Aquí en la profundidad

 

Todas las tormentas que hunden nuestras naves con las olas más devastadoras están formadas de las cosas que deseamos, de la lujuria y del consumo desmedido. Una vez que abrimos la puerta a la avaricia, es muy difícil cerrarlas. Somos adictos a tenerlo todo de inmediato y a navegar en círculos alrededor de objetivos ficticios.

Las nubes negras que lo cubren todo son las aversiones, los miedos, el odio y las divisiones que ponemos entre nosotros. Cada muralla, cada opinión a la que nos abrazamos contribuye a que la tormenta se vuelva aún más monstruosa.

Y no para. Nunca para. Vamos de puerto en puerto buscando la tranquilidad, lo que sea que nos haga felices. Pero todos los puertos están hechos de lo mismo. Nos ofrecen espejismos que al final son más caros de lo que imaginábamos.

Somos profesionales en movernos de un lugar a otro, en poner metas y salir disparados hacia ellas.

Pero cuando nos sentamos en silencio contemplando todo lo que hay y sintiendo la respiración, es posible llegar aun muelle seguro. Es un lugar en donde la calma no está en lo aparente, sin dentro de nosotros. Y es profunda. Es perfecta.

Aquí abajo no hay nada qué temer.  No hay lugar al que llegar, pues ya estamos donde necesitamos estar. No hay prisas ni urgencias; el tiempo deja de ser importante. No hay odio, barreras ni opiniones qué proteger.

Vemos pasar los pensamientos como si fueran peces. Vienen, se acercan, se van.

Aquí en la profundidad no hay tormentas.

Solo silencio.

 

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Cómo traer tu mente de regreso al presente

Siempre he disfrutado de la música sinfónica y de vez en cuando acudo a escuchar orquestas filarmónicas en vivo. Recuerdo una vez que estaba emocionado porque iría a escuchar un concierto de obras de Gustav Mahler. Compré un par de boletos para mi y mi amigo, llegamos temprano a la sala. ¡Estaba listo para disfrutar el evento!

Nos sentamos para ver a los músicos afinar sus instrumentos. Minutos después se atenuaron las luces, llegó el director y el recital comenzó.

Los primeros instantes la pasé bien. Me dejé llevar por la música. Pero uno de los violinistas llamó mi atención porque estaba peinado de manera graciosa. Cuando se movía, su cabello se alborotaba porque alzaba sus hombros como para inspirarse. Me dio risa. Luego miré a los músicos que lo rodeaban y seguí criticando todo: la manera de vestir, cómo se movían, sus peinados, cómo estaban sentados, si los instrumentos estaban limpios o no. Observé también al director que tenía un par de arrugas en su saco. ¿Cómo era eso posible?

Mi mente siguió diseccionando a la orquesta y de pronto escuché aplausos y las luces del auditorio se encendieron para intermedio. Mi amigo me miró sonriente y solo dijo “¡Guau!”, complacido por lo que había escuchado.

La realidad me pegó como un camión en la cabeza. Por estar criticando y pensando trivialidades, ¡me había perdido la mitad del concierto! No había puesto atención a la música y me había dejado llevar por el diálogo interno. Hubiera dado lo mismo haberme quedado en casa.

¿Cuántas veces al día nos pasa esto? La mente es más volátil que la gasolina. Dejamos que se evapore por todos lados y nos perdemos de lo que tenemos justo aquí y ahora.  Por estar preocupados del futuro o atados al pasado, no vemos la magia de las cosas que están justo al alcance de nuestras manos.

¿Cuántas veces vamos caminando o conduciendo el auto sin darnos cuenta del tiempo o de lo que pasa justo a lado? La razón de muchos accidentes es debido a que la mente está en todas partes excepto donde debe: aquí.

Nos perdemos del sabor de la comida, de los sonidos de la música y podemos llegar al extremo de perdernos de la infancia de nuestros hijos, o de estar viviendo nuestra propia historia de amor con la pareja.

En realidad, tener la mente dispersa es muy caro en tiempo y dinero. Pero estamos tan acostumbrados a estar perdidos en el infinito, que ya no sabemos cómo regresar al presente.

El remedio infalible es tener una práctica estable y disciplinada de meditación. Y es aún mejor si practicamos zazen. 

Pero para quienes comienzan en el camino de la conciencia plena, recomiendo aplicar este pequeño ejercicio de solo tres preguntas que nos obligan a traer de la mente de vuelta al momento actual. No, no es un sustituto de la meditación. Es tan solo un complemento y un mero ejercicio que nos ayuda a re-conectarnos con lo que estamos haciendo y a notar cuando la mente divaga.

Así que cuando notes que el caos mental es enorme, que no estás concentrado y que es has pasado demasiado tiempo en el futuro o en el pasado, es momento de seguir estos pasos:

 

1. Respira profundo 10 veces

Sé que suena a lugar común, pero detenerte a respirar funciona porque rompes con el tren de estrés y con las cosas con las que te estás haciendo sufrir. Te obligas a hacer una pausa de un par de minutos para notar que eres un ser vivo y que respiras.

 

2. ¿Dónde estoy?

Podría sonar tonto preguntarte esto, pero con frecuencia olvidamos justo el lugar donde nos encontramos. Puede que el cuerpo esté en la oficina o escuela, pero la mente está volando hacia fantasías de cosas que no han sucedido, o a cosas del pasado que no controlas. Preguntar dónde estás y responderte de forma descriptiva ayuda a tomar consciencia del lugar físico en el que te estás.

 

3. ¿Qué estoy haciendo?

Hacer cosas de forma automática es cotidiano para muchos de nosotros, pero es ahí donde los accidentes y los descuidos acechan. Cuando pierdas la noción de la actividad actual, como conducir o afeitarte, pregunta ¿qué estoy haciendo?. Tu respuesta debe ser descriptiva y detallada. Esto hará que la mente vuelva a tu cuerpo para ayudarte a poner atención a los detalles.

 

4. ¿Con quién estoy?

Somos muy pretenciosos y vamos por la vida pensando que somos mejores o superiores que los demás. Cuando esto pasa nos desconectamos de la gente que nos rodea porque asumimos que estamos perdiendo el tiempo y que estamos aburridos. ¡Podríamos estar haciendo algo más divertido o productivo! Por supuesto que es una ilusión más de nuestro ego, así que hay que hacernos el propósito de mirar a la persona con la que estamos justo ahora, a quien escuchamos. Lo más seguro es que generes una mejor relación con el mensaje y con el humano que se tomó el tiempo de hablar contigo.

Como habrás visto, no es necesario ser místico ni maestro budista para usar el sentido común. En mi experiencia, estos pasos funcionan y son la puerta de entrada a que te intereses por la práctica de la meditación como una forma de mejorar tu vida.

Vale la pena intentarlo.

¿Tienes algún consejo que uses para traer de regreso la mente al presente? ¡Comparte en los comentarios!

 

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Bambú, Yoga y Zen. Día Internacional del Yoga 2017

 

Una imagen que me a la que recurro con frecuencia es el árbol de bambú. Me inspira y me hace sentir humilde.

El bambú es un árbol de vara delgada, de color vivo, siempre verde. Puede vivir casi 200 años, hasta que florece y muere. Siempre crece y prospera junto con otros árboles, nunca en soledad.

Su longevidad se debe a que es muy flexible y resistente. Observa en silencio y dignidad el paso del tiempo. Cuando hay lluvia, aprovecha cada gota. Cuando hay sol, extiende sus hojas. Si es hora de alimentar a pandas o a bacterias, lo hace sin chistar.

El bosque de bambú está conformado de miles de árboles que funcionan como un ser vivo. Trabajan en equipo, unidos con la naturaleza. Embellecen, refrescan y solo son lo que son.

No existe bambú inflexible o que se resista al flujo de la vida.

El bambú no es distinto a nosotros. Compartimos muchas similitudes y tiene lecciones que deberíamos aprender y aplicar a la cotidianidad.

Cuando somos fuertes, pero inflexibles, sufrimos. El universo jamás cumplirá nuestras expectativas.

Cuando solo somos flexibles, sin fuerza o determinación, el universo parecería abusar de nosotros.

Si no trabajamos en equipo y nos asumimos como parte de un sistema más grande de lo que imaginamos, sufrimos.

La práctica de yoga y budismo zen nos convierten en elegantes árboles de bambú. Son dos disciplinas hermanas, tan antiguas que ni siquiera tenemos registros confiables de cuándo surgieron. Nos dan fuerza, determinación y flexibilidad.

Bambú es Yoga. Yoga es Dharma. Dharma es Zen.

Feliz Día Internacional del Yoga 2017

 

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