelazadas en la vacuidad. No hay diferencia entre el yo y el otro, entre el Buda y el discípulo, entre la montaña y el río. Todos somos expresiones únicas de la misma vida primordial.
Es por eso que Shikantaza es el corazón de todos los seres vivos. Nos invita a trascender nuestras limitaciones egoístas y experimentar la unidad y la interconexión de toda la existencia. En la práctica de Zazen, encontramos la puerta abierta a la comprensión profunda de la realidad y el despertar de la compasión incondicional.
Que cada inhalación y exhalación nos recuerden nuestra conexión con todos los seres vivos. Que cada momento de silencio y presencia nos lleve más cerca de la verdad última. En Shikantaza, encontramos la puerta abierta hacia la liberación y la realización del potencial ilimitado de nuestra mente.
Que todos los seres encuentren la paz y la liberación a través de la práctica de Shikantaza. Que nuestras vidas se conviertan en un testimonio vivo de la unidad y la compasión que subyacen en cada momento.
Durante el fin de semana mayor de 2023, Grupo Zen Ryokan tendrá algunos eventos gratuitos para los que todo el planeta está cordialmente invitado. Todos los horarios son en tiempo de la Ciudad de México.
Jueves 6, viernes 7, sábado 8, de 6:00 a 7:00 AM
La sesión de Zazen de las mañanas cambia de formato únicamente por estos dos días.
No habrá Sutra del Corazón, solo Shikantaza. Comenzará 10 minutos más temprano, a las 6:00 AM. La práctica durará 1 hora, para terminar a las 7:00AM
Sábado 8
No habrá clase de ninguno de los cursos.
Domingo 9, a las 10:00 AM
Zazenkai celebrado el cumpleaños del Buda, Hanamatsuri. Únicamente por Zoom. El Árbol del Yoga estará cerrado. La invitación y la información serán publicados el viernes aquí en el blog.
Todos los seres humanos nos vemos orillados a tomar decisiones que causan daño. No, no lo escribo para generar culpa, sino como una afirmación. Es parte de la naturaleza humana porque al crecer y desarrollarnos, debemos actuar ante situaciones nuevas todo el tiempo.
Y justo porque esta vida no viene con manual de usuario, hacemos o decimos cosas con las que nos dañamos o dañamos a otros; y cargamos la culpa por muchos años.
Aunque en el Zen vemos el perdón más como una fuerza para el cambio y enmendar las cosas, este post explora de manera breve el concepto y cómo la práctica budista nos puede ayudar a encontrar paz cuando nos culpamos de algo.
El perdón a uno mismo es un concepto importante en el budismo en general, ya que nos ayuda a dejar de lado la culpa y la vergüenza que sentimos cuando cometemos errores. Al permitirnos perdonarnos a nosotros mismos, podemos aprender de nuestros errores y seguir adelante con una sensación de paz interior.
El Buda y los Patriarcas nos dejaron las herramientas adecuadas para ayudarnos a perdonarnos y para cultivar una actitud más compasiva hacia nosotros mismos.
Para el Soto Zen, es con la práctica de Zazen que podemos aprender a soltar y a aceptar nuestros defectos e imperfecciones, para estar en paz con quienes somos.
La ilusión de YO y el perdón
Shakyamuni Buda nunca habló del perdón porque no es un concepto que exista en el budismo clásico. Esto es porque el perdón es un concepto que gira en torno a un ego inflamado que ha emitido juicio y sentencia sobre YO.
Pero no hay tal cosa como YO. Esta es la enseñanza de anatta: nada tiene existencia propia o separada porque todo es insustancial y creado por la mente de quien observa.
Nos cuesta mucho perdonarnos a nosotros mismos porque tenemos el ego inflamado y porque nos juzgamos de forma cruel e inflexible. Entre más ego y juicios, más sufrimiento nos causamos. Por ello es por lo que perdonarnos es tan difícil, porque no podemos entender que YO es solo una construcción personal que no existe en ninguna otra parte más que en nuestra cabeza. El YO es insustancial.
En Dhammapada, Shakya-sama nos dice:
256. Aquel que decide un caso con parcialidad no es justo. El sabio debe investigar imparcialmente tanto lo correcto como lo incorrecto.
257. Está establecido verdaderamente en la buena ley aquel sabio que, guiado por ella, decide lo justo y lo injusto con imparcialidad.
Es decir, la práctica de las enseñanzas del Buda nos lleva a dejar de juzgarlo todo, lo que incluye a ti, tus decisiones y todo tu pasado.
Por lo tanto, en el Zen sí nos pedimos perdón porque socialmente es necesario, pero esa palabra no sirve de nada si no la acompañamos de acciones, aprendizaje y práctica espiritual.
Practicar Shikantaza ayuda a que el perdón a uno mismo sea más fácil
Zazen puede ayudar a que el perdón a uno mismo sea más fácil. Como es una actividad en la que lo soltamos todo, con la práctica disciplinada vamos aceptando nuestros y defectos sin juzgarlos. Esto ayuda a crear una sensación de paz y comprensión dentro de uno mismo, lo que a su vez hace que el proceso de autoperdón sea mucho más fácil.
La práctica de Zazen también enseña cómo estar atento y presente en el momento. Esto ayuda a aportar claridad y comprensión a cualquier situación, permitiéndote verla desde diferentes perspectivas y ganar comprensión. Con esta nueva perspectiva, se vuelve más fácil para uno perdonarse a sí mismo por cualquier error que haya cometido en el pasado.
Con la práctica Zen es posible, al fin, comenzar a soltar el peso que cargamos.
Metta: bondad amorosa para todos los seres, tú incluida
Además de Zazen, en algunas sanghas practicamos la meditación de bondad amorosa, también conocida como Metta Bhavana. Es una práctica poderosa que puede ayudarnos a perdonarnos a nosotros mismos y superar los errores de nuestro pasado. Se ha utilizado durante siglos en diversas culturas y religiones para ayudar a las personas a cultivar la compasión y el amor propio.
Entre otras cosas, aprender a perdonarnos a nosotros mismos a través de la meditación, podemos crear relaciones más significativas con los demás y con nosotros mismos.
Si quieres practicar Metta, puedes hacer con nosotros en esta grabación:
Explorando el poder de la compasión en el budismo para ayudarte a perdonarte a ti mismo
El budismo nos enseña a ser amables y compasivos con todos los seres vivos en el cosmos. Y uno mismo está en ese paquete.
La compasión en el budismo es una poderosa herramienta para el perdón. A través de la práctica de la compasión, podemos aprender a aceptar nuestras imperfecciones, perdonarnos por nuestras malas acciones y superarlas. También podemos aprender a ser más compasivos con los demás y comprender mejor su comportamiento.
Al comprender el poder de la compasión en el budismo, además de la práctica de Zazen, podemos aprender a soltar juicios y comentarios crueles hacia uno mismo, y así convertirnos en mejores versiones de nosotros mismos y vivir una vida más plena.
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Sobre mi
¡Hola! Soy Kyonin, monje y maestro budista de la tradición Soto Zen. Formo parte de Grupo Zen Ryokan. Comparto la sabiduría eterna del Buda para ayudar a encontrar la paz interior y la liberación del sufrimiento. Juntos vamos en camino hacia la compasión.
En días de lluvia
la melancolía invade
al monje Ryokan
-Haiku de Ryokan Taigu Roshi