¡Te amo con toda mi tortilla!

 

Los humanos somos seres vivos esculpidos por la evolución para optimizar los recursos disponibles, y así crear las condiciones adecuadas para transmitir nuestro material genético.

Hemos creado una relación muy estrecha con los alimentos porque es el combustible que nos permite seguir con vida. Creamos relaciones personales estrechas al sentarnos juntos a comer. También usamos la comida como forma de celebración, gratitud, recompensa y para tapar huecos existenciales.

Los alimentos son nuestra religión, ritual, refugio y parte importante de cómo demostramos cariño por otros seres vivos.

El problema es que al crear una cultura en torno a los alimentos, hemos perdido el control y hemos caído en la irresponsabilidad; lo que dispara todo tipo de excesos que nos llevan a problemas de salud.

Por irresponsabilidad me refiero a que tomamos nuestra nutrición muy a la ligera. Dejamos que la publicidad de las empresas piense por nosotros. No leemos, no investigamos y casi nunca estamos conscientes de qué es lo que ponemos en nuestro plato. Sorprende encontrar quienes no saben distinguir entre una leguminosa y una legumbre. Si algo nos cae mal o nos hace daño, recurrimos a un medicamento para seguir comiendo lo que nos ha enfermado. Comemos hasta reventar… o no comemos a causa de algún desorden alimenticio. Tenemos esta relación increíblemente compleja con la comida.

Pero comida es comida y lo que importa es que me haga sentir satisfecho. Lo que importa es que exprese mi amor por medio de una tarta de chocolate, ¿correcto?

En un nivel simplista, sí, es correcto. Queremos alimentarnos para sentirnos satisfechos y para amar con toda la tortilla a nuestras parejas, hijos, mascotas, amigos. Pero justo porque somos irresponsables ofrecemos más comida de la que podemos manejar. Y luego está la calidad de la misma, que a veces no es la adecuada.

En las sociedades antiguas, la comida era sagrada; pero la relación en torno a ella era mucho más simple. Era considerada medicamento y se consumía (o no), dependiendo de las condiciones y de la disponibilidad.

Hoy en día comemos para amar… pero ese amor es sacrificado cuando perdemos el control y somos irresponsables.

No es casualidad que la mayoría de los monjes budistas solo coman alimentos naturales, de una a dos veces al día. La espiritualidad de la humanidad está ligada también a los alimentos y sabemos que demasiado de lo que nos gusta, resulta perjudicial.

Por eso es que el budismo no solo busca una vida ética y pacífica, sino que también cura el cuerpo. Promueve la buena salud al poner plena atención a nuestra relación con la comida.

Amar con toda la tortilla está bien. Pero hacerlo con tanta frecuencia y para cubrir huecos espirituales… eso es lo que nos tiene enfermos.

El acto de amor más maravilloso y perfecto es nutrir nuestro cuerpo. ¿De verdad estamos dispuestos a seguir obesos o enfermos por comer lo que sabemos nos daña?

Pronto seguiré escribiendo al respecto y tendré una sorpresa para quienes estén listos para reparar su relación con los alimentos.

 

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La obesidad no es normal

Foto: El Universal.

 

La humanidad está pasando por varias situaciones difíciles (como es nuestro hábito), pero una de ellas, una que me duele profundamente, es la epidemia de obesidad.

Por todos lados veo personas obesas, caminando mal, con problemas de inflamación, sudorosas y en claro sufrimiento. De hecho la obesidad es tan omnipresente que es nuestro nuevo normal; al punto de que México ocupa el primer lugar de obesidad en el mundo, con casi el 73% de los adultos en serios problemas de gordura.

Esta situación no se limita a mi país, por supuesto. Visitando otras partes del mundo he visto la misma tendencia.

Cuando era niño yo fui obeso, padecí todos los problemas que eran de esperarse. Pero revisando fotografías de mi obesidad infantil, no era nada comparado con la obesidad en los niños de hoy.

Toda mi vida adulta luché por mantener mi peso, tratando de seguir las reglas establecidas y haciendo ejercicio de forma compulsiva (artes marciales). Y nunca lo logré, llegando a pesar 150 kilos.

Entonces, sé lo que es estar ahí. Sé lo que es sentirte controlado por la comida y la desilusión constante que eso produce, además de los daños al cuerpo.

Pero Chocobuda, ¿qué tiene de malo unos kilitos de más?

Mucho, porque no son las tallas extras, es la destrucción de vidas a mano de la mala alimentación. El sistema perfecto que es el cuerpomente se rompe y se descompone, en muchos casos al punto de no retorno.

Y  en el terreno de la espiritualidad y calma mental, el sobrepeso afecta más de lo que podríamos imaginar.

Todas estas palabras las escribo porque estuve ahí. Entiendo.

Este post es un llamado a que cada uno de nosotros comience a cuestionar lo que hemos estado haciendo mal. Debemos dudar de lo que las compañías de alimentos y bebidas nos dicen. ¿En serio es la culpa del consumidor y nada tiene que ver que el azúcar y las harinas sean altamente adictivas? ¿De verdad es la falta de ejercicio?

Si las empresas se preocuparan por la humanidad no venderían ese tipo de “comida” en primer lugar.

La alimentación siempre es un camino personal. También lo sé porque llevo ya 6 años de camino en los que perdí 60 kilos y estoy más sano que nunca. Y no tengo nada de especial, no soy nadie, no soy nada. Soy una persona común y corriente. Si yo pude lograrlo, cualquiera puede.

¿Qué tiene que ver el budismo en todo esto? La práctica budista es el cultivo de la disciplina y del auto-control. Es un camino de vida que puede ayudarnos a entender y reparar el único cuerpo que tenemos.

Pero si no comenzamos hoy, nunca lo lograremos.

En futuros posts hablaré más al respecto y pronto tendremos un taller para todos.

 

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El que busca no encuentra

 

Los seres humanos somos especialistas en poner el peso del mundo sobre nuestros hombros. Nos preocupamos por tantas cosas que si lo vemos de forma objetiva, resulta absurdo.

Una de las presiones más grandes que tenemos es la de lograr más, tener más y obtener más. La cultura humana en general, que va desde los amigos del patio de juegos de la escuela, hasta los directivos de las empresas; nos presiona por buscar… lo que sea.

De hecho somos especialistas en búsquedas, al grado de que pasamos más tiempo buscando que disfrutando lo que hay y lo que es. Esto nos hace sentir eternamente incompletos e insatisfechos, por lo que volvemos la gran misión de nuestra vida es la búsqueda perpetua.

Buscar por buscar, sin paz o descanso alguno.

Esto lo he pensado porque muchas personas llegan a mi con el argumento de que en la meditación está la tranquilidad que han estado buscando. Y es curioso cómo todos ellos se sorprende con mi respuesta:

La práctica de zazen es la suspensión de todas las búsquedas.

Al permanecer en silencio contemplando el flujo de los pensamientos, todas las búsquedas se detienen. Practicamos zazen solo por practicar, sin motivo, sin buscar y sin asumir que la paz llegará.

No nos sentamos en zazen para cumplir horarios ni objetivos. No queremos agregar números a la estadística por más que Insight Timer nos presione a obtener logros.

El que busca no encuentra y esto es una verdad que observo una y otra vez. ¿Cuántas veces logras lo que buscas solo para darte cuenta que has generado más problemas que soluciones? Hay personas que desesperadamente buscan pareja y cuando la encuentran son más infelices que cuando estaban solas.

Al buscar por buscar lo único que encuentras es la infelicidad.

Cuando nos planteamos objetivos y caminamos un día a la vez, dejamos que la vida sea vida y que la impermanencia fluya. Es nuestro lugar fluir con la vida y disfrutar cada paso del proceso.

El Buda pasó muchos años buscando la raíz de la espiritualidad y fue hasta que se sentó en silencio, que la Iluminación llegó.

El que busca no encuentra.

El que se sienta en zazen lo tiene todo y está completo.

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