El Enso es uno de los símbolos más reconocidos de la cultura japonesa y del zen.
Es la representación artística del vacío, de la nada. Pero a la vez representa el mundo en el que vivimos, donde hay superficie, pero no contiene nada en particular.
Es la inmensidad del océano, el espacio inexplorado de la mente, el incesante flujo de las estaciones del año, el compás repetitivo de una canción, la flor en primavera y la llegada de los atardeceres dorados del otoño.
Para algunos estudiosos contemporáneos simboliza la espontaneidad de la vida, pero si nos vamos mucho más atrás en la historia, encontraremos que más bien se trazaba para entender el eterno ciclo de la vida; la importancia de la repetición; y el valor de la disciplina y la rutina.
El Enso es una expresión mínima del arte japonés. Es tan sólo una torcedura de muñeca la que plasma un círculo imperfecto con un pincel y tinta negra, sobre papel blanco.
A veces el dibujo se cierra. Otras veces lo encontramos abierto.
Nada más que eso. No pretende ser un cuadro ni una obra para museo.
El Enso es lo que es.
Justo como tú y como yo.
Imperfectos, vacíos, pero a la vez somos completos y únicos.
Esta es quizá una de las palabras que menos me gustan. Es inhumana, denigrante y expresa la ignorancia de quien la usa.
En México, el término naco se utiliza como insulto para etiquetar a alguien que se le considera como persona de segunda clase. Expresa los muy lamentables problemas de racismo y sistema de castas que pudren a mi país desde adentro.
Es una marca que se le adjudica a alguien que no cumple con expectativas, que no tuvo las mismas oportunidades, que no pertenece al grupo.
Es un concepto que en lo profundo, se encarga de dividirnos y de demonizar las diferencias entre las personas.
Pero es tan sólo una etiqueta más porque las utilizamos todo el tiempo. Y no es que sea malo, ya que necesitamos etiquetar el universo que nos rodea para poder relacionarnos con él.
Gracias a las etiquetas podemos distinguir el calor del frío, la oscuridad de la luz, lo agradable de lo incómodo. Son un apoyo maravilloso para aprender y crecer.
Pero también es muy fácil agregarles veneno para estamparlas en quien es diferente a nosotros y así poder odiar con más comodidad.
Cuando alguien no pertenece a mi nivel, grupo social o religión, entonces se convierte en un objeto dispuesto a ser atacado. Esa es la raíz del racismo, clasismo y todos los crímenes de odio que han acompañado a la humanidad a lo largo de la historia.
Y considero imperativo aprender a no etiquetar a la gente. O al menos no de maneras que promuevan las diferencias.
No, no es tan difíl de lograr. Sólo basta con estar atentos a lo que decimos y pensar si nos gustaría estar en los zapatos de la persona que llamamos naco. Estoy seguro de que no.
Todo esto lo escribo porque uno de los beneficios inesperados que trae la práctica dedicada de zazen (meditación), es que las etiquetas comienzan a desvanecerse poco a poco. Es como si la mente comenzara a derribar las murallas que separan al Yo del resto del universo.
Al final, derribar murallas es lo que necesitamos para avanzar.
No es precisamente de mis favoritos, pero durante zazen llegó a mi mente.
Está por todos lados en la naturaleza. Existen cientos de tonos azules que juegan entre ellos para crear armonías sublimes. Lo podemos ver en el cielo, el agua, el plumaje de algunas aves, en flores.
Es ubicuo y es perfecto.
Y como cualquier color, el azul tiene una cualidad que pocos aprecian: el azul sólo es azul y no pretende ser nada más que eso.
Su existencia es simple y su relación con los demás colores del universo es muy sencilla. No pretende ser lo que no es.
El azul sólo es. Nada que agregarle, nada que quitarle.
Esta capacidad de ser puede observarse tanto en colores como en toda la naturaleza. El perro sólo es perro. La montaña sólo es montaña. Y ninguno de ellos se estorba mutuamente. Coexisten y son notas de una canción.
El único animal que se esfuerza por ser lo que no es, por pretender ser mejor sobre los demás y por demostrar un estatus imaginario, es el ser humano.
Un licenciado es más que un albañil. Un flaco es más que un gordo. Una persona con baja autoestima lucha por ser aceptada por los demás, y por eso es infeliz. Un pobre quiere ser rico. El rico quiere ser más, para destacar o acomodarse entre los ricos. La mujer vieja pretende ser joven porque odia su edad y no quiere estar fuera de la jugada. El niño desea crecer para vivir en el mundo de adultos. El alcohólico juega a evadir la realidad con la intoxicación, perdiéndose en el estupor de la inconsciencia.
¿Porqué hacemos esto? ¿Porqué necesitamos pretender lo que no somos para afirmar nuestro espacio?
La vida es muy, muy sencilla y linda cuando se sueltan las pretensiones y las etiquetas.
Llegar a ese punto suena como a una idea loca e inútil. Estoy seguro que va en contra de los cimientos de la sociedad de consumo.
Pero tan sólo entender que nos hemos impuesto la necesidad de ser lo que no somos, es liberador.
Nichi nichi kore konichi (cualquier día es un buen día), es un verso que ha sido dicho por más de mil años dentro de las escuelas Zen.
Y nos dice que no importa qué suceda, cuál sea la situación, cualquier día es bueno. ¿Bueno para qué? Para todo y para nada a la vez, depende de cómo apreciemos el mundo.
Cada momento que pasa creamos una visión del mundo en nuestra mente, que nos afecta en todo sentido. Si estamos tristes, vemos las cosas terribles. Si estamos eufóricos, vemos todo de forma colorida y feliz.
Pero esta apreciación de la vida no es la realidad. Son sólo máscaras e imágenes generadas por nuestra mente. La realidad es una sola para todos. El problema es que estamos tan ocupados con nuestros sentimientos, que fallamos en verla.
Es decir, una taza es sólo una taza; un contenedor que se llena de algún líquido caliente. Puede ser de cerámica o de plástico. Puede ser de cualquier color o puede estar decorada. O puede no estarlo. Tiene un propósito y eso es todo.
Luego llegamos nosotros y etiquetamos la taza. De pronto se convierte en «la taza que traje de mi viaje», «la taza que me regaló mi abuela», «la taza de colección»… y adquiere un significado mágico maravilloso.
Pero la taza sigue siendo sólo eso. Una simple taza. Y ese es el hecho que hay que aceptar.
Cualquier día es un buen día. No importa que estés lidiando con un jefe poco hábil, que las cosas no salgan como imaginas, que alguien amado muera, que no tengas dinero, que no tengas pareja.
Cualquier día es un buen día cuando aceptas la vida como está. Cuando sueltas la envidia, la ira y el orgullo. Cuando no te clavas haciendo planes o creando fantasías que no sabes si sucederán. Cuando te esfuerzas por que la razón sea más poderosa que la esperanza.
Cuando vives sólo por hoy y aceptas la vida como está, no importa la prueba por la que estés pasando; tu mente puede ver opciones a las que estaba cegada.
Y eso es igual a tranquilidad, aunque estés en el ojo de la tormenta.
Desde niño siempre he sido un bufón. Aunque no lo parezca, siempre trato de hacer reír a quien esté a mi lado.
Apesto para contar chistes, pero siempre que es posible me gusta jugar bromas y hacer el ridículo sin importarme las consecuencias o lo que pensarán.
Quizá me vea como un completo tonto. Quizá mis esfuerzos parecen pretenciosos. Pero al final me divierto mucho.
Así que cuando mi Maestro, Jundo (en Japón), pidió voluntarios para un Zen Harlem Shake, no dudé ni un segundo en decir ¡YO!
Por si has estado viviendo bajo una piedra, Harlem Shake es un meme en video en el que un grupo de personas parece indiferente ante un ritmo pop, pero al mismo tiempo uno de ellos baila una danza tonta. De pronto la música se acelera y todos comienzan a bailar o a hacer algo ridículo por unos 15 segundos.
Claro que es lo más tonto del mundo. Por supuesto que todo Internet lo ha hecho y YouTube está saturado de estas muestras. ¿Pero a quién le importa?
Así pues, nos dimos cita en Google Hangouts. Jundo y su bella familia en nuestro Zendo en Tsukuba, Japón; Daizan desde Canadá.; Jenell en Estados Unidos; y Koshin y yo en México. Este es el resultado:
Yo soy el de la cubeta azul en la cabeza.
Ya puedo escuchar a muchas personas quejándose de cómo un Zen Master puede encabezar tremenda falta de respeto al mundo budista. El budismo zen tiene que ser serio y ceremonioso. No hay danza ni alegría, sólo meditación y calma. No puede haber risa porque las escuelas Rinzai y Soto nunca han hecho algo similar. ¡Esto es un ultraje!
Pero no creo que sea así.
Primero que nada, tal como la vida incluye sufrimiento (marcado en las Cuatro Nobles Verdades); la vida también incluye risa, alegría, humor tonto y bailes absurdos.
Esta existencia es una danza de innumerables factores que se mueven con sincronía tan sublime, que hay que callar la mente para apreciarlo.
Los planetas danzan al rededor del sol. El clima en este planeta baila a un ritmo de 4 tiempos, por más que nos empeñemos en echarlo a perder. Las ciudades respiran la caótica sinfonía de la urgencia. Las personas bailan, ríen, aman y se abren paso; perdidas en su ego y tratando de destruir el balance de universo. Y dentro de nosotros, la sangre fluye al beat que marque el corazón.
Todo es parte de una sola experiencia que se puede apreciar cuando estamos con nuestros sentidos fijos en zazen.
Si lo que escribo te es útil y te gusta, ¿por qué no invitarme un café? Gracias.
Sobre mi
¡Hola! Soy Kyonin, monje y maestro budista de la tradición Soto Zen. Formo parte de Grupo Zen Ryokan. Comparto la sabiduría eterna del Buda para ayudar a encontrar la paz interior y la liberación del sufrimiento. Juntos vamos en camino hacia la compasión.
En días de lluvia
la melancolía invade
al monje Ryokan
-Haiku de Ryokan Taigu Roshi